Capítulo 21
El fin de semana se pasó volando.
La presencia de Duncan y Poppy rompió la monotonía que se había instalado en aquella casa y fue como un soplo de aire fresco.
Repartieron su tiempo entre Moira y Ewan. Por las mañanas estaban con ella en la habitación y por las tardes en el salón, donde se sorprendieron al verla porque, desde que había caído enferma, apenas salía de su cuarto.
El resto del tiempo lo pasaron con Ewan. Fueron con él a ver los campos quemados, igual que había hecho yo, estuvieron un rato en el jardín jugando y charlando con Poppy a pesar del frío y también pasaron tiempo en el saloncito de la planta de arriba.
Fue bonito ver a Ewan sonreír y relajado junto a su hermano y su sobrina, algo que pude comprobar especialmente cuando comimos todos juntos en la cocina, excepto Moira, que a esas horas ya estaba descansando.
Yo intervine poco en la conversación porque preferí disfrutar viéndolos a ellos.
Eso sí, las miradas entre Ewan y yo fueron y vinieron en ambas direcciones sin que pudiéramos evitarlo, sin buscarlas ni pretenderlas.
Era extraño porque cada vez que nuestros ojos se encontraban, sentía por dentro un cosquilleo que sabía perfectamente lo que significaba, pero que no quería ni podía permitirme sentir.
El domingo, cuando llegó la hora de marcharse, todos menos Moira, que ya estaba acostada, salimos a la puerta para despedir a Duncan y Poppy.
—Tened cuidado en la carretera y volved pronto —les pidió Mabel antes de abrazarlos por turnos.
—Sí, volved pronto. Ha estado muy bien el fin de semana —añadió Ewan mientras hacía lo mismo.
—Tenemos que volver pronto porque tengo que intentar convencer a Isla.
Duncan resopló y Mabel y yo aguantamos la risa.
Poppy se había empeñado en que fuera la novia de su padre y durante todo el fin de semana no había perdido la oportunidad de recordármelo cada dos por tres, enumerándome sin ningún pudor todas las virtudes que, según ella, tenía Duncan.
Y lo cierto era que no mentía. Era un hombre guapo, divertido, cariñoso y unas cuantas cosas más de las que su hija se había encargado de contarme. Me había caído muy bien, pero no había removido absolutamente nada dentro de mí.
Eso es porque te lo está removiendo otro Mackenzie, dijo una voz en mi cabeza a la que mandé callar de inmediato.
—¿De qué tienes que convencerla? —preguntó Ewan.
—De que sea la novia de mi padre. Harían buena pareja, ¿verdad, tío Ewan?
Ewan se quedó paralizado al escuchar la pregunta. La sonrisa que tenía desapareció en el acto y sus ojos se oscurecieron, reflejando fastidio y algo que se parecía demasiado a…
¿Celos?
No podía ser. ¿O sí?
Crucé una mirada con Duncan y vi que él me observaba divertido.
—Eh… Sí, supongo que harían buena pareja.
—Eso pienso yo. Son guapos, divertidos y se llevan bien.
—Poppy… —intervino Duncan con una mezcla de cansancio y diversión—. Te he dicho que no quiero novia. Isla está muy bien, pero como amiga, nada más.
—Los mejores amores siempre empiezan con una amistad. Tú date tiempo.
Duncan soltó una carcajada a la que Mabel y yo nos unimos. Ewan, en cambio, seguía serio, limitándose a mirarnos a unos y a otros.
—Isla.
—Dime, preciosa.
—¿A ti te gusta mi padre?
—Sí, claro. Es un hombre guapo y divertido —contesté conteniendo la risa.
—Pues vete pensando estos días que no nos vamos a ver si sería un buen candidato a novio. Yo creo que sí, pero eres tú la que tiene que decir la última palabra.
—Vale, prometo pensarlo detenidamente. Pero, por si acaso, tú no descartes al resto de candidatas que tienes en la lista.
—No lo haré. Además, tengo que añadir a la chica nueva que ha entrado a trabajar en el supermercado. Se la ve muy maja y también puede ser una buena opción.
—Dios… —Duncan se pasó una mano por la cara—. ¿Otra más? Poppy, en serio, déjalo ya.
—Lo dejaré cuando elijas a una.
Duncan puso los ojos en blanco y resopló.
—Sube al coche, por favor. Por el camino tú y yo vamos a tener una charla seria.
—¿Una de padre e hija?
—Exacto.
—Vale —contestó encogiéndose de hombros antes de salir corriendo hacia el coche.
Los cuatro caminamos también hasta allí y, antes de subir, Duncan me pidió que me acercara a su puerta.
—Isla, ha sido un placer conocerte. Cuídamelos, por favor.
—Lo haré. Vete tranquilo.
Me dio un abrazo que le devolví con gusto.
—No sientas culpa —me susurró.
Me separé un poco para mirarlo.
—¿Qué?
—He visto cómo os miráis. Está surgiendo algo entre vosotros. No huyas de eso por Moira. Ella no era el destino de mi hermano y todos, incluso ella, lo sabemos.
—No…
—No lo niegues. Yo lo he visto, igual que hace unos minutos he visto los celos en los ojos de mi hermano.
—Eso no es posible, yo…
—Lo es. Le gustas y él a ti también. No dejéis pasar una oportunidad que puede acabar convirtiéndose en algo bueno para los dos.
—Ella…
—Ella se va a ir, Isla. Es triste, es horrible, pero es una certeza. Igual que también lo es que mi hermano nunca la ha amado. Él lo sabe y ella también.
Se me aguaron los ojos, pero hice un esfuerzo enorme para contener las lágrimas.
—Además, Moira se iría mucho más tranquila sabiendo que Ewan es feliz. Así que no intentes impedir que ocurra algo entre vosotros por miedo, por culpa o porque sientas que la estás traicionando, porque no es así.
—Duncan…
—Solo deja que las cosas sigan su curso. Mi hermano ha sufrido mucho y, por lo que veo en tus ojos, tú también llevas una historia a la espalda. Quizá podáis ayudaros el uno al otro.
Me estaba diciendo prácticamente lo mismo que Erin y Finlay. No con las mismas palabras, pero el mensaje era idéntico: que me dejara llevar y aceptara las cosas como vinieran.
El problema era que no resultaba tan sencillo. El miedo a que volvieran a engañarme como había hecho Liam, la culpa que sentía cada vez que miraba a Moira y todo lo que despertaba Ewan dentro de mí me tenían tan desbordada que no sabía cómo hacer lo que todos me pedían.
—Es difícil.
—Nadie dijo que las cosas del corazón fueran fáciles. Eso les quitaría emoción. Cuídate, Isla, y cuídamelos.
—Lo haré… Y lo otro… lo intentaré.
—Con eso me vale. De momento —dijo antes de besarme en la cabeza y subir al coche.
Nos quedamos en la puerta viendo cómo se alejaban hasta que el coche desapareció de nuestra vista y entramos en casa.
—Yo me voy a la cama, estoy cansada. Hasta mañana, chicos —se despidió Mabel.
—Yo voy a prepararme una infusión antes de dormir.
—Hasta mañana —dijo Ewan mientras caminaba hacia las escaleras.
Entré en la cocina y saqué lo necesario para prepararme la infusión. Ni siquiera había terminado de calentar el agua cuando escuché unos pasos detrás de mí.
Giré la cabeza y allí estaba Ewan.
—¿Querías algo? ¿Una infusión? ¿Café?
—Quiero hablar —dijo con voz seca.
—¿Ahora?
—Ahora.
Apagué el fuego, aparté el agua y me giré por completo hacia él.
—Tú dirás.
—Aquí no.
—¿Dónde? Fuera hace frío.
—No vamos fuera. Vamos a un sitio tranquilo.
Sin darme tiempo a contestar, me cogió de la mano y tiró suavemente, tanteando si lo seguiría. Y lo hice. No porque no pudiera negarme, sino porque no quise hacerlo y porque la curiosidad por saber qué quería decirme a aquellas horas pudo conmigo.
Subimos en silencio hasta la segunda planta, donde yo todavía no había estado desde mi llegada a la casa. Ewan se detuvo frente a una de las muchas puertas que había en el largo pasillo y la abrió.
La luz del interior me permitió ver un pequeño salón muy acogedor.
No tenía demasiado, pero sí lo suficiente para convertirlo en un lugar agradable: una televisión de tamaño medio colgada en la pared, un sofá de cuatro plazas, una mesa central cuadrada de cristal y, en una esquina, otra redonda con cuatro sillas.
La decoración era escasa y sencilla, pero a mí me gustó.
—¿Este es tu rincón?
—Mi refugio.
—Bonito.
—Práctico.
Pensé que me invitaría a sentarme para hablar, pero no lo hizo. Cerró la puerta, me miró durante un par de segundos y soltó la pregunta a bocajarro.
—¿Te gusta mi hermano?
—¿Perdón?
—Es una pregunta fácil y con una respuesta todavía más sencilla. Sí o no.
—También hay una tercera opción —contesté frunciendo el ceño.
—¿Cuál?
—¿A ti qué coño te importa?
—Pues resulta que me importa —respondió enfadado.
Ay, mi madre.
Así que no me había equivocado antes. Lo que había visto en sus ojos eran celos. El tono enfadado y casi desesperado con el que esperaba mi respuesta terminaba de confirmármelo.
—Me gusta.
—Entiendo —murmuró bajando la cabeza mientras apretaba la mandíbula.
—Me gusta, pero no como a su hija le gustaría ni como creo que tú estás pensando. Es agradable, simpático y no voy a negar que es guapo porque resulta evidente, pero hasta ahí. Me gustaría que fuéramos amigos.
Levantó la cabeza de golpe y clavó los ojos en mí.
—¿Solo amigos?
Asentí.
—Solo amigos.
Una sonrisa apareció en sus labios antes de dar dos pasos hacia mí. No llegó a tocarme, pero se acercó lo suficiente para que pudiera sentir su respiración.
—¿Y yo?
—¿Tú qué?
—¿Te gusto? Porque tú a mí…
No lo dejé terminar. No quería seguir porque, si continuábamos hablando y él seguía acercándose, sabía que estaría perdida. No podría resistirme a volver a besarlo o quizá a llegar más lejos.
—Ewan, es tarde y…
Dio el último paso que nos separaba, pegó su cuerpo al mío y me sujetó por las caderas.
—Necesito saberlo.
—¿Por qué?
—Para saber si tengo que resistirme o no.
—¿Resistirte a qué?
Sabía perfectamente a qué se refería. Mientras hablábamos, había bajado la mirada un par de veces hacia mis labios y mi corazón se aceleró al reconocer en sus ojos el mismo deseo que había sentido yo desde aquel beso.
Acercó todavía más la cara a la mía hasta dejar apenas unos centímetros entre nuestras bocas. Noté su respiración cada vez más agitada, su aliento fresco y su olor.
—Ewan…
—Isla…
—Solo contesta, por favor —me rogó.
En ese momento recordé las palabras de Erin, Finlay y Duncan. Los tres me habían dicho prácticamente lo mismo: que dejara de luchar contra lo que pudiera pasar, que bajara mis muros y me permitiera sentir, que por una vez me arriesgara.
Y eso hice. Me rendí sin saber si estaba haciendo bien o mal y, por una vez, dejé la razón a un lado para permitir que fueran mi cuerpo y mi corazón los que decidieran.
No necesité contestarle con palabras.
Lo besé.