Capítulo 5
Por fin llegó el lunes.
Ese día volvía al trabajo y estaba deseando hacerlo porque no creía que pudiera soportar estar más días sin hacer nada.
Bajé a la cocina ya vestida y preparada para salir hacia la clínica. Allí estaban mi matrimonio favorito, preparando café y unas tostadas.
—Buenos días, parejita.
—Buenos días, Isla.
Saqué una taza y me serví un café, necesario para arrancar por la mañana. En eso éramos los tres iguales.
—Isla, ¿estás segura de que no quieres descansar unos días más?
Giré la cabeza y, solo con ver mi cara, Erin se echó a reír.
—Vale, vale, no me muerdas. Has puesto una cara como si te hubiera preguntado si vas a pasearte desnuda por el barrio.
A Finlay, al oír a Erin, que más burra no podía ser, se le fue por otro lado el café que estaba bebiendo y el pobre se puso hasta rojo de tanto toser.
—Eso es ataque marital.
—Eso es Erin en todo su esplendor.
—Exagerados.
Los tres nos miramos y nos echamos a reír.
—¿Entonces vienes conmigo ahora a la clínica?
—Sí, anoche Hamish me mandó un mensaje para preguntarme si hoy volvía.
—Eso es que ya te tiene asignados algunos pacientes.
—No lo sé. Me dijo que quería hablar conmigo, que había algo, pero que no quería adelantarme nada por teléfono.
—Eso suena a desafío —dijo Finlay.
—Eso suena a lío —añadió Erin.
—Puede que solo quiera saber si estoy bien para no cargarme con muchos pacientes al principio.
Los dos me miraron como diciendo: «Ni tú te crees lo que estás diciendo».
—Vale, no me miréis así. Lo mismo es algún paciente de esos difíciles o varios.
—Eso ya me cuadra más. O incluso alguno que sea como Emma y necesite asistencia todo el día.
—No lo creo. Eso no es lo habitual.
—Pero es una posibilidad —dijo Finlay.
Los tres nos quedamos pensando en ello.
—Isla, si es eso…
—Si es eso, me lo tendría que pensar mucho. Sabéis cómo me implico con la gente y lo de Emma ha sido muy duro. No quiero volver a pasar por algo así.
—Espera a ver qué es y luego decides.
—Eso haré.
Terminamos el desayuno charlando y riendo al recordar lo bien que lo habíamos pasado el fin de semana y, al acabar, entre los tres recogimos todo antes de marcharnos.
Finlay se fue en su coche, ya que el hospital estaba en dirección contraria a la clínica en la que Erin y yo trabajábamos.
Nosotras dos nos fuimos en el coche de Erin.
En circunstancias normales, cada una iba por su cuenta, pero los lunes siempre íbamos juntas. El motivo era que ese primer día de la semana a Hamish le gustaba hacer una pequeña reunión para asignar y coordinar los pacientes que tendría todo el personal durante los siguientes días.
Éramos un total de cuarenta personas trabajando para él, entre enfermeras, auxiliares y fisioterapeutas.
Los lunes entrábamos una hora antes para esa reunión y, el resto de la semana, solo pasábamos por la clínica para recoger el material necesario que cada uno utilizaba con sus distintos pacientes.
Por suerte, la clínica no estaba en el centro de Perth, así que no había problemas de aparcamiento.
Al entrar, muchos de mis compañeros, sobre todo aquellos con los que tenía más contacto y a los que conocía desde hacía años, vinieron enseguida a saludarme. Hacía meses que no los veía y todos quisieron saber cómo estaba después de lo ocurrido con Emma.
Fueron muy amables y, al notar que no tenía demasiadas ganas de hablar del tema porque todavía me dolía, cambiaron de conversación sin insistir.
Poco después llegó Hamish, como cada lunes. Nos saludó y nos pidió que pasáramos a la sala de reuniones, donde empezó a repartir el trabajo nuevo y preguntó si había surgido alguna incidencia durante el fin de semana de la que todavía no tuviera constancia.
No solía entretenerse demasiado ni hablar allí de casos particulares. Para eso estaba su despacho, cuando necesitaba tratar algo en concreto con alguno de nosotros.
Después entregó a cada uno su dosier semanal, con los horarios, las direcciones y las dolencias de los pacientes, además de la medicación o las necesidades que tuvieran pautadas por sus médicos.
Cuando vi que a mí no me daba ninguno, lo miré extrañada. Esperé mientras mis compañeros iban saliendo y, entonces, Hamish se acercó para sacarme de dudas.
—Isla, tú acompáñame al despacho. Quiero hablar contigo.
—Bien, cogeré dos cafés y voy para allá.
—Gracias, realmente me hace falta uno —dijo sonriendo antes de salir de la sala.
—Luego, en casa, me cuentas qué te propone. Me voy a mi primera visita.
—En casa nos vemos. Que tengas buen día.
Erin y yo nos despedimos en el vestíbulo. Ella salió de la clínica y yo fui a por los dos cafés a la máquina que había en uno de los pasillos.
La puerta del despacho de Hamish estaba abierta cuando llegué, y menos mal, porque con los dos cafés en las manos me las habría visto mal para llamar.
—Pasa, Isla.
Entré, le dejé el café en su lado de la mesa y me senté enfrente con el mío en la mano.
—Antes de nada, quiero darte las gracias y felicitarte por lo bien que lo hiciste con Emma.
—Hice mi trabajo.
—Los dos sabemos que tú nunca haces solo tu trabajo. De todas las enfermeras que tengo, eres la que más se implica y la que da mucho más de lo necesario con la gente.
Bajé la mirada al vaso de café porque no quería seguir hablando de Emma. Hamish, que me conocía desde hacía muchos años, lo entendió enseguida y cambió de tema.
—Ha salido otro servicio a tiempo completo.
Levanté la cabeza con rapidez para mirarlo porque no podía creer que me estuviera diciendo aquello sabiendo lo mal que lo había pasado al final con Emma.
—Hamish, no creo que sea buena idea. No sé si estoy lista para volver a vivir con otro paciente.
No lo estaba, por supuesto que no, y los dos lo sabíamos.
—Lo sé y lo entiendo. Por eso no quiero que me contestes hoy. Solo quiero que lo pienses cuando conozcas todos los datos.
Su respuesta me hizo respirar un poco más tranquila porque no me lo estaba imponiendo, sino que me daba tiempo para pensarlo y también la opción de decir que no.
Aun así, mi instinto, o algo dentro de mí que no sabría explicar, me impulsó a querer saber más del caso.
—¿Cómo es el caso?
Hamish, con la calma que lo caracterizaba, alargó la mano y cogió, de un montón que tenía encima del escritorio, una de las carpetas en las que guardábamos los datos de los casos que llevábamos.
Dio un sorbo al café mientras la abría.
—La paciente se llama Moira Mackenzie. Vive a las afueras de Pitlochry y necesita una enfermera interna para su cuidado, su medicación y el resto de sus necesidades.
Pitlochry…
No estaba muy lejos de Perth, pero sí lo suficiente como para no poder volver a mi ciudad en cualquier momento, mucho menos no teniendo coche.
Mientras yo pensaba en eso, Hamish hizo una pausa para beber otro sorbo de café antes de continuar.
—En los últimos dos meses ya he mandado allí a seis enfermeras distintas.
Fruncí el ceño. Podía haber muchos motivos para que aquello hubiera ocurrido, pero no solo me escamó, sino que también despertó mi curiosidad.
—¿Seis?
—Sí, seis.
—¿Por qué? ¿Han sido ellas las que no han querido estar allí o qué?
—No. Ha sido cosa de la paciente. Me llamó de forma muy educada y me pidió un cambio. Y así todas las veces.
Volví a fruncir el ceño. Seis enfermeras en dos meses eran muchas. La señora tenía que ser de esas personas muy exigentes que posiblemente ponían pegas por todo.
—¿Y qué te han dicho las chicas?
—Nada. Ellas estaban bien allí. No tuvieron ningún problema. Dicen que la señora no da mucho trabajo y que su trato es correcto.
—Entonces no entiendo tantos cambios. ¿Qué motivos te ha dado cuando los ha pedido?
—Yo tampoco lo entiendo. Nunca me ha dado ningún motivo en concreto. Solo llama y dice que, por favor, quiere otra enfermera.
A cada palabra que decía, más intriga sentía, porque todo aquello era muy raro. Nadie pide un cambio si no tiene una queja o no está a gusto con la persona que lo atiende.
—¿Y ahora quieres que vaya yo?
—No, es ella la que quiere que vayas.
—¿Qué? No te entiendo. ¿Cómo va a querer ella que vaya yo si no me conoce?
—El viernes me llamó para pedir una nueva enfermera, pero también me pidió un favor. Algo que nunca nadie me había pedido y, si te digo la verdad, estoy muy sorprendido con su petición.
—¿Qué te pidió?
—Quería ver las fotografías del personal disponible.
Alcé las cejas, sorprendida, porque eso sí que era raro y una petición de lo más extraña.
—Se las mandaste —dije, afirmando.
—Sí. No sabría decirte por qué, pero me sonó más a un ruego que a una petición. Quería ver la cara de las chicas. Le mandé diez fotos, entre ellas la tuya.
—¿Y?
—Tardó cinco minutos en volver a llamarme y decirme que tú eras la elegida, que, por favor, te mandara allí.
Alucinada. Así estaba.
—¿Por qué, Hamish? ¿Por qué yo?
Se encogió de hombros mientras sonreía porque, por su expresión, él también estaba un poco alucinado.
—Ojalá tuviera una respuesta para ti, pero no la tengo. No tengo la menor idea de por qué tú. Pero sí puedo decirte que no ha dejado de insistir desde hace tres días. Me ha llamado dos veces al día para saber si irás.
Dios mío… Me estaba poniendo nerviosa y por mi cabeza no dejaban de pasar mil preguntas, pero había una que se repetía una y otra vez: ¿por qué yo?
Y otra más: ¿qué había visto aquella señora en mí para querer con tanta insistencia que fuera yo quien viviera en su casa para cuidarla?
—No sé qué ha visto en ti, pero algo debe de haber para que insista. Puede ser la ternura o la humanidad que refleja tu mirada.
Eso era algo que no solo Hamish me había dicho en varias ocasiones, sino también Erin y Finlay. Todos decían que, con solo mirarme a los ojos, cualquiera podía ver que era una persona en la que se podía confiar.
Antes de marcharme a las dos visitas que me había asignado para ese día, Hamish me entregó la carpeta en la que estaban todos los datos de aquella mujer misteriosa y me pidió que la leyera con calma y le diera una respuesta cuando lo hubiera decidido.