Capítulo 6
A las dos de la tarde, cansada y con dolor de cabeza de tanto pensar en la reunión que había tenido con Hamish por la mañana, me bajé del autobús, cuya parada estaba a solo dos calles de la casa de Erin y Finlay.
Con pasos lentos y acompañada por el viento que soplaba con fuerza, me dirigí hacia la casa, deseando llegar cuanto antes.
Allí podría descansar, pensar con claridad, leer con calma el dosier que llevaba en el bolso y compartir con mis amigos mis dudas y mis inquietudes.
Entré en la casa y el olor familiar de siempre me recibió, haciéndome sonreír porque, solo con eso, una pizca de tranquilidad volvió a mí.
La casa estaba en silencio.
Ni Erin ni Finlay habían llegado todavía y, como era nuestra costumbre cuando yo estaba o me quedaba con ellos, quien llegara primero se encargaba de adelantar la comida.
Si era Erin, más bien preparaba la mesa y alguna cosa sencilla porque, de lo contrario, nos quedaríamos sin comer fijo, pensé mientras subía las escaleras para dejar en mi habitación el bolso y el abrigo y ponerme ropa cómoda.
Saqué del frigorífico el pescado que teníamos pensado comer ese día y lo preparé con verduras en una bandeja que metí en el horno para que se fuera haciendo.
Lo acompañaríamos con puré de patatas, así que empecé a sacar los ingredientes para prepararlo.
No había empezado a pelar la primera patata cuando oí cómo se abría la puerta de casa.
—¿Hay alguien?
—Estoy en la cocina.
Desde allí oí cómo Finlay dejaba el abrigo en la percha de la entrada y pasaba un momento por el salón, seguramente para dejar su maletín.
—Ese pescado huele de maravilla —dijo en cuanto se asomó por la puerta de la cocina.
—Mejor sabrá.
Finlay se lavó las manos y, sin que tuviera que pedírselo, cogió un cuchillo y se puso a mi lado para ayudarme con las patatas.
—¿Qué tal la vuelta al trabajo?
—Bien. Solo he tenido dos servicios hoy y no eran de los complicados.
—Pero…
—¿Por qué sabes que hay un «pero»?
—Tu cara me lo dice, Isla. Y tu cuerpo también. Estás nerviosa.
—Yo no diría nerviosa. Más bien desconcertada.
—¿Qué ha pasado?
—Aún nada, pero hay algo raro.
—¿Raro?
—Raro, insólito, desconcertante… o una mezcla de todo.
Iba a contestarme cuando oímos abrirse de nuevo la puerta de casa.
—Amores míos, ya estoy en casa.
Finlay y yo soltamos una risita a la vez al oír a Erin y su saludo. Era el mismo que usaba siempre porque, como ella decía, Finlay era el amor de su vida y yo, el amor de su camino.
—Estamos en la cocina, cariño.
Al igual que había hecho Finlay, Erin dejó el abrigo en la entrada y, con esos pasos nerviosos que la caracterizaban, entró en la cocina.
Se acercó a Finlay para besarlo y luego se volvió hacia mí para hacer lo mismo, pero, al mirarme a la cara, se detuvo a un paso.
—Vale, ¿qué pasa aquí?
—No pasa nada, Erin.
—Sí pasa. Esa cara tuya me dice que o has tenido un día horrible o que la reunión con Hamish te está haciendo pensar más de la cuenta.
Erin me conocía tanto que, con solo mirarme a los ojos, en dos segundos ya sospechaba qué me ocurría.
—Lo segundo.
—Dice que hay algo raro —añadió Finlay.
—Define raro —me pidió.
—Pues raro es raro.
—Vaya explicación más larga. Con eso me quedo mucho más tranquila.
—Es que hasta la palabra «raro» se queda corta.
—Joder, me está entrando una intriga que no sé si, con tanta dentro, me va a entrar el pescado.
Finlay alzó una ceja y yo las dos.
—Tú no te quedas sin comer ni aunque haya un huracán fuera, así que deja la exageración y pon la mesa.
—Está bien, tienes razón. Pero en cuanto nos sentemos a comer, empiezas a largar por esa boca que Dios te dio, que nos tienes a los dos muertos de la intriga.
Finlay asintió, dándole la razón.
Diez minutos después, con la mesa puesta, la fuente del puré recién hecho humeando y la bandeja del pescado desprendiendo un olor que nos tenía a los tres salivando, nos sentamos y empezamos a servirnos.
—Empieza a hablar.
—¿No me vas a dejar comer ni una pinchada de pescado?
—No —contestaron los dos a la vez.
—Hamish me ha ofrecido un servicio interno.
—¿Vivir en casa de alguien otra vez?
Asentí mientras los miraba.
—Bueno, eso es algo que te podías esperar cuando te dijo que quería hablar contigo. Ya lo habíamos comentado.
—Sí, lo sé.
—¿Le has dicho que no? —preguntó Finlay.
—Claro que le ha dicho que no. Después de lo de Emma, no quiere volver a pasar por lo mismo, al menos tan pronto.
—No.
—¿No qué?
—Que no le he dicho que no. Pero tampoco que sí.
Fruncieron el ceño a la vez. Finlay dejó el tenedor apoyado en el plato, apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia mí para prestarme toda su atención.
Erin hizo lo mismo con el tenedor, aunque después se cruzó de brazos.
—Cuéntanos qué servicio es y por qué no has contestado.
Cogí aire, cerré los ojos durante un par de segundos y dejé también mi tenedor antes de contarles, palabra por palabra, la conversación que había tenido con Hamish.
Cuando terminé, se hizo el silencio.
No uno incómodo, porque de esos entre nosotros nunca había, sino uno necesario para digerir, evaluar y pensar qué decir.
Fue Finlay quien, después de carraspear, rompió el silencio.
—Sí que es un poco raro.
—Es raro de cojones —añadió Erin.
—Ya dije que era raro.
—¿Qué tiene esa mujer?
—No lo sé. No he abierto la carpeta con el dosier que me ha dado Hamish para que conozca todos los datos antes de darle una respuesta.
—Pues eso es primordial para entender un poco… o quizá no, porque lo raro aquí es por qué esa mujer quiere que seas tú.
—No la conoce de nada y la ha elegido por una foto. A ver si quiere algo más que una enfermera.
—Erin, por Dios, no digas eso ni en broma. Es una señora enferma.
—Anda, coño, ¿y qué pasa? ¿Que los enfermos no le dan al matarile o qué?
Finlay y yo nos echamos a reír por el gesto de indignación que hizo mientras hablaba.
—Yo no creo que ese sea el motivo —dijo Finlay.
—Yo tampoco. Tiene que haber algo más.
—Puede que Hamish tenga razón y haya visto algo en tu mirada que le haya transmitido buenas vibras.
—¿Buenas vibras?
—Isla, cualquiera que te mire a los ojos puede ver la humanidad que hay en ti y, como siempre te digo, tu mirada transmite mucha confianza.
»Lo mismo esa mujer no se ha sentido a gusto con las otras chicas porque eso era precisamente lo que buscaba y ninguna de ellas se lo transmitió.
—Estoy de acuerdo con mi chica. Esa mujer ha visto en tus ojos lo buena persona que eres.
—Pero hay muchas chicas que son muy buenas en lo suyo y también transmiten confianza.
—Pues, chica, si no es eso, no sé qué más puede ser.
—Vas a ir —dijo Finlay.
—Sí —añadió Erin.
—Pero si ni siquiera he leído el dosier ni me he parado a pensarlo. Además, ya sabéis que no quería volver a hacer un servicio así. No quería pasar otra vez por lo mismo.
—No lo harás. Cada persona es distinta.
—Esa mujer te intriga, no el caso en sí. Quieres saciar esa curiosidad que se te ha metido dentro y saber por qué tú.
—No voy a negar que me intriga. Sería raro que no lo hiciera. Pero estáis equivocados, no tengo una decisión tomada. Primero quiero conocer todos los datos y después lo pensaré, aunque probablemente diga que no.
Los dos se miraron, mantuvieron una de esas conversaciones silenciosas que solo ellos entendían y sonrieron al mismo tiempo.
—¿Vas a leer hoy el dosier?
—Lo haré luego.
—Entonces dejamos aquí el tema. Esta noche, después de cenar, nos sentaremos con un chocolate caliente en el sofá y nos contarás qué le pasa a esa mujer y cuándo te vas.
Con esas palabras, Erin zanjó la conversación. Seguimos comiendo y hablando de otras cosas.