Capítulo 30
Aún faltaban un par de horas para la cena de Nochebuena. Toda la comida estaba preparada. Mabel había estado días planificando qué hacer y, entre el día anterior y ese, las dos habíamos pasado varias horas en la cocina mientras Duncan, Ewan y Poppy acompañaban a Moira.
Ya lo teníamos todo listo. Solo faltaba darle un último empujón a un par de cosas antes de servirlas, por eso en esos momentos estábamos todos sentados en el salón charlando cuando sonó el timbre de la puerta.
—¿Quién será? ¿Puede ser que la novia de papá se haya adelantado?
—No, Poppy, ella no podía venir antes. Llegará en tres días.
—Pues espero que no sea nada del trabajo del tío y se pierda la cena.
Ese mismo pensamiento se me pasó por la cabeza. Que hubiera pasado algo en los caminos o los bosques. Un incendio, algún cazador que la hubiera liado o cualquier otra cosa que hiciera que Ewan tuviera que marcharse.
Esperaba que no fuera eso, porque sería horrible que se perdiera la cena, con lo importante que era ese año tanto para él como para todos.
—Vamos a salir de dudas. Isla, ¿me acompañas a abrir?
—Claro, preciosa, yo voy contigo.
Poppy abrió la puerta y, cuando vi quién estaba al otro lado, tuve que pestañear varias veces para que mi cerebro procesara lo que estaba viendo y me dijera que no era una alucinación.
Los ojos se me llenaron de lágrimas sin poder evitarlo cuando comprobé que sí, que era real y que mis amigos estaban en la puerta de la casa Mackenzie sonriéndome e igual de emocionados.
Erin fue la primera en reaccionar. Yo no fui capaz, estaba petrificada. Dio los pasos que nos separaban y me envolvió entre sus brazos.
—Mi niña…
—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Qué hacéis aquí? —dije entre sollozos.
—Eso que te lo expliquen tu chico y Moira, que son los que han hecho posible que estemos aquí —dijo Finlay mientras, como hacía muchas otras veces, nos envolvía a las dos entre sus brazos.
Estuvimos así hasta que los tres nos calmamos.
—¿Son amigos tuyos, Isla?
Me giré limpiándome las lágrimas para contestar a Poppy, que seguía a mi lado, y vi que no solo ella estaba allí. Se habían acercado todos.
Mabel nos miraba emocionada mientras se limpiaba las lágrimas con el pico del mandil que llevaba. Duncan sonreía y sujetaba a Moira por un lado mientras Ewan lo hacía por el otro. Ella sonreía de oreja a oreja y mi chico, como Erin lo había llamado, me miraba emocionado al verme tan feliz.
—Son más que eso, son mi familia —dije con orgullo.
—Sí que lo somos —contestaron los dos a la vez.
—Tú debes de ser Poppy, alias la buscanovias.
Poppy levantó la cabeza orgullosa al oír a Erin decirle eso y en su cara apareció una sonrisa de oreja a oreja.
—Esa soy yo y casi, casi lo tengo ya cerrado. En tres días mi padre caerá y Mary, que así se llama la afortunada, caerá rendida a sus pies cuando lo conozca —contestó dando dos pasos hacia Erin para saludarla con dos besos.
Todos nos echamos a reír. Fue inevitable. Hasta Duncan lo hizo. El pobre creo que ya estaba aceptando cuál iba a ser su destino y se había rendido.
—Pues yo soy Erin, amiga y hermana de Isla. Y él es mi marido, Finlay, amigo y hermano también.
—Encantada de conoceros a los dos. Venid, que os presento al resto —les pidió haciendo de anfitriona.
Fue señalándolos uno a uno.
—Ella es Mabel, la jefa de la casa, la que nos alimenta, a la que no se le escapa nada y la que más rango de edad tiene en esta casa. Así que hacedle caso u os dejará sin dulces.
—Esa soy yo —dijo Mabel muerta de risa—. Encantada de conoceros por fin, chicos.
—Él es mi padre, el futuro novio. A su lado está mi tía Moira, que está un poco malita, así que hay que cuidarla. Y el otro, que se parece a mi padre, pero es un poco menos guapo, es el tío Ewan. Creo que será algo vuestro, aunque no tengo claro el qué, porque es el novio de Isla.
Pobrecita mía, con eso de los parentescos tenía un poco de lío, pero se explicó lo mejor que pudo y todos la entendimos a la perfección.
Erin y Finlay se acercaron a todos y los fueron saludando con besos y abrazos.
—Vamos al salón, sentados estaremos mejor —dijo Duncan y todos asentimos.
Erin se quedó atrás y volvió hasta mí para agarrarme de la cintura y caminar juntas.
—Ahora dime qué hacéis aquí, porque estoy contentísima de que así sea, pero alucinando también.
—Ha sido cosa de Ewan y Moira, nos llamaron la semana pasada.
Mientras íbamos hacia el salón, me contó que, en una llamada que hicieron sin que yo me enterara una tarde, les habían propuesto venir a pasar todos los días de Navidad que pudieran.
Ambos sabían, aunque yo no lo había dicho, que echaría mucho de menos a mis amigos. Y supusieron que a ellos les pasaría lo mismo, así que por eso los llamaron. A Erin y a Finlay les faltó tiempo para decir que aceptaban encantados.
—¿Entonces os quedáis unos días?
—Hemos cogido vacaciones. Con Hamish sabes que no hay problema y a Finlay le debían muchos días en el hospital. No tenemos que volver al trabajo hasta el tres de enero, así que nos quedamos todas las Navidades con vosotros, si te parece bien.
—¿Cómo no va a parecerme bien? Me parece maravilloso. Estoy contentísima, Erin. No he dicho nada, pero tenía un nudo en el estómago pensando que no nos veríamos este año en estas fechas. Nunca las habíamos pasado separadas.
—Nosotros estábamos igual. Así que estamos contentísimos con la invitación. Además, así podremos echarte una mano con… ya sabes.
Se refería a Moira, pero delante de Poppy no solíamos hablar del tema de manera muy abierta porque, aunque era una niña muy lista, había cosas que era mejor que no supiera.
Todos se sentaron de nuevo donde estaban antes de que sonara el timbre, y Erin y Finlay lo hicieron donde Poppy les dijo que estarían bien, a su lado, lógicamente, para hacerles un interrogatorio completo.
Antes de sentarme, me acerqué al sofá en el que estaban Ewan y Moira, uno al lado del otro, y me arrodillé para hablarles.
—Gracias, no sabéis lo que esto significa para mí.
—Ahora vas a ser tú la de las gracias —bromeó Moira—. No tienes que dárnoslas, cariño. Tú nos has dado mucho, más de lo que crees, y queríamos que tuvieras a toda tu familia contigo para que fueras feliz del todo.
La abracé.
Me separé emocionada y me giré hacia Ewan, que ya estaba con los brazos abiertos para abrazarme. No lo dudé y me lancé hacia ellos.
—Gracias, Ewan, me habéis hecho muy feliz.
—Gracias a ti, preciosa, por llegar a mi vida, por todo —me susurró antes de darme un pequeño beso en el cuello.
La tarde fue fabulosa. Erin y Finlay encajaron con todos con una naturalidad impresionante. Daba gusto verlo, era como si todos nos conociéramos de toda la vida.
La cena la hicimos, como estaba planeado, en el salón. Todos nos pusimos a una para prepararlo todo.
Erin, Mabel y yo nos quedamos en la cocina ultimando lo que faltaba. Duncan, Finlay y Ewan se encargaron de poner la mesa y llevar las bandejas con la comida. Moira y Poppy fueron las organizadoras y se dedicaron a decir cómo y dónde iba cada cosa.
Sentada a la mesa, no pude evitar mirarlos uno a uno. Todos, a su manera, me habían robado un pedacito de corazón.
Erin, mi hermana, con la que más cosas había vivido en la vida, buenas, regulares y malas, pero juntas las habíamos superado o disfrutado todas, estaba sentada al lado de Poppy, que le contaba algo del colegio que la hacía reír a carcajadas.
A su lado estaba Finlay, otro que era un hermano para mí. Llevaba menos años en mi vida, pero eso daba igual. El cariño no se mide por el tiempo que pases con una persona, sino por la intensidad de los momentos.
Pasé la mirada al siguiente.
Duncan…
Con Duncan me había pasado como con Finlay. Conectamos perfectamente desde el primer momento; ya era un amigo muy querido para mí y estaba segura de que lo sería para toda la vida. En esos momentos bromeaba con Mabel, que era la que estaba sentada a su lado.
Mabel…
Esa mujer que me recibió el primer día con una sonrisa cálida y que me leyó desde el minuto cero se había convertido para mí, en esos meses, en la madre que nunca tuve. Era mi confidente en la casa y la que mejor sabía cómo estaba sin tan siquiera preguntarme.
Mabel era excepcional en todos los sentidos.
Como había dicho Poppy, era la de más rango de edad de la casa.
A sus sesenta y tres años, sus ojos habían visto más de lo que le hubiera gustado, pero siempre intentaba sacar algo bueno de todas las situaciones.
Estaba pendiente de todos como una mamá gallina.
Moira era la siguiente. Sentada al lado de Mabel, a la que al igual que yo consideraba una madre, también reía por algo que Duncan decía.
Moira… Ay, Moira.
Esa mujer me eligió por un motivo. Yo había venido para cuidarla, para acompañarla y para estar para ella en todo lo que necesitara, pero ella había hecho más por mí que yo por ella.
Con su intuición, su corazonada o como quisiéramos llamarlo, me había dado lo más grande. Me había puesto en el mismo camino que Ewan, haciendo que conociera al amor de mi vida.
Me dolía en el alma verla cada día. Ver cómo lo inevitable estaba cerca, cómo se le iba un poquito más la vida. Pero, por otra parte, estaba tranquila porque sabía que se iría en paz y sin dejar nada pendiente. Ella había aceptado las cosas como eran; a los demás nos estaba costando más hacerlo.
Giré la cabeza y miré al último que me quedaba. Al hombre que me había robado el corazón sin esperarlo, sin pretenderlo y sin poder evitarlo.
Ewan…
Mi chico se reía a carcajadas al ver la cara de horror que estaba poniendo su hermano porque Moira le estaba diciendo algo, seguramente de Mary, la doctora.
Giró la cabeza un segundo para mirarme y su risa bajó casi de golpe al verme la cara y los ojos aguados. Con rapidez, me agarró la mano que tenía encima de la mesa y me la apretó. Se inclinó para hablarme cerca y que solo yo lo oyera.
—Cariño… ¿Estás bien? Estás muy callada —preguntó, preocupado.
—Estoy bien, solo os miraba y pensaba.
—¿En qué?
—En que tengo una familia rara, pero la mejor del mundo. Porque eso sois todos para mí. Mi familia —contesté con sinceridad porque así los sentía.