Capítulo 14
Entré en la habitación de Moira a la hora en la que solía despertarse de la siesta que se echaba todos los días.
—Venga, bella durmiente, hora de levantarse —dije mientras subía la persiana.
—Ya llevaba despierta un rato.
—¿Y por qué no me has llamado?
—También tienes derecho a tener un rato para ti, Isla.
—Moira… Eso ya lo hemos hablado. No estoy aquí de vacaciones o de visita, sino para estar contigo todo el tiempo que sea necesario.
Soltó un gruñido bajito a modo de protesta. Era algo en lo que insistía a diario. Quería que tuviera mis ratos sin pensar en si era la hora de su medicación, de su paseo, del aseo o de la comida. No había cedido a esas quejas ni pensaba hacerlo.
—Vamos al salón. Mabel ya tiene allí preparada la merienda.
Puso los ojos en blanco al oírme mencionar la comida, pero con el gesto que le hice de «ni se te ocurra protestar, vas a comer algo sí o sí», guardó silencio, sabiendo que esa batalla contra mí la tenía perdida.
—Hoy haremos algo diferente —dijo mientras la ayudaba a incorporarse y la sentaba en el borde de la cama para ponerle algo de ropa de abrigo.
Los ratos en el salón siempre los dedicábamos a hablar. No sabía qué planes tendría en la cabeza, pero si por iniciativa propia quería hacer algo distinto, me parecía perfecto.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Y qué te apetece? ¿Una partida de ajedrez, quizá? —dije aguantándome la risa.
—¡No! No puedo con el ajedrez. Me parece un juego soporífero y tremendamente aburrido.
Ya sabía lo que pensaba de ese juego, por eso se lo había dicho, para picarla y bromear con ella.
—Nada de ajedrez, entonces. ¿Lectura? ¿Televisión? ¿Cartas?
Negó con la cabeza mientras una pequeña sonrisa aparecía en sus labios.
—Nada de eso. Hablar. Hoy vamos a hablar.
Alcé las dos cejas y fruncí un poco el ceño, no por enfado, sino por desconcierto.
—Moira, eso no es hacer algo diferente. Hablar es lo que hemos hecho todos estos días cuando vamos al salón.
Ya estaba abrigada, así que la agarré por la cintura para ayudarla a ponerse en pie y ella se sujetó a mi brazo para que saliéramos caminando juntas hacia el salón.
—Pero hoy la charla será distinta.
—¿Distinta?
—Hoy te contaré quién soy y cuál es mi historia.
—¿Me vas a presentar a Moira Mackenzie? —dije bromeando.
—Te voy a contar cómo llegué a serlo y por qué no debería serlo.
—¿Qué? No entiendo.
—En un rato lo entenderás.
Salimos del pasillo de las habitaciones y, al llegar al vestíbulo, Mabel nos estaba esperando. Solía acompañarnos al menos un rato en el salón hasta que se iba a preparar la cena y ese día no iba a ser diferente.
—Mabel, hoy quiero que te quedes hasta el final. Hoy es el día. Le contaré a Isla lo que pasó.
Cruzaron una mirada. En la de Moira había ruego y en la de Mabel, comprensión. En la mía, sin necesidad siquiera de mirarme en un espejo para saberlo, debía de haber cada vez más confusión, intriga y hasta nerviosismo.
—Tranquila, lo haré.
Avanzamos un poco más, las dos agarradas, pero al tercer paso la puerta de la casa se abrió y por ella entró Ewan.
Iba mirando al suelo y, por ese motivo, no se dio cuenta de nuestra presencia hasta que estuvo a tres pasos de nosotras y Mabel carraspeó para avisarlo.
Ewan levantó la mirada y pasó algo que no me esperaba. En apenas dos segundos, el ambiente se llenó de tensión. Moira se puso tan rígida entre mis brazos que tuve que sujetarla con más fuerza porque pensé que se me desplomaría allí mismo.
No pude evitar fijarme en las reacciones de los tres.
Mabel también estaba tensa y los miraba con tristeza, con cariño y con los ojos de una mujer que había visto más de lo que le habría gustado y vivido junto a ellos esa historia que, por lo que me había dicho, tenía varias versiones.
Ewan miraba fijamente a Moira sin apenas pestañear. Parecía sorprendido, seguramente por verla en aquel estado. También estaba tenso; sus hombros rígidos y la mandíbula apretada así me lo decían.
En sus ojos había muchas emociones: rabia, reproche y tristeza. Esta última no me dio la sensación de que tuviera que ver con la enfermedad de su mujer. También había cierta nostalgia camuflada, como si echara de menos algo, aunque no tenía ni idea de qué.
Por último, miré a Moira. Tenía los ojos aguados y en ellos había una profunda tristeza, culpa y arrepentimiento, pero por encima de todo aquello había algo mucho más grande.
Amor.
Sí, amor. Miraba a Ewan con tanto que hasta dolía verlo, no porque fuera algo malo, sino porque en ese momento, al verlos juntos por primera vez, tuve la sensación de que aquel amor no era correspondido.
La tensión aumentaba a cada segundo que pasaba y ninguno decía nada. Parecía que el tiempo se hubiera detenido y los cuatro nos hubiéramos convertido en estatuas de piedra.
No sabría decir cuánto tiempo pasó hasta que finalmente fue Ewan quien rompió aquel silencio incómodo, denso y tenso que hasta estaba consiguiendo que el aire se volviera irrespirable.
—Voy a cambiarme de ropa. Estoy empapado.
Era cierto. Llevaba la ropa completamente mojada, al igual que el pelo, y varios mechones le caían sobre la frente goteando agua.
Mabel asintió. Moira dejó escapar un quejido lastimero tan bajo que solo yo llegué a oírlo y yo… yo no fui capaz ni de moverme porque aquella situación me había superado. Era la más tensa, extraña e intensa que había vivido en mi vida.
Ewan no dijo nada más. Nos rodeó y, con zancadas rápidas, subió las escaleras sin girarse ni una sola vez, mientras las tres lo seguíamos con la mirada hasta verlo desaparecer.
Mabel se acercó a nosotras y agarró a Moira por el lado contrario al que la sujetaba yo.
—Vamos a sentarla en el sofá.
—¿Tienes frío, Moira? Estás temblando —dije pegándola un poco más a mi cuerpo.
—No es por el frío, es por el dolor —contestó Mabel por ella.
—¿Qué?
—Pronto lo entenderás.
—Mabel…
—Lo sé, cielo, lo sé.
—No va a perdonarme nunca —le dijo Moira entre sollozos.
—Lo hará. Solo está dolido. Y, además, no sabe toda la verdad, sigue ciego.
—Ha pasado mucho tiempo. No lo hará. Me moriré sin su perdón.
Era sobrecogedor oírla hablar así. Era una mujer frágil que había aceptado que su muerte estaba cerca, pero sufría cada día, y no por el final inevitable que la esperaba, sino porque no quería llegar a él sin conseguir algo que parecía ser la única razón por la que todavía no se había rendido.
El perdón de su marido.
¿El motivo de todo aquello?
No lo sabía, pero, al parecer, Moira había elegido precisamente ese día para contarme su historia y estaba segura de que en ella encontraría el motivo por el que no tenían relación, por el que ambos se miraban de una manera tan diferente y por el que ella necesitaba su perdón para poder irse en paz.
—Lo hará —dijo Mabel con seguridad.
Las tres caminamos agarradas hacia el salón y, entre Mabel y yo, acomodamos a Moira en una butaca junto a la chimenea encendida.
—Ahora tomarás un té caliente y un trozo de bizcocho.
—Quiero contarte qué es lo que pasa.
—Y lo harás. Yo te escucharé todo el tiempo que sea necesario, pero eso puede esperar unos minutos más. Lo primero es lo primero. Recuerda mis normas.
—No me entrará nada. Las pocas ganas que tenía se me han quitado de golpe.
—Sí que te entrará. Me da que la conversación que se viene va a ser más que intensa y necesitas tener algo en el estómago y calentarte un poco. El té te ayudará. Por favor —le rogué mientras le acercaba el plato con el trozo de bizcocho.