La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 27
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Capítulo 27

Caminamos por el pasillo en silencio, pero antes de entrar en la habitación agarré a Ewan del brazo y le hice frenar.

Había notado en la cocina que estaba serio, triste, algo normal después de la conversación que seguramente habían tenido y en la que se habrían dicho muchas cosas.

También tenía los ojos rojos e hinchados, seguramente de lo mucho que había llorado.

Estaba preocupada por él y, antes de entrar, tuve la necesidad de saber cómo estaba.

—Ewan, ¿cómo estás?

Bajó su mano hasta la mía y me la apretó, no con fuerza, sino con cariño.

—Estoy bien. Ha sido… raro, duro, pero necesario. Me siento mucho mejor, como si me hubiera desprendido de una mochila muy pesada que cargaba sobre los hombros.

—Estoy aquí. Lo sabes, ¿no?

—Lo sé. Sin ti esto no habría sido posible. Muchas gracias, Isla.

—Lo habrías hecho igual, lo sé. Yo solo te he dado un empujoncito.

Asintió y me sonrió antes de soltarme para que pudiéramos entrar en la habitación de Moira.

—Gracias por venir.

—Ya estamos con las gracias —dije poniendo los ojos en blanco.

—Vale, no lo digo más.

—Eso dices siempre, pero luego se te olvida o haces como que se te olvida —contesté, haciéndoles reír.

—Quería hablar con los tres. Quiero pediros algo.

—Antes déjame que te revise y luego puedes pedir la luna si quieres, ¿vale?

Moira asintió.

Ewan y Mabel se sentaron en las sillas que había al lado de la mesa, bajo la ventana, y yo empecé a revisarla.

Nada más acercarme, noté, igual que había hecho con Ewan, que tenía los ojos rojos e hinchados. Eso no tenía nada que ver con su enfermedad. Era porque, al igual que su marido, había llorado muchísimo.

Comprobé sus constantes.

No tenía fiebre. Ni siquiera unas décimas. Eso era buena señal, no había infección a la vista.

Su tensión estaba un poco alta, no mucho, pero si había estado alterada hablando y el momento había sido muy tenso, era normal. Así que lo dejé pasar, apuntándome mentalmente comprobarla una hora después para comparar.

Le pregunté si tenía dolor y, aparte del de espalda y piernas que ya llevaba días presente, no le dolía nada más. No quiso calmantes. Dijo que, de momento, aguantaba sin ellos.

Por último, le quité el gotero, que, como ya había avisado, había terminado, y revisé que la vía que tenía puesta estuviera bien. Lo estaba.

—¿Está todo bien? —me preguntó Ewan.

—Todo correcto.

—Pues tú dirás, niña, qué quieres pedirnos —dijo Mabel.

—Quiero pediros varias cosas. Empezaré por Ewan, si me lo permitís.

—¿Qué necesitas? Haré lo que esté en mi mano.

—Eso espero, porque cuando te diga lo que es, no quiero quejas.

—Ya veremos —contestó Ewan bromeando.

—Mabel, dame la carpeta azul del armario. Tú ya sabes cuál es.

Mabel se levantó y sacó del armario, como le había pedido, una carpeta que no le entregó a ella, sino a Ewan.

La abrió y miró los papeles que había dentro. A medida que avanzaba con la lectura, su cara se tornaba más y más seria y la sorpresa también se hizo presente en sus ojos.

—¿Un acuerdo de divorcio? ¿Eso quieres ahora?

Abrí los ojos como platos porque, si Ewan se había sorprendido, yo no lo hice menos.

—Déjame darte mis motivos por los que quiero que lo firmes aquí y ahora.

—Adelante, habla, pero no creo que esto sea necesario, Moira.

—Lo es. Yo sé que lo es. Nunca debí ser Moira Mackenzie, eso es algo que todos aquí sabemos, y no quiero morir siéndolo. Quiero irme como Moira Wilson. Y quiero que tú me despidas como un amigo, no como mi marido.

—Esto no es necesario hablarlo hoy. Podemos pensarlo y hacerlo más adelante.

—Ewan… no hay nada que pensar. Sabes tan bien como yo que es lo correcto y no podemos esperar más. Apenas queda tiempo.

—No digas eso —le dijo Ewan con la voz rota.

—Te lo he dicho antes. Yo ya lo he aceptado. Tienes que hacerlo tú. Ellas —dijo señalándonos a Mabel y a mí— te ayudarán. Así que, por favor, te lo ruego, firma esos papeles. Solo falta tu firma. La mía lleva ahí más de un año.

»Mabel se encargará de llevarlos al despacho de abogados donde los redactaron y, unos días después, los dos estaremos como siempre debimos estar.

Ewan dudó, pero solo unos segundos. Las palabras de Moira no eran una petición, eran un ruego, y él no pudo negárselo. Cogió el bolígrafo que Mabel le ofreció y firmó.

Moira, al verlo, sonrió satisfecha.

—Vale, pues ahora que ya no eres mi marido y sí el amigo que fuiste siempre, te voy a pedir otra cosa.

—Dime.

—No mires atrás, Ewan. Pase lo que pase, no mires a nada ni a nadie del pasado. Mira tu presente y tu futuro.

Eso último lo dijo señalándome a mí con la mano, dejándonos a los dos mudos de la impresión.

Mabel y ella se miraron y se echaron a reír.

—No os sorprendáis tanto. Cualquiera que esté con vosotros cinco minutos vería lo evidente. Os queréis y eso no podéis imaginar lo feliz que me hace.

Lo sabía… Dios mío de mi vida y de mi corazón. Lo sabía y yo, en ese momento, quise morirme. La culpa me golpeó por dentro más que nunca.

—Moira, yo… Lo siento… No sé ni qué decir.

—No digas nada. Déjame a mí hablar primero. Solo espero que no os enfadéis cuando sepáis la verdad.

—No lo harán —dijo Mabel muy segura.

Me pidió que me sentara a su lado y empezó a hablar.

Lo primero que hizo fue pedirme disculpas por haberme mentido o, más bien, por no haberme contado toda la verdad.

Cuando, en una de nuestras conversaciones, le pregunté «¿Por qué yo?», esa pregunta que me intrigó tanto durante días, ella me dijo que había sido porque vio en mi mirada algo especial y sabía que la ayudaría.

Pero allí, en la cama, me confesó que eso no era del todo cierto. Sí sabía que la ayudaría, pero también había tenido un presentimiento al ver mi foto y se había aferrado a él.

Vio, solo con mirarme, que sería perfecta para ayudar a Ewan y para quererlo. Y, según confesó, conociéndolo como lo conocía, también estaba convencida de que él acabaría queriéndome. Como podíamos comprobar, su presentimiento no había estado desencaminado porque habíamos acabado juntos.

—¿Has hecho de casamentera? ¿Trajiste a Isla para juntarnos? —le preguntó Ewan riéndose—. Esto es increíble.

—Fue un presentimiento que tuve y, al parecer, no me equivoqué. Así que me prometí a mí misma que haría todo lo posible para uniros.

—¿Cómo es posible? —pregunté alucinada.

—No lo sé, pero lo es. Tú, Isla —dijo señalándome—, lo miras igual que lo miraba yo. Y tú, Ewan, la miras como siempre quise que me miraras a mí. Así que estoy contentísima de que mi plan haya salido bien.

Ewan y yo nos miramos y no pudimos evitarlo. Nos echamos a reír.

La situación era… No había palabras para describirla. Rara, estrambótica, increíble, pero cierta. O simplemente el plan descabellado de una mujer que había elegido a otra solo mirando sus ojos para que acabara siendo la pareja de su marido.

En ese momento se me vino Erin a la cabeza. Lo que iba a flipar cuando se lo contara y la cara que se le iba a quedar sería para inmortalizarla.

—Isla, quiero pedirte que lo quieras, que lo cuides, que sigas ahí aunque las cosas se pongan feas.

Eso me lo dijo mirándome a los ojos y la entendí perfectamente. Se refería a Irina. Quería que no la dejara hacerle daño.

—Lo haré.

—Y tú, Ewan. No la dejes escapar. Quiérela. No creo que tengas queja alguna. Te he traído a casa a la mejor mujer, la más buena, leal y con el corazón más grande, para que compartas tu vida con ella. Para que seas feliz, para que los dos lo seáis.

—Lo haré —dijo Ewan muy seguro, contestando lo mismo que yo.

—Y tú, Mabel. Mi querida Mabel, mi cómplice, mi segunda madre. Quiero pedirte que les recuerdes, cuando llegue el momento, que a su primera hija la llamen Moira.

Hizo una pausa para coger aire.

—Y cuídamelos. Sé que van a ser muy felices juntos. Pero no está de más que les eches un ojo y los riñas si hace falta.

—Quédate tranquila, que yo los vigilo. Y esa primera niña que tengan se llamará Moira. Qué menos que sea así. Al fin y al cabo, están juntos gracias a ti.

Giró la cabeza para volver a mirarme.

—Isla, sé que te has sentido culpable por sentir lo que sentías y que pensabas que me estabas traicionando. Siento haber dejado que te sintieras así, pero esto no podía contártelo antes. Solo podía hacerlo en el momento adecuado.

La madre que la parió, pensé mientras soltaba el aire que estaba conteniendo.

Claro que había sentido culpa, muchísima, y la sensación de estar traicionándola también me había robado horas de sueño. Pero en una cosa sí tenía razón: lo había dicho en el momento justo.

Porque si esta confesión me la hubiera hecho nada más llegar, si llega a contarme su plan desde el principio, habría pensado que estaba loca de atar y no me habría quedado en esa casa ni cinco minutos.

Gracias a Dios eso no había pasado y podía decir, aunque todavía no en voz alta, que gracias a Moira, a su presentimiento, a su loco plan, a su promesa y a todo lo que había tramado, había encontrado, sin lugar a dudas, al que era el amor de mi vida.

Ese día, seguramente por la euforia de los acontecimientos, Moira quiso comer en la cocina con todos y Ewan no dudó en ayudarla a llegar hasta allí mientras Mabel y yo poníamos la mesa y servíamos los platos.

Durante aquella comida sentí algo extraño, pero maravilloso al mismo tiempo.

Todo estaba en su lugar. Todo estaba bien y como debía estar.

Y todos estábamos en paz.