Capítulo 32
Los días de Navidad fueron pasando.
Todos fueron especiales.
No porque hiciéramos nada que se saliera de lo normal, sino porque estábamos todos juntos.
La infección de Moira empezó a remitir a los tres días y, por esa parte, todos pudimos respirar tranquilos.
Poppy disfrutó muchísimo en el jardín con la nieve que lo cubrió todo cuando empezó a nevar al día siguiente de Navidad. Si todo el terreno que rodeaba la casa ya era bonito, con aquel manto blanco que lo cubría parecía un paisaje digno de una postal.
Entre ella y Erin hicieron un muñeco de nieve casi tan alto como su padre, y Poppy bromeó con él diciéndole que, si su encuentro con Mary no prosperaba, se podía echar de novia al muñeco de nieve, ya que ese no le hablaría más de la cuenta, podía elegir la edad que tuviera y en ropa apenas iba a gastar.
Pero, para sorpresa de todos, eso no fue necesario, ya que el día de la visita de Mary todos alucinamos con la primera mirada que se dedicaron.
Puedo decir con seguridad que fue un flechazo en toda regla.
Tanto que Mary se quedó a pasar el día con nosotros y, desde entonces, no había día que no hablaran por teléfono. Incluso ella había vuelto a visitarnos cada dos días o, más bien, a verlo a él.
Poppy, como no podía ser de otra manera y viendo cumplido su sueño de que por fin su padre se fijara en una mujer, tuvo el descaro o la inocencia, eso no lo teníamos ninguno muy claro y su padre menos, de preguntarle ella misma a Mary si le gustaba su padre y si quería ser su novia.
Así, tal cual y delante de todos.
La pobre doctora no supo dónde meterse y se le pusieron las mejillas más rojas que la grana.
Menos mal que Duncan anduvo rápido y se la llevó de la mano fuera del salón, que era donde Poppy había hecho su pregunta. Hablaron durante bastante rato en la cocina, los dos a solas.
Cuando volvieron, a los adultos no nos hizo falta ninguna respuesta, ya que los labios hinchados de Mary, su pelo despeinado y la sonrisa de oreja a oreja que traía Duncan fueron prueba más que suficiente para saber que, una vez más, Moira había acertado con sus intuiciones casamenteras.
Aun así, Poppy, al no ver esos signos, volvió a preguntar y, cuando su padre le dijo que le presentaba oficialmente a su novia, el grito que pegó y el baile que se marcó nos hicieron reír a todos a carcajadas.
—Isla, estás muy callada. ¿En qué piensas? —me preguntó Moira mientras la ayudaba a incorporarse en la cama para ponerle la bandeja del desayuno.
—Pensaba en lo bonitos y especiales que han sido todos estos días.
—Han sido unas Navidades estupendas. Las mejores de mi vida.
—También de la mía.
—Y todavía nos queda hoy.
Era el último día del año y, al igual que en Nochebuena, volveríamos a montar la cena en el salón.
Y allí estaríamos hasta que, a medianoche, comiéramos las uvas y brindáramos con champán por la entrada de un nuevo año.
Un año que sabíamos que traería muchos cambios.
Un año al que Moira había llegado por las ganas de vivir que había tenido, porque necesitaba arreglar todo lo que hizo, pero un año en el que, inevitablemente, se iría de nuestras vidas para siempre, aunque de nuestros corazones no lo haría jamás.
—Sí. Poppy está entusiasmada. Entre ella y Erin han hecho gorritos de fiesta con cartulinas de colores para todos.
—Es una niña muy especial. Es penoso que su madre prefiera estar por ahí con unos y con otros que con ella.
—No todas las mujeres que tienen hijos merecen el título de madre. Catriona es la prueba de ello, al igual que lo fue mi madre cuando me abandonó.
—Tú serás una madre estupenda. Y no tardando mucho, ¿no?
Mierda…
Desvié la mirada y me puse a mirar el gotero para ajustarlo, aunque lo había hecho hacía tan solo cinco minutos, mientras pensaba qué clase de poderes tendría Moira.
No por la pregunta que me había hecho.
No. No fue por la pregunta en sí, sino porque vi en sus ojos que sabía con certeza lo que yo ya llevaba unos días sospechando y que no había querido compartir con nadie.
No porque tuviera miedo al resultado, sino porque me parecía imposible que algo así me estuviera pasando.
Bueno, imposible… imposible tampoco, porque de todas las veces que Ewan y yo nos habíamos acostado, hubo unas cuantas en las que estábamos tan centrados en nuestro placer que la protección se había quedado en el olvido.
Lo que me pasaba es que todavía estaba en proceso de asimilación porque, aunque segura al cien por cien no estaba, sí que lo estaba al menos a un ochenta por ciento.
Síntomas no tenía ninguno más allá de unas leves molestias en el estómago, pero el periodo no me había bajado ese mes y yo era como un reloj para eso.
Por eso no me había hecho ninguna prueba ni tampoco se lo había dicho ni a Ewan ni a nadie.
—¿Isla?
—¿Sí?
—No te has hecho ninguna prueba, ¿no es cierto?
Resoplé y me senté a su lado.
Moira no iba a dejarlo pasar e insistiría en hablar del tema, así que, ya que tenía dentro de mí ese comecome que no me dejaba parar, me rendí y decidí hablarlo con ella, sabiendo que no saldría de aquella habitación.
—Al final voy a terminar pensando que sí que eres un poco bruja.
Soltó una risita mientras acercaba la mano y la posaba en mi vientre.
—No soy bruja, solo observadora. Siempre lo he sido, pero tantas horas tumbada sin hacer nada han hecho que, al parecer, eso se desarrolle más.
—¿Me has estado observando?
—A ti y a todos.
—¿Y qué has visto? —pregunté intrigada.
—Que frunces el ceño cuando he tenido hemorragias las últimas veces porque te molesta el olor de la sangre, no has bebido nada de alcohol, ni siquiera el día de Navidad, y te llevas la mano al vientre inconscientemente algunas veces.
La leche, pues sí que se había fijado en cosas, pensé mientras la miraba alucinada.
—No sé si lo estoy, pero lo sospecho.
—Lo estás —dijo muy segura—. Será una niña preciosa. Y no se te olvide que llevará mi nombre.
Nos miramos y nos echamos a reír.
Moira era tremenda. En solo unos meses había llegado a quererla muchísimo y sabía que lo iba a pasar fatal cuando tuviera que decirle adiós. Y no sería la única, porque en aquella casa se había ganado el cariño de todos.
¿Lo hizo mal en el pasado? Pues sí.
Pero desde luego que pagó con creces su error y, encima, había hecho todo lo posible por remediarlo y mejor no podía haberle salido.
—Tengo una prueba en mi habitación que compré el día que bajé con Poppy al pueblo a comprar el chocolate que Mabel necesitaba para el postre. Pero aún no me he atrevido a hacérmela.
—No esperes. Háztela cuanto antes. Ewan tiene que saberlo y, sinceramente, a mí me gustaría saberlo con seguridad antes de irme.
—Moira…
—Tú sabes mejor que nadie que no me queda tiempo. Ya no es cuestión de meses. Eso se ha reducido a días, pocas semanas como mucho.
Lo sabía. Claro que lo sabía y lo veía cada día.
Estaba totalmente consumida. Parecía un espectro por la palidez que tenía. Las petequias no solo las tenía donde empezaron a salir, en los pómulos, sino también por otras partes del cuerpo.
La dificultad respiratoria había llegado hacía días, aunque ella, para no preocupar a nadie, intentaba disimularla.
Pero Finlay, Erin, Mary y yo lo habíamos hablado estando los cuatro a solas y habíamos llegado a la misma conclusión: el tiempo estaba llegando a su fin. Su cuerpo estaba a punto de decir: «Se acabó, no puedo más. Hasta aquí he llegado».
—Lo haré más tarde, ¿vale? Y, si es que sí, será lo primero que todos sepan al empezar el año.
—No podríamos empezar el año con una noticia mejor. Si es cierto, que estoy segura de que lo será, te garantizo que me voy a morir de lo más feliz.
—No… no digas eso.
—Es la verdad. Me voy a ir en paz y muy contenta sabiendo que el hombre al que amo tiene a su lado a la mejor mujer y que, encima, fruto de ese amor que os tenéis, una nueva vida llegará el mismo año que yo me voy.
—Moira… —susurré mientras la abrazaba con mucho cuidado—. No te merecías esto. Nadie lo merece. Pero tú mucho menos. Eres una gran mujer, la mejor que yo haya conocido.
Charlamos un poquito más del tema, pero fue muy breve, ya que todos empezaron a pasar por la habitación para darle los buenos días y preguntarle cómo estaba.
Salí un rato después de la habitación pensando que el día se iba a presentar de lo más intenso.
Pero, mientras me hacía la prueba en mi habitación, no sabía en ese momento cuánto lo sería, ya que iban a pasar muchas cosas y no todas precisamente buenas.