La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 15
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Capítulo 15

Moira, con las manos temblorosas, dio el último sorbo al té que le había costado beberse junto con el trozo de bizcocho que Mabel le había servido.

—Parece como si me hubiera comido un cordero entero.

—Pues esta noche, para cenar, Mabel te servirá una vaca para que varíes la dieta.

Negó con la cabeza y sonrió de medio lado.

—¿Quieres tumbarte?

—No, estoy bien así. Además, necesito estar sentada para que podamos mirarnos a la cara mientras te cuento mi historia.

—Moira, no tiene por qué ser ahora. Puedes dejarlo para otro día si hoy no te sientes con ganas.

—No. Quiero hacerlo ahora. Tengo que hacerlo. Ya no queda apenas tiempo —dijo cruzando una mirada con Mabel, que estaba sentada a mi lado en el sofá, frente a ella.

—¿Tiempo para qué?

—Para intentar arreglar lo que hice. Para ayudarlo a que vuelva a sonreír, a sentir, a abrir los ojos, a olvidar —contestó, refiriéndose claramente a Ewan.

Esas palabras… No sabría decir por qué, pero se me clavaron dentro, ya que, por la manera en la que me miró al pronunciarlas, parecía que yo fuera una pieza clave para esa misión que quería llevar a cabo.

—Está bien, te escucho. Y si puedo ayudarte en algo, aquí me tienes.

—Lo harás —afirmó muy convencida.

Asentí.

Moira cogió aire y miró a Mabel, que hizo un gesto con la cabeza para animarla a empezar. Entonces comenzó a contarme su historia y la de Ewan.

Se habían conocido cuatro años atrás en Perth, cuando Ewan había ido un día a visitar a Duncan. El encuentro fue totalmente accidental. Él salió deprisa de una tienda justo cuando ella entraba y, con el choque, Moira acabó en el suelo.

Hubo disculpas, varias de hecho, pero también alguna broma y unas cuantas risas. Aquel encontronazo terminó en una cafetería, hablando de sus vidas mientras tomaban un café.

Ewan le habló de su trabajo como guarda forestal y Moira del suyo como dependienta en una tienda de ropa infantil. Ese café dio lugar a otro y después a otro, hasta que, solo dos meses más tarde, empezaron a salir.

—Yo me enamoré de él en el mismo momento en que me tiró al suelo. Él de mí no, pero le gustaba, le atraía y me deseaba, y con eso a mí me bastaba.

—¿Cómo lo sabes? Quizá no te lo dijo, pero sí te quería.

Sonrió con tristeza.

—Por su mirada. A mí nunca me miró igual que después la miraba a ella.

—¿A ella? —pregunté extrañada.

—A mi hermana, Irina. De ella sí se enamoró.

Dios mío… Menuda historia, pensé. Y eso que solo conocía el principio porque me daba que todavía me quedaba lo más gordo por saber.

—¿Qué… qué pasó? —pregunté en voz baja.

Volvió a coger aire y siguió hablando mientras miraba al vacío. Era como si, a medida que avanzaba en la historia, su mente regresara a aquellos momentos y los estuviera viviendo de nuevo.

Moira y Ewan llevaban nueve meses saliendo juntos cuando su hermana entró en escena. Había estado fuera trabajando como modelo y, una tarde, Ewan fue a buscar a Moira a casa para salir a cenar. Fue Irina quien abrió la puerta.

Desde aquella primera mirada, Moira supo que Ewan se había quedado prendado de su hermana.

—¿Y ella de él?

Moira soltó una risa seca y Mabel, un gruñido.

—Mi hermana no ha querido a nadie en su vida más que a sí misma.

Después de aquella frase me contó que Irina había sido una caprichosa desde el mismo momento de su nacimiento.

Siempre quería lo que tenían los demás, sobre todo lo de Moira, a quien envidiaba sin ningún motivo porque, según me contó, Irina no necesitaba ni siquiera hablar para destacar.

Con su belleza tenía más que suficiente.

Pero todo lo que tenía de bonito por fuera lo tenía de feo por dentro. Era manipuladora, egoísta y de esas personas que, pasara lo que pasara, siempre tenían que salirse con la suya.

—¿Qué hizo? ¿Os separó?

—Así es. Y no le costó mucho, la verdad. Con Ewan nunca mostró su verdadera cara. Con él se hacía la víctima y me dejaba a mí como la mala.

A Irina solo le hicieron falta dos meses para que Ewan cayera totalmente rendido a sus pies. No fue algo invasivo ni ocurrió de golpe. Era lista y supo hacerlo bien.

Siempre estaba en casa para recibirlo cuando él iba a buscar a Moira y aprovechaba esos momentos para intentar llamar su atención de cualquier manera.

También se presentaba en sitios a los que ellos habían ido solos, como el cine, un restaurante o incluso durante alguno de sus paseos, alegando siempre que eran casualidades o coincidencias y acabando por unirse a sus planes.

No lo eran. Los seguía para aparecer en el momento adecuado.

Ewan no se portó mal con Moira ni la engañó. Fue sincero y le dijo la verdad: se había enamorado de su hermana, habían hablado y ella le había asegurado que sentía lo mismo. Lo lamentaba mucho, pero quería empezar una relación con Irina.

—¿Qué pasó? ¿Empezaron a salir?

Asintió.

—Sí. Pero…

—¿Pero?

—Por una vez quise ser yo la que ganara, la que se saliera con la suya. La que no se quedara mirando cómo Irina, como hacía siempre, se llevaba lo que yo quería.

—¿No era la primera vez que hacía algo así?

—Ewan fue el cuarto chico con el que salía, del que consiguió separarme solo por envidia, por fastidiarme o por diversión. Estaba con ellos unos días y después les daba la patada.

—Vaya joya de hermana que tienes —dije sin poder contenerme.

Volvió a asentir con tristeza.

—¿Qué hiciste?

—Yo lo amaba, sigo haciéndolo y no quería que sufriera porque sabía que lo haría cuando mi hermana lo dejara. Estaba segura de que eso acabaría pasando. Así que, por una vez y agarrándome a eso de que en el amor y en la guerra todo vale… mentí y me porté como lo hacía ella.

—¿Los separaste? ¿Le contaste la verdad sobre cómo era?

—No. Hice algo mucho peor.

—¿El qué?

Se quedó callada unos segundos, tragó saliva y las lágrimas que llevaba un rato conteniendo empezaron a escapar de sus ojos.

Un mes después de que Ewan e Irina empezaran a salir, Moira fue a buscarlo sin que su hermana lo supiera y le dijo que estaba embarazada. Sabía que Ewan, con los valores que tenía, su sentido del honor y lo buena persona que era, no la dejaría tirada.

Moira lloró, le rogó que no le diera la espalda, que no la dejara sola, y él hizo lo que creyó que era correcto. Volvió con ella, le prometió que cuidaría de los dos e intentaría olvidar a Irina.

—¿El niño?

Soltó una risa amarga mientras las lágrimas salían con más fuerza.

—No había ningún niño, Isla. Fue mi manera de atraparlo, sabiendo de antemano que cumpliría con su deber.

Me llevé las manos a la boca.

—Dios mío… Moira.

—Lo sé. No hace falta que me digas nada. Cualquier cosa mala que pienses de mí ya la he pensado yo multiplicada por mil.

—¿Qué pasó después?

—Habló con Irina y le explicó sus motivos. Le dijo que no quería que su hijo creciera en una familia rota, que no me amaba, pero me quería como a una amiga, que era lo que siempre había sido para él. También le dijo que cumpliría con su deber.

—Te puedes imaginar la reacción de Irina, ¿no? —intervino Mabel.

—No fue buena, supongo. Perder no entraba en sus planes.

—Eso es. Se enfadó con él, le rogó, lloró y, cuando vio que no cedía, juró vengarse de los dos. Después se marchó fuera durante un mes. En ese tiempo Ewan y yo nos casamos y yo vine aquí a vivir.

Moira siguió hablando mientras Mabel, que se había levantado de su sitio, la abrazaba por los hombros.

Su intención era decirle a Ewan, nada más casarse, que había perdido al niño, pero no llegó a hacerlo. Todavía no sabía cómo, pero Irina descubrió su secreto y no tardó en contárselo a Ewan.

—Supongo que se enfadaría muchísimo contigo.

—Tanto que así sigue. No me habla desde entonces y de eso hace ya casi tres años.

Se limpió la cara con un pañuelo que le di después de sentarme a su lado.

—¿Por qué no te dejó? ¿Por qué no os separasteis si tanto la quería?

—Habló con ella, pero mi hermana ya había conseguido su propósito, que no era otro que joderme. Ewan siempre le importó una mierda.

—¿Qué hizo?

Irina se hizo la víctima hasta el final. Le dijo a Ewan que la había decepcionado muchísimo, que se sentía traicionada, que ya no confiaba en él y que necesitaba tiempo para sanar. Pasado un tiempo ya verían qué ocurría, pero en aquel momento tenía el corazón roto.

Todo mentira, por supuesto.

Se marchó, según ella, para curar su corazón herido y no había vuelto.

Lo que Ewan no sabía era que, cuando Irina regresó para contarle lo del falso embarazo, ya estaba saliendo con otro chico en Inverness. Moira lo había sabido por unas amigas que ambas tenían en común.

—¿Sigue esperándola? ¿Sigue amándola?

—No, no lo creo. Creo que la distancia y el tiempo le han hecho darse cuenta de que ella no lo amaba tanto como él a ella. Ewan ha cerrado su corazón.

—¿Por qué seguís casados? No lo entiendo.

—Él es muy conocido aquí, todo el mundo lo respeta y no quiere escándalos. Al principio, el dolor por haber perdido a la que creía el amor de su vida hizo que me dijera muchas cosas.

Hizo una pausa antes de continuar.

Ewan le había dicho que seguir juntos sería un castigo para los dos, el que ambos se merecían.

Moira tendría que ver cada día al hombre que amaba y soportar su desprecio, mientras que él tendría que aguantar su presencia.

Así recordaría lo mal que había hecho las cosas al creer a una mujer malvada y cómo, por su propia cobardía y por no haber sido egoísta por una vez, había perdido al amor de su vida.

—Pero, pasado un tiempo, podríais haberos separado. Vivir así no es vida.

—Acepté mi castigo. Verlo y no poder ni hablarle, sentir su desprecio… es lo que me merezco por lo que hice. Pero eso se acabará pronto. Quiero irme en paz, devolverle la felicidad y conseguir que vuelva a sonreír, que vuelva a sentir. Quiero que ame a una mujer que lo ame.