La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 17
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Capítulo 17

Los siguientes días después de la confesión de Moira y de la charla posterior con Ewan pasaron lentos, o al menos eso me pareció a mí.

Nada cambió durante aquellos primeros días de la semana.

La rutina de los cuidados, la lucha con la comida, el aseo y las charlas en el salón o en la habitación con Moira siguieron tal y como lo habían hecho desde que llegué, con la única diferencia de que en nuestras conversaciones empezaron a aparecer cada vez más cosas personales.

Me habló mucho de su infancia, de cómo había perdido a su padre en un accidente cuando apenas tenía cinco años y de cómo, un año después de casarse, perdió también a su madre cuando un infarto se la llevó mientras dormía.

Ese había sido el último día que vio a Irina, en el cementerio. Ni siquiera se miraron, mucho menos hablaron, pero sí me contó que pudo ver la sonrisa de maldad y suficiencia de su hermana al comprobar que Moira estaba allí sola porque Ewan no la había acompañado.

También descubrí algo que me heló las venas.

Que Irina era malvada ya me lo había imaginado, pero no llegué a pensar que tanto hasta que Mabel me contó algo que Moira se había guardado y no había explicado a nadie. Ella lo sabía porque había escuchado desde el otro lado de la puerta una conversación entre las dos hermanas.

Cuando la leucemia llegó a un punto en el que los médicos le dijeron que una de las opciones que quedaban era intentar un trasplante, buscaron un donante compatible y no encontraron ninguno.

Entonces le explicaron que existía otra posibilidad: que algún familiar pudiera ser compatible.

Tragándose el dolor, el orgullo y quizá también la desesperación porque no quería morir, Moira llamó a Irina para contarle que estaba enferma, pedirle que se hiciera las pruebas y rogarle que no la dejara morir.

Su respuesta solo podía venir de un corazón podrido.

Se negó, pero no solo eso. También le dijo que le deseaba una muerte lenta y dolorosa, que era lo que se merecía por haberla dejado mal delante de Ewan y haber mentido para salirse con la suya.

Y lo peor fue que le aseguró que esperaría con paciencia hasta que estuviera a punto de morir y que, cuando llegara ese momento, volvería para recuperar lo que, según ella, le correspondía por derecho. No porque lo amara, sino para hacerle pagar por no haberla elegido por encima de todo.

Cuando Mabel me lo contó entre lágrimas, tres días atrás, le dije que tenía que hablar con Moira y decirle que lo sabía.

Al principio se negó, pero después de insistirle en que sería bueno que Moira supiera que, cuando ella ya no estuviera, Mabel seguiría intentando cuidar de Ewan como llevaba haciendo toda la vida, acabó cediendo.

Aquella misma tarde, las tres sentadas en el salón, tuvimos otra conversación muy dura.

Lo que más me encogió el corazón fue saber cómo se sentía Moira respecto a todo aquello.

Nos confesó que la negativa de su hermana a hacerse las pruebas tampoco la había sorprendido demasiado porque, en el fondo, se lo esperaba.

Lo que no imaginaba era que Irina siguiera tan resentida y continuara deseando vengarse.

Y ese era el mayor miedo de Moira: pensar que Irina volvería pronto para cumplir aquella amenaza y terminar de romper del todo a Ewan.

Durante esos días, Moira y Mabel también me preguntaron por mi vida y yo les hablé del orfanato, de Erin y Finlay, de lo mucho que me gustaba mi trabajo, de Hamish, al que consideraba mucho más que un jefe, y también de Emma, de lo mucho que había llegado a quererla y de lo duro que fue verla marcharse.

Aquel día ninguna de las tres había visto a Ewan. Un incendio en un bosque cercano lo había mantenido muy ocupado y fuera de casa la mayor parte del tiempo.

Solo había pasado por allí para cambiarse de ropa y descansar, aunque ni Mabel ni yo sabíamos a qué hora. Lo único que habíamos visto era su ropa sucia dentro de la lavadora y una taza olvidada en el fregadero.

Me levanté temprano, como cada día. Era sábado, aunque allí, con la rutina que llevábamos, los días apenas se diferenciaban unos de otros.

Pero aquel iba a ser distinto y romper la rutina tampoco estaba mal, sobre todo para Moira, porque entendía que los días debían de hacérsele insufribles y horrorosamente largos.

Duncan había llamado para avisar de que él y su hija irían a pasar el fin de semana.

Al entrar en la cocina me sorprendió encontrar allí a Ewan desayunando. Tenía cara de cansancio y el incendio, desde luego, parecía haberle pasado factura.

—Buenos días.

—Buenos días.

Se inclinó hacia atrás en la silla sin soltar la taza y observó todos mis movimientos, haciendo que me pusiera nerviosa.

Saqué una taza, cogí la leche del frigorífico y me serví un poco junto con el café. A esas horas no solía apetecerme comer nada, eso lo haría más tarde, así que me senté en silencio en el lado contrario de la mesa.

El silencio empezaba a hacerse incómodo y, aun a riesgo de que Ewan no quisiera contestarme ni hablar conmigo, decidí romperlo.

—¿Qué tal el incendio? ¿Ha habido muchas pérdidas?

Noté que mi pregunta lo sorprendía. Seguramente esperaba, si es que esperaba que dijera algo, que le hablara de Moira o retomara la conversación que habíamos dejado en el aire días atrás.

—Ya está controlado. Nadie ha resultado herido, pero muchos animales no lo han conseguido y el terreno ha quedado en muy mal estado.

—Es una pena que pasen estas cosas.

—Así es, sobre todo cuando las provoca la gente.

Abrí los ojos sorprendida.

—¿Ha sido provocado?

Asintió mientras fruncía el ceño y el enfado se hacía visible en sus ojos.

Fue a contestarme, pero la respuesta tuvo que esperar porque Mabel entró en la cocina.

—Buenos días.

—Buenos días, Mabel —contestamos los dos.

—Ewan, ¿es cierto que el incendio fue provocado?

—Eso iba a contarle ahora a Isla. Lo fue. Algún hijo de mala madre ha conseguido que todo quede arrasado. Tardarán años en recuperarse la vegetación y el terreno.

—Dios mío… —dijo Mabel llevándose una mano al pecho—. ¿Cómo puede haber gente así?

—Hay gente para todo, ya lo sabes.

—Con lo bonita que es esta zona, da pena pensar en cómo habrá quedado —dije recordando el paisaje que había visto el día que llegué.

—Si quieres verlo, puedo enseñártelo. No es plato de buen gusto, pero así te harás una idea de la pérdida que supone algo así.

Ese hombre me sorprendía por momentos. El día que nos conocimos le había costado hasta decirme hola. Los días siguientes apenas habíamos cruzado palabra y, la única vez que hablamos de verdad, la conversación había sido bastante tensa. Ahora, así sin más, se ofrecía a enseñarme los bosques.

—Me gustaría verlo, pero no puedo.

—¿Por qué?

—Tengo que estar aquí. Soy enfermera interna a tiempo completo.

—Isla, Moira y yo te hemos dicho que eres enfermera, que vives y trabajas aquí, sí, pero no tienes que estar encerrada todo el tiempo. También tienes que respirar.

—Mabel… —Empecé a decir porque ella ya sabía mi opinión y que estaba allí para Moira las veinticuatro horas.

—Mabel tiene razón.

—No… yo…

Empecé a protestar, pero Ewan me cortó, sorprendiéndonos a las dos.

—Te espero dentro de quince minutos en la entrada. Iremos, verás el estado del terreno y no tardarás en volver —dijo antes de salir de la cocina, dejando el silencio tras él.

Mabel y yo nos miramos. En su sonrisa había diversión y mi cara debía de ser un poema.

—¿Qué acaba de pasar?

—Que te acaban de apuntar a una excursión improvisada por los bosques arrasados. Eso ha pasado.

—No voy a ir. Estoy aquí para cuidar a Moira, no para ver bosques.

—Eres enfermera, Isla, no una presa. Tu vida no puede consistir solo en cuidarla. Ve, respira y habla con Ewan, que parece que contigo le gusta hacerlo.

—Solo hemos hablado una vez.

Moira no lo sabía, pero a Mabel sí le había contado la conversación que tuve con Ewan aquella mañana. Me dijo que él todavía no se había dado cuenta, pero que yo conseguía hacerlo hablar sin que fuera consciente de ello y que eso le haría mucho bien.

—Pues hoy será la segunda. Además, te mira de una manera…

—No me mira de ninguna manera. Con fastidio, puede que sí. Le jodió que me metiera donde no me llamaban y que le dijera un par de verdades.

—Pues dile alguna más. Y escúchalo. Estoy segura de que necesita hablar con alguien y tú eres ese alguien. Y sí que te mira distinto, como si fueras una persona en la que puede confiar, alguien que podría llegar a ser importante en su vida.

Mabel hizo una pausa y sonrió de una manera extraña que no entendí, como si supiera algo que a mí se me escapaba.

—Ve con él, Isla. Yo me ocuparé de Moira. A ella le hará más bien hoy saber que Ewan está contigo que cualquier cuidado que puedas darle.