La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 18
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Capítulo 18

Me monté en el coche todavía con la idea en la cabeza de que no debería estar allí.

—¿Te has abrigado bien? Hace frío.

—Sí. Soy de Perth; el clima es prácticamente igual que el de aquí.

—No lo es. Aquí, a campo abierto, se nota más el frío.

—Pues tú no parece que lo notes mucho —dije señalando su cazadora, que sí era de invierno, pero no demasiado gruesa.

—Estoy hecho al frío. Paso más tiempo fuera que dentro de casa.

Arrancó el coche y el silencio de nuevo nos envolvió. Durante los primeros minutos, mientras salíamos de su propiedad y giraba hacia la izquierda por un camino, miré por la ventanilla los extensos terrenos verdes que nos rodeaban.

—Mirar todo esto da paz.

—Sí que la da. Por eso me siento bien fuera.

—La paz se puede encontrar de muchas maneras.

—¿Tú tienes paz?

—Nadie tiene una paz absoluta. Todos tenemos cosas que la alteran.

Se quedó callado unos segundos y, antes de hablar, carraspeó, llamando mi atención.

—He pensado en nuestra conversación del otro día.

—Pensar es bueno. No en exceso, pero sí lo suficiente para ver cosas que, si no te detienes a analizarlas con calma, pueden pasar desapercibidas.

—Creo que puedes tener razón y hubo cosas que no vi.

—Las hubo.

—¿Tú las sabes?

Asentí y él esperó.

—Si esperas que te las diga, eso no va a pasar. Si quieres saberlas, ya sabes a quién tienes que preguntar.

Vi cómo apretaba la mandíbula y también las manos sobre el volante, pero no dijo nada.

—¿Te contó todo lo que pasó?

—Me contó cómo lo vivió ella, lo que sintió y por qué hizo lo que hizo.

—Me engañó, Isla.

—Lo sé.

—¿Por qué me resulta tan fácil hablar de esto contigo? Nunca lo he hecho con nadie.

—Dicen que sé escuchar —contesté encogiéndome de hombros—. Yo no voy a decirte qué hacer ni voy a juzgarte. Solo te escucharé si quieres hablar y, si lo aceptas, te daré mi opinión.

Se quedó callado durante los siguientes minutos, como si estuviera eligiendo qué decir y qué no o como si no supiera por dónde empezar.

—Si vas a contarme tu historia, solo hay una manera de hacerlo.

—¿Cuál?

—Por el principio.

Soltó una risita baja.

—Muy aguda.

—Práctica, más bien.

—Es muy difícil hablar de esto. Duele.

—Como te dije el otro día, cuando pierdes a alguien, sea de la manera que sea, ese dolor nunca desaparece del todo. Pero se puede aprender a vivir con él, a gestionarlo y a conseguir que deje de ocuparlo todo.

—¿Tú has perdido a alguien? ¿Tienes familia?

—No tengo familia de sangre. Me dejaron recién nacida en un orfanato. Allí viví hasta los dieciocho y allí encontré a mi hermana de corazón.

Quiso saber esa parte de mi vida y no tuve ningún problema en contársela. Le hablé de cómo Erin y yo nos conocimos y de cómo estuve a su lado durante su duelo, simplemente estando. También le hablé de Finlay y de que, aunque había llegado después, para mí también era familia.

—Eres una mujer fuerte que se ha hecho a sí misma.

—Eso dicen, pero muchas veces es solo fachada. Yo también he sufrido por amor, Ewan. También me enamoré y me hicieron daño.

—¿Qué pasó?

—Que él no se enamoró de mí y, cuando apareció alguien que sí era su destino, me engañó con ella durante meses. Al final, las mentiras siempre salen a la luz. Yo me quedé destrozada y ellos siguen juntos, casados y con dos hijos.

—Yo no engañé a Moira. ¿Eso te lo ha contado?

—Sí. Y eso te honra.

Se quedó callado unos segundos, suspiró y cogió aire. Mientras conducía los últimos kilómetros hasta la zona del incendio, empezó a contarme su historia, su versión o, mejor dicho, cómo la había vivido él.

Era muy parecida a la de Moira, con la diferencia de que me explicó lo mal que se sintió cuando descubrió que estaba enamorado de Irina.

Le costó mucho aceptarlo y todavía más dar el paso de decírselo a Moira porque no la amaba ni estaba enamorado de ella, aunque sí la quería.

Con el tiempo comprendió que, al menos por su parte, habían sido más amigos que pareja.

También me habló de Irina y de lo que sintió desde la primera vez que la vio. De cómo la veía a ella: una mujer buena, divertida, cariñosa y siempre pendiente de los demás y de cualquier cosa que pudieran necesitar.

Cuando me contó todo aquello, me costó muchísimo mantenerme callada y no decirle la verdad.

Porque podía ser que Moira, dolida, hubiera exagerado al hablar de cómo era su hermana, pero tenía claro que no era así. Todo lo que Ewan había visto en Irina había sido una ilusión, un papel que ella representó para conseguir su objetivo.

Una persona como la que él acababa de describir, por muy enfadada que estuviera con alguien de su propia sangre, no habría hecho lo que Irina hizo.

No solo se había negado a darle a su hermana una posibilidad de vivir al no hacerse las pruebas para el trasplante, sino que además le había deseado una muerte lenta y dolorosa.

Alguien capaz de hacer algo así solo podía tener un corazón negro, ser egoísta, malvada y unas cuantas cosas más que prefería ni pensar.

El resto de la historia no difería demasiado de la de Moira.

Terminó contándome lo mal que se sintió cuando Irina se marchó, los largos meses en los que soñó con que volviera y cómo, poco a poco, al ver pasar los días, fue perdiendo la esperanza de que eso ocurriera.

—¿Aún la amas?

—No.

Su respuesta fue rápida y rotunda. No dudó ni un segundo y le salió de dentro. Ese «no» era completamente sincero.

—La distancia, el rechazo, el tiempo y la falta de noticias por su parte hicieron que, poco a poco, mi corazón se fuera enfriando y que aquel amor muriera. También me hicieron darme cuenta de que quizá ella nunca llegó a quererme de la misma manera que yo a ella.

Menos mal que de eso sí se había dado cuenta, aunque su suposición no fuera del todo cierta. No era que Irina lo hubiera querido menos que él a ella, era que simplemente no lo había querido. Ewan solo había sido un peón en la partida que ella había jugado para derrotar una vez más a Moira.

Nos bajamos del coche y el paisaje que apareció ante nosotros hizo que se me encogiera el corazón. Era completamente desolador ver todo arrasado por el fuego.

Donde debería haber campo verde solo quedaban restos de ceniza. Todo estaba marrón y negro. Los árboles habían perdido su frondosidad y muchos de sus troncos estaban partidos o completamente calcinados.

El olor a quemado, mezclado con el de la escarcha de la mañana, hacía que todo resultara todavía más horrible.

Allí debería oler a lluvia, a rocío y a vida, pero solo olía a humo, a muerte y a años de historia destruidos por la mano de alguien que tenía el corazón tan negro como el suelo que lo cubría todo.

Nos quedamos observando el paisaje durante unos minutos en completo silencio.

—Es horrible.

—Lo es —contestó con pesar.

Durante la siguiente hora recorrimos el lugar mientras Ewan me iba contando cómo habían vivido aquella semana desde que empezó el incendio hasta que consiguieron sofocarlo por completo.

Habían trabajado veterinarios, bomberos, policías, voluntarios y muchas otras personas para intentar salvar todo lo posible.

El viento helado soplaba con fuerza y, aunque el invierno apenas había empezado, allí, a campo abierto, el frío se notaba mucho más. Ewan había tenido razón.

—Vamos a volver. Hace frío y, además, mi hermano y mi sobrina estarán a punto de llegar.

—Vamos —dije dándome la vuelta para regresar al coche.

Cuando llegamos, Ewan se apresuró a abrirme la puerta. Fui a entrar, pero antes de hacerlo su mano agarró mi brazo y me frenó.

—Isla…

—¿Sí? —pregunté girándome por completo para mirarlo a la cara.

—Gracias.

—No tienes por qué dármelas.

—Sí te las doy. Realmente necesitaba hablar. Me siento mucho mejor, como más liberado. Solo necesito algo más que hace mucho tiempo que nadie hace por mí.

Esperé y le indiqué con la mirada que continuara.

—¿Puedes darme un abrazo? Por favor.

—Todos los que quieras o necesites. No tienes ni que pedirlos —contesté sonriendo mientras extendía los brazos y lo abrazaba por el cuello.

Ewan no dudó cuando notó mi contacto. Me rodeó por la cintura y me apretó contra él.

Su olor me llegó enseguida. Era delicioso. Olía a lluvia, a bosque y a limpio. Un aroma cálido, envolvente, que transmitía paz.

Cerré los ojos un instante mientras sentía el peso de su cuerpo contra el mío.

No me apretaba con fuerza; más bien parecía buscar contacto y sostén, como si llevara tanto tiempo aguantándolo todo solo que, después de haber hablado, el muro que había construido a su alrededor empezara a caer poco a poco y aquel abrazo fuera otro paso para seguir derribándolo.

Noté cómo mi corazón empezó a latir más rápido y un escalofrío me recorrió el cuerpo entero. No era por el frío, sino por algo a lo que no quería ponerle nombre.

Nos separamos lentamente, aunque no del todo, solo lo suficiente para mirarnos.

Y entonces ocurrió.

Nuestras miradas se quedaron atrapadas y todo lo demás pareció desaparecer a nuestro alrededor. El coche, los restos del incendio, el frío e incluso el tiempo dejaron de importar.

No sabría explicar cómo pasó ni quién dio el primer paso. Puede que fuera él, puede que fuera yo o quizá los dos al mismo tiempo. Solo sé que nuestros labios acabaron encontrándose sin pedir permiso.

No fue un beso urgente ni pasional. Fue breve, sin prisas ni exigencias, delicado y hasta tierno, pero, al menos para mí, fue el mejor beso que me habían dado en mi vida.

Nos separamos apenas unos centímetros, respirando más deprisa, confusos y desorientados. Nos miramos desconcertados, como si ninguno de los dos tuviera una explicación lógica para lo que acababa de pasar.

—Esto… esto no puede ser…

—¿Por qué? —preguntó en un susurro.

—No lo sé, pero…

No me salieron más palabras. Tragué saliva y vi cómo Ewan hacía lo mismo.

—Yo también estoy confundido. No sé qué ha pasado. Solo sé que, cuando te he mirado, besarte no ha sido un arrebato, sino una necesidad.

Yo misma no podría haberlo explicado mejor porque era exactamente lo que había sentido.

La necesidad de besarlo, de saber a qué sabían sus labios y de sentir su piel sobre la mía.

Algo parecido a cuando has corrido muchísimo y, al detenerte, necesitas coger una gran bocanada de aire porque te duele el pecho y tienes que llenar los pulmones.

Eso había sentido al besar a Ewan.

Mientras hablábamos, seguíamos allí, junto al coche, sin habernos separado del todo y con el olor a humo todavía rodeándonos. Ninguno de los dos parecía querer alejarse ni apartar la mirada, pero teníamos que hacerlo.

Fui yo quien bajó las manos de su cuello y dio un paso atrás, aunque él todavía me sujetaba por la cintura.

Ewan entendió el gesto, me soltó y dejó caer los brazos.

Durante unos segundos, ninguno de los dos pareció saber qué hacer, si alejarnos de aquello que acababa de pasar o volver a unir nuestras bocas.

Al final tomamos la decisión correcta, o al menos eso pensé yo.

El camino de vuelta a casa se hizo largo, no por los kilómetros que nos separaban del lugar del incendio, sino por el silencio incómodo que nos acompañó durante todo el trayecto. No dijimos una sola palabra y los dos fuimos sumergidos en nuestros propios pensamientos.

No tenía ni idea de lo que podía estar pasando por la cabeza de Ewan. Por la mía pasaron muchas cosas, pero hubo dos palabras que se repitieron una y otra vez y consiguieron que me sintiera peor de lo que me había sentido en mucho tiempo.

Moira. Traición.

Porque así era exactamente como me sentía, como una traidora y una mala persona por haber besado al marido de una mujer a la que cuidaba, que se iba a ir pronto amándolo y que me había pedido que lo ayudara, no que lo besara.

Me bajé del coche con la culpa comiéndome por dentro.