Capítulo 31
Acabada la cena, nos quedamos en el mismo salón jugando a las películas. Las risas que nos echamos fueron impresionantes. Erin y yo les dimos un baño increíble; era un juego al que jugábamos desde el orfanato y nuestra conexión para entendernos era única.
Finlay y Poppy nos siguieron de cerca, y los hermanos Mackenzie quedaron a la altura del betún, como bien se encargó de decirles la niña, porque eran pésimos en el juego.
Mabel y Moira fueron las jueces y disfrutaron del juego de esa manera casi tanto como los demás.
—Familia, ha sido maravilloso estar con vosotros esta noche, pero yo me retiro ya. Estoy cansada.
Y tenía que estarlo porque, en un día normal, haría al menos dos horas que estaría ya acostada, pero esa noche no había querido irse a la cama porque quería quedarse allí disfrutando con todos.
—Vamos, te daré medicación para que descanses.
—Y creo que no es la única que necesita ya una cama —dijo Erin en voz baja, señalando con la cabeza a Poppy, que se había quedado dormida contra el costado de Mabel en el sofá.
—Hermano, vamos a llevar a estas señoritas a la cama —dijo Duncan.
Ewan se levantó enseguida y cogió en brazos a Moira, que protestó un poco porque decía que podía llegar andando a la habitación, pero hasta yo le dije que había tenido mucho trajín y que por ese día le perdonaba el paseo.
Duncan cogió a su hija y, mientras nosotros, junto a Mabel, acostábamos a Moira, él hizo lo mismo con la niña en el piso de arriba, donde dormían cuando se quedaban en la casa y donde también se quedarían Erin y Finlay, en la habitación que, sin yo saberlo, Mabel les había preparado el día anterior.
—No ha abierto ni un ojo, estaba rendida —dijo Duncan cuando volvió al salón.
Ewan y yo habíamos vuelto también, pero Mabel nos dijo al salir de la habitación de Moira que ella también se retiraba y se quedó ya en su habitación.
—¿Una última copa? —ofreció Ewan.
Todos aceptamos y él mismo nos las sirvió. No todas con alcohol, ya que Erin y yo tomamos un licor que no lo llevaba.
Nos quedamos los cinco charlando una hora más antes de irnos a descansar. Al día siguiente las dos bellas durmientes, por diferentes motivos, se levantarían pronto, así que tampoco quisimos trasnochar más.
—¿Lo has pasado bien? —me preguntó Ewan, ya metidos en la cama mientras me abrazaba.
—Ha sido perfecto.
—Tú sí que eres perfecta —dijo apretándome más contra él.
Me giré para mirarlo a los ojos.
—Ewan, en serio, muchas gracias por invitar a Erin y Finlay. Es el mejor regalo de Navidad que podía hacerme nadie.
—Me alegro de que te haya hecho muy feliz. Ya tenía ganas de conocerlos y déjame decirte que son geniales los dos.
—Sí que lo son.
Nos quedamos mirándonos unos segundos y, como tantas veces nos pasaba, no pudimos apartar la mirada. Ewan subió la mano y me acarició la mejilla. Yo subí la mía y le acaricié el pelo.
—Isla… te quiero. Te quiero como nunca pensé que podría querer a nadie.
Los ojos se me aguaron por la emoción que sentí. Tanta que el pecho se me estrujó al oírle por fin esas palabras que tanto tiempo llevaba esperando que dijera en voz alta.
Yo no me quise quedar atrás. Lo abracé y, contra su pecho, también le confesé lo que sentía.
—Llevo enamorada de ti, creo, desde el primer día que te vi. Te quiero tanto que duele.
Nos quedamos así unos segundos.
—Isla, tengo miedo…
Hizo una pausa antes de seguir. Se le notaba que le costaba hablar. Por la emoción del momento y porque seguramente se sentía un poco vulnerable al decir en voz alta lo que le aterraba.
—Tengo miedo a que todo cambie. A no ser suficiente. A que pase algo que nos separe. No quiero perderte.
Con esa confesión, que más acertada no podía ser, al menos para mí, no me pude contener y me eché a llorar en sus brazos porque yo sentía cosas parecidas y me parecía justo que él también las supiera.
—Yo también tengo miedo. Tengo miedo a no ser suficiente, a que cuando todo cambie te des cuenta de que esto ha sido solo algo que ha surgido por las circunstancias. A que ahora estés conmigo porque me necesites, pero que, cuando dejes de hacerlo, me dejes.
Me separó de su pecho para mirarme a los ojos.
—Isla, yo siempre te voy a necesitar. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. Quiero ser tu sostén como tú estás siendo el mío. Quiero una vida y un futuro juntos, quiero todo.
Sollocé contra su boca.
—Yo también te necesito. Y también quiero una vida contigo. Ya no concibo un futuro en el que tú no estés. Quiero todo contigo.
—Pues lucharemos juntos contra esos miedos. Nos sostendremos el uno al otro y tendremos ese futuro que nos merecemos. Porque yo tampoco puedo pensar en uno en el que tú no estés.
Nos miramos dos segundos más y sellamos ese pacto de futuro de la mejor manera, con un beso.
Un beso lleno de ternura, cariño, amor y, sobre todo, esperanza.
Así, abrazados, nos quedamos dormidos y de la misma manera nos despertamos al día siguiente, sonriendo cuando oímos a Poppy hablar en la habitación de Moira.
Ese día habían sido las más madrugadoras de la casa.
Una porque cada día le costaba más dormir varias horas seguidas y la otra por la excitación que sentía al saber que el árbol de Navidad que estaba en el salón estaría lleno de regalos para todos.
Yo no había salido de la casa, pero había comprado cosas para todos por internet. Incluso para mis amigos, a los que pensaba pedirle un día a Ewan que me acercara a su casa para verlos y darles esos regalos, pero, por suerte, eso ya no iba a ser necesario.
Ewan y yo entramos sigilosos en la habitación y sonreímos al verlas a las dos tumbadas en la cama hablando entre susurros.
—¿Qué hacen las dos casamenteras?
—Tío Ewan, Isla, buenos días. Le estaba contando a Moira los regalos que tenemos cada uno.
—¿Has ido al salón a contarlos?
—Pues claro, si no, ¿cómo podría saberlo? No soy adivina.
Me acerqué a Moira como cada mañana y empecé a revisarla. Fruncí el ceño al notar su piel un poco caliente.
—¿Qué pasa? —me preguntó Ewan al ver mi gesto.
—Creo que tiene unas décimas. Voy a comprobarlo.
Le puse el termómetro y, efectivamente, tenía unas décimas de fiebre. No eran alarmantes, pero estaban ahí y eso significaba que podía tener alguna infección.
—Poppy, ¿puedes subir y decirle a Finlay que baje? Seguro que ya está despierto.
—¿Finlay ayudará a la tía Moira? Pero si él cura niños, no mayores.
—Pero en esto seguro que sí puede ayudarla.
Asintió y salió corriendo de la habitación.
—No me duele el pecho ni tengo tos ni nada.
—Puede ser una infección en otro sitio. No tiene por qué ser respiratoria. Esperaremos a ver qué dice Finlay y, si no, llamaremos a Mary. Me dejó aquí antibióticos de varias clases, así que podremos parar lo que sea enseguida.
No solo Finlay llegó unos minutos después, sino que todos lo hicieron. Aunque, para poder examinar mejor a Moira, él les pidió que salieran. Solo Erin y yo nos quedamos para ayudarlo a moverla.
—El pecho está limpio y en la piel no veo por ningún sitio ni hongos ni herpes. En mi maletín tengo para hacer pruebas de infección de orina. Tengo la impresión de que puede ser eso, así que vamos a hacerla.
La prueba salió positiva y mi amigo me pidió que llamáramos a la doctora Smith para hablar con ella. Hablaron durante unos minutos y, al colgar, me dijo lo que había que ponerle a Moira.
Antibiótico por vena durante cinco días. Era lo más rápido y efectivo y, por suerte, tenía allí el que había que ponerle, así que, sin demora, preparé todo y le puse el gotero.
—Ya podéis pasar —dije al abrir la puerta a todos los que estaban en el pasillo esperando.
—¿Un gotero? ¿Qué le pasa?
—Infección de orina, pero no es mucha. Con el antibiótico, hoy mismo las décimas desaparecerán —contestó Finlay a Ewan, y todos, incluido él, soltaron el aire que estaban conteniendo.
Mabel acompañó a Moira mientras desayunaba y los demás lo hicimos en la cocina. Tampoco era plan de estar tantos en la habitación.
Acabado el desayuno, la propia Moira quiso que la lleváramos al salón, aunque Finlay y yo le recomendamos que guardara cama ese día. No hubo manera de convencerla. Quería estar en el momento en el que todos abriéramos los regalos y no pudimos negárselo.
El momento fue emocionante. Todos, sin excepción, recibimos varias cosas. La que más se llevó fue Poppy, que alucinó con tantos regalos.
Los demás recibimos las típicas cosas. Ropa, perfumes…
Moira, un libro electrónico. Ewan, un móvil nuevo.
Mabel, un libro de cocina que tenía muchas ganas de tener.
Erin y Finlay, entradas para una obra de teatro que les hicieron muchísima ilusión.
Y Duncan, con el que nos reímos muchísimo, recibió un libro guía de cómo echarse novia y no morir en el intento.
Y yo quedé encantada con todo lo que recibí, pero, sobre todo, con el regalo de Ewan.
Una pulsera de oro blanco con el símbolo del infinito.