La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 7
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Capítulo 7

Terminada la comida y el café de sobremesa, que nunca podía faltar, mis amigos se marcharon dejándome sola en casa.

Erin tenía tres pacientes que atender esa tarde y Finlay unas charlas médicas en el hospital, por lo que tenía varias horas para descansar y mirar el dosier.

Subí a mi habitación y fui directamente al bolso. Saqué la carpeta y, con ella en la mano, pensé durante unos segundos qué hacer: si descansar primero y leer su contenido después o hacerlo al contrario.

La respuesta me llegó con rapidez.

Lo leería primero porque estaba segura de que, si me tumbaba y cerraba los ojos para descansar un rato, los nervios y las preguntas sobre qué era lo que encontraría allí no dejarían que mi mente desconectara.

Aunque, si lo que contenía me alteraba o era raro, también era probable que no pudiera descansar después.

—Hazlo, Isla, cuanto antes, mejor para salir de dudas —me dije a mí misma.

Con la carpeta en la mano, me senté en la cama y me apoyé en el cabecero antes de suspirar y abrirla.

Dentro solo había un par de folios. Eso no me sorprendió, ya que en esas carpetas que Hamish tenía no solían aparecer los historiales completos de los pacientes, solo algunos datos que era importante saber.

Después, cuando te asignaban al paciente, si era necesario, Hamish, la familia o el propio paciente te daban un informe más completo con todos los cuidados o tratamientos específicos que requería.

Cogí el primer folio y empecé a leer.

Nombre: Moira Mackenzie.

Edad: 32 años.

Eso sí me sorprendió porque no esperaba que fuera una mujer tan joven. No sabría decir por qué, pero en mi cabeza me había hecho a la idea de que era una mujer mayor.

Seguí leyendo.

Estado civil: Casada.

A primera vista podía parecer un dato poco importante, pero para nosotros sí lo era porque con él podíamos saber si la persona tenía apoyo de alguien más o si en casa había otra persona que pudiera ayudarla.

Domicilio: Casa familiar a las afueras de Pitlochry…

Aparecía la dirección completa, pero como nunca había estado en ese pueblo ni por aquella zona, no tenía ni idea de dónde se encontraba exactamente.

Números de contacto: Ewan Mackenzie (esposo)…

Venía el nombre del marido y su número de teléfono, además del de la propia Moira.

En aquel folio no había nada más. Eso siempre era así, datos personales concretos y los justos y necesarios. Lo demás, si era preciso saber más, se trataba directamente y cara a cara con el paciente o con su familia.

Dejé el folio a un lado, encima de la cama, y cogí el siguiente. Para mí era el más importante porque, con lo que allí pusiera, ya podía hacerme una primera idea de lo que me esperaba o de cuál iba a ser el trabajo que tendría que realizar.

Leí la primera frase y tuve que detenerme y llevarme una mano al pecho por la impresión.

Diagnóstico: Leucemia mieloide aguda.

Mierda de enfermedad para una mujer tan joven, pensé mientras un regusto amargo me subía por la garganta.

Seguí leyendo con atención.

Ponía que le habían diagnosticado la enfermedad catorce meses antes y que había empezado enseguida con varios ciclos de quimioterapia que no habían funcionado.

También aparecía que habían valorado la posibilidad de realizarle un trasplante de médula y que le habían hecho las pruebas necesarias, pero finalmente no se había llevado a cabo.

No aparecía ninguna explicación del motivo. Podía deberse a varias razones, entre ellas que no hubieran encontrado a nadie compatible, aunque también podía haber otras, así que aquel dato, por el momento o quizá para siempre, se quedaría sin respuesta.

Seguí leyendo y en las siguientes líneas se explicaban con algo más de detalle los tratamientos que había recibido.

La última frase de aquella página me hizo apretar los puños y sentir cómo se me encogía el corazón.

Actualmente en tratamiento paliativo en el domicilio por petición de la paciente y con el consentimiento de la familia.

Eso quería decir que Moira había decidido quedarse en su casa, en su refugio, donde seguramente se sentía más segura, para recibir allí los cuidados que necesitaba.

Con el corazón en un puño, di la vuelta a la hoja para leer lo último que aparecía, que era su estado actual.

Decía que la paciente era consciente en todo momento de su estado, de su entorno y de todo lo que ocurría a su alrededor.

Tenía la movilidad reducida debido a la debilidad y a lo frágil que estaba su cuerpo, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo en cama.

También sufría fatiga intensa y falta de apetito, algo bastante normal en su estado.

Los dolores no eran muy agudos y, al parecer, hasta ese momento se habían controlado bien con los fármacos administrados.

Eso me hizo soltar un poco el aire que estaba conteniendo porque había personas con distintas enfermedades que sufrían unos dolores horribles y a las que, en ocasiones, resultaba complicado encontrarles una medicación que consiguiera aliviarlos del todo.

Y quienes teníamos que verlos así también sufríamos con ellos.

Lo último que ponía era bastante habitual en ese tipo de enfermedad y nada que no me esperara leer.

Tenía anemia constante y un riesgo elevado de contraer infecciones porque sus defensas estaban muy bajas, y en la última línea se indicaba que necesitaba la ayuda de otra persona, preferiblemente personal sanitario, para cubrir sus necesidades básicas diarias.

Dejé caer el folio encima del anterior, acerqué las piernas al pecho y las abracé con fuerza.

Se me había instalado dentro un malestar increíble y no era para menos.

No era la primera paciente que veía con aquella enfermedad y sabía de sobra que su situación era muy delicada.

Y, siendo tan joven, era una pena pensar en todo lo que todavía le quedaba por vivir.

En el informe no ponía si tenía hijos y eso podía ser bueno y malo.

Bueno, si es que podía sacarse algo bueno de todo aquello, porque si no los tenía, ningún niño tendría que pasar por el dolor de ver cómo su madre enfermaba de aquella manera.

Y malo porque, si no los tenía y había querido tenerlos, la enfermedad y la vida de mierda que le había tocado podían haberla privado de esa posibilidad.

Me quedé allí al menos una hora más. Volví a leer el dosier dos veces y me hice cientos de preguntas, pero la más recurrente era siempre la misma: ¿por qué esa mujer quería que yo, precisamente yo y solo viendo mi foto, fuera quien la acompañara durante todo aquel proceso, durara lo que durara?

Porque eso era lo que me estaba pidiendo: que entrara en su casa, en su intimidad y en una etapa de su vida que iba a ser muy complicada.

Y después de lo mal que lo había pasado con Emma, meterme en algo así, sabiendo además que podía resultar incluso más duro por la juventud de Moira, hacía que no supiera qué hacer.

En ese tipo de pacientes, muchas veces el apoyo emocional era tan importante como los cuidados médicos.

Escucharlos, acompañarlos y estar a su lado cuando las cosas se pusieran difíciles también formaba parte de nuestro trabajo, y eso era algo muy duro porque algunos aceptaban mejor lo que estaba ocurriendo y otros no.

Algo completamente entendible, porque nadie quiere enfrentarse a la posibilidad de que su vida pueda estar llegando al final.

Mentira, me gritó una voz dentro de mi cabeza, sí lo sabes.

Solté una risa amarga contra mis piernas mientras los ojos se me llenaban de lágrimas pensando en aquella pobre mujer. ¿Cómo podía negarme? No podía, y eso era cierto. Tal y como me había gritado aquella voz dentro de mi cabeza, sabía que no sería capaz de decir que no.

Y era por varias razones. Primero, porque, si alguien pedía mi ayuda, mi empatía, mi condición de protectora, esa que al parecer tenía desde que era una niña y que ya había salido a relucir con Erin el día que nos conocimos, y esa humanidad que todos decían que tenía en exceso, no me dejarían negarme.

Y segundo, porque estaba intrigada por saber por qué, entre tantas enfermeras, Moira me había elegido precisamente a mí.

No era capaz de decirlo en voz alta por el miedo que tenía dentro, pero la decisión estaba tomada casi desde las primeras líneas que había leído o, siendo sincera del todo y a riesgo de tener que darle la razón a Erin, desde que Hamish me había dicho que aquella mujer me quería a mí en su casa y en su vida.

El resto de la tarde, en la que al final no descansé como ya había supuesto después de leer el dosier, me la pasé tumbada en la cama pensando. A última hora, harta y con la cabeza saturada, salí a correr, algo que no hacía desde hacía meses y que siempre me había ayudado mucho a relajarme.

Al llegar a casa estaba un poco más tranquila y tenía las cosas bastante claras, o al menos las más inminentes e importantes.