Epílogo
Dieciocho años más tarde…
—Mamá, ¿qué queda por llevar?
—Solo el vino y los refrescos fríos. Lo demás ya está en la mesa.
Moira se acercó hasta donde estaba poniendo las botellas y cogió las que pudo. El resto las cogí yo y juntas salimos de la cocina en dirección al salón.
La miré de reojo mientras caminábamos y sonreí.
Era su cumpleaños. Mi niña, que ya no era tan niña, cumplía ese día dieciocho años. Ya era toda una mujer, guapísima, y no, no era amor de madre, era la verdad.
—¿Ya están todos en el salón?
—Sí, Poppy era la que faltaba y acaba de llegar. Y, si te digo la verdad, no sé si prefería que no hubiera venido —dijo bromeando—, porque cuando me ha felicitado me ha mirado con esa cara suya en plan trabajo.
Solté tal carcajada que estuve a punto de dejar caer las botellas.
—Pues prepárate, porque si es así estás perdida. Cuando nuestra casamentera se empeña en algo, no para hasta conseguirlo.
—Eso he pensado. Solo espero que no saque los catálogos de los solteros, al menos antes de que sople las velas —contestó adelantándome para entrar en el salón.
Yo llegué un minuto después y me paré en la puerta para mirar a todos los que estaban dentro, riendo y bromeando.
A los primeros que vi, porque los tenía más cerca, fueron Duncan y Mary, otra pareja que se formó gracias a nuestra querida Moira. Los dos reían por algo que su hijo Thomas les estaba diciendo.
Su relación seguía tan bien como desde el día que se conocieron o incluso mejor.
Se habían casado hacía ya dieciséis años.
Mary quería a Poppy como a una hija y, de hecho, legalmente lo era desde que la niña tenía quince años, cuando su madre se largó para no volver con un novio rico que se echó.
Además, habían aumentado la familia con Thomas, que tenía ya doce años y era un calco de Duncan en todos los sentidos.
Mi mirada se fue hasta los que estaban a su lado. Mis amigos, mis hermanos de corazón y los que nunca habían salido de mi vida y a los que seguía queriendo con toda mi alma, como ellos a mí.
Erin y Finlay.
Ellos también habían sido padres y, además, lo fueron por primera vez casi al mismo tiempo que nosotros, ya que solo un mes después de que yo anunciara aquel primer día del año que estaba embarazada, mi querida Erin nos sorprendió diciendo que ella también lo estaba.
Miré a sus tres hijos.
Ronald, de diecisiete años; Fiona, de quince; y Skye, de once, estaban los tres sentados juntos en el sofá hablando entre ellos.
Los cinco formaban una familia preciosa. Mis amigos seguían igual que siempre, queriéndose como desde que eran jóvenes y estando no solo el uno para el otro, sino para todo el que los necesitara.
Ellos, al igual que Duncan y los suyos, seguían viviendo en Perth, pero no había fin de semana, fiesta o vacaciones en los que no vinieran a casa y nosotros encantados con ello.
Antes de mirar a los que me quedaban, a mi mente llegaron las imágenes de las dos grandes ausencias de nuestra familia. Pero no me puse triste. Las recordé con una sonrisa, como a ellas les habría gustado.
La primera, Moira, que ya hacía dieciocho años que nos había dejado, pero no por eso la habíamos olvidado, ni mucho menos. Seguía muy presente y la recordábamos a menudo.
Luego pensé en Mabel, mi amiga, esa mujer maravillosa que fue una madre para mí y que se nos fue ya diez años atrás, cuando un infarto hizo que su corazón se parara mientras dormía.
Fue un palo enorme, pero todos nos apoyamos muchísimo y pasamos el duelo recordándola con cariño y no llorando.
La risa de Poppy me hizo fijarme en ella.
Esa niña ya era toda una mujer de veintisiete años, preciosa, decidida y con las cosas muy claras. Y tan claras, pensé, aguantándome la risa, porque para montar el negocio que había montado tres años atrás, cuando terminó de estudiar ADE, había que tenerlas.
Había montado un negocio que se llamaba «Poppy: La casamentera».
Y, sorprendentemente, le iba de maravilla. A su local iba gente de toda Escocia que buscaba pareja para que ella los ayudara.
Los clasificaba por sus gustos, aficiones, edad y preferencias en distintos catálogos y luego los estudiaba con mucho cuidado para unir parejas que, según ella, estaban destinadas, pero que por cosas de la vida no se habían encontrado todavía.
Y daba resultado porque de sus manos, en esos tres años, ya habían salido cientos de parejas que, por lo que nos contaba, seguían juntas, enamoradas y muy felices.
Solté una risita al pensar en cuánto debió de impactarle que Moira hiciera de casamentera con Ewan y conmigo para que ella siguiera sus pasos y aquello se hubiera convertido también en su modo de vida.
Otra risa, la más bonita para mí, me hizo mirar a los tres amores de mi vida, que estaban junto a la mesa colocando las bebidas que Moira había traído de la cocina.
Mi hija Moira, que, como sabéis, llevaba el nombre de su tocaya y de la culpable, para bien, de que ella estuviera en aquel salón cumpliendo años.
A su lado estaba su hermano Hamish, de dieciséis años, que llevaba el nombre de mi amigo y jefe porque seguía siéndolo, ya que yo continuaba atendiendo a personas a domicilio, pero en Pitlochry.
Y detrás de ellos estaba su padre, mirándolos con un amor puro y real, el mismo con el que seguía mirándome a mí después de tantos años juntos.
Ewan…
Él era mi mundo entero, el hombre que me robó el corazón desde que cruzamos aquella primera mirada. Desde entonces se había convertido en mi amigo, mi confidente, mi amante y el que me sostenía cuando hacía falta.
Lo que no había llegado a ser era mi marido, al menos legalmente. Eso fue algo que hablamos muchísimo y llegamos a la conclusión de que no hacía falta firmar un papel para sentirnos un matrimonio. Ya lo éramos.
Me acerqué hasta ellos. Dejé las botellas en la mesa y me agarré a Ewan, que, nada más notar mi presencia, alargó un brazo para pegarme a él.
—Mamá, sabes que creo que Poppy, ahora que Moira ya es mayor de edad, va a hacerla entrar en sus catálogos —dijo mi hijo muerto de risa.
Moira resopló y Ewan contuvo la risa.
—Sí, algo he oído —contesté divertida.
—Pues estáis equivocados —dijo Poppy desde el otro lado de la mesa.
—No mientas, hermanita, que te he oído decírselo a mamá antes de venir —dijo su hermano.
—He dicho que están equivocados, pero no he dicho en qué —contestó cruzándose de brazos y poniéndose muy seria.
—Bueno… Esto se pone interesante —me susurró Erin, que se había colocado a mi lado.
—A ver por dónde nos sale, porque de esta chiquilla me puedo esperar cualquier cosa.
—Ewan, te apuesto cincuenta libras a que no acierta —le dijo Finlay divertido, que se había unido a nosotros y agarraba a Erin desde atrás de la misma manera que me había agarrado a mí Ewan un minuto antes.
—Acepto la apuesta. Yo confío en mi sobrina. Tiene buen ojo para buscar parejas, al igual que lo tenía Moira.
—Pero no la animéis. Dios… Sois peores que ella —se quejó mi hija.
—¿En qué estaban equivocados, hija? —le preguntó Duncan.
Poppy sonrió de medio lado antes de contestar y, conociéndola tan bien como lo hacía, con solo ver aquella sonrisa ya sabía que lo que iba a soltar por la boca dejaría a más de uno mudo en el salón.
—Pues en que no necesito hacerle una ficha ni meterla en los catálogos. Ni tampoco enseñarle ninguno para decirle quién es el hombre destinado para ella. Solo tengo que decirlo en voz alta para darles el empujoncito que necesitan.
—¿No? —preguntó Mary extrañada.
—No. ¿Verdad, Moira? Porque tu corazón ya lo eligió hace muchos años. Y el de él hizo lo mismo.
Mi hija la miró con la boca abierta, alucinada. Ewan, mis amigos y yo nos miramos sonriendo.
—¿Qué? —le preguntó bajito.
—Que no creo que haya nadie en este salón que no sepa a quién has entregado tu corazón y de quién estás enamorada.
Mi hija se puso roja como un tomate y agachó la cabeza avergonzada.
A Poppy le dio igual. Ella siguió a lo suyo.
—Solo falta que seas valiente y lo digas en voz alta y que él también lo diga claro. ¿No es así, Ronald? ¿No dices nada?
El hijo de Erin y Finlay, que estaba bebiendo un refresco en esos momentos y se estaba haciendo el tonto como si él no fuera la otra parte implicada en aquella conversación, poco más y se atraganta. Menos mal que escupió el líquido dentro del vaso.
—¿Qué tengo que decir?
—Coño, pues que la quieres o que quieres pasar el resto de tu vida con ella. Yo qué sé, eso lo dejo en tus manos. Cómo quieras declararle tu amor es cosa tuya; yo ahí ya no entro.
Todos pensamos que el pobre Ronald se moriría de la vergüenza, saldría corriendo o se desmayaría allí mismo. Pero, para sorpresa de todos, no hizo nada de eso.
Dejó el vaso en la mesa con un golpe seco, se acercó a Moira, que lo miraba alucinada por su arranque, le cogió la cara con las dos manos y le plantó un beso corto en los labios, seguido de un «te quiero» susurrado muy bajito.
Mi hija, cuando la soltó, tenía los ojos aguados por la emoción y se acurrucó contra su pecho para que la abrazara.
Lo hizo.
Ronald la abrazó con decisión, cariño y mucha ternura.
—Tío, me debes esas cincuenta —le dijo Ewan a Finlay riéndose mientras el otro resoplaba.
Poppy sonrió orgullosa e hizo una reverencia, haciéndonos reír.
—Pues ya está, otra pareja más que se une gracias a Poppy, la casamentera.
—Bueno, no te tires tantas flores porque esto aquí lo sabíamos todos desde hacía años. Solo era cuestión de tiempo que pasara —le dijo Fiona dándole una palmadita en la espalda.
—Pero son tímidos y lentos y, si no intervengo y les doy un empujoncito, lo mismo les salen canas y siguen sin decirse nada y a mí me salen más de la desesperación de verlos.
—Eres tremenda.
—Pues hazte a la idea de que eres la siguiente que tengo en mi punto de mira.
—A mí déjame en paz, que soy muy joven y no quiero ni novias ni novios —le dijo Fiona antes de echar a correr, con Poppy detrás de ella.
—Nuestra hija no podía haber elegido mejor.
—El nuestro tampoco. Estoy contentísima por ellos —me contestó Erin emocionada, mirando a nuestros niños, ya no tan niños, que seguían abrazados, susurrándose algo que no oíamos.
—Desde luego es buena casamentera, acertó —me susurró Ewan mirando a Moira y a Ronald.
—Cuando dos corazones están destinados, hay veces que se encuentran solos y otras, como los nuestros, necesitan una guía para encontrarse.
—Nosotros tuvimos la mejor guía.
—La tuvimos.
—Aunque estoy seguro de que al final te habría encontrado igual. Mi corazón siempre ha sido tuyo.
Se acercó y me besó de tal manera que todo a nuestro alrededor desapareció. Solo quedamos nosotros en el salón. No había risas, conversaciones ni ningún otro sonido, solo el de nuestros corazones latiendo al compás.
Separamos nuestros labios cuando nos faltó el aire, pero seguimos abrazados, mirándonos a los ojos.
—Te amo, Isla.
—Te amo. Para siempre.