La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Mientras hablaba, Mabel terminó de subir la persiana y la claridad inundó por fin la habitación.

Ya con luz pude ver bien a Moira.

Estaba tumbada en la cama, medio incorporada gracias a varios cojines que tenía a la espalda. Estaba demasiado delgada, nada que no me esperara, y eso hacía que la cama pareciera más grande de lo que en realidad era.

Su piel, ya de por sí clara, estaba muy pálida y en su rostro eran visibles los signos de la enfermedad. Tenía las mejillas hundidas, los labios resecos y unas ojeras que casi le llegaban hasta los pómulos.

Llevaba el pelo negro muy corto, pero no porque se lo hubiera cortado, sino por los efectos del tratamiento de quimioterapia. En esos momentos ya estaba empezando a crecerle de nuevo.

Se me encogió el corazón al ver tan de cerca los signos de su enfermedad, sobre todo aquella debilidad tan presente que se notaba en cada gesto o movimiento que hacía. En la forma torpe de mover las manos sobre el edredón o en cómo parecía costarle incluso girar la cabeza cuando miró a Mabel.

Hasta ese momento, todo lo que veía era algo para lo que ya venía preparada y que, por desgracia, no era la primera vez que presenciaba. En los años que llevaba dedicándome a ese trabajo, lo había visto demasiadas veces.

Pero lo que sí me sorprendió, y mucho, fue lo que encontré en sus ojos cuando Mabel le dijo que había venido alguien y ella giró despacio la cabeza hacia mí.

Nuestras miradas se encontraron.

Esperaba ver miedo, dudas o esas preguntas para las que muchos pacientes en sus mismas circunstancias no encuentran respuesta: por qué a mí, qué hice para merecer esto y tantas otras.

También esperaba encontrar rabia, negación, sensación de injusticia, tristeza, dolor e incluso esperanza, esa a la que muchos se aferraban como a un clavo ardiendo.

Pero no.

En la mirada de Moira había aceptación, una que no debería estar allí, al menos no todavía, porque solía llegar, si es que lo hacía, mucho más tarde.

También había una ligera estela de rendición, pero tan leve que parecía que, al haber aceptado lo que estaba ocurriendo, ya ni siquiera necesitaba rendirse.

Eso me sorprendió muchísimo porque muy pocas personas conseguían aceptarlo de aquella manera, tan pronto y con tanta entereza. Yo, al menos hasta ese momento, no había conocido a ninguna.

Algunos lograban hacerlo al final, cuando todo era ya muy evidente y apenas les quedaban días u horas, mientras que otros, la gran mayoría, se iban sin llegar a aceptarlo.

Había dolor, eso sí, pero lo que más predominaba y resultaba más visible era la tristeza.

No una tristeza por lo que le estaba pasando. Me pareció distinta, y no lo supe solo por intuición, sino por la cantidad de miradas en las que había visto la tristeza que precede a la muerte.

Aquella era más profunda, como si llevara un gran peso dentro que nada tenía que ver con su enfermedad, sino con algo de su vida.

Me acerqué a la cama para que pudiéramos vernos bien.

—Buenos días, señora Mackenzie.

Al oírme hablar, una sonrisa cansada apareció en su boca.

—Llámame Moira, por favor. Y yo te llamaré Isla, si te parece bien.

Por supuesto, no hizo falta una presentación formal entre nosotras. Ella sabía quién era yo porque me había visto en una fotografía y yo sabía perfectamente quién era ella por las circunstancias.

—Me parece perfecto.

Su sonrisa se hizo un poquito más amplia al ver la mía.

—Es mejor dejar las formalidades porque sería muy raro tratarnos así con la cantidad de horas que vamos a pasar juntas.

Hizo una pausa y bajó la mirada.

—Yo a tu lado porque no me queda más remedio y tú al mío porque tu trabajo es aguantarme.

—En eso discrepo. Yo no aguanto. Sostengo, acompaño y ayudo en lo que sea necesario.

—Bien, entonces nos llevaremos bien.

—Estoy segura de que así será.

—Y hablaremos.

Aquel «hablaremos» me sonó más a un ruego que a una petición o a algo que diera por hecho, y eso me pareció extraño porque Moira no parecía una mujer que necesitara únicamente los cuidados de una enfermera, sino alguien que realmente buscaba una persona con quien hablar y que la escuchara.

Mabel caminó hacia la puerta.

—Voy a por el desayuno.

Las dos oímos cómo Moira dejaba escapar un pequeño suspiro seguido de un leve quejido.

—No tengo hambre.

Mabel cruzó su mirada con la mía y, sin palabras, porque tampoco eran necesarias, me dijo: «¿Ves lo que te decía?».

Di el último paso que me faltaba para acercarme del todo a la cama y me senté en el borde, cerca de Moira, pero sin invadir su espacio.

—Moira, estoy aquí para ayudarte en todo lo que necesites, para cuidarte, escucharte y hablar todo lo que quieras. Pero también tengo mis normas y tendrás que cumplirlas.

Levantó una sola ceja y me miró con curiosidad. Estaba segura de que la había sorprendido porque no esperaba que le dijera algo así.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Levanté una mano y fui alzando los dedos uno a uno mientras hablaba.

—Uno: comerás lo que puedas, pero exijo un mínimo. Dos: el aseo será diario y eso queda fuera de cualquier negativa, queja o discusión. Y tres: saldrás todos los días de esta habitación al menos una hora. Mientras esto se ventila, tú respirarás otro aire.

Abrió los ojos, muy sorprendida.

—Hace tiempo que no salgo de esta habitación. Como mucho, me siento en el sillón de la ventana mientras Mabel me cambia las sábanas.

—Pues eso se acabó. La cama está muy bien para descansar y, en tu estado, sé que lo necesitas, pero también sé que pasar demasiado tiempo en ella debilita. Necesitas moverte, con moderación, claro, pero hacerlo un poco todos los días.

Mabel, que se había quedado parada en la puerta, nos miró a las dos sonriendo.

—Me gusta —le dijo a Moira.

—A mí también —contestó.

Cruzaron una mirada con la que se dijeron algo que no llegué a entender, asintieron a la vez y Mabel salió de la habitación.

—Voy a ayudarte a incorporarte, ¿vale?

—Gracias.

—Moira, no me irás a dar las gracias por cada cosa, ¿no?

Soltó una pequeña risita.

—No.

—Bien.

Coloqué mejor los cojines y la ayudé a sentarse en la cama. Al tocarla pude notar todavía más su extrema delgadez porque se le marcaban todos los huesos.

Alargó las manos, que le temblaban un poco, y agarró las mías. Las tenía huesudas y frías.

—Solo una vez más. Gracias por venir. No te haces una idea de lo importante que esto es para mí.

Sonreí mientras apretaba sus manos con suavidad.

—Haré todo lo posible por ayudarte y porque estés lo más a gusto posible.

Su mirada no se había apartado en ningún momento de la mía mientras hablábamos y, cuando dije aquello, sus ojos brillaron un poco. Fue como si hubiera interpretado mis palabras como una promesa.

Y ciertamente lo era porque, sin decirlo como tal, acababa de prometerle que estaría para ella, con ella y por ella en todo lo que hiciera falta.

—Solo con aceptar venir ya has empezado a ayudarme, Isla.

Asentí.

—Me alegro de haber dicho que sí —dije con sinceridad.

—Yo sí que me alegro de tu decisión porque sé que me ayudarás mucho más de lo que piensas.

Al oírla, esa sensación o presentimiento que llevaba sintiendo desde hacía un par de días volvió a removerme por dentro. Estaba segura de que había algo más y ya no era solo un pensamiento mío, porque también lo veía en sus ojos.

Evidentemente, no podía preguntarle por ello, así que decidí estar atenta a todos sus movimientos, a todas nuestras conversaciones y también a los silencios que hubiera entre nosotras, porque muchas veces los silencios que compartes con alguien te dicen más que una charla de horas.