La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 23
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Capítulo 23

Cuando abrí los ojos esa mañana, lo primero que llegó a mí fue esa sensación.

La culpa y la traición que llevaban acompañándome desde treinta días atrás, cuando Ewan y yo nos habíamos besado por primera vez y habíamos acabado acostándonos en su saloncito.

Después de aquella primera vez había habido varias más. Todas por la noche, cuando Moira y Mabel ya estaban acostadas y el silencio reinaba en la casa. Unos días había sido Ewan quien me había buscado y otros había sido yo. Ni uno solo habíamos dejado de hacerlo.

Aquel saloncito se había convertido en nuestro refugio, en nuestro lugar, y había sido testigo de horas y horas haciendo el amor, dándonos placer o mirándonos en silencio sin decir nada, simplemente disfrutando de la compañía del otro.

También habíamos mantenido largas conversaciones sobre nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra infancia, sus padres, Duncan y Poppy, pero nunca sobre Moira.

Ewan esquivaba el tema con mucha facilidad y yo había decidido darle tiempo. El problema era que precisamente eso era lo que no teníamos.

El tiempo jugaba en nuestra contra o, más bien, en la de Moira.

Cada día se notaba más cómo la enfermedad se la comía poco a poco.

Conseguir que comiera se había convertido no solo en una lucha, sino en un verdadero suplicio.

No tenía hambre, eso lo sabíamos, pero tampoco podía estar sin comer.

Mabel y yo habíamos hecho lo imposible durante aquel último mes por prepararle platos que sabíamos que le gustaban, presentárselos de forma atractiva e incluso habíamos cambiado varias veces la dieta, pero nada parecía funcionar.

El hecho de no comer lo suficiente había provocado que en varias ocasiones tuviera que ponerle goteros con suero para compensar, aunque eso tampoco era suficiente.

Los dolores y el malestar también habían empezado a aumentar y, con la supervisión de su médico, había tenido que subirle la medicación.

Sus ojeras se habían acentuado y su delgadez era cada vez más visible.

Resultaba horrible ver cómo la enfermedad avanzaba sin poder hacer nada para detenerla.

La impotencia se te agarraba al pecho y te hacía maldecir e incluso llorar cuando estabas a solas.

Por eso, mientras entraba en la ducha, decidí que de aquel día no pasaría. Tenía que hablar con Ewan.

Sabía que le iba a doler conocer la verdad, pero era algo inevitable que ya se había demorado demasiado.

Salí de la ducha y me vestí con ropa cómoda y calentita, como todas las mañanas. Mientras me ataba las deportivas, mi mente regresó a la conversación que había tenido con mis amigos la tarde anterior.

Erin y Finlay no me habían dejado sola ni un solo día.

Hablábamos a diario. Si no llamaba yo, eran ellos quienes lo hacían. Había veces en las que la conversación duraba cinco minutos y otras mucho más. Ellos me contaban cosas de sus trabajos, de su vida diaria y de lo mucho que me echaban de menos, mientras yo les hablaba de mi día a día en Pitlochry.

Días rutinarios, pero tranquilos.

Habíamos hablado mucho de Moira, de cómo estaba y de cómo avanzaba su enfermedad. También de Mabel, de la buena mano que tenía para la cocina y de lo buena que era aquella mujer, queriendo y sufriendo por dos personas que, sin ser de su sangre, sentía como si fueran sus hijos.

Y de Ewan. Sobre todo, hablamos de Ewan.

Me había costado tres días confesarles entre lágrimas que me había acostado con él y muchos más, hasta la tarde anterior, reconocer que me había enamorado como una tonta. Sin pretenderlo, sin quererlo y sin verlo venir, pero lo había hecho.

Erin, con su habitual desparpajo, me soltó que ella hacía tiempo que lo sabía, pero que había respetado mis tiempos y esperado a que reuniera el valor necesario para decirlo en voz alta.

En aquellas conversaciones también habíamos hablado mucho de la culpa que sentía y que no me dejaba estar en paz conmigo misma. Una culpa que me mantenía en un conflicto interno constante.

Porque amar a Ewan era una traición hacia Moira, o eso pensaba yo, pero negarme a quererlo era una traición hacia mi propio corazón.

Mis amigos me habían dicho que, si tan mal me hacía sentir amar a Ewan, se lo confesara a Moira. Ella mejor que nadie podría entenderme porque también lo amaba.

Pero para mí aquello era impensable. Era una cobarde y, por mucho que supiera que quizá tenían razón, no me veía capaz de sentarme delante de Moira y contarle lo que sentía por su marido.

Aparté esos pensamientos de mi cabeza y bajé a la cocina. Allí, tomando café como cada mañana al amanecer, estaba el hombre de mis desvelos.

—Buenos días.

—Buenos días —contestó ampliando su sonrisa al verme.

Pasé por su lado y le acaricié el pelo, pero no se conformó con eso. Tiró de mi mano y, con un solo movimiento, consiguió que me colocara entre sus piernas.

—Dame un beso.

—Ewan…

—Solo uno. Hoy no vendré a comer y te echaré de menos. Así tu sabor me acompañará el resto del día.

Negué con la cabeza mientras sonreía, pero me rendí. Siempre lo hacía ante todo lo que me pedía.

El beso fue corto, tierno y cargado de cariño. Al separarnos, nos miramos a los ojos y sonreímos.

—Esto se nos está yendo de las manos.

—Lo sé, pero no puedo evitarlo. Te deseo demasiado para no tocarte. Te necesito demasiado para no buscarte y te…

Su frase quedó incompleta cuando los pasos de Mabel nos hicieron separarnos de golpe.

—Buenos días, chicos.

—Buenos días, Mabel.

—Mabel, hoy no me dejes comida. El día se alargará. Hay cazadores furtivos por la zona y tengo mucho trabajo.

—Vale, pero ten cuidado.

—Siempre lo tengo. Me voy ya. Que tengáis buen día.

Las dos nos quedamos mirando cómo desaparecía por la puerta de la cocina con la cazadora en la mano y, unos segundos después, oímos cerrarse la puerta de entrada.

—Cuando vuelva esta noche, hablaré con él. Lo he intentado otros días, pero ha esquivado el tema. Hoy no le dejaré hacerlo. Tiene que saber la verdad ya.

—Va a ser duro.

—Lo sé, pero es inevitable. Cada día que pasa es uno menos que tienen para hablar y arreglar las cosas.

—Pero te tiene a ti para que lo sostengas.

—Lo intentaré.

—Isla.

—¿Sí? —dije mientras me sentaba con una taza de café en la mano.

—Lo sé.

—¿El qué?

—Que te has enamorado de él.

—Mabel, yo… —dije intentando excusarme, negarlo o hacer cualquier cosa que me sacara de aquella situación.

Ella levantó una mano y me cortó.

—No lo niegues. Tus ojos lo dicen a gritos y no hay nada que pueda hacerme más feliz. Mi chico se merece que lo quieran, pero que lo quieran bien y de una forma sana, sin mentiras, sin maldades ni obsesiones.

—Yo… —murmuré conteniendo las lágrimas.

—También sé que te sientes culpable por hacerlo. Así lo miras cuando crees que nadie te ve, como si no merecieras hacerlo, como si quererlo o simplemente mirarlo fuera una traición.

Era absurdo negarlo. Mabel había sabido leerme desde el minuto cero, así que ni siquiera lo intenté.

—Es que es una traición. Él… Moira…

—Escúchame bien. No lo es, ¿me oyes? Amar nunca puede ser una traición. Negarlo sí, porque estarías traicionando a tu corazón y a ti misma. Y deja ya esa culpa que tienes porque no estás haciendo nada malo.

—Amándolo, hago daño a Moira.

—No. No lo haces —dijo con rotundidad.

—Sí.

—No, y pronto entenderás el porqué.

—¿Pronto? ¿Qué quieres decir con eso?

—Cada cosa a su tiempo. Tú solo hazme caso.

—Además, él no creo que a mí…

Soltó una risita.

—Mi chico está perdido desde que te recogió en la estación, aunque seguramente todavía no lo sepa o no se haya dado cuenta. Antes de reconocerlo, tiene que arreglar otras cosas y poner su corazón y su cabeza en orden.

Mabel, al igual que Moira, siempre estaba con sus misterios, sus conversaciones silenciosas y esas sonrisas de medio lado que daban a entender que sabían cosas que yo no.

Pero no quise pensar en ello en ese momento. Por mucho que preguntara, hasta que ellas no quisieran, no iban a soltar prenda, así que esperaría a que, como había ocurrido con otras cosas, fueran ellas las que dieran el paso y me contaran qué estaban pensando.

El resto del día pasó como cualquier otro, con la diferencia de que Moira me preguntó por primera vez cuándo iba a hablar con Ewan.

Se quedó tranquila cuando le dije que lo haría esa misma noche y a mí me quedó un regusto amargo en la boca del estómago porque sabía por qué me lo había preguntado.

Porque sabía que el final, su final, se acercaba.