La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 24
67%

Capítulo 24

Acosté a Moira y salí de la habitación con la esperanza de que al día siguiente las cosas fueran distintas.

Si conseguía que Ewan me escuchara, iba a ser muy duro para ambos enfrentarse a una conversación que se había demorado durante años.

No solo tenían que hablar de la enfermedad de Moira, sino también de lo que había pasado.

Tenían que cerrar ese capítulo de sus vidas para poder encontrar la paz que los dos se merecían.

Me despedí de Mabel en la cocina después de tomar juntas una infusión. No me dio palabras de ánimo. Hizo algo mejor: me envolvió entre sus brazos y me apretó fuerte contra ella.

No había tenido madre y no sabía lo que se sentía cuando una te abrazaba, pero estaba segura de que tenía que ser algo parecido.

Todos en aquella casa me habían robado el corazón de una manera u otra y ya los consideraba parte de mi familia.

Estar allí me hacía sentir tan a gusto como cuando estaba en casa de Erin y Finlay, y eso me calentaba el alma, aunque también me producía cierto miedo pensar en qué pasaría con el tiempo. Sabía que habría cambios, algunos inevitables y otros todavía imposibles de prever.

Y a todos esos pensamientos se unía el desasosiego que tenía dentro por la amenaza de Irina.

Podía presentarse en cualquier momento para hacerles daño, para dar su estocada final, y eso inevitablemente me arrastraría a mí también.

Porque, si ellos sufrían de la manera que fuera, yo también lo haría.

Ewan había llegado hacía solo media hora. Había pasado por la cocina a darnos las buenas noches y había subido a su saloncito con un plato con la cena que Mabel le había dejado preparada.

Le di tiempo no solo para que cenara tranquilo, sino también para que se diera una ducha. Había llegado con cara de agotado y con barro hasta en el pelo.

Subí las escaleras con los nervios crispados.

Antes de entrar en el saloncito, donde había oído a Ewan, hice un par de respiraciones profundas, preparándome para lo que se nos venía encima.

—Isla, preciosa, iba a bajar ahora a buscarte. Estaba terminando de cenar.

—¿Ya has acabado? —le pregunté mientras me acercaba a la mesa en la que estaba sentado.

—Sí. Justo cuando has entrado he dado el último bocado.

—Tienes cara de cansado. ¿Un mal día?

—Uno horrible. Hemos recorrido kilómetros y kilómetros de terreno, hemos ido a sitios que poca gente conoce, hemos registrado cada palmo y nada, ni rastro de esos cabrones. Están bien escondidos.

—Vaya… Espero que mañana tengáis más suerte.

—Eso espero yo también. Pero ahora no quiero pensar más en ello. Ven.

Me acerqué y, nada más ponerme a su alcance, tiró de mi mano y me sentó en su regazo. Sin decir nada más, me besó.

El beso empezó lento, pero a los pocos segundos, como siempre nos pasaba, empezó a subir de intensidad. Sin embargo, esa noche no podía dejar que las cosas avanzaran porque ya sabía lo que venía después sin que ninguno de los dos pudiera detenerse.

Primero los besos, seguidos de las primeras caricias; después, nuestras prendas volando por el saloncito y, finalmente, acabábamos en el sofá, en el suelo o contra la pared.

Y no. Esa noche eso no podía pasar. Así que, con mucho esfuerzo, me retiré hacia atrás y dejé de besarlo.

—¿Qué ocurre? —me preguntó extrañado al ver que me apartaba de manera un poco brusca.

—Tenemos que hablar.

—Esas tres palabras nunca traen nada bueno —dijo a la vez que fruncía un poco el ceño.

Y tenía razón, al menos en aquella ocasión, porque la charla no iba a ser nada agradable.

—Eso dicen y suele ser verdad.

—¿Qué pasa, Isla? ¿Quieres hablar de nosotros? ¿No quieres seguir? ¿Es eso?

—No, no tiene nada que ver conmigo.

—¿Entonces de qué quieres hablar?

—De Moira.

Se tensó en el acto, tanto que me hizo tensarme a mí también. Me soltó la cintura y con las manos me empujó un poquito para que me levantara de su regazo. Lo hice y, a continuación, él también se levantó de la silla.

Caminó hasta el gran ventanal y se quedó mirando la oscuridad que había fuera.

—Esta noche hace muchísimo frío. Quizá mañana nieve. Se huele en el ambiente.

Y ahí estaba el cambio de conversación y su intención de esquivar el tema. Lo sentía por él, pero esa noche no.

—Ewan, no.

—¿No qué?

—No vamos a demorar más esta conversación. Es importante que hablemos.

—No quiero hablar de ella. Ya te conté lo que pasó y no quiero volver a removerlo. Estoy intentando dejarlo atrás y no creo que seguir dándole vueltas sea la mejor manera de hacerlo.

No estaba yo muy de acuerdo con esa teoría, pero lo dejé pasar porque no era del pasado de lo que teníamos que hablar, sino del presente y del futuro inmediato.

—No vamos a hablar de lo que pasó. Vamos a hablar de lo que pasa ahora y de cosas que tienes que saber.

—¿Y qué pasa ahora? Está enferma, lo sé. La recuperación está siendo lenta. No hay más que saber. ¿Que me jode lo que le ha pasado? Sí. ¿Que me duele saber que le ha tocado una enfermedad horrible? También.

»Que esté enfadado no significa que no tenga corazón ni que le desee nada malo. Fue mi amiga y la quise muchísimo. Verla así duele.

—Ewan…

—¿Qué? —dijo girándose para mirarme.

—Ven, por favor —le pedí señalando el sofá.

Con pasos lentos y cansados llegó hasta él.

—¿Qué sabes de su enfermedad?

Agachó la cabeza, un poco avergonzado.

—Sé el diagnóstico y sé que le dieron quimio. Eso la ha dejado muy débil y por eso necesitaba una enfermera en casa que la ayudara con su recuperación.

Eso era lo que Mabel le había dicho por petición de Moira, sin que él preguntara más.

—Eso no es así.

—¿Qué? ¿Cómo que no?

Negué con la cabeza.

—Yo he venido a ayudarla, eso sí es cierto. Pero no solo médicamente. Una de mis funciones, y algo en lo que dicen que soy buena, es acompañar a algunos pacientes en su tránsito e intentar ayudarlos a aceptar lo que va a venir.

»Aunque en el caso de Moira no ha sido así. Ella ya lo tenía asumido cuando llegué.

—No entiendo qué quieres decir.

Alargué la mano y agarré la suya. Cogí aire y lo dije. No había una manera suave de hacerlo y era lo mejor. Cuantos más adornos pusieras, peor solía tomárselo la gente y más les costaba entender las cosas.

—La quimioterapia no funcionó. Nada de lo que le han hecho ha funcionado.

—¡¿Qué?! Eso no es posible. Ella solo está débil.

—Está débil, sí. Y lo estará cada día más. No hay nada que hacer, Ewan. Ella se va a ir.

Me miró espantado. Retiró la mano a toda prisa y se puso en pie de un salto, a la vez que se pasaba las manos por el pelo, desesperado.

—¡No! Dime que no es verdad —me rogó—. Dime que no va a morirse.

Cerré los ojos un segundo antes de levantarme y caminar hacia él.

—No puedo decirte eso. No puedo mentirte. Es una certeza. Se va a ir.

—¡No! Algo podrá hacerse. Otro tratamiento, un trasplante, ir a otros médicos, a otro hospital… Algo.

—Ewan, todo eso ya lo han contemplado. —Bueno, no todo, porque lo del trasplante podría haber sido posible si la zorra de Irina no fuera tan malvada, pensé, pero no se lo dije, respetando los deseos de Moira—. No hay nada que hacer.

—Dios… Isla, yo estaba muy enfadado con ella por lo que me hizo, pero no quiero que muera. La quise como amiga, muchísimo. Y, joder, eso pasó hace mucho.

»Ella lo hizo mal, pero yo no lo he hecho mucho mejor. No he estado cuando me ha necesitado. He mirado hacia otro lado todo este tiempo por orgullo, por cabezonería y porque seguía dolido.

En esos momentos ya lloraba con tal desesperación que daba angustia verlo. Di el paso que me faltaba y lo abracé fuerte contra mí.

Nada más notar mi contacto, se agarró a mí como si en esos momentos fuera una tabla de salvación, como si necesitara que lo sostuviera. Y así era, porque realmente necesitaba sostén.

—Aún queda algo de tiempo. Aprovéchalo, Ewan. Hablad. Los dos lo necesitáis. Ella tiene mucho que decirte. Escúchala. Y tú dile todo lo que tienes dentro. Créeme, es lo mejor para que ambos cerréis las heridas del pasado y podáis seguir.

—Lo haré. No puedo dejar que se vaya sin que sepa que la he perdonado.

Yo ya sabía que la había perdonado. Sin embargo, por orgullo o quizá porque no sabía cómo acercarse a ella después de tanto tiempo, nunca se lo había dicho. Había dejado pasar los días sin saber que el tiempo jugaba en su contra y que ahora empezaba a agotarse.