La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 20
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Capítulo 20

Entré en la habitación de Moira después de pasar por la mía. Seguía con aquella sensación de culpa instalada dentro y me costó muchísimo mirarla a la cara sin echarme a llorar o confesarle que me sentía una persona horrible.

Pero me aferré a eso que dicen de ojos que no ven, corazón que no siente, y decidí callar. Lo mejor para ella era no saber lo que había pasado entre Ewan y yo.

—¿Qué tal están los campos? —me preguntó Mabel, que estaba sentada en una butaca al lado de la cama.

—Destrozados. Ha sido horrible ver cómo el fuego ha arrasado tanta belleza.

—¿Y qué tal con Ewan? Mabel dice que parece estar a gusto hablando contigo.

Tragué saliva antes de sonreír. No me salió demasiado convincente, pero esperaba que ninguna de las dos se diera cuenta.

—Bien, hemos hablado.

—¿De…?

No le hizo falta terminar la pregunta. Las tres sabíamos perfectamente a qué se refería.

—Sí. Me ha contado su versión igual que tú me contaste la tuya.

—¿Me odia? —preguntó mientras se aferraba al edredón con ambas manos, esperando mi respuesta.

—No te odia, Moira. Está dolido y, además, le faltan muchos datos. No tiene ni idea de lo que hizo Irina ni de cómo es en realidad.

—El amor lo cegó.

—Creo que os debéis una conversación. Os haría mucho bien a los dos.

—Estoy de acuerdo. Si hubierais hablado, quizá las cosas no estarían así —dijo Mabel negando con la cabeza.

Ella los quería a los dos y podía imaginar lo mucho que debía de haber sufrido durante aquellos años viendo cómo se hacían daño sin ser capaces de solucionar nada.

—No entiendo por qué no lo habéis hecho. Cuando todo explotó, puedo entenderlo, pero después…

—Ewan estaba cegado. Intenté que me escuchara, pero no hubo manera. Cada vez que salía de mi boca el nombre de Irina, se enfadaba más, así que llegó un momento en que dejé de intentarlo.

—Pues ha pasado mucho tiempo. Quizá entonces no estaba preparado para escucharte, pero ahora creo que sí. Él no lo sabe, o eso pienso, pero necesita conocer lo que pasó para poder superarlo del todo.

Moira me miró con los ojos llenos de esperanza.

—¿Me ayudarás? Isla, ayúdame a conseguir que me escuche. Tengo muchas cosas que decirle y no quiero irme sin que las sepa. Necesito pedirle perdón por todo.

Mabel y yo cruzamos una mirada. No hizo falta hablar para ponernos de acuerdo. Intentaríamos que lo hicieran porque ambos lo necesitaban: Moira para marcharse en paz y Ewan para poder seguir adelante.

—Lo haremos —aseguró Mabel.

La conversación quedó ahí porque unos pasos rápidos por el pasillo hicieron que las tres giráramos la cabeza hacia la puerta.

Por ella apareció la que supuse que debía de ser Poppy, la sobrina de Ewan y la hija de su hermano Duncan. Era una niña preciosa, pelirroja, con unos ojos negros enormes y una cara de pilla que no podía con ella.

—Hola.

—Hola, cielo. Ven a darme un abrazo.

No lo pensó ni dudó. Se acercó a la cama y abrazó a Moira con mucho cuidado.

—Estás más alta y más bonita cada día.

Un pequeño rubor apareció en sus mejillas mientras sonreía.

—¿Para mí no hay abrazo? —preguntó Mabel.

—Claro que sí.

Poppy se acercó para saludarla y, cuando se separó de ella y reparó en mí, me recorrió de arriba abajo con la mirada. Después dio varios pasos hasta plantarse delante.

—¿Tú cómo te llamas? ¿Eres la enfermera de la tía Moira?

—Así es. Me llamo Isla.

—Yo soy Poppy.

—Lo sé, me han hablado de ti. Pero se quedaron cortos cuando me dijeron que eras bonita. Eres preciosa, pequeña —dije agachándome a su altura para saludarla con dos besos.

—¿Tienes novio, novia o marido?

Me atraganté con mi propia saliva. Esperaba cualquier pregunta de aquella niña, pero desde luego no esa.

—¿Qué?

—Que si estás disponible o no. Es que, verás, mi padre necesita una novia y me pareces guapa. Además, tu mirada me dice que eres buena persona y quería saber si hay alguna posibilidad de liaros.

Mi cara debía de ser no solo un poema, sino un libro entero lleno de ellos, porque Moira y Mabel soltaron una carcajada al verme.

—Poppy, la has dejado helada —dijo Moira.

—Totalmente —reconocí.

Un carraspeo procedente de la puerta hizo que las cuatro nos giráramos.

Supe que era Duncan, su padre, nada más verlo porque físicamente se parecía muchísimo a Ewan. Era un poco más alto y tenía las facciones más marcadas, pero compartían el mismo color de pelo y de ojos.

—Hola, Duncan —dijeron Mabel y Moira casi al mismo tiempo.

Se acercó a la cama, abrazó a Moira y le dio un beso en la cabeza.

—¿Cómo vas?

—Voy, y con eso, día a día, me conformo.

Duncan asintió mirándola con cariño y, antes de separarse, volvió a besarla. Después saludó a Mabel con un abrazo.

—Papá.

—Dime.

—Mira, ella es Isla, la enfermera de la tía. Estoy esperando que me conteste si está disponible. A ver si hay suerte y nos dice que sí porque es guapa, ¿verdad?

Duncan se llevó las manos a la cara y se las pasó por ella con desesperación. Aquel gesto no me pareció de vergüenza, sino de puro cansancio, lo que solo podía significar una cosa: Poppy hacía aquello con bastante frecuencia.

—Poppy, ya hemos hablado de esto, ¿recuerdas? No puedes ir preguntando a las mujeres si están disponibles o no. Te he dicho que no quiero novia.

—Que sí… —protestó como si su padre fuera un pesado—. Pero es que estás tan solo. Mamá, desde el divorcio ha tenido al menos diez novios y tú ninguna novia. Necesitas a alguien que te quiera y te haga reír.

Jolín con la madre. Era… ¿Cómo decirlo? Un poco ligerita.

—Ya me quieres tú y me haces reír. No necesito más mujeres en mi vida.

Poppy hizo un gesto con la mano como si ya no pudiera con él.

Duncan suspiró antes de volverse hacia mí. Extendió una mano y me miró con los ojos llenos de disculpa.

—Soy Duncan. Perdona el numerito.

—Soy Isla. Enfermera, soltera, disponible y sin vistas a dejar de estarlo, pero encantada de conocerte.

Soltó una carcajada a la que, sin poder evitarlo, terminamos uniéndonos todos.

La siguiente hora nos quedamos allí los cinco hablando.

Fue refrescante y muy divertido compartir aquel rato con Poppy porque era una niña despierta, graciosa y tremendamente habladora.

En muy poco tiempo nos contó decenas de cosas sobre el colegio, sus amigos y las ganas que tenía de que llegaran las Navidades.

También dejó bastante claro, aunque sin decirlo directamente, lo a gusto que estaba con su padre y lo aburrido que le resultaba vivir con su madre.

Mabel ya me había contado que Duncan y Catriona tenían la custodia compartida y que Poppy debía vivir una semana con cada uno.

Esa era la versión oficial.

La extraoficial era que, durante la semana que le correspondía estar con su madre, muchas veces acababa quedándose también con Duncan porque Catriona siempre tenía, según ella, algún compromiso ineludible.

—Voy a por la comida de la tía Moira. ¿Quieres ayudarme, Poppy?

—¡Sí! —contestó, levantándose de un salto del borde de la cama donde estaba sentada junto a su tía.

Las dos salieron de la habitación y, nada más quedarnos los tres solos, el ambiente cambió. Duncan, que durante todo aquel rato no había dejado de sonreír, se puso serio.

—¿Las cosas siguen igual?

La conversación prometía ser bastante personal, así que decidí dejarlos solos, pero no había dado ni dos pasos cuando Moira me detuvo.

—Isla, no te vayas. Duncan sabe todo tal y como pasó y quiero que sepa por qué estás aquí, además de para cuidarme.

Asentí y regresé al lugar en el que había estado apoyada contra la pared.

—Si lo que me preguntas es si tu hermano sigue viviendo como si yo no estuviera en esta casa, la respuesta es sí. Pero hay algo que ha cambiado.

—¿El qué?

—Isla ha conseguido que hable de lo que pasó.

Duncan me miró entre alucinado y maravillado.

—¿En serio?

Asentí.

—¿Y qué clase de brujería has usado? Porque mi hermano es como un envase cerrado al vacío. Desde que ocurrió todo, nadie había conseguido que hablara de ello.

Solté una risa y Moira hizo lo mismo.

—Sabe escuchar y también sabe cuándo hablar. Respeta los tiempos y los silencios. Sus ojos transmiten confianza y, al igual que yo lo vi cuando la elegí como enfermera, Ewan también se ha dado cuenta.

—No sé si darte las gracias, besarte o hacerte un monumento.

No pude evitar reírme.

—Las gracias no hacen falta porque hablar nos ha venido bien a los dos. Yo no solo escucho, también comparto lo mío. Lo del monumento mejor déjalo, no me gustan las ostentaciones, y lo del beso no creo que sea buena idea, o tu hija nos preparará la boda antes de que acabe el año.

Duncan y Moira cruzaron una mirada y sonrieron.

—Me gusta. Le ayudará a sacar la cabeza del culo. Es importante que habléis y que sepa la verdad antes de que sea demasiado tarde.

No hizo falta que nadie me explicara que Duncan conocía toda la historia. Seguramente porque Moira y Mabel se la habían contado o porque él mismo había vivido buena parte de ella desde cerca.

Sin embargo, al escuchar aquello de «demasiado tarde», Moira apartó la mirada y se removió incómoda en la cama.

Duncan se dio cuenta enseguida.

—¿Aún no lo sabe?

Moira no contestó. Se limitó a bajar la cabeza.

—¿Moira?

—No… —susurró.

—Dios mío, esto no puede seguir así. Mabel y yo te prometimos que no le diríamos nada porque querías hacerlo tú, pero no puedes demorarlo más.

»Puede estar enfadado y seguir dolido, pero eso no significa que no vaya a afectarle saber la verdad. No puedes esperar hasta el último momento.

Los miré a los dos sin entender de qué estaban hablando.

—¿Qué es lo que no sabe? —me atreví a preguntar.

Moira suspiró y giró la cabeza hacia mí. Sus ojos empezaron a humedecerse antes incluso de responder.

—No sabe que voy a morir. Solo sabe que estoy enferma, pero no hasta qué punto. Creo que piensa que los tratamientos han funcionado y que ahora solo me estoy recuperando.

Me llevé una mano al pecho y solté un pequeño jadeo.

—¿Cómo es posible?

—Porque no quería arriesgarme a ver indiferencia en sus ojos cuando supiera que me voy. Sé que está enfadado conmigo, pero también sé que tiene un corazón de oro y que verme morir, aunque yo arruinara su vida, será duro para él.

—Moira…

—Lo sé, tengo que decírselo. Pero es que… hará preguntas y…

No terminó la frase. Tampoco hacía falta porque me estaba mirando a mí y entendí perfectamente a qué se refería. Si Ewan descubría la gravedad de su estado, empezaría a preguntar y una de las cuestiones más lógicas sería por qué no se había llevado a cabo el trasplante de médula.

Duncan, sin embargo, no pareció pasar por alto aquel intercambio de miradas.

—¿Qué ocultas? —preguntó cruzándose de brazos.

—Nada. Hablaré con él y le diré que me voy.

—Repito: ¿qué ocultas? Porque no sé yo, pero parece que Isla sí lo sabe.

—Díselo —le pedí a Moira.

—Que lo sepa no cambiará nada.

—Isla, dímelo, por favor.

Miré a Moira pidiéndole disculpas en silencio. Duncan había estado pendiente de ella desde el principio y, pese a todo lo ocurrido, parecía haber entendido sus motivos. Creí que tenía derecho a conocer aquella parte de la historia.

—Irina se negó a hacerse las pruebas para el trasplante y, como puntilla final, le deseó una muerte lenta y dolorosa. Además, le dijo que volvería a por Ewan para vengarse de él por haberla dejado.

—¡Hija de puta! ¿Cómo puede ser tan malvada?

Moira se encogió de hombros.

—Solo es Irina siendo Irina.

—Es una zorra que delante de Ewan siempre se puso la piel de cordero. El único que no vio cómo era en realidad fue él. Lo enredó de tal manera que acabó completamente cegado.

—Tú sí viste cómo era —le dije a Duncan.

—Desde el principio. Solo hacía falta fijarse en cómo miraba a Moira y al resto de la gente. Sus ojos destilan maldad pura, pero consiguió engañar a mi hermano.

—Siempre ha sido una experta mentirosa y manipuladora —añadió Moira—. Con mi madre, nuestros amigos y la gente de nuestro entorno hacía lo mismo.

—Pues no ganará. No esta vez. Si tiene la poca vergüenza de presentarse aquí, no dejaré que mi hermano vuelva a caer. En el pasado no me escuchó, pero si ahora aparece, tendrá que hacerlo.

Seguimos hablando un poco más hasta que Mabel y Poppy regresaron. Antes de dar el tema por terminado, Moira volvió a pedirme ayuda para hablar con Ewan y ponerlo al corriente de todo, o al menos de casi todo, porque seguía sin querer que supiera lo de Irina y el trasplante.

Y, una vez más, no pude negarme.

La ayudaría.