Capítulo 10
Ewan metió mi maleta en el maletero y, con un gesto de cabeza, me indicó que subiera.
Durante los primeros minutos, ninguno de los dos dijo nada y, sinceramente, puede que él estuviera acostumbrado a eso, pero yo empezaba a sentirme verdaderamente incómoda.
Solo se oían el ruido del motor y el sonido del limpiaparabrisas cada pocos segundos, así que carraspeé antes de romper aquel silencio que me estaba poniendo más nerviosa de lo que ya estaba.
—¿Queda muy lejos la casa?
—A diez minutos.
Giré la cabeza para mirar por la ventanilla y tuve que reconocer que el paisaje que se extendía ante nosotros era realmente espectacular.
—Esta zona es preciosa.
—Sí.
Vale, pues al parecer Ewan Mackenzie era un hombre de pocas palabras. Así que, como noté que no quería entablar conversación y que casi hasta le había costado contestarme, decidí guardar silencio.
Mientras él seguía conduciendo con la vista fija en la carretera, yo continué mirando por la ventanilla cómo pasábamos entre extensos campos verdes rodeados de árboles.
Unos minutos después se desvió por una bifurcación y entró en un camino de tierra.
Aproximadamente un kilómetro más adelante apareció ante nosotros una casa de piedra que me pareció enorme y totalmente preciosa.
Era una de esas construcciones antiguas que tenían carácter y se hacían dueñas del lugar sin pretenderlo.
La casa tenía dos plantas y las piedras de la fachada eran grises. Varios ventanales enormes estaban repartidos de forma asimétrica tanto arriba como abajo y el tejado, completamente de pizarra, se veía muy oscuro por el paso del tiempo y la humedad de la lluvia.
Entre las piedras también asomaba discretamente la hiedra, dándole un aspecto todavía más de cuento.
—Es una pasada —dije cuando paró el motor.
—No está mal —murmuró mientras bajaba del coche.
Abrí la puerta y me bajé también.
Ewan sacó la maleta y caminó hacia la casa sin esperarme. Lo seguí; qué remedio me quedaba.
La puerta se abrió antes de que llegáramos a subir los tres escalones que había delante y por ella apareció una mujer mayor que, a simple vista, calculé que tendría unos sesenta años.
Llevaba un delantal encima de la ropa cómoda y el pelo canoso, aunque todavía quedaban rastros de que en otro tiempo había sido pelirroja. Lo que más me gustó fue su mirada, cálida, acogedora y llena de amabilidad.
—Tú debes de ser Isla.
—Así es.
—Yo soy Mabel, cocinera, la que se ocupa de todo por aquí y ya casi parte del mobiliario y de la historia de la casa.
Solté una risita porque aquella mujer me cayó bien al instante y supe que me llevaría bien con ella con solo cruzar esa primera mirada.
Ewan dejó la maleta al lado de la puerta y ni siquiera cruzó el umbral.
—Me voy a trabajar.
Mabel asintió.
—Enséñale su habitación y preséntale a Moira.
Fruncí el ceño y lo miré sorprendida. Podía entender que ir a recogerme a la estación le hubiera fastidiado porque había tenido que hacer un parón en su trabajo, pero lo que no podía comprender de ninguna manera era que no fuera él mismo quien me presentara a su esposa.
—¿No me la va a presentar usted?
Al oír mi pregunta se detuvo en el último escalón y giró la cabeza. Me miró con tal intensidad que un escalofrío me recorrió el cuerpo entero y, como si con eso no fuera suficiente, noté que durante un instante sonreía de medio lado.
—Primero, no me llames de usted. No soy de formalidades.
Asentí, un poco avergonzada.
—Y segundo, si te quedas por aquí el tiempo suficiente, enseguida entenderás que aquí las cosas no son… —Se tomó un par de segundos para pensar qué decir—. Precisamente normales.
No añadió nada más. Se giró y, con pasos decididos, fue hasta el coche, se montó, arrancó y salió más rápido de lo que esperaba, dejando tras de sí una nube de polvo.
Me quedé unos segundos paralizada, sin saber qué pensar ni qué decir, y menos mal que Mabel me sacó de aquel estado agarrándome del brazo.
—Vamos dentro, niña. Hace frío y esta lluvia, aunque no moja mucho, al final hace que la humedad se te meta hasta los huesos.
Asentí, pero, al mismo tiempo, busqué en sus ojos una explicación a lo que acababa de ocurrir con Ewan y a la reacción que había tenido ante mi pregunta. Ella se dio cuenta enseguida.
—No te preocupes si al principio te cuesta entender algunas cosas. Aquí hay mucha historia.
—No hablas de la casa, ¿no?
—Creo que en solo dos minutos ya te has dado cuenta tú sola de eso y no hace falta que te conteste.
Asentí.
Era cierto que, con solo conocer a Ewan, escuchar sus pocas palabras, ver aquella mirada llena de tristeza y oír la contestación que acababa de darme, me había dado cuenta de que en aquella casa había mucho más y que no todo tenía que ver con el momento que estaban atravesando por la enfermedad de Moira.
—En su mirada hay mucha tristeza y dolor —me atreví a decir.
—Sí que los hay, pero con el paso del tiempo aquí todos hemos aprendido a vivir con ellos. Todos sentimos dolor por diferentes razones.
Hizo una pausa y me sonrió con tristeza.
—Las malas decisiones traen dolor, el dolor distancia y la distancia trae cambios.
—No estoy muy segura de entender qué quieres decir con eso —dije mirándola con una ceja alzada.
A cada segundo que pasaba y a cada palabra que escuchaba, más grande se hacía dentro de mí ese presentimiento de que había acabado en aquel lugar por un motivo que nada tenía que ver con mi trabajo.
—Lo irás entendiendo poco a poco. Con solo ver tu mirada sé por qué Moira te ha elegido.
El corazón me bombeó un poco más rápido, no por lo que acababa de decirme, sino por la manera en que me estaba mirando, como si yo fuera totalmente transparente y me hubiera leído por completo.
Suspiré.
—Ven —dijo agarrando mi maleta—, te enseñaré tu habitación. Está justo enfrente de la de Moira para que todo resulte más fácil.
Asentí y la seguí mientras cruzábamos el recibidor. Al caminar, no pude evitar fijarme en la decoración. Era sencilla, nada recargada, y todo estaba perfectamente ordenado y limpio.
—Esto es el salón, aunque hace tiempo que no se usa —dijo señalando una puerta que estaba entreabierta.
No me detuve ni me asomé porque no me pareció oportuno. Me intrigaba saber cómo sería, pero no quería parecer una cotilla, así que me aguanté las ganas.
—Esta puerta es la cocina, mi reino particular en esta casa.
Y vaya reino, pensé, porque ahí sí que se detuvo un segundo y me indicó con la cabeza que mirara.
Era una cocina enorme. No le faltaba detalle y todo estaba reluciente, pero lo mejor era el olor delicioso que flotaba allí dentro y que provenía de una cazuela puesta a fuego lento.
Era un guiso de carne. Solo por el olor lo supe, ni siquiera hizo falta que me asomara. Conocía bien la receta porque yo misma solía prepararla muchas veces.
—Es perfecto.
Soltó una risita.
—¿La cocina o el guiso?
Me ruboricé al pensar que a aquella mujer no se le escapaba ninguna de mis reacciones y que otra vez me había leído sin esfuerzo.
—Ambos. La cocina es increíble, pero el olor de ese Scotch broth es… No tengo palabras.
Pensé durante un segundo en el guiso y en todo lo que llevaba. Era una especie de sopa espesa hecha principalmente a base de verduras como col, puerros, cebolla y zanahorias, aunque había gente que solía añadir alguna más. Como ingrediente principal llevaba carne de cordero o de vaca.
—Sabes cocinar —dijo afirmándolo.
—No es que sea una chef, pero me gusta y creo que no se me da mal.
—Entonces seguro que también eres de buen comer.
—Así es. Me gusta todo.
—Entonces nos llevaremos bien. No soporto a la gente tiquismiquis con la comida ni a esas mujeres que se mantienen solo con verde.
—¿Verde?
—Lechuga. Eso para acompañar está bien, pero para comer solo, no. El verde para las gallinas o las vacas.
Solté una carcajada por la mueca de asco que puso al decirlo.
—Estoy de acuerdo. Donde esté un buen guiso y un buen postre, que se quite todo lo demás.
Asintió satisfecha con mi respuesta.
—Sigamos.
Dos minutos después entramos en un pasillo en el que había tres puertas.
—La del fondo es mi habitación. Esta es la de Moira, que sigue durmiendo. Y esta será la tuya.
La que me señaló como mía estaba justo enfrente de la de Moira y eso me pareció estupendo porque, si dejaba la puerta abierta, podría oírla sin ningún problema.
Mabel arrastró la maleta hasta el interior de la habitación y la dejó a un lado de la cama.
—Esa puerta es la de tu baño. Todas las habitaciones tienen uno.
Perfecto, eso les daba a todas las personas de la casa la privacidad necesaria.
La vista se me fue sin querer hacia el techo porque algo me llamó la atención. Si las habitaciones estaban en aquella planta baja, ¿qué habría en el piso de arriba?
Una vez más, Mabel me leyó sin problemas.
—Arriba hay seis habitaciones más. La de Ewan, la antigua de Moira, una que hace de saloncito y que es la que él usa, y las otras son para invitados.
Me sorprendió un poco eso de la antigua habitación de Moira, pero, después de pensarlo durante unos segundos, llegué a la conclusión de que probablemente, al principio de su enfermedad, se habría mudado a una habitación para ella sola, bien para no molestar a su marido o para que él no la molestara a ella.
En cualquier caso, eso no era de mi incumbencia.
—Es una casa enorme.
—Sí que lo es —contestó con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Te dejo para que te instales. En una hora, más o menos, Moira se despertará y entonces te la presentaré. Pero, si terminas antes y quieres un café, ve a mi reino.