Capítulo 16
Esa noche, cuando me metí en la cama, no pude dormir.
Los recuerdos de la conversación que había tenido esa tarde con Moira no dejaban de dar vueltas en mi cabeza.
Me pasé horas pensando en la tristeza que cargaban tanto Ewan como Moira por lo mal que ambos habían hecho las cosas, y también en la maldad de Irina, porque había que ver cómo podía tener alguien tan mala sangre como para hacer lo que ella había hecho.
En aquella historia no había un solo culpable de cómo habían terminado. Todos tenían su parte de culpa, en mayor o menor medida, pero la tenían.
Pensando en eso, entendí las palabras de Mabel cuando me dijo que había tres versiones: la de Moira, la de Ewan y la que nos formábamos los demás al conocer lo que había pasado.
Desde luego que Moira lo había hecho muy mal.
El engaño hacia Ewan era intolerable, pero él tampoco había hecho las cosas mucho mejor.
Se cegó y no vio más allá de la belleza de Irina, sin molestarse en escuchar cuando tanto Moira como Mabel habían intentado contarle cómo habían ocurrido realmente las cosas.
Se sintió traicionado y engañado por Moira, pero lo que no sabía era que Irina también lo había engañado.
Una lo hizo por amor y la otra por egoísmo o maldad.
Irina se había marchado haciéndole creer que estaba destrozada y herida y, como ella no se quedó a su lado, Ewan había terminado volcando todo aquel dolor sobre Moira, que sí permaneció allí porque seguía amándolo a pesar de la indiferencia y del trato que recibía de él.
Pensé que ya tenía que quererlo para llevar casi tres años en aquella casa soportando sus miradas de reproche, de ira o incluso de odio y, sobre todo, su indiferencia.
No cualquier persona, por mucho que amara a otra, sería capaz de aguantar algo así. Y ella seguía allí, conformándose con verlo a diario aunque fuera en la distancia y cumpliendo un castigo que, bajo mi punto de vista, no merecía.
Lo había hecho mal, sí. Debería haber entendido que no todo vale en el amor y no haber intentado atraparlo de aquella manera, aunque, según las explicaciones que me dio después de terminar su historia, lo hizo más por protegerlo de Irina y de lo roto que sabía que iba a dejarlo que por egoísmo o por querer quedárselo para ella.
Tenía la cabeza que me hervía de tanto pensar.
Y no solo por la historia, sino por la petición que Moira me había hecho antes de acostarla.
Cerré los ojos y mi mente volvió a aquella conversación.
—Isla, quiero pedirte algo.
—¿Qué necesitas?
—Quiero que lo ayudes.
—¿A Ewan?
—Sí. Te confieso que te elegí por esa razón. Vi en tus ojos que sabías escuchar, que eras una persona que no solo cuida enfermos, sino también almas. Y quiero que lo ayudes a sanar la suya.
—Moira…
—Por favor, Isla. Solo habla con él. Ayúdalo. Haz que se abra, que saque ese dolor que lleva dentro. Si no lo hace, nunca será feliz.
»Quiero irme sabiendo que al menos hice algo bueno por él, que podrá volver a ser feliz, que su corazón sanará y volverá a amar.
—Moira, no se puede ayudar a alguien que no quiere dejarse ayudar.
—Lo hará. Solo necesita que lo escuchen, que estén a su lado. Y sé que tú eres esa persona.
Me quedé unos segundos callada porque no sabía qué decirle. No podía prometerle que conseguiría algo que ni siquiera sabía cómo hacer. Ewan estaba completamente cerrado y la gente así no escucha ni ve más allá de su propio dolor.
En ese momento me vino Erin a la cabeza. Pensé en todo el dolor que llevaba dentro cuando nos conocimos, en lo mucho que le costó seguir adelante y en cómo siempre me repetía que había podido hacerlo gracias a mí.
Yo no tenía nada de especial. Solo era una mujer que sabía escuchar, que respetaba los silencios de la gente y que, sí, era verdad que se me daba bien estar ahí.
Miré a Moira a los ojos, esos que tenía rojos e hinchados de tanto llorar aquella tarde y que no solo me pedían ayuda, sino que me la rogaban.
¿Y qué podía hacer ante eso?
Lo que siempre hacía cuando alguien me necesitaba: decir que sí. Porque era incapaz de poner un no en mi boca, de negarle ayuda a alguien o de mirar hacia otro lado cuando sabía que estaba sufriendo.
—Lo intentaré. Te prometo que haré todo lo posible por ayudarlo.
—Con eso me vale. Gracias, Isla.
Sacudí la cabeza para volver al presente, a aquella habitación que seguía en penumbra porque todavía faltaba un rato para que amaneciera.
Me levanté de la cama y entré en el baño para lavarme la cara con agua fría. Sabía que volver a tumbarme sería una tontería porque estaba tan despejada que no sería capaz de dormir, así que decidí bajar a la cocina y tomarme el primer café del día.
Me puse uno de los chándales gorditos que había llevado y salí muy despacio al pasillo.
Miré la puerta del fondo, la de Mabel. Seguía entornada y todo estaba oscuro, así que continuaba dormida.
Di unos pasos y me asomé a la habitación de Moira, solo desde la puerta, sin entrar. Oí su respiración constante, lenta y calmada. Ella también dormía.
Con pasos medidos y procurando no hacer crujir el suelo de madera, caminé hasta la cocina.
Entré a oscuras, o no del todo, porque la luz de la luna, que ya empezaba a desaparecer para dar paso al amanecer, daba la claridad suficiente para poder moverme sin dificultad.
—Parece que no soy el único que duerme poco.
Me paré en seco a dos pasos de la encimera. No había mirado hacia la mesa y por eso no me había dado cuenta de que no estaba sola. Ewan estaba sentado allí con una taza humeante entre las manos.
—Dios, qué susto. No esperaba encontrar a nadie.
—Lo siento. No pretendía asustarte, solo hacerte saber que no estabas sola.
—Eh… gracias, supongo.
—¿Supones?
—Sí, no sé qué más decir a eso.
Ni a eso ni a nada, ya de paso. Porque, si estaba sorprendida por encontrarlo allí a aquellas horas, todavía lo estaba más porque se hubiera dignado a hablarme.
Nos quedamos mirándonos unos segundos, estudiándonos, aunque no duró mucho. Ewan apartó la mirada con rapidez y, casi con la misma, se levantó de la mesa, sacó una taza y la llenó con el café recién hecho que había en una jarra.
—Toma, parece que lo necesitas más que yo —dijo dejándola encima de la mesa.
—Gracias. Realmente lo necesito, no he dormido muy bien.
Volvió a buscar mi mirada y algo debió de ver en ella porque, un par de segundos después hizo una mueca de fastidio.
—Lo sabes.
Fruncí el ceño.
—¿Qué se supone que sé?
—Que Moira y yo no tenemos trato.
—Eso lo sé desde el primer día. No preguntas por ella, no vas a verla y tampoco te acercas a los sitios en los que sabes que está.
Soltó un pequeño gruñido antes de dar un sorbo a la taza que tenía entre las manos.
—Lo que yo haga no es de tu incumbencia. Y sabes que no me refería a eso. Ella te ha contado a saber qué y tú ya has hecho tu juicio.
Estaba a la defensiva. Enfadado, no conmigo, sino con la situación o quizá hasta con el mundo.
—Yo no juzgo. Escucho y observo.
—¿Y qué has escuchado?
—Una historia. Una versión.
—Seguramente la incorrecta.
—Todas las versiones tienen algo de verdad y algo de interpretación. Por eso son versiones.
—La mía es la real.
—No lo creo.
—¿Cómo te atreves a decir eso? No sabes nada de mí ni de lo que pasó. Solo eres una enfermera más. Una entrometida.
—Puede que sea así, puede que sea una enfermera más, pero esta enfermera ahora conoce una historia que no tiene una sola versión, sino varias. Cada uno cuenta las cosas desde lo que vivió y sintió, pero lo que realmente importa es lo que queda cuando juntas todas las piezas.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que, muchas veces, quienes están fuera y escuchan a todos los implicados son capaces de ver cosas que los que están dentro no ven, porque el dolor no siempre deja mirar más allá.
Hice una pausa antes de continuar.
—Hay gente a la que ese dolor no le permite ver lo importante ni tampoco la verdad.
—En esta historia solo hay una verdad.
—¿La tuya?
—La mentira. Esa fue la que lo destruyó todo.
Negué con la cabeza. Ewan seguía cegado por la mentira de Moira, que sí, había sido algo intolerable, horrible y despreciable.
Pero no había visto que antes de esa mentira había habido otra. Una que, por capricho, por envidia o por pura maldad, había separado a dos personas que quizá no estaban destinadas a acabar juntas, pero tampoco a terminar como lo habían hecho.
Había habido dos mentiras.
La de Moira, que nació del amor, aunque la llevó a equivocarse de la peor manera.
Y también la de Irina, que le hizo creer que lo amaba solo para separarlo de su hermana por pura maldad.
—En eso tienes razón. Fue una mentira la que os llevó hasta donde estáis, pero no la que tú piensas.
—Solo hubo una mentira. Una que me hizo perder lo que más quería.
—No. Hubo una mentira que hizo que te perdieras a ti mismo. Una que no viste porque estabas ciego y lo sigues estando. Hasta que esa venda no caiga de tus ojos, el dolor que llevas dentro no desaparecerá.
—Qué sabrás tú si tengo dolor.
—Lo sé. Tus ojos lo gritan aunque tu boca lo calle.
—¿Ahora también eres médica y me estás psicoanalizando?
—No. Solo sé mirar donde hay que hacerlo. No eres la primera persona que veo rota después de haber perdido algo importante. Sé reconocer ese dolor —contesté pensando en Erin y en Emma.
—Entonces sabrás que no se irá nunca. Las cosas no se olvidan y por eso el dolor tampoco desaparece.
—Por supuesto que no se olvidan. Es más, a veces recordarlas sirve para aprender de ellas o incluso para no perder de vista lo bueno que también hubo. Y el dolor quizá no se vaya del todo, pero se puede aprender a vivir con él. Se puede volver a vivir, a sentir otras cosas y a ser feliz.
—Eso no es posible.
—Sí que lo es, te lo aseguro. Yo lo he visto.
—¿Cómo lo consiguió esa persona?
—Con paciencia. Dejando que alguien estuviera a su lado. Perdonando al destino y mirando más allá de ese momento en el que se rompió.
—¿Eso te ha pedido?
—¿Quién? ¿Y qué me ha pedido?
—Moira. Te ha pedido que hables conmigo, que me sueltes todo este rollo para intentar convencerme de que la perdone. Pues déjame decirte que pierdes el tiempo.
—No. Y aunque así fuera, que no lo es, yo no intentaría convencerte de que la perdonaras.
—¿No? —preguntó sorprendido.
—No. Ese perdón tiene que salir de ti, sin que nadie te lo pida. Tiene que salir de tu boca y de tu corazón porque realmente lo sientas. Y, si no es así, es mejor que no lo digas.
—No puedo perdonarla.
—No lo hagas si eso es lo que sientes. Pero puede que, cuando ella ya no esté, acabes sabiendo cosas y te arrepientas de no haber escuchado o mirado donde tenías que hacerlo.
Creo que tu versión es la más incompleta.
Te faltan muchos datos —dije antes de dejar la taza encima de la mesa, marcharme y dejarlo allí pensando.