La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 25
69%

Capítulo 25

Abrí los ojos y lo primero que sentí fue que no estaba sola en la cama y que, además, aquella no era la mía.

De golpe, los recuerdos de la noche anterior regresaron a mi cabeza.

La conversación con Ewan en el saloncito. Su llanto desgarrador al enterarse de la verdad. Lo mucho que me había costado calmarlo. Su fase de negación ante lo que acababa de saber, esa por la que muchos pacientes y familiares pasan al conocer el trágico final que se avecina.

Y las horas que vinieron después…

Había bajado a la cocina a preparar una infusión para cada uno y nos las habíamos tomado en el sofá mientras hablábamos.

Contesté todas sus preguntas, al menos aquellas para las que tenía respuesta por haber leído el historial de Moira y por lo que ella misma y Mabel, que había sido quien la había acompañado durante todo el proceso, me habían contado.

Hubo algunas que no pude responderle. Esas tendría que contestarlas la propia Moira.

También hablamos mucho de cómo se sentía, de lo enfadado que había estado durante todos aquellos años y de lo enfadado que estaba en ese momento consigo mismo por no haber visto lo evidente, por no haberse comportado como debería independientemente de lo ocurrido entre ellos.

Intenté calmarlo y hacerle comprender que culparse en esos momentos no servía de nada, que allí todos tenían su parte de responsabilidad porque ninguno había hecho las cosas bien. Él, quizá, por no preguntar y Moira por no haber sido lo bastante valiente para contarle la verdad.

Irina no salió en la conversación en ningún momento y casi fue mejor, porque, de haberlo hecho, no sabía si habría sido capaz de mantener la boca cerrada y no contarle todo.

También me preguntó por Duncan. Por algunas conversaciones que había tenido con su hermano, en las que este no dejaba de insistirle para que hablara con Moira, ya sospechaba que conocía la verdad sobre la enfermedad y el desenlace que iba a tener.

No le mentí. Le dije que sí, aunque no sabía desde cuándo, y aquello hizo que se lamentara todavía más por haber sido el último en enterarse cuando, según él, debería haber sido el primero.

No se trataban ni hablaban y vivían bajo el mismo techo prácticamente como dos desconocidos, pero legalmente seguían casados.

Ewan siempre había considerado que eso le imponía ciertas obligaciones, como no dejarla desamparada cuando tuvo que abandonar el trabajo debido a la enfermedad, pagar una enfermera como era mi caso o hacerse cargo de cualquier cosa que necesitara.

La conversación se extendió hasta bien entrada la madrugada.

Estaba destrozado, desolado y hundido. Me pidió que no lo dejara solo y no lo hice. Lo acompañé a su habitación, lo ayudé a quitarse la ropa y nos tumbamos juntos en la cama, abrazados el uno al otro, mientras seguíamos hablando hasta que el sueño terminó por vencernos.

Me moví despacio para poder salir sin despertarlo, pero no hubo suerte. En cuanto notó que me alejaba, sus manos se aferraron por instinto a mi cintura.

—¿Te vas? —preguntó con voz ronca.

—Solo iba a darme una ducha y tomar un café. Quédate durmiendo un poco más, es pronto.

—No podré volver a dormir.

—Pues descansa. Has dormido poco.

—Tú también.

—Yo estoy acostumbrada, Ewan. Parte de mi trabajo consiste en pasar muchas noches en vela y ya tengo el cuerpo hecho —dije antes de girarme y darle un suave beso en los labios.

—Prefiero levantarme. Necesito una ducha también. Y hoy será… un día complicado.

Ciertamente lo sería porque Ewan me había dicho que no dejaría pasar ni un día más sin hablar con Moira y que lo haría sin falta. Incluso había decidido no ir a trabajar.

—¿Isla?

—Sí.

—¿Me acompañas a la ducha?

Sabía lo que pasaría si entraba con él y, aun así, no pude negarme. Los dos necesitábamos relajarnos y Ewan, más que nadie, necesitaba pensar durante unos minutos en algo que no fuera el difícil día que tenía por delante.

—Vamos —dije agarrándolo de la mano.

Entramos en el baño. Ewan abrió el grifo para que el agua fuera templándose y, mientras tanto, nos quitamos la ropa el uno al otro.

El agua estaba calentita y, al entrar juntos bajo el chorro, los dos suspiramos.

Empezamos a enjabonarnos y, como había supuesto, la temperatura del baño no tardó en subir, y no precisamente por el vapor del agua.

—Eres preciosa. Perfecta.

—No lo soy. Esos son los ojos con los que me miras —contesté bromeando.

—No puedo mirarte con otros que no sean los que tengo. Y ellos te ven perfecta. Perfecta para mí y para mi vida. —Bajó la mirada hacia su miembro y soltó una risita—. Y él está de acuerdo, porque estar dentro de ti es lo que más le gusta.

Me acerqué y lo besé mientras bajaba la mano hasta su miembro para acariciárselo. Pensé en ir más allá y lo hice. Era algo que todavía no habíamos hecho y tenía ganas de probarlo.

Me separé de su boca y fui bajando lentamente por su cuerpo, besándolo, hasta quedar arrodillada en el suelo. Ewan, al ver mis intenciones, llevó una mano hasta mi hombro y me frenó.

—Isla, no tienes que…

No lo dejé terminar. Acerqué la boca a su miembro, que estaba erecto, duro y esperando atención, y le succioné la punta con ganas.

—¿Decías?

—Nada, nada… Sigue, por favor.

Solté una risita.

—Eso creía.

El baño se llenó de vaho y de los jadeos de Ewan mientras yo seguía dándole placer con la boca. Lamí, chupé y succioné su miembro con ganas, sin parar, metiéndomelo bien profundo hasta la garganta.

—Isla, para… No quiero correrme en tu boca. Hoy no. Necesito estar dentro de ti. Necesito follarte.

Me agarró de los brazos para que me levantara y, sin demora, se lanzó a mis labios mientras me sujetaba del trasero para alzarme y que yo rodeara su cintura con las piernas.

No pensó ni dudó. Entró en mí de una sola estocada, haciéndome soltar un fuerte jadeo.

Sus embestidas no fueron lentas ni flojas. Me folló contra los azulejos con una pasión y una fuerza que, lejos de asustarme, dolerme o parecerme mal porque estaba descargando conmigo toda la frustración que llevaba dentro, no solo entendí, sino que me encantó.

—No puedo más, Isla… Voy a co… correrme.

—Yo también. Juntos…

Dos embestidas después, los dos nos dejamos ir al mismo tiempo.

Cuando me bajó al suelo, me tambaleé un poco porque apenas sentía las piernas y Ewan, al verme, se asustó. Me agarró por la cintura y me apretó contra él para sostenerme.

—Lo siento. ¿Me he pasado? ¿He sido muy brusco?

—No lo sientas. Estoy bien, Ewan. No te has pasado, me ha encantado.

Soltó el aire que estaba conteniendo al comprobar que se lo decía con total sinceridad.

—Me gusta cuando es calmado y tierno, pero también me gusta de esta otra forma. Contigo me gusta hacerlo de todas las maneras.

—A mí también. Me he vuelto adicto a ti. Ya no podría vivir sin ti, Isla. Yo… yo… te…

Enseguida noté cómo le costaba decir lo que quería, cómo las palabras se le quedaban atascadas en la garganta y el miedo aparecía en sus ojos al intentar expresar en voz alta sus sentimientos.

Era normal que se sintiera así. Yo misma tenía el mismo miedo. Cuando te han roto el corazón por una mala experiencia, resulta difícil volver a abrirlo y lanzarte otra vez.

Sabía perfectamente lo que le ocurría porque a mí me pasaba lo mismo. Ninguno de los dos estábamos preparados todavía para darle voz a lo que sentíamos, así que era mejor no forzar nada. Cuando llegara el momento, ambos lo sabríamos.

—Shhh… —susurré antes de besarlo.

Salimos de la ducha y nos vestimos en silencio.

—Voy a llamar para decir que hoy no iré a trabajar.

—Yo voy bajando y preparo café.

—Ahora bajo.

Asentí y salí de la habitación para dejarlo hacer la llamada tranquilo.

Cuando entré en la cocina, Mabel ya estaba allí preparando el desayuno. No me extrañó porque era algo más tarde de mi hora habitual.

Cruzamos una mirada y le bastó verme a los ojos para saber que la noche había sido dura y larga.

—¿Fue muy mal?

—Nada que no esperáramos. Está destrozado, pero ahora está más calmado. Hablamos muchísimo.

Mabel dejó la jarra de café que tenía entre las manos encima de la mesa y se acercó a mí. En su mirada había cariño, pero también una enorme gratitud. Me acarició el brazo con ternura y yo le devolví una sonrisa triste por la situación, pero suficiente para que entendiera que estaba bien.

—Gracias al cielo que te tiene a ti.

—Yo solo he hecho lo que creía que tenía que hacer y lo que me ha salido de dentro. Estar.

—Estar era lo que necesitaba. Y eso no lo hace cualquiera, o no todo el mundo sabe hacerlo, Isla.

La conversación terminó ahí porque oímos los pasos de Ewan acercándose a la cocina.

Nada más entrar y ver a Mabel, se paró en seco. Se miraron y no hizo falta nada más. Los dos avanzaron al mismo tiempo para salvar la distancia que los separaba y se abrazaron.

Oí a Ewan sollozar. Mabel tampoco estaba mucho mejor, aunque intentaba hacerse la fuerte.

—¿Cómo he podido portarme así, Mabel?

—Mi niño, no te castigues. Estabas herido. Pero tranquilo, todo se pondrá en orden. Hablaréis y cerraréis ese capítulo de vuestras vidas que tanto daño os ha hecho. Los dos necesitáis quedaros en paz.

—Ella… ella…

—Ella ya lo ha aceptado. Ha aceptado su destino y tú también tienes que hacerlo —dijo mientras se separaba un poco de él y le limpiaba las lágrimas que caían por sus mejillas con una ternura capaz de desarmar a cualquiera.