Capítulo 4
La semana pasó lenta, quizá demasiado.
Después de los meses en los que no había parado, estar prácticamente sin hacer nada se me hizo más pesado que si hubiera pasado tres días seguidos sin dormir y trabajando con diez pacientes a la vez.
Tardé tres días en vaciar la casa de Emma.
Metí toda la ropa en bolsas y, con el coche de Finlay, que me lo había prestado, hice dos viajes hasta una iglesia en la que sabía que el párroco recogía donaciones y, con la ayuda de un par de feligresas, las repartía entre la gente necesitada.
En cuanto a los muebles, le dije al dueño de la casa que, aunque Emma los había comprado con el paso de los años, los dejaría allí para la siguiente familia que entrara a vivir.
Así que con eso tuve poco que hacer.
Lo que más pena me dio fue deshacerme de las cosas que Emma había guardado como oro en paño de su marido y de su hijo.
Había ropa de los dos, libros, fotografías de toda la familia y las típicas cosas que una persona guarda. Bien porque ese día pasó algo especial, porque le recuerdan un momento concreto que se le quedó grabado en la memoria o por simple costumbre.
Todo eso también lo llevé a la misma iglesia en otro viaje. El párroco me lo agradeció muchísimo y, al verme por segunda vez, me dijo que incluso tenía elegida a la familia que lo recibiría todo.
Una que estaba pasando por un mal momento y a la que todas aquellas cosas le vendrían fenomenal.
Las cosas que Emma me había dejado las llevé a casa de Erin. De esas no me desharía ni loca, porque eran un recuerdo muy valioso de una mujer que me había tratado como si formara parte de su propia familia.
Cuando terminé de recogerlo y entregarlo todo, fui a devolverle las llaves al dueño. Antes de marcharme, no pude evitar entrar por última vez en la casa en la que había vivido durante el último año y llorar allí, en medio del recibidor. Por Emma, por mí y por lo mucho que la iba a echar de menos.
El cuarto día, lo primero que hice fue ir al banco para sacar el dinero de la cuenta de Emma. Ella había dejado dada la orden de que, tras su fallecimiento, me entregaran todo lo que había en ella.
Con el dinero en un cheque, me acerqué al orfanato y se lo entregué a la monja que estaba al cargo, que casualmente seguía siendo la misma que cuando Erin y yo vivíamos allí.
Teníamos muy buena relación. No solo ella, sino muchas de las que seguían allí cuidando de los niños, nos querían mucho, al igual que nosotras a ellas.
Pasé todo el día ayudándolas, como hacía otras veces, jugando con las niñas y contándoles cuentos. Esos mismos que me habían contado a mí allí cuando era pequeña.
El quinto día me quedé en casa de mis amigos sin salir para nada.
Pasé buena parte de la mañana y de la tarde mirando casas y apartamentos para alquilar y terminé con dolor de cabeza, muy cabreada y bastante decepcionada.
No encontré nada decente que se ajustara a mi presupuesto ni que estuviera, por qué no decirlo, en unas condiciones mínimamente habitables.
Todos los sitios en alquiler que vi en las páginas que encontré, bien de inmobiliarias o de particulares, eran carísimos o auténticos cuchitriles que te daban ganas de denunciar a la persona que pretendía alquilarlos.
Algunos no tenían calefacción, que bueno, podría decir que era lo de menos, pero muchos de ellos directamente se caían a pedazos.
Me levanté temprano el sexto día, no porque tuviera pensado hacer nada especial, sino por costumbre.
Nunca había sido una persona que necesitara dormir muchas horas. Con cinco, si dormía bien, ya estaba en pleno rendimiento para enfrentarme a un nuevo día con energía.
Pasé por la ducha y estuve bajo el agua más tiempo de lo habitual para destensar los músculos. Pensar que no iba a encontrar un alquiler tan pronto como esperaba y que tardaría más de lo previsto en devolverles su intimidad a mis amigos me tenía de lo más tensa.
Sí, allí con ellos estaba muy bien, pero no dejaban de ser un matrimonio que no tenía por qué compartir su vida con alguien más por mucho que me quisieran.
Porque una cosa era quedarme con ellos de vez en cuando o unos días por necesidad, como era el caso, y otra muy distinta apalancarme allí como si formara parte del mobiliario.
Bajé a la cocina y todavía estaba vacía.
Algo normal, claro, ya que apenas hacía unos minutos que había amanecido.
Encendí la cafetera y me dispuse a preparar el desayuno para todos.
Era sábado y Finlay no tenía consulta en el hospital.
Erin, por lo que me había dicho el día anterior, solo tenía una sesión de fisioterapia con uno de sus pacientes habituales a las diez de la mañana, así que todavía tardarían un rato en levantarse.
Ellos tampoco eran de dormir mucho, pero no tanto como yo.
—Madre mía, vaya despliegue mañanero. Nos quieres engordar, Isla.
Me sobresalté al oír a Erin a mi espalda. Estaba tan concentrada terminando los huevos que preparaba que no la había oído llegar.
—No podrás hacerlo si antes me muero de un infarto. Vaya susto me has dado, hija. Pareces un fantasma.
—Si tengo que ser un ser imaginario, prefiero ser una vampira antes que un fantasma. Pueden hacer más cosas —contestó conteniendo la risa.
—Toma un café, anda, que tú sin cafeína no eres persona y dices tonterías mañaneras.
—Sí que lo necesito, sí.
Se sentó a la mesa y le puse delante una taza de café como a ella le gustaba: largo, con un chorrito de leche y una sola cucharada de azúcar.
—Finlay está en la ducha. Bajará ahora mismo.
—Entonces voy sirviendo los huevos.
Erin se quedó mirando con atención todo lo que había encima de la mesa y yo hice lo mismo, pensando que quizás sí me había pasado un poco.
Pero estaba segura de que no quedaría nada. Todos éramos de buen comer y, mientras charlábamos, daríamos buena cuenta de todo.
—Anoche no te pregunté qué tal la búsqueda de piso, pero, por la cara de cabreo que tenías, supongo que no fue muy bien.
—Fatal, Erin. Fue fatal.
—No tengas prisa, ya encontrarás algo. Además, aquí puedes quedarte todo el tiempo que quieras y que sea necesario. Eso no hace falta ni que te lo diga.
—Ni yo tampoco. Estoy de acuerdo con mi mujer.
Las dos giramos la cabeza al oír la voz de Finlay, que acababa de entrar en la cocina.
Se acercó a Erin y le dio un suave beso en los labios. Después vino hacia mí y me dio otro en la mejilla.
—Ya lo sé, chicos. Y estoy bien aquí, pero ya sabéis lo que pienso.
—Bobadas es lo que piensas.
—No son bobadas, Erin. Vosotros sois un matrimonio y yo parezco vuestra hija adoptiva. Necesitáis vuestra intimidad y yo también la mía.
Los dos pusieron los ojos en blanco y negaron con la cabeza al mismo tiempo.
Siempre me hacía gracia verlos hacer esas cosas por lo sincronizados que estaban. Hacían los mismos gestos a la vez; algunas veces soltaban las mismas palabras al mismo tiempo o se pisaban al hablar porque estaban pensando exactamente lo mismo.
De verdad, no creía que hubiera una pareja más destinada a estar junta que ellos.
Puse los tres platos con los huevos junto al resto de las cosas que había en la mesa y empezamos a comer. Mientras lo hacíamos, los observé. Físicamente, no podían parecerse menos.
Finlay era un hombre alto, corpulento y de espalda ancha. Tenía un rostro muy masculino, con la mandíbula marcada. Su pelo era pelirrojo, al igual que la barba que llevaba.
En todos los años que hacía que lo conocía, nunca lo había visto sin ella.
Era, como decía él mismo, su seña de identidad, y le quedaba bien.
O eso pensaba yo, porque, como nunca lo habíamos visto sin barba, no podíamos comparar.
Solo teníamos las fotos de cuando era un adolescente desgarbado, y aquello ya quedaba a años luz.
Sus ojos eran negros y muy vivos. En ellos siempre veías reflejada esa ternura con la que trataba a todo el mundo, sobre todo a los niños a los que atendía en su consulta.
Era grande, sí. Parecía un oso. Pero no uno fiero, sino más bien un enorme oso de peluche de esos que te llamaban a achucharlos.
Pasé la mirada hacia Erin.
Ella era más bien bajita, al menos al lado de su marido, y también un poco a mi lado.
Pero todo lo que tenía de pequeña lo tenía de torbellino, porque era muy activa, nerviosa y ni paraba ni dejaba parar al resto.
Cuánto había cambiado desde que nos conocimos, pensé con nostalgia. Atrás había quedado aquella niña retraída, triste y poco habladora para convertirse en una mujer fuerte, dicharachera, alegre y cariñosa.
Su pelo era rubio oscuro. Eso no había cambiado, siempre lo había tenido así y no se le había aclarado ni oscurecido con los años. Lo tenía rizado y siempre lo llevaba por debajo de los hombros, aunque era raro verla con el pelo suelto porque recurría mucho a las coletas o a los moños improvisados.
Su mejor rasgo, eso siempre se lo había dicho, eran sus ojos. Almendrados, con largas pestañas y de color miel. Eran preciosos y siempre transmitían confianza y paz.
Sonreí al pensar en cómo era yo.
Porque, si ellos eran muy distintos físicamente, desde luego yo me unía al carro, ya que tampoco tenía nada que ver con ninguno de los dos.
Mi pelo era castaño oscuro. Desde siempre me había molestado llevarlo largo, así que desde niña lo llevaba corto. No como un chico, pero sí a ras del cuello. Más largo que eso no lo soportaba.
Era un poco más alta que Erin, aunque tampoco mucho, y eso sí, muy menuda. Era de esas mujeres que podían comer lo que quisieran sin engordar ni un gramo.
Ninguna de las dos teníamos curvas exageradas. Como decía Erin, las justas y necesarias.
Mis ojos eran azul claro. Según mi amiga, eran como el mar cuando estaba en calma.
Mi opinión era otra. Yo pensaba que se parecían más al cielo cuando el sol bajaba de intensidad, pero con el paso de los años había aprendido que, si Erin decía que eran como el mar, pues como el mar serían, porque daba igual cuántos argumentos le dieras: no cambiaría de opinión.
En cuanto al carácter, también éramos muy distintas.
Ella era puro nervio y yo mucho más calmada. Ella era impulsiva; yo me pensaba mucho las cosas, quizá, como siempre me decía, incluso en exceso.
Erin era leal, cariñosa y tenía un carácter más fuerte que el mío. Era, en resumen, un torbellino. El mejor de todos, de esos que se hacen querer y acabas adorando, quieras o no.
Yo también era cariñosa y leal, pero quizá en algunas ocasiones me habría gustado tener un carácter más fuerte porque, de ser así, en algunos aspectos me habría ido mejor.
Era de esas personas a las que les costaba decir que no y que, por tener demasiada empatía, muchas veces permitían que los demás se aprovecharan de ellas.
Como habían hecho los tres chicos con los que había salido.
Sacudí la cabeza porque no quería pensar en el desastre que había sido mi vida amorosa y bebí otro largo trago de café.
El fin de semana pasó como tantos otros que habíamos compartido antes de que me fuera a vivir a casa de Emma. Yo no tenía muchas ganas de salir, pero mis amigos se pusieron de acuerdo en que me vendría bien airearme y, como siempre, por ese defectillo mío de no saber decir que no, acabé cediendo.
Y después no me arrepentí ni un poco, porque era cierto que necesitaba salir y despejarme.