Capítulo 28
Los días y las semanas pasaron más rápido de lo que nos hubiera gustado y, casi sin verlo venir, nos metimos de lleno en plenas Navidades.
Durante todo ese tiempo, desde que Ewan y Moira hablaron y ella también lo hizo con todos nosotros, las cosas cambiaron bastante y, en ese sentido, para bien.
Entre ellos la relación dio un giro radical.
De no tratarse ni decirse siquiera hola, pasaron a ser los amigos que habían sido en el pasado.
Todos los días, antes de irse a trabajar, Ewan pasaba por la habitación de Moira para darle los buenos días si ella ya estaba despierta, que solía ser casi siempre porque cada vez dormía menos.
—¿Cómo has pasado la noche? —le preguntó una mañana mientras yo terminaba de colocarle los cojines a la espalda.
—He dormido poco, pero bien.
—¿Te duele algo?
Moira me miró de reojo y sonrió.
—Ya tengo una enfermera que me interroga todas las mañanas. No necesito otra.
—Pues ahora tienes dos. Contesta.
—Pesados… —murmuró, aunque la sonrisa seguía en sus labios.
Verlos así todavía conseguía emocionarme. No porque hubieran borrado lo ocurrido entre ellos, porque eso era imposible, sino porque habían conseguido dejarlo en el lugar al que pertenecía: el pasado.
Las comidas, si Moira tenía fuerzas, las hacíamos todos juntos en la cocina y, si no, éramos nosotros los que comíamos con ella en la habitación para hacerle compañía.
Por las tardes seguíamos yendo al salón, aunque cada vez durante menos tiempo porque la enfermedad se hacía más presente a medida que pasaban los días.
Allí se nos unía Ewan un rato cuando volvía de trabajar y nos contaba cómo había ido su jornada mientras nosotras le hablábamos de la nuestra.
Era una rutina que podía parecer aburrida desde fuera, pero con la que todos estábamos bien y que, además, era tan necesaria como inevitable.
Dos fines de semana volvieron Duncan y Poppy y, como siempre ocurría cuando aparecían, la casa se llenó de alegría. Sobre todo gracias a Poppy, que parecía haberse propuesto que nadie pudiera estar serio demasiado tiempo en su presencia.
—He encontrado otra —anunció durante una de las comidas.
Duncan dejó de masticar y la miró con desconfianza.
—¿Otra qué?
—Novia para ti.
Moira soltó una carcajada y Ewan bajó la cabeza para disimular la suya.
—Poppy, ya hemos hablado de esto.
—Sí, pero no haces nada.
—Porque no quiero hacer nada.
—Pues por eso lo hago yo.
—¿Y quién es la pobre desgraciada esta vez? —preguntó Ewan.
—Una profesora del colegio. Es muy guapa y no tiene novio.
—¿Y cómo sabes tú que no tiene novio? —pregunté.
Poppy me miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.
—Porque se lo he preguntado.
Esta vez ninguno de nosotros pudo contener la risa.
—Un día voy a dejar de llevarte al colegio —gruñó Duncan.
—No puedes. Es obligatorio.
—Lo tiene todo pensado —dijo Moira entre risas.
—Todo —confirmó Poppy muy seria—. Alguien tiene que ocuparse de él.
Aquellos momentos eran un regalo. Durante un rato conseguíamos olvidarnos de todo lo demás y la casa volvía a llenarse de risas, bromas y conversaciones que nada tenían que ver con enfermedades, tratamientos o despedidas.
Duncan también estaba mucho más tranquilo desde que había visto el cambio entre su hermano y Moira. El primer fin de semana que volvió después de que hablaran, tuvo una larga conversación con Ewan y, aunque no supe todo lo que se dijeron, sí escuché una parte cuando salieron juntos al jardín.
—Tenías que haberme contado lo mal que estabas llevando todo esto —le reprochó.
—Tú también sabías la verdad y no me dijiste nada.
—Porque no me correspondía hacerlo. Pero ahora sí me corresponde decirte que no tienes que pasar por esto solo.
Ewan guardó silencio.
—Llámame cuando lo necesites —continuó Duncan—. Me da igual la hora. Y si quieres que venga, vengo.
—Lo sé.
—No. Ahora lo sabes porque te lo estoy diciendo. Eres mi hermano, idiota.
Ewan sonrió antes de abrazarlo.
Y respecto a nosotros…
Las cosas no podían ir mejor.
Que Moira hubiera confesado por qué yo había sido la elegida para ser su enfermera, que nos contara la promesa que se había hecho de unirnos y verla tan feliz al saber que lo había conseguido, había sido liberador. Sobre todo para mí.
La culpa y aquella sensación de estar traicionándola que me habían acompañado durante los primeros días fueron desapareciendo poco a poco al ver cómo nos miraba. Lo hacía con cariño, con esperanza y con un brillo de triunfo en los ojos difícil de disimular.
Días después de su confesión y de que las cosas entre ella y Ewan se arreglaran, tuvimos nuestra propia conversación a solas.
—Sigo queriéndolo —me confesó.
No supe qué contestar y ella debió de verlo en mi cara.
—No pongas esa expresión, Isla. Que siga queriéndolo no significa que quiera recuperarlo.
—No pensaba eso.
—Sí lo pensabas.
Sonreí un poco al verme descubierta.
—Vale, quizá un poquito.
—He tenido mucho tiempo para pensar y he entendido algo que debería haber comprendido hace años. Querer a alguien también significa saber dejarlo marchar.
Me quedé mirándola.
—Y yo no lo hice. Lo retuve de la peor manera posible porque pensaba que, si lo tenía a mi lado, algún día conseguiría que me quisiera como yo lo quería a él. Ahora sé que no funciona así.
—Moira…
—Déjame terminar. —Agarró mi mano—. Ahora lo miro y vuelve a sonreír. Habla, bromea, tiene ganas de llegar a casa… Y después te mira a ti.
Bajé los ojos.
—No tienes que sentirte mal.
—A veces todavía me pasa.
—Pues deja de hacerlo. Yo quiero verlo feliz y tú lo haces feliz. ¿Cómo voy a enfadarme por haber conseguido exactamente lo que quería?
Aquello me encogió el corazón.
Hacer lo que había hecho Moira era un acto de amor impresionante que muy pocas personas serían capaces de llevar a cabo.
Porque no solo había dejado marchar al hombre al que seguía amando, sino que ese mismo amor la había empujado a buscar a alguien, en este caso a mí, para que encontrara la felicidad que, según ella, se merecía de una vez por todas.
Yo también me abrí y le conté cómo me había sentido durante todo aquel tiempo.
Cómo la culpa me había estado comiendo por dentro, cómo me había sentido una traidora y que lo peor de todo era que, aun sintiéndome así, no había podido evitar enamorarme del que en aquellos momentos todavía era su marido.
—¿Lo amas? —me preguntó.
La pregunta me pilló desprevenida.
Podía haberla esquivado, pero después de todo lo que ella me había contado, no habría sido justo.
—Sí.
Moira sonrió.
—Entonces mi plan ha salido todavía mejor de lo que esperaba.
—Estás fatal de la cabeza.
—Puede ser.
Las dos nos echamos a reír y aquella fue la última vez que sentí que tenía que esconderle algo.
Además, una semana después de que Ewan firmara los papeles del divorcio, Moira consiguió lo que había pedido y dejó de ser legalmente su mujer.
Mabel se había encargado de llevar toda la documentación al despacho de abogados para que tramitaran lo necesario y ella volvió a ser Moira Wilson, tal y como quería.
Como ya imaginaba, la que alucinó muchísimo cuando se enteró de todo el plan fue Erin. Sus carcajadas cuando se lo conté por teléfono, estaba segura de que se habían oído en todos los rincones de Perth.
—¡Esa mujer es mi ídolo! —gritó cuando consiguió dejar de reírse.
—Erin…
—¿Qué? ¡Si es una genia! Te ve en una foto y decide que eres la mujer perfecta para su marido.
—Exmarido.
—Ahora. Cuando te contrató, era su marido, lo que todavía tiene más mérito.
—No sé cómo consigues hacer que todo parezca todavía más surrealista.
—Porque lo es. Pero oye, ha funcionado.
Después de las bromas también se puso seria y me dijo que estaría eternamente agradecida a Moira porque, gracias a ella, yo había vuelto a abrir mi corazón después de lo que me ocurrió con Liam.
Según Erin, Ewan y yo nos entendíamos precisamente porque ambos sabíamos lo que era tener el corazón roto y el miedo que daba volver a confiar en alguien.
Al que también acabé contándole todo lo que estaba pasando en aquella casa fue a Hamish.
No solo era mi jefe, era mi amigo y como un padre para mí.
Cuando se enteró, también se echó a reír y dijo que, por fin, habíamos resuelto aquel misterio con el que empezó todo y que tanto nos había intrigado a los dos.
Pero lo que más me emocionó fue oírle decir que se alegraba por mí. No solo porque hubiera encontrado a un buen hombre, sino porque después de lo ocurrido con Liam había sido lo bastante valiente para volver a arriesgarme a ser feliz.
Y de Ewan y de mí, pues, ¿qué podía decir?
Que las cosas no podían ir mejor.
La complicidad que había estado presente desde el principio, desde aquel primer beso que nos dimos rodeados de campos arrasados, aumentaba cada día.
Ninguno de los dos nos habíamos atrevido, o quizá simplemente no se había dado el momento, a decirnos que nos queríamos, pero tampoco parecía necesario.
Era evidente para nosotros y para cualquiera que nos viera juntos.
Hablábamos muchísimo. De nuestras vidas, de nuestros miedos, de lo que queríamos y también del plan de Moira para unirnos, algo con lo que habíamos terminado bromeando.
—Tenemos que reconocer que es buena —dijo Ewan una noche.
Estábamos tumbados en mi cama y yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho.
—¿Quién?
—Moira.
—¿Como casamentera?
—Me recoges tú en la estación, me llevas a ver un bosque quemado, me besas…
Levanté la cabeza de golpe.
—¡Perdona! Me besaste tú.
—Detalles sin importancia.
—¿Detalles? Fuiste tú quien me agarró.
—Y tú no opusiste demasiada resistencia.
—Porque me pillaste desprevenida.
—Claro.
Le di un golpe suave en el pecho y se echó a reír antes de agarrarme para que no pudiera apartarme.
—Sea como sea —continuó—, su plan ha funcionado.
—Eso parece.
—Y menos mal.
La sonrisa se me borró un poco al ver cómo me miraba.
—¿Menos mal?
—Sí.
No dijo nada más y tampoco hizo falta.
Lo que sí habíamos decidido, casi sin necesidad de hablarlo, era no tener muestras de cariño delante de Moira.
Aunque había sido ella la responsable de que estuviéramos juntos, sabíamos que seguía queriendo a Ewan porque nunca lo había ocultado y entendíamos que no tenía por qué ser plato de buen gusto vernos abrazándonos o besándonos.
Así que eso lo dejábamos para nuestra intimidad, cuando estábamos solos. En el saloncito, en su habitación, en la ducha o en cualquier rincón en el que nos pillara sin compañía. Allí, incapaces de contenernos, dábamos rienda suelta a nuestra pasión.
También hubo otro cambio importante: Ewan dejó de dormir en su habitación y se mudó a la mía.
Sus motivos nos los explicó con total naturalidad tanto a Moira como a mí.
No quería pasar ni una noche separado de mí, pero tampoco quería estar lejos de ella por si ocurría algo y necesitábamos su ayuda, como había pasado el día de la hemorragia.
Eso sí, en mi habitación solo dormíamos. Estaba justo enfrente de la de Moira y ninguno de los dos queríamos que tuviera que oír más de la cuenta.
—Esta cama es pequeña para los dos —le dije una noche cuando prácticamente me había arrinconado contra un lado.
—Pues acércate más.
—Como me acerque más, me meto dentro de ti.
—No me parece mala idea.
—Ewan…
Soltó una risita y me rodeó con los brazos.
—No pienso volver a dormir solo.
Aquella frase, dicha de una manera tan sencilla, consiguió que algo se me removiera por dentro.
—Algún día tendrás que hacerlo.
—No.
—¿No?
—No si puedo evitarlo.
Me quedé callada, con la espalda pegada a su pecho y sus brazos alrededor de mi cintura.
No nos habíamos dicho que nos queríamos.
Pero había momentos en los que las palabras sobraban.
Por desgracia, mientras nosotros cada día estábamos más unidos, la enfermedad de Moira seguía ganando terreno.
Las hemorragias habían vuelto a aparecer alguna vez más y no habían sido el único síntoma. La leucemia se la estaba comiendo deprisa, mucho más de lo que ninguno esperábamos y muchísimo más de lo que hubiéramos querido.
Cada día resultaba más evidente. Su delgadez era extrema, la palidez le daba un aspecto casi fantasmagórico y caminar unos pocos metros empezaba a suponerle un esfuerzo enorme.
Los dolores también habían aumentado y cada vez necesitaba más ayuda para hacer cosas que apenas unas semanas antes todavía podía realizar sola.
Una tarde, mientras la ayudaba a regresar a la cama después de haber estado un rato en el salón, se detuvo en mitad del pasillo.
—Espera.
La sujeté con más fuerza.
—¿Te mareas?
—No. Solo necesito descansar un momento.
—Nos sentamos.
—La habitación está ahí mismo.
—Me da igual.
La llevé hasta una de las sillas del pasillo y la ayudé a sentarse.
Moira cerró los ojos mientras intentaba recuperar el aliento.
—Cada vez puedo hacer menos cosas —murmuró.
Me agaché delante de ella.
—Y para las que no puedas hacer sola, nos tienes a nosotros.
Abrió los ojos y me miró.
—Lo sé.
Sonrió, pero aquella sonrisa no consiguió engañarme.
Yo sabía lo que estaba pasando. Mabel también, igual que Duncan y, ahora, Ewan.
El final se acercaba y, aunque nadie quisiera ponerle fecha ni pronunciarlo en voz alta, vivíamos con esa certeza instalada dentro de nosotros, intentando aprovechar el tiempo que todavía nos quedaba mientras temíamos que se acabara demasiado pronto.