Capítulo 11
Solo tardé media hora en colocar mis cosas mientras observaba la habitación.
No tenía nada especial, pero al mismo tiempo sí que lo tenía. Era acogedora, sencilla y muy luminosa, de esas estancias en las que, nada más entrar, te sientes a gusto y en las que podrías acabar sintiéndote tan bien que terminarían convirtiéndose en un refugio.
Una cama grande y alta, con un edredón beige de líneas azul oscuro, estaba contra la pared, ocupando gran parte del espacio. A los lados había dos mesillas con unas lamparitas en el mismo tono azul del edredón.
Debajo de la ventana había una mecedora que parecía pedirte a gritos que te sentaras en ella a leer o simplemente a descansar mientras contemplabas el atardecer.
En la pared contraria estaba el armario, de la misma madera oscura que el cabecero de la cama. Era demasiado grande para mis cosas, pero claro, apenas había traído ropa.
Allí no iba a salir ni tenía que arreglarme, así que los pocos vestidos que tenía, esos que me había comprado por insistencia de Erin, se habían quedado en su casa, al igual que las faldas, las blusas y los zapatos de tacón.
Miré satisfecha lo que había traído y que ya estaba perfectamente colocado en el armario: jerséis gordos, pantalones vaqueros y alguno de esos que llevan pelito por dentro, un par de chándales, camisetas de manga larga y leggings para estar por casa. Todo cómodo.
Dejé la maleta en lo alto del armario, cerré las puertas y me acerqué a la cama para coger el neceser que había dejado encima con mis cosas de aseo.
Antes de ir al baño, me acerqué a la ventana y me quedé unos segundos contemplando el paisaje que se veía desde allí, que correspondía a la parte trasera de la casa.
Había un jardín enorme. Desde la ventana podía ver bastantes plantas colocadas con mucho cuidado y perfectamente alineadas para que unas no deslucieran a las otras. Había de varias clases: dalias, hortensias, prímulas y algunas rosas, aunque de esas había menos.
Varios arbustos rodeaban lo que parecía ser una zona de descanso cubierta para poder resguardarse de la lluvia.
También había un espacio con una barbacoa que, por el estado en el que estaba, se notaba que hacía mucho tiempo que no se utilizaba.
Dos balancines que se movían ligeramente por el viento y una mesa completaban aquel rincón encantador que me daba la impresión de que en otros tiempos había sido testigo de muchas cosas.
Apreté el neceser contra mi pecho y me giré para ir al baño, al que todavía no había entrado.
Me sorprendió bastante porque era grande y no le faltaba detalle.
Tenía un lavabo suspendido con un armario encima y un espejo en la puerta, un inodoro, una ducha muy espaciosa en la que podrían entrar dos personas perfectamente, un bidé, un espejo de cuerpo entero en una de las paredes y, por último, un mueble lleno de toallas perfectamente dobladas y con un tacto esponjoso divino.
Coloqué mis cosas en el armario del lavabo y en el estante que había dentro de la ducha antes de volver a la habitación.
Miré la hora en el móvil, que me había metido en el bolsillo trasero del pantalón, y vi que aún faltaba media hora para que Moira se despertara, así que decidí ir a la cocina y aceptar ese café que Mabel me había ofrecido.
Al entrar, Mabel no pareció sorprenderse de verme allí, pero yo sí lo hice cuando, con un gesto de cabeza, me pidió que me sentara con ella a la mesa, donde ya tenía preparadas dos tazas de café.
No sabía cómo empezar la conversación, pero fue ella quien se encargó de romper el hielo.
—Bueno, Isla, cuéntame algo de ti. ¿Vives con tu familia en Perth?
—No tengo familia de sangre. Solo de corazón.
—Esa familia que se elige muchas veces es mejor que la que a uno le toca.
—A mí me tocaron los mejores. Primero llegó a mi vida Erin cuando tenía cinco años y nos hicimos hermanas en el orfanato en el que me crie casi desde mi nacimiento. Luego llegó su marido, Finlay.
Le conté un poco por encima cómo había llegado yo allí, cómo lo hizo después Erin, sin entrar demasiado en detalles, y cómo se conocieron ellos, se enamoraron prácticamente desde que se vieron por primera vez y acabamos convirtiéndonos en una familia de tres.
—Entonces has tenido suerte. Y ellos también.
Asentí.
—¿Y qué hay de ti? Llevas muchos años viviendo en esta casa.
Suspiró, bebió un largo trago de café y, antes de empezar a hablar, me sonrió con tristeza.
Tampoco entró en demasiados detalles. Me contó que llevaba viviendo allí toda su vida.
Su madre había sido la antigua ama de llaves de los abuelos de Ewan, que fueron los propietarios de la casa hasta que él la heredó tras su muerte, mientras que un hermano suyo heredó otra vivienda que tenían en Perth y en la que actualmente vivía.
Cuando su madre murió, siendo Mabel todavía joven, ella se quedó allí ocupando su puesto como encargada de la casa y cocinera.
—Entonces, ¿Ewan no tiene padres? Lo digo porque, si heredó él la casa…
—Sí que los tiene. Robert y Sheila vivieron aquí hasta poco antes de que Ewan y Moira se casaran, pero siempre habían querido irse a vivir a la costa. Ahora viven en St Andrews.
Nos quedamos unos segundos en silencio hasta que Mabel volvió a hablar.
—¿Has estado en otras casas como enfermera interna o esta es tu primera vez?
Cerré los ojos porque no esperaba aquella pregunta, al menos no tan pronto. Hablar de Emma todavía dolía.
—Por tu gesto entiendo que no.
—No… Es la segunda vez. Hace una semana que todo acabó, después de casi un año. Emma… se fue —dije hablando de manera entrecortada.
Mabel alargó la mano y cogió la mía para apretarla. Con aquel gesto no hizo falta decir nada más. Entendió que todavía dolía y yo entendí que me ofrecía su apoyo sin condiciones.
—Vamos a ver si la bella durmiente está despierta y a empezar la lucha de un día más para conseguir que coma algo —dijo levantándose de la silla.
—¿Sigue alguna dieta recomendada?
—En su habitación está todo el historial. Te lo daré ahora para que sepas qué come o qué debería comer, la lista de la medicación y el resto de las cosas. Yo no soy enfermera, pero en estos meses me ha tocado aprender mucho, así que no dudes en pedirme ayuda si tú sola no puedes con algo.
—Gracias, Mabel.
—Gracias a ti por aceptar venir.
—No pude negarme.
—Lo sé. Tus ojos son un libro abierto y a mí se me da muy bien leer a la gente. No solo aceptaste porque fuera un trabajo, sino porque naciste para ayudar a los demás y no está en ti negar esa ayuda cuando alguien te la pide.
Mabel me recordó a Erin y sonreí al pensar que, con el paso de los años, mi amiga probablemente acabaría siendo muy parecida a ella.
Se detuvo delante de la puerta de Moira y se giró para mirarme. Su rostro se había vuelto serio de repente.
—Isla, antes de entrar voy a avisarte de algo. A las otras enfermeras no les dio tiempo a enterarse, pero como tú te vas a quedar, será mejor que lo sepas para evitarte sorpresas.
Alcé una ceja, sorprendida por la seguridad con la que había hablado.
—De eso no podemos estar seguras. Lo mismo dentro de unos días Moira pide otro cambio.
Una pequeña sonrisa apareció en su boca y algo en su mirada me dijo que sabía algo que yo no.
—No pedirá ningún cambio. Eres perfecta.
—Solo soy una enfermera más.
—No lo eres. Y ella no solo necesita una enfermera, necesita a alguien que la entienda. Tú lo harás y quizá, si el destino está de acuerdo, la ayudes a irse en paz y con la conciencia tranquila.
No entendí qué quería decir con aquello.
—Sé que ahora no lo entiendes, pero lo harás. Cuando llegue el momento, comprenderás por qué tú.
Asentí porque no supe qué decir ante tanto misterio.
—De lo que quería avisarte es de que, si necesitas cualquier cosa relacionada con Moira, bien sea ayuda, preguntar algo o lo que sea, me lo digas a mí y no a Ewan.
—¿Nada? Pero es su mujer —dije a modo de queja—. Entiendo que esté mal por verla así, pero…
No me dejó seguir.
—No es por eso. Es que ellos tienen una relación un tanto complicada…
—¿Complicada?
—Estoy segura de que Moira te contará parte de su historia y le corresponde a ella hacerlo, no a mí. Cuando lo haga, entenderás mejor algunas cosas.
—Vale —contesté sin saber qué más decir, porque cada cosa de la que me iba enterando hacía que todo me resultara todavía más raro.
—Tú solo escucha y observa. Todas las historias tienen tres versiones. En esta, Moira tiene la suya y Ewan la suya propia. Y luego está la versión real, la que los que estamos fuera vamos formando al observarlos y conocer lo que ha pasado.
Capítulo 12
Mabel llamó dos veces con los nudillos a la puerta de la habitación de Moira. No obtuvo respuesta, pero aun así entró y yo lo hice detrás de ella.
La habitación estaba casi por completo en penumbra. Solo entraba una leve claridad por unas pequeñas rendijas de la persiana, que no estaba bajada del todo.
Pero no fueron la oscuridad ni el silencio lo primero que noté nada más poner un pie dentro, sino el olor.
Ese olor inconfundible para mí. El que cualquier persona que hubiera pasado largas horas en una habitación de hospital o cuidando enfermos, como era mi caso, sería capaz de reconocer entre cualquier otro.
Era olor a enfermedad.
Y en aquella habitación se percibía con más fuerza porque estaba mezclado con otros: con el de la humedad que llegaba desde la ventana por el vaho formado por el contraste de temperatura con el exterior, con el de los medicamentos y con ese olor concentrado a cerrado que indicaba que la habitación necesitaba ventilación diaria y, al parecer, no se estaba haciendo.
Vi cómo Mabel caminaba por la habitación sin necesidad de luz. La conocía bien, incluso a oscuras. Llegó hasta la ventana, pero antes de que pudiera subir la persiana, una voz débil rompió el silencio.
—Buenos días.
—Buenos días, cielo.
Mabel empezó a subir la persiana muy lentamente para que la luz no entrara de golpe.
—¿Otra vez llueve?
—Sí, no con intensidad, pero lo hace.
—No me gusta la lluvia.
—Lo sé. Pero hoy no tienes que pensar en ella. Hoy ha venido alguien a quien estabas deseando conocer.