Capítulo 9
El trayecto desde Perth hasta Pitlochry no era muy largo. Lo había mirado para asegurarme de a cuánta distancia estaría, no solo de mi ciudad, sino también de Erin y Finlay.
Unos cuarenta y cinco minutos era lo que tardaría en llegar en el autobús en el que acababa de montarme.
Después, al bajar, alguien, aún no sabía quién, me recogería para llevarme a la casa familiar de Moira, que estaba a las afueras del pueblo, y de eso sí que no tenía ni idea de a cuánta distancia estaría.
Iba sentada en uno de los asientos del final del autobús. Era cierto que no iba muy lleno, pero en aquella parte no se había sentado nadie, ya que todos los pasajeros se habían acomodado en la zona delantera y central.
Y esa precisamente era la razón por la que yo había elegido sentarme atrás.
En esos momentos no quería tener contacto ni hablar con nadie. Necesitaba soledad y silencio para acabar de digerir cómo iba a cambiar mi vida, otra vez, desde ese mismo día, cuando llegara para cuidar a la nueva paciente que estaría a mi cargo.
Era consciente de que iba a ser difícil, y no solo por la enfermedad de Moira y todo lo que pasaríamos juntas, sino también por el periodo de adaptación que tendríamos que atravesar la una con la otra. Eso era algo inevitable e imprescindible.
Me removí en el asiento, no por incomodidad, sino porque los nervios, el desasosiego y la incertidumbre por lo desconocido que llevaba dentro no me dejaban parar.
Giré la cabeza hacia la ventanilla.
Apenas se podía distinguir el paisaje que había fuera. El día se había presentado gris desde bien temprano y, antes incluso de salir de casa, la lluvia había empezado a caer con fuerza.
Las gotas resbalaban por el cristal mientras el sonido de la lluvia me acompañaba. Era constante, como una música en la que las notas se repetían una y otra vez, algo muy típico de Escocia, ya que para quienes vivíamos allí la lluvia era una constante en nuestras vidas.
Pasé la mano por el cristal para quitar un poco el vaho que empezaba a formarse y entrecerré los ojos intentando distinguir algo de lo que había fuera.
Se veía poco, pero fue más que suficiente para imaginar el resto. Había lo que parecía ser un bosque a ambos lados del camino y prados verdes que se extendían durante kilómetros como una alfombra infinita. También había árboles, aunque, viéndolos de lejos, no habría sabido decir de qué clase eran.
Se distinguían algunas casas, pero no estaban juntas, sino desperdigadas aquí y allá. Todas parecían ser las típicas construcciones de piedra que te hacían recordar esas historias que te cuentan de niña sobre lo ocurrido en otros tiempos.
Y al fondo de todo aquello se distinguían, muy distorsionados por el mal tiempo, los picos de las grandes montañas que formaban parte imprescindible del paisaje de las Highlands.
Apoyé la frente contra el cristal y cerré los ojos.
En esos momentos llegaron a mi mente los recuerdos de todo lo que había pasado desde que les dije a mis amigos, en la cocina de su casa, que sí, que aceptaría la petición de Moira de ser su enfermera.
Esa noche apenas pegué ojo recordando el dosier y todo lo que había leído en él.
Al día siguiente fui directamente a la clínica para hablar con Hamish. La sonrisa me salió sola al recordar la breve conversación que habíamos tenido.
Llegué a su despacho, donde me habían dicho que estaba, llamé a la puerta y, cuando me dio paso y entré, lo primero que hizo fue sonreír mientras negaba con la cabeza.
—Mi respuesta es sí —dije a modo de saludo.
—Ya contaba con ello.
Lo miré sorprendida.
—¿Tan previsible soy?
Dejó los papeles que tenía entre las manos, se acomodó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.
—Bastante, al menos para mí. Conozco a todo mi personal, pero a ti… un poquito mejor que al resto. Son muchos años ya, Isla.
Y sí lo eran.
Exactamente siete años eran los que llevaba trabajando para él. Fue mi primer trabajo cuando terminé la carrera y el único que había tenido.
El día que fui a hacer la entrevista no iba muy contenta ni con demasiadas esperanzas de que me contratara. Era joven, no tenía experiencia, al menos fuera de un hospital, y mi carácter tímido tampoco ayudaba precisamente.
Pero algo pasó aquel día mientras hablábamos, o algo vio en mí que hizo que, casi sin pensarlo, me pidiera que ese mismo día fuera a atender a una mujer que estaba en cama porque tenía un embarazo de riesgo y necesitaba ser revisada y controlada.
Así de fácil fue.
Hubo pocas palabras, un contrato encima de la mesa al día siguiente, una oportunidad por la que le estaría agradecida de por vida y una confianza en mí que todavía hoy no sabía por qué había depositado, pero lo hizo y yo encantada.
—¿Cuándo tengo que estar allí?
—Cuanto antes.
Lo pensé durante un par de segundos.
—Avisa a la señora Mackenzie y dile que llegaré mañana por la mañana.
—¿Tan pronto?
—Quizá sea pronto para mí, pero seguro que tarde para ella.
Hamish me miró con intensidad y asintió, entendiendo mis palabras a la perfección. Moira estaba muy enferma y, por lo tanto, cuanto antes fuera, antes podría empezar a ayudarla.
—La llamaré ahora mismo. Después te llamo para darte los detalles. Ahora ve a casa y prepara lo que tengas que preparar.
—Bien, te iré llamando para contarte cómo van las cosas.
Asintió de nuevo.
—Hazlo, y no solo para pasarme un informe. Quiero saber cómo estás tú.
Mientras hablaba, se había levantado de su sitio y se había acercado a mí, que ni siquiera me había sentado. Nos miramos y el abrazo surgió solo. Hamish era mi jefe, sí, pero también era un amigo o, para mí, esa figura paterna que nunca había tenido. Al menos así lo sentía yo.
—Cuídate, niña.
—Lo haré.
El resto del día fue un no parar. De la clínica me marché a casa y, nada más llegar, empecé a hacer la maleta. Era casi cómico pensar en los pocos días que hacía que la había deshecho para, sin ni siquiera haber llegado a imaginarlo, estar otra vez haciéndola.
Esa noche, la anterior, Erin, Finlay y yo estuvimos hasta bien entrada la madrugada hablando, sentados en el salón mientras nos tomábamos el último chocolate juntos sin saber cuándo podríamos volver a estar así los tres.
Todo dependía de cómo fueran las cosas en mi nuevo destino. Podían ser solo unos días si yo no era lo que Moira esperaba, meses si su enfermedad avanzaba rápido o incluso más tiempo si las cosas iban más lentas de lo esperado.
Nos levantamos temprano, desayunamos juntos y, a la hora prevista, los dos me acompañaron a la estación.
Allí hubo lo esperado: abrazos, besos, consejos de última hora y promesas que no eran necesarias, pero que se dijeron igualmente, como que hablaríamos a diario.
Y, al final, unas cuantas lágrimas mezcladas con risas.
Noté cómo el autobús perdía velocidad, anunciando que en breve llegaríamos al destino.
Unos minutos después paró en la pequeña estación de Pitlochry.
Vi que solo dos personas se levantaban de sus asientos para bajarse, así que hice un par de respiraciones profundas y me levanté también.
Me colgué el bolso al hombro y, con esos nervios que seguían agarrados a mi estómago, bajé detrás de ellos.
Los tres nos acercamos al lateral del autobús y sacamos las maletas.
Mientras lo hacía, respiré profundamente. El aire soplaba fuerte, pero allí apenas llovía, solo caía una pequeña llovizna que casi ni mojaba. Me pareció que hacía más frío que en casa, aunque quizá solo fuera una sensación mía.
Lo que sí era distinto era el olor.
Allí olía a tierra mojada, a lluvia y a bosque. En cambio, en Perth esos olores no se distinguían con tanta intensidad porque los coches con sus humos, los edificios y la cantidad de gente los solapaban.
Los otros dos pasajeros se marcharon juntos y yo me quedé unos segundos parada sin saber qué hacer. Me iban a recoger, o eso me habían dicho, pero no se veía ningún coche por ninguna parte ni tampoco ninguna persona que pareciera estar esperándome.
Hice amago de sacar el teléfono del bolso, pero ni siquiera llegué a cogerlo porque un todoterreno, con las ruedas y los bajos llenos de barro como si llevara horas recorriendo caminos, paró a solo unos metros de mí.
La puerta del conductor se abrió y de ella bajó un hombre que, con pasos tranquilos, se acercó hasta donde yo estaba.
Me fijé en él mientras caminaba. Era alto, mucho más que yo, y corpulento, pero no en exceso. Tenía esa corpulencia que marca el cuerpo por el trabajo, no por los excesos.
Llevaba un anorak negro abierto por la mitad, por lo que pude ver el jersey gris bastante grueso que llevaba debajo. Unos pantalones vaqueros bastante desgastados y unas botas llenas de barro completaban su atuendo.
Cuando se detuvo justo delante de mí y pude verle bien la cara, lo primero que pensé fue que era un hombre atractivo, de esos que, sin ser guapos a rabiar, tienen algo que engancha.
Tenía el pelo moreno, la mandíbula ancha y marcada, cubierta por una barba de varios días, y una nariz no demasiado grande que encajaba perfectamente con el conjunto de su rostro.
Pero lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, y no solo porque fueran muy bonitos.
Grises, casi del mismo color que tenía el cielo en esos momentos.
Pero no fue su color lo que hizo que se me encogiera el estómago, sino su mirada, cargada de una profunda tristeza. Tanta que no sabía cómo era posible que alguien pudiera llevar tanta dentro, aunque, teniendo en cuenta la situación de su mujer, pensé que era normal.
Lo que ya no me pareció tan normal fueron el resto de las cosas que, aunque más escondidas, también estaban ahí. Había culpa, nostalgia, algo de rabia y otra cosa que no supe identificar, pero tampoco quise pararme a pensar en ello en ese momento.
—¿Isla Morrison?
Asentí.
—Sí.
Extendió una mano hacia mí y no dudé en darle la mía. La tenía áspera, de esas manos que se vuelven así por el trabajo, y también fría, mucho más que la mía.
—Ewan Mackenzie.
—Encantada.
Agarró mi maleta y se giró hacia el coche.
—Vamos. Tengo mucho que hacer.
No lo dijo de malas maneras, pero sí noté cierto fastidio en su tono, como si haber tenido que venir a buscarme fuera una molestia para él. Podía entenderlo un poco si le había tocado repetir lo mismo unas cuantas veces.
Concretamente, siete.