La promesa que me llevó hasta ti Capítulo 3
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Capítulo 3

En la misma puerta de la casa de Erin, mientras ella aparcaba, Finlay hacía lo mismo con su coche.

Bajamos y caminamos hacia la entrada.

Finlay era más de gestos que de palabras y así lo demostró en ese momento.

Antes incluso de saludar a su mujer, y sabiendo de dónde veníamos y que él también había querido ir, aunque le había sido imposible por el trabajo, abrió los brazos y me estrechó contra él.

Aquel abrazo de mi amigo me reconfortó más que cualquier discurso.

—Tienes cara de agotada. Ahora mismo, a la cama.

Solté una risa. Fue imposible no hacerlo porque me sentí como si fuera una cría pequeña y ellos dos, mis padres: mandones, pero protectores.

—Sí, papá —contesté, haciéndolo reír.

Finlay me soltó y se giró para darle un beso a Erin, que nos miraba sonriendo.

—Finlay, me he tenido que poner en plan mandón con ella, porque no va y me dice que se iba a un hotel.

Giró la cabeza de golpe hacia mí al oír a su mujer.

—El cansancio te afecta a las neuronas, ¿no? ¿Qué coño vas a hacer tú sola en un hotel? Tú aquí, con nosotros, que es donde tienes que estar.

Resoplé.

—No quería molestar. Además, no será solo hoy. Tengo que buscar un sitio donde vivir y puede que tarde varios días.

—¿Molestar? —preguntó antes de girarse hacia su mujer—. Cariño, llévala a la cama, pero ya. Está peor de lo que creía.

—Eso pienso yo. Así que, señorita, tira para dentro, derechita a la cama como una niña buena y no te levantes hasta que tu nivel de tonterías haya descendido a cero.

Los tres nos miramos y nos echamos a reír.

Entramos en la casa y, nada más pisar el recibidor, el olor que me recibió me hizo sonreír. Era muy de ellos.

En aquella casa, que con el paso de los años también sentía un poco mía, siempre olía igual. Aquel aroma flotaba en el ambiente como si formara parte de la decoración.

Vainilla y canela mezcladas con café recién hecho.

Los dos primeros olores provenían de las decenas de velas que Erin tenía repartidas por todos los rincones de la casa. El café, en cambio, era un imprescindible.

Daba igual que fuera temprano por la mañana, a mitad de la tarde o de madrugada. La jarra de café siempre estaba en la cocina como si fuera un miembro más de la familia.

Miré hacia el salón y la sonrisa me salió sola. Era totalmente Erin y Finlay. La chimenea preparada para encenderla en cualquier momento y, sobre la repisa, las fotos amontonadas porque, según mi amiga, eso contaba una historia y daba personalidad a la estancia.

Y la contaba. No solo la de ellos, sino también parte de la mía, porque en muchas de aquellas fotografías aparecíamos los tres, Erin y yo solas o incluso yo.

El sofá, ese que siempre parecía llamarte a gritos para darte un cálido abrazo, estaba lleno de cojines y tenía tres mantas de colores sobre el respaldo.

Aquella casa no era una casa más. Era un hogar.

Un hogar al que sabía que podía acudir cuando quisiera o lo necesitara porque sus dueños me consideraban parte de él.

Era cierto que había pensado seriamente en irme a un hotel, pero también lo era que allí me habría sentido más sola que nunca, y más en aquellos momentos, cuando todavía estaba de duelo por Emma.

Erin tiró de mi mano para ir hacia las escaleras. Al pasar junto a la cocina vi de refilón que estaba perfectamente ordenada, como siempre, con el ventanal al fondo que daba acceso al pequeño jardín trasero.

En aquel jardín, alrededor de una mesa de madera que había visto tiempos mejores, habíamos pasado horas y horas sentados en sus sillas, hablando, riendo, llorando cuando habían venido mal dadas e incluso compartiendo silencios, a veces tan necesarios.

De la mano de Erin entré en mi habitación.

Sí, mi habitación. Así la bautizaron ellos cinco años atrás, cuando se fueron a vivir juntos después de casarse, y así seguían llamándola. Bueno, y yo también, porque así la sentía.

Nada más entrar, sentí un calor en el pecho. Hacía meses que no me quedaba allí a pasar la noche, pero parecía que no había pasado el tiempo, como si la última vez hubiera sido el día anterior.

Todas mis cosas seguían allí tal y como las había dejado.

Tenía de todo: ropa, productos de aseo, algún libro y bisutería que me ponía cuando salíamos a cenar o a bailar. En un rincón, tal como yo las había dejado, seguían las cajas con todas mis cosas, esas que recogí de mi antiguo apartamento cuando dejé el alquiler y me fui a vivir a casa de Emma.

—¿Quieres darte una ducha antes?

—No, lo haré cuando me levante.

—Pues venga, señorita. Toma el pijama —dijo sacando uno de la mesilla— y a dormir.

—Gracias, Erin. Por todo.

—Entre nosotras eso no es necesario y lo sabes.

—Lo sé, pero necesitaba decirlo.

—Venga, descansa. Cuando te levantes verás todo mejor y estarás más tranquila. Nosotras respiramos, hacemos una pausa, pero no paramos. Seguimos, ¿recuerdas?

—Seguimos…

—Eso es. Juntas seguimos.

Nos miramos, nos abrazamos y nos dimos un beso. Mientras yo me desvestía, Erin cerró la persiana.

Ni tres minutos después de tumbarme, caí en brazos de Morfeo.

Me levanté ya bien entrada la tarde, y porque el estómago reclamó alimento. De no ser por eso, estaba segura de que no me habría despertado hasta el día siguiente.

Pasé por la ducha para despejarme un poco. Me sequé el pelo solo con la toalla, porque no me gustaba cómo me quedaba cuando usaba el secador: se me ponía como si fuera un león al que hubieran metido en una secadora. Después me puse ropa cómoda y bajé a buscar a mis amigos.

Los oí hablar en la cocina y fui hacia allí.

—¿Erin haciendo la cena? Hoy pedimos a domicilio, ¿no?

Finlay soltó una carcajada.

—Pues no, lista. Solo soy la pinche. El peso de los platos recae en mi marido.

Me llevé una mano al pecho, fingiendo dramatismo.

—Menos mal. Ya temía por mi estómago y por la taza del baño mañana. Qué suerte tenemos de que haya un médico en casa.

Finlay se agarró el vientre, incapaz de parar de reír.

—Ca… cariño, no puedes decir que Isla no conoce tus dotes culinarias. Eso que tiene en la mirada es miedo. Te teme.

Erin levantó la cuchara de madera con la que estaba removiendo la salsa de tomate y nos apuntó a los dos con ella.

—Sois graciosísimos. A que no os dejo comer esta maravillosa salsa que he hecho.

—¿Que has hecho? Tendrás cara. Si lo he hecho todo yo. Tú solo la has removido.

—El secreto para que quede espectacular está en la manera de removerla. Lo demás es secundario —contestó, encogiéndose de hombros.

Finlay puso los ojos en blanco, Erin soltó una risita de niña mala y yo me eché a reír mientras me lavaba las manos para ayudar con la cena.

Poco quedaba ya por hacer, pero no pensaba quedarme de brazos cruzados, así que le pedí a Finlay que me dejara terminar la pasta, que sería lo que cenaríamos.

Protestó, pero me puse tan pesada que al final cedió y se sentó a la mesa a tomarse una cerveza mientras yo terminaba la pasta y Erin seguía removiendo la salsa para que no se pegara.

Quince minutos después, nos sentamos los tres a cenar.

—Erin me ha dicho que vas a cogerte unos días.

—Sí. No solo porque los necesito para recuperarme un poco, sino porque me he ofrecido al casero de la casa de Emma para ser yo quien la vacíe.

—Podemos ir contigo —se ofreció Erin.

No lo hacía porque fuera mucho trabajo, sino porque sabía que recoger todo lo que Emma había acumulado allí durante años iba a ser duro para mí.

Y sí, lo sería, pero necesitaba hacerlo. Para mí era una forma de decirle un adiós definitivo y poder seguir adelante con un poquito menos de peso dentro.

—Estaré bien, Erin. Necesito hacerlo.

—Lo sé, y ella estará muy feliz de que seas tú quien recoja todo. Además, tienes que llevarte lo que te dejó.

En eso Erin tenía razón. Emma me había dicho, o más bien rogado, antes de morir que me llevara unas cuantas cosas que no quería que acabaran en manos de desconocidos o en la basura.

Me dejó sus joyas. No eran muchas, pero sí tenían un enorme valor sentimental para ella.

Su anillo de boda, unos pendientes que le regaló su marido, un colgante que ella misma había comprado para su hijo pocos meses antes de que él muriera y algunas cosas más.

También se empeñó en que me quedara con sus ahorros. Yo no quería, pero me dijo que, si no aceptaba aquel dinero, acabaría quedándoselo el banco, y eso sí que no.

Me pidió que, si yo no quería usarlo, lo donara a una buena causa o se lo diera a alguien que lo necesitara.

Y acepté. Incluso le dije dónde llevaría ese dinero.

Al orfanato. Al nuestro, al de Erin y al mío. Ese que solíamos visitar de vez en cuando y en el que sabíamos que cualquier ayuda era poca.

Nosotras lo habíamos vivido. Nunca nos faltó lo básico, pero sí era cierto que a veces la ropa se nos quedaba pequeña y teníamos que seguir usándola hasta que ya no se podía más. O que nos tocaba comer tres días seguidos lo mismo.

Eso nunca nos importó demasiado. Allí dentro se valoraban más otras cosas, como la compañía, el cariño o que las monjas y las demás niñas nos escucharan y nos dieran un abrazo cuando lo necesitábamos.

Por eso aquel dinero se lo daría a las monjas para que arreglaran lo que hiciera falta o para que pudieran darles algún capricho a las niñas. Chocolate los domingos, por ejemplo.

Al terminar de cenar, el cansancio volvió a apoderarse de mi cuerpo. Me despedí de Erin y Finlay y regresé a mi habitación.

Allí, pensando en Emma y en qué pasaría a partir de ahora, volví a quedarme dormida.