La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 8
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Capítulo 8

Eché un poco de harina sobre la masa y volví a meter las manos para amasar un poco más.

Sonreí porque, sí, así estaba en su punto. Las manos ya no se me quedaban pegadas y se deslizaban perfectamente mientras le daba un par de amasados más.

Cogí el rodillo que había dejado preparado a un lado y empecé a estirar la masa encima del papel de horno que también tenía preparado.

No habíamos quedado en qué cenaríamos, pero me había apetecido hacer pizza. Una enorme para los tres.

Miré de reojo los ingredientes que había preparado con anterioridad y que colocaría en cuanto la masa estuviera estirada de la forma que me gustaba: tomate, mozzarella, champiñones, cebolla, jamón cocido y, como toque final, unas aceitunas negras y, por supuesto, un poco de orégano, que ese no podía faltar.

A los tres nos gustaban las pizzas de varias clases, pero esa noche había decidido hacer aquella.

Cocinar siempre me ayudaba a centrarme en la tarea que tenía entre las manos y a vaciar la mente del resto de las cosas, pero en esos momentos no lo estaba consiguiendo, al menos no del todo, porque el nombre de Moira seguía allí, anclado en mi cabeza como si ya no hubiera manera de sacarlo.

Mientras empezaba a extender el tomate con una cuchara, mi mirada se fue sin querer hacia la silla que tenía enfrente.

Allí había dejado el dosier cuando bajé a la cocina después de darme una ducha larga y reparadora, sabiendo que, en cuanto llegaran Erin y Finlay, lo primero que harían sería preguntarme por él.

Escuché abrirse la puerta principal y la risa de Erin llenó el recibidor.

—¿Isla?

—Estoy en la cocina.

Unos segundos después, mis dos amigos entraron juntos. Seguramente se habían encontrado en la puerta o de camino a casa y se habían esperado.

—¡Pizza! Dios… no sabes cuánto te quiero —dijo Erin sin mirarme siquiera.

—Hola a ti también —contesté levantando la cabeza.

Erin me miró sonriendo y se giró hacia Finlay.

—Te lo dije.

Finlay asintió con la cabeza, también sonriendo.

—Yo pensaba lo mismo, ya lo sabes.

Fruncí el ceño mientras repartía la cebolla sobre la pizza.

—¿Y qué es lo que sabéis? Porque yo todavía no he dicho nada.

—Isla, te conocemos casi mejor que tú misma. No hacía falta que dijeras nada.

No era necesario especificarlo porque los tres sabíamos de sobra de qué estábamos hablando sin haberlo nombrado siquiera. Del dosier y del caso que me había ofrecido Hamish.

—Pues no he dicho ni que sí ni que no.

Los dos negaron con la cabeza.

—Puedes decir lo que quieras, pero los tres sabíamos que ni siquiera necesitabas leer el dosier para saber cuál iba a ser la respuesta que le darías a Hamish y, por extensión, a esa señora.

Bajé la cabeza y cogí el último plato que me quedaba, el de las aceitunas que ya tenía cortadas en rodajas, mientras pensaba que Erin tenía toda la razón del mundo.

—Saber por qué tú, te tiene de lo más intrigada.

—Sí.

—No podías dejarlo pasar. Quieres saberlo.

—Sí.

—Además… —dijo mientras se acercaba hasta donde yo estaba y robaba una aceituna del plato.

—¿Además?

—Además, eres incapaz de negarle ayuda a alguien cuando te la pide, sea de la manera que sea.

Suspiré y no contesté porque los tres sabíamos que eso también era verdad.

—Y eso tú lo sabes, pero yo lo sé mejor que nadie. Desde aquel día supe que no es que fueras a ser así, es que ya lo eras.

No hacía falta explicar a qué día se estaba refiriendo, ni siquiera delante de Finlay, porque él conocía toda nuestra historia. Aquella noche, la primera que pasamos juntas, la que nos unió como hermanas.

Mi mirada se fue de nuevo hacia el dosier que seguía encima de la silla y vi que Finlay la seguía con la suya.

—Es eso, ¿cierto?

Asentí con un leve movimiento de cabeza mientras suspiraba.

—¿Puedo? —preguntó, pidiéndome permiso para cogerlo.

—Por favor.

Finlay cogió la carpeta de la silla, la retiró un poco hacia atrás y se sentó. Con una rápida mirada se comunicó con Erin, como tantas veces hacían, y ella fue hasta él para sentarse en su regazo.

Eso era algo muy de ellos. Muchas veces Erin se sentaba encima de su marido para leer algo, mirar alguna cosa en el móvil o simplemente porque les gustaba estar así.

Finlay abrió la carpeta, como había hecho yo en mi habitación, y sacó con cuidado los dos folios.

Con ellos en la mano, el silencio se impuso en la cocina mientras yo los observaba. Sus ojos se movían al mismo tiempo a medida que iban leyendo.

Con el primer folio sus gestos apenas cambiaron, pero con el segundo fue distinto, igual que me había pasado a mí.

El rostro de Erin se tornó totalmente serio. Vi cómo cerraba los ojos durante un instante, tragaba saliva y, casi de manera inconsciente, se apretaba un poco más contra su marido.

La expresión de Finlay también había cambiado. Se llevó un par de veces la mano a la cara y se la pasó por la barba.

Él era médico y, aunque su especialidad fueran los niños, en aquella cocina era quien mejor entendía todo lo que aparecía en aquel segundo folio.

Finlay no solo estaba leyendo un dosier, estaba segura de que su cabeza trabajaba a toda velocidad mientras analizaba el diagnóstico, el tratamiento y el cómo y el porqué de lo que le habían hecho y de lo que no a Moira.

Mi amigo sabía cómo había empezado todo, cómo podía ser el camino y hasta dónde podía llevarla.

Cuando terminaron de leer, ninguno de los dos dijo nada. Finlay volvió a meter los papeles en la carpeta, la cerró y la dejó encima de la mesa. Yo tampoco hablé y esperé a que alguno de los dos rompiera el silencio, sabiendo de antemano que sería Erin.

No me equivoqué.

—Esa mujer va a necesitar mucha ayuda.

—Lo sé.

—Y no hablo solo de los cuidados médicos.

—También lo sé.

Mi amiga se levantó del regazo de Finlay, rodeó la mesa y se apoyó justo a mi lado.

—Isla, esa mujer va a necesitar que alguien la acompañe y la ayude a aceptar lo que viene.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero porque lo sabía. Joder, claro que lo sabía. Llevaba toda la tarde pensando en ello.

—¿Y sabes qué?

—¿Qué? —pregunté a media voz.

—Que no creo que exista una persona mejor para hacer eso que tú.

Aparté la mirada porque Erin siempre me decía cosas como esas y yo nunca sabía qué contestarle.

—Sabemos que será duro, muy duro de hecho, pero también sabemos que tú tienes algo que no se aprende estudiando. Algo que no he visto en nadie más y que forma parte de ti.

Levanté la mirada porque no tenía ni idea de a qué se refería. Eso era algo nuevo, nunca me lo había dicho.

—¿Qué?

—Tú cuidas a las personas sin hacerlas sentir que están enfermas. Se lo haces pasar un poco más fácil.

Se me humedecieron los ojos, no solo por sus palabras, sino también por el cariño con el que me hablaba y por la admiración que reflejaban sus ojos.

—Erin…

—Muchas veces la gente piensa que consolar a alguien es buscar las palabras adecuadas, y eso no es cierto. El mejor consuelo, como hiciste conmigo, es ponerte a su lado y simplemente hacerle saber que estás ahí, que no está solo.

Sentí cómo se me estrujaba el pecho y una lágrima cayó lentamente por mi mejilla sin que pudiera evitarlo.

—Estoy totalmente de acuerdo —dijo Finlay.

Rodeó la mesa y se colocó al lado de su mujer antes de seguir hablando.

—Veo a diario a compañeros médicos y enfermeras que son excelentes profesionales. Diagnostican, curan, medican y aconsejan, pero tú haces algo que no he visto hacer a muchos. Tú acompañas, tú estás.

Una segunda lágrima cayó por mi mejilla y los dos me miraron sonriendo.

—Tienes la decisión tomada, ¿verdad?

—Sí —contesté sin dudar.

Porque, si antes de aquella conversación había quedado dentro de mí alguna duda, por pequeña que fuera, se había esfumado como el humo.

—Has estado toda la tarde dándole vueltas —dijo Erin afirmándolo, no preguntándomelo, porque me conocía de sobra y sabía que eso era exactamente lo que había hecho.

—Sí. Y sigo pensando que hay algo más, algo raro, algo que no encaja. Algo que no tiene nada que ver con lo que pone en ese dosier.

Los dos alzaron las cejas a la vez, pidiéndome que me explicara, pero no sabía muy bien cómo hacerlo.

—No sé qué es, solo sé que hay algo dentro de mí que me dice que esa mujer me ha elegido por algo más que porque mis ojos le hayan hecho pensar que puedo ser una buena enfermera.

Hice una pausa para coger aire mientras los dos me miraban atentos, esperando que continuara.

—Tal vez esté equivocada, pero no creo que sea así. Es como un presentimiento que me dice que esa mujer me necesita para algo más que para ayudarla con su enfermedad.

Volví a detenerme porque hasta las palabras se me estaban quedando atascadas en la garganta.

—Por eso no puedo negarme y por eso tengo que ir.

Durante los siguientes segundos, ninguno de los tres dijo nada. Erin fue la primera en reaccionar, dio el paso que nos separaba y me abrazó contra ella. Apenas unos segundos después, los grandes brazos de Finlay nos rodearon a las dos.

—Ojalá hubiera más personas como tú —me susurró Erin.

Cerré los ojos mientras un pequeño quejido se me escapaba de la boca.

—Y no solo para acompañar. El mundo sería mucho mejor si hubiera más personas con un corazón tan puro y grande como el tuyo —añadió Finlay, dando por finalizada la conversación.