Capítulo 26
Entré despacio en la habitación de Moira, como hacía cada mañana, y, como siempre, ella ya estaba despierta esperando.
—Buenos días, dormilona —dije mientras subía poco a poco la persiana.
—Buenos días.
Me acerqué a la cama para ayudarla a incorporarse y, nada más sentarse, noté algo caer sobre mi mano. Bajé la mirada y cerré los ojos durante un segundo, maldiciendo al ver lo que era.
Sangre.
—Dios… ¿Qué pasa? Mira cómo estoy poniendo todo —dijo lloriqueando.
—Tranquila, esto es normal que pase a veces. Solo te sangra la nariz, ¿vale? En un momento parará.
Agarré una toalla pequeña que había en la mesilla y se la coloqué sobre la nariz.
—Inclínate un poco hacia delante para que la sangre no te llegue a la boca.
—Isla, no para —dijo asustada.
—Tardará un poquito, pero lo hará. ¿Puedes sujetar la toalla? —Asintió—. Voy a llamar a Mabel para que me ayude.
Fui rápidamente hasta la puerta para llamarla, pero sin salir de la habitación. No iba a dejar sola a Moira. Era solo sangre, pero por la impresión o la aprensión podía marearse o incluso desmayarse, y yo debía estar a su lado si eso ocurría.
—¡Mabel! ¡¿Puedes venir, por favor?! ¡Necesitamos ayuda!
Dos segundos. Eso fue lo que tardé en oír pasos rápidos por el pasillo y, para cuando regresé junto a la cama para sujetar a Moira y ayudarla con la toalla, por la puerta no solo entró Mabel, sino también Ewan.
—Virgen santa —dijo Mabel, quedándose paralizada al lado de la cama.
—¿Qué pasa? ¿Eso es sangre? ¿Qué le ocurre? Haz algo.
Las preguntas salían atropelladas de la boca de Ewan. Estaba completamente fuera de sí.
—¿Ewan? —preguntó Moira intentando levantar la cabeza.
—Sí, es él. Luego lo ves, pero ahora no levantes la cabeza.
—Isla, haz algo, por Dios. Hay mucha sangre. ¿Por qué le pasa esto?
—Vale, vamos a tranquilizarnos todos. Escuchadme. Moira, tú sigue sujetando la toalla. Mabel, ayúdame a levantarla y llevarla hasta la butaca porque hay que cambiar las sábanas. Y tú, Ewan, respira.
Moira siguió mis indicaciones, pero fue la única. A Mabel ni siquiera le dio tiempo a llegar hasta mi lado porque, en un visto y no visto, Ewan se colocó junto a nosotras y, con mucha delicadeza, metió los brazos por debajo de Moira y la levantó de la cama sin esfuerzo.
—Yo la llevo —susurró.
Mabel y yo nos miramos y sonreímos.
—Ewan…
—Tranquila, ¿vale? Voy a sentarte en la butaca.
La acomodó y me acerqué para comprobar cómo iba la hemorragia. Retiré un poco la toalla y sonreí al ver que ya apenas salía sangre.
—Ya está parando.
—¿Sí? —me preguntó Ewan con esperanza.
—Sí. En el estado en el que se encuentra, que esto pase de vez en cuando es normal. Mientras pare pronto, no hay de qué preocuparse. Y lo está haciendo, así que todo bien. Ewan, ¿puedes sujetarle tú la toalla? Así ayudo a Mabel y terminaremos antes.
—Sí, claro. Yo me ocupo.
—No te marearás, ¿verdad?
—No, tranquila. Tú solo dime cómo tengo que hacerlo. No quiero hacerle daño.
—Solo sujeta con firmeza, pero sin presionar demasiado. No dejes que levante la cabeza y, lo más importante, si ves que se tambalea, avísame rápido.
—¿Que se tambalea?
—Puede desmayarse. No creo que pase, pero existe esa posibilidad.
—No voy a desmayarme. Estoy bien, no estoy mareada.
—Perfecto. Entonces vamos allá. Ewan, pon tu mano sobre la mía y, cuando la retire, coloca rápidamente la tuya.
Lo hicimos sin problema.
Mabel, que ya había reaccionado, tenía las sábanas quitadas y las limpias preparadas encima de una silla. Ni cinco minutos después, la cama estaba hecha de nuevo.
Me acerqué a Moira y, sin que Ewan se retirara, moví un poco la toalla.
—Ya ha parado. Puedes retirarla.
—¿Estás bien, cielo? —preguntó Mabel acercándose.
—Sí.
—Voy a comprobar tus constantes. Necesito asegurarme de que todo va como debe.
Los tres me miraron preocupados, sobre todo Ewan.
—La pérdida de sangre puede alterar un poco la tensión y, si ha ocurrido, sería normal. La estabilizaremos y ya está. Cuando te duches y desayunes, te pondré un gotero para compensar la pérdida —expliqué para tranquilizarlos.
—Gracias, Isla.
—¿Qué dijimos de darme las gracias? Es mi trabajo, Moira. Estoy aquí para esto y para todo lo que necesites.
—Lo sé —susurró mirando de reojo a Ewan—. Ya veo que tu ayuda hoy ha ido más allá.
Asentí y, solo con cruzar nuestras miradas, entendió que había hablado con Ewan tal y como le había prometido. En sus ojos vi una gratitud como nunca había visto en nadie.
—Vamos a la ducha. El agua te vendrá bien.
—¿Quieres que te lleve? ¿Te mareas?
—Estoy bien, Ewan. Gracias por ofrecerte, pero si no voy andando, aquí la jefa —dijo señalándome— me reñirá.
—Ewan, hijo, puedes ir a por la bandeja del desayuno y traerla mientras nosotras estamos en el baño.
—Sí, claro —contestó antes de mirarnos a las tres, que ya estábamos de pie en medio de la habitación.
Entramos en el baño y, nada más cerrar la puerta, Moira me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Dios, ha sido impactante hablar con él. Más que la sangre.
—Lo sé. No me ha dado tiempo a avisarte.
—¿Ya lo sabe todo?
—Todo lo que tú querías que supiera.
—Sabes que no quiero que se entere de lo de Irina. Le dolerá y bastante mal lo ha pasado ya como para añadir más cosas.
—Yo no estoy de acuerdo con eso. Creo que debería saber cómo es realmente la mujer de la que se enamoró, o creyó enamorarse, porque esa mujer no existía. Ewan se enamoró de una ilusión.
—Estoy de acuerdo con Mabel, pero es tu decisión. Piénsalo al menos.
—Lo pensaré.
Diez minutos después salimos del baño y, entre las dos, ayudamos a Moira a sentarse otra vez en la cama para que desayunara como cada mañana.
Ewan ya estaba allí con la bandeja y se la colocó sobre las piernas. Moira, nada más verla, resopló.
—No empieces. Es poco, así que venga, haz un esfuerzo.
—¿No te gusta? —preguntó Ewan.
—Sí, pero no tengo hambre.
Ewan me miró buscando una explicación.
—Es normal que no tenga hambre, pero tiene que comer aunque sea un poco. Y lo hará.
—¿No vas a trabajar? Es tarde.
—No. Hoy me quedo aquí. Tenemos una conversación pendiente.
Como ya tenía puesta la vía, solo tuve que colocar la bolsa en el soporte y abrir el regulador para que el suero empezara a pasar.
—Esto ya está. Come lo que puedas, pero come.
—Yo me ocupo —me dijo Ewan.
Asentí.
—Cualquier cosa, avisadme. Y no os preocupéis por el gotero. Se acabará en media hora, pero puede quedarse puesto sin problema.
—Isla, puedes quedarte si quieres. Sabes todo lo que pasó.
—No. Esta conversación es vuestra y de nadie más. La necesitáis.
Los dos asintieron y Mabel y yo salimos de la habitación dejándolos solos.
Caminamos en silencio hasta la cocina y seguimos sin hablar hasta que Mabel puso dos tazas de café encima de la mesa.
—Avanza rápido, ¿verdad?
Cerré los ojos un segundo antes de contestar.
—Sí. Esas hemorragias nasales o en las encías son normales. Solo era cuestión de tiempo que aparecieran, pero no pensé que lo harían tan pronto.
—¿Y eso por qué pasa?
—Su médula falla y ya no produce las plaquetas necesarias, de ahí los sangrados. También empezarán a aparecer hematomas, como el que le has visto en la pierna mientras la duchábamos.
—¿Qué más le pasará?
—Cada vez se fatigará más. Puede aparecer una infección en cualquier parte y en cualquier momento porque prácticamente no tiene defensas. Al principio le costará respirar cuando esté completamente tumbada y, más adelante, puede ocurrirle en cualquier posición.
»Los dolores en los huesos también aumentarán y habrá momentos en los que esté confusa.
—Dios santo… —dijo llevándose una mano al pecho—. ¿Sufrirá?
Era una pregunta que había contestado más veces de las que me habría gustado, tanto a pacientes como a familiares. Nunca me gustaba mentir. Siempre era clara porque, aunque resultara duro, e incluso horrible en algunos casos, consideraba que era necesario.
—Haré todo lo posible para que eso no pase. Aumentaré la medicación a medida que aumente el dolor.
Sabía cuál sería la siguiente pregunta. La misma que hacía todo el mundo. Aquella cuya respuesta daba más miedo escuchar.
—¿Cuánto? —susurró.
—Eso no lo sé. Meses, semanas… Su cuerpo es el que manda. Él será quien diga cuándo ya no puede luchar más.
—Ella cree que esto es un castigo por lo que hizo.
—Enfermar no es un castigo para nadie. Es una lotería y todos llevamos los mismos boletos. Yo creo que es cosa del destino, de la suerte o de ambas cosas.
—Al menos hoy, después del susto, podrá por fin pedirle perdón. Era lo que más temía. No quería irse sin dejar todo zanjado.
—A los dos les hacía falta.
Mabel asintió.
La mañana pasó lenta. Alterar la rutina se me hacía extraño. Llevaba tantos días haciendo prácticamente lo mismo que me encontré un poco perdida, sin saber qué hacer.
Paseé por el jardín, llamé a Erin para contarle lo que había ocurrido después de hablar con Ewan la noche anterior, ayudé a Mabel a hacer la comida e incluso preparamos un pastel.
Más o menos una hora antes de comer, mientras Mabel y yo nos tomábamos en la cocina mi tercera taza de café del día, Ewan se asomó por la puerta.
—Isla, Mabel, ¿podéis venir? Moira quiere hablar con todos.
Asentimos a la vez y nos levantamos para seguirlo.