La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 13
36%

Capítulo 13

La primera semana en casa de los Mackenzie se me pasó volando.

Fue un periodo de adaptación no solo al ritmo que tenía Moira a diario, sino también de conocimiento entre nosotras. La rutina variaba bien poco porque todos los días eran bastante parecidos.

Por la mañana, Moira se despertaba y yo la ayudaba a incorporarse en la cama. Allí mismo tomaba el desayuno que le traía Mabel y que le costaba un triunfo terminar.

Conseguir que comiera algo a cualquier hora era una lucha diaria.

Parecía una niña pequeña a la que había que estar diciéndole «venga, una pinchada más», «venga, otro poco» y así todo el tiempo.

Incluso habíamos llegado a bromear con que, para conseguir que comiera un poco más, tendría que empezar a hacerle avioncitos.

Al terminar el desayuno, pasábamos al baño para el aseo diario. Daba muchísima pena verla desnuda porque estaba tan delgada que no había hueso que no se le marcara.

Después, con alguna protesta incluida, dábamos un pequeño paseo por el pasillo de las habitaciones para que ejercitara las piernas, pero de ahí se iba derechita a la cama para descansar un poco.

Era entendible, porque llevaba tanto tiempo sin moverse que tenía muchísima debilidad en las piernas, no solo por la enfermedad, sino porque su cuerpo ya se había acostumbrado a permanecer prácticamente inmóvil.

Después de la comida, que era otra lucha, y de darle la medicación que le tocaba, se quedaba dormida casi sin darse cuenta, incluso a mitad de una conversación.

Al despertarse de la siesta estaba algo más recuperada y, tras mucho diálogo, había conseguido convencerla para que todas las tardes pasara un rato en el salón, bien sentada o tumbada en el sofá.

Que sí, que allí también estaba tumbada, pero el caso era conseguir que saliera de la habitación y romper aquella rutina de cama que había llevado durante tanto tiempo.

Mabel se unía muchas veces a nuestras charlas, tanto cuando estábamos en la habitación como cuando pasábamos la tarde en el salón.

Durante esa primera semana habíamos hablado mucho, aunque nada demasiado profundo en cuanto a temas personales.

La enfermedad había sido el tema principal. Hablamos de cómo había empezado todo, de cómo llegó el devastador diagnóstico después de días y días de pruebas y de cómo después vinieron los tratamientos y la desolación al comprobar que no funcionaban.

Mientras me contaba todo el proceso, Moira se había abierto y me había hablado entre lágrimas de los diferentes estados de ánimo por los que había pasado, los normales en una persona que descubre que le espera un destino tan horrible.

La rabia, la tristeza, la negación y la soledad habían sido algunos de ellos.

También hablamos de mi trabajo. Mucha gente podía pensar que una persona que se iba a vivir con un enfermo para cuidarlo debía limitarse a hacer su trabajo y no mezclar lo profesional con lo personal.

No era mi caso.

Había aprendido con los años, o quizá simplemente era porque yo era así, que a la gente le gustaba dar, pero también recibir algo a cambio.

Si quieres que se abran contigo, que te cuenten cómo se sienten, algo primordial para poder ayudarlos durante el proceso, tiene que existir un quid pro quo.

Ellos te cuentan cosas de su vida y tú les devuelves parte de la tuya.

Muchos profesionales eran reacios a hacerlo. Yo no.

A mí no me importaba hablar de mi vida, de mis vivencias y compartirlas con la persona a la que estaba cuidando, como era el caso de Moira o lo había sido antes con Emma.

¿Eso estaba bien? Pues, bajo mi punto de vista, sí. Era mi forma de ser y no podía ni sabía hacerlo de otra manera.

Así que, cuando Moira quiso saber cómo había empezado en mi profesión, le conté mis comienzos, le hablé de algunos de los muchos pacientes que había tenido y, por supuesto, también de Emma, haciéndole saber que había acabado siendo mucho más que una paciente para mí.

Hasta ahí, todo parecía normal durante aquella primera semana.

Pero había algo que me tenía no solo intrigada, sino también preocupada, y era el comportamiento de Ewan.

Durante esos siete días solo había coincidido con él a la hora de la comida, y ni siquiera todos. Llegaba de trabajar y entraba en la cocina cuando Mabel y yo estábamos comiendo, mientras Moira ya descansaba.

Lo que había pensado el primer día, que era un hombre poco hablador, se quedaba bastante corto.

Se sentaba a la mesa después de darnos las buenas tardes y solo abría la boca para contestar con monosílabos a alguna pregunta que le hacía Mabel. Conmigo, tengo que decirlo, apenas cruzaba palabra.

Comía en silencio y, tal como había venido, se marchaba. Eso era a la hora de comer porque durante la cena no lo había visto ni una sola vez. Según Mabel, acostumbraba a cenar solo en el saloncito del segundo piso.

Ya me había dado cuenta de que no solo era un hombre callado, sino también frío y taciturno, y en su mirada siempre estaba reflejada esa tristeza que parecía no irse nunca.

Era como si viviera su propia vida por obligación o, al menos, esa era la sensación que me transmitía durante los pocos ratos en los que había coincidido con él.

Al finalizar aquella primera semana, mientras estaba por la noche en la cama, pensé con detenimiento en lo que Mabel me había dicho el primer día sobre que el matrimonio tenía una relación complicada.

Eso no era del todo cierto.

Una relación complicada podía significar que discutieran, que se reprocharan cosas o incluso que ya no se quisieran por equis motivos y siguieran juntos a saber por qué.

Pero no. Ellos no tenían una relación complicada. Directamente, no tenían relación.

En los siete días que yo llevaba allí, no se habían visto ni habían cruzado una sola palabra. Ewan hacía como si Moira no existiera o, al menos, esa era la sensación que me daba. Porque, por muy enfadado que estuviera con ella, qué menos que preguntar por su estado, ya no a mí, sino a Mabel.

Pues no. Al menos delante de mí, eso no había ocurrido.

Tampoco había ido a verla a su habitación ni se había acercado al salón cuando estábamos allí por las tardes, aun sabiendo perfectamente que Moira estaba en él porque más de una vez lo había visto entrar en casa mientras nosotras seguíamos allí.

Una noche, durante la cena, Mabel me había contado cuál era su trabajo porque yo todavía no tenía ni idea.

Ewan era guarda forestal de Pitlochry y de los alrededores.

Su trabajo consistía en controlar los bosques, caminos, senderos y otras zonas de todo el entorno.

Se ocupaba de que la tala estuviera controlada, participaba en la reforestación, colaboraba con el veterinario local cuando había problemas con animales salvajes y, entre otras muchas cosas, también se encargaba de dirigir la búsqueda de personas que se perdían por los extensos bosques, organizando partidas de búsqueda o de rescate cuando era necesario.

Ahí entendí el estado de su coche y de sus botas el día que me recogió en la estación, llenos de barro. Su vida transcurría prácticamente al aire libre.

Según me contó Mabel, aquello le había encantado desde niño y, mucho antes de convertirse en guarda forestal, ya conocía todos los terrenos de los alrededores como la palma de su mano.

Aparte de hablarme del trabajo de Ewan, que fue prácticamente lo único que me contó sobre él, y como yo tampoco hice más preguntas, Mabel me habló un poco de la familia Mackenzie y de sus miembros.

De los padres de Ewan no hizo falta porque ya me había contado el primer día que vivían fuera y que venían poco o nada de visita. De quienes sí me habló fue de Duncan, el hermano de Ewan, y de su hija Poppy.

No entró en demasiados detalles, pero sí me dijo que los conocería pronto porque solían ir algunos fines de semana de visita.

Duncan tenía treinta y ocho años, cuatro más que Ewan, y su hija Poppy, ocho. Estaba divorciado de la madre de la niña y, entre líneas, pude entender que Catriona, que así se llamaba la mujer, parecía bastante despegada y no hacía demasiado caso a su hija.

Lo que sí me dejó un poco descolocada fue que, cuando le pregunté si Moira no tenía familia, Mabel me dijo que sí, que tenía una hermana, pero que de ella me hablaría la propia Moira cuando estuviera preparada para hacerlo.

Con aquella escasa información supe que ahí había mucha tela que cortar y que algo, o mucho, había pasado entre las hermanas. O eso fue lo que me dijo la tristeza que apareció en los ojos de Mabel al hablar de ellas.

Y ese era, más o menos, el resumen de mi primera semana en aquella casa en la que, pese a todo el misterio que la rodeaba, tenía que reconocer que estaba a gusto.