Capítulo 2
—Estás helada —dijo Erin, apretándome contra ella.
—Hoy hace frío.
Y era cierto.
El otoño había llegado a Perth hacía ya un par de semanas y lo había hecho con ganas. Las calles estaban llenas de hojas, el viento se imponía cada día y traía consigo el frío, además de una lluvia que, en esa época del año en Escocia, era habitual ver casi a diario.
—Necesitas un café caliente.
—Necesito respirar, dormir y comer, y no precisamente en ese orden, pero de momento un café estará bien.
Estaba totalmente agotada. La última semana, hasta que Emma había exhalado su último aliento, había sido agotadora, triste, frustrante y muy dolorosa.
Apenas había dormido. Había comido poco y mal. Y había respirado solo a ratos, ya que ella no había podido hacer ninguna de las dos cosas anteriores y yo no me había despegado de su lado, acompañándola y medicándola para evitar que sufriera.
—Vamos, tengo el coche fuera. Entraremos en la primera cafetería que encontremos de camino.
Yo sí tenía carné, pero no coche, así que siempre dependía del transporte público, aunque durante el último año apenas lo había utilizado.
En la zona de Perth en la que vivía Emma había suficientes tiendas para comprar todo lo que necesitábamos, así que no tuve que moverme demasiado del barrio. Además, aparte de Erin y su marido, Finlay, apenas tenía vida social, por lo que tampoco había tenido necesidad de ir a ningún sitio.
Nos montamos en el coche en silencio.
No porque no tuviéramos nada que decir, ya que nosotras siempre teníamos tema de conversación, sino porque Erin, conociéndome como me conocía, sabía que eso era precisamente lo que necesitaba en aquellos momentos para asimilar que había tenido que decir adiós a una mujer que no solo había sido mi paciente, sino que había acabado convirtiéndose en familia.
De esa que se elige y no de la que te toca.
Erin arrancó y retomó el camino hacia Perth, ya que el cementerio estaba a las afueras de la ciudad.
Apoyé la cabeza en la ventanilla y, mientras veía cómo el viento movía con fuerza los árboles del camino, pensé en la suerte que tenía de tener a Erin en mi vida.
Nos conocíamos desde que yo tenía cinco años y ella cuatro.
Ahora ambas teníamos veintinueve, pero cuando nos conocimos a ella aún le faltaban unos meses para cumplir los cinco.
No nos conocimos en el colegio, ni en el barrio, ni siquiera en un parque. No. Eso lo hacían los niños con vidas normales, y la nuestra no lo había sido.
La mía dejó de serlo apenas un mes después de mi nacimiento. Suponíamos que había sido mi madre, porque a ciencia cierta no lo sabía y, a esas alturas de la vida, me importaba bastante poco quién me dejó envuelta en una manta a la puerta de un orfanato de la ciudad.
Un orfanato llevado por monjas que acogían a niños sin hogar y en el que pasé los primeros dieciocho años de mi vida.
Erin llegó años más tarde.
Concretamente, cinco años después que yo, cuando sus padres murieron en un incendio en su propia casa. El destino, las casualidades de la vida o la simple suerte quisieron que ella estuviera jugando en el jardín en ese momento y se librara del terrible final que tuvieron sus progenitores.
La mirada con la que llegó era la más triste que yo había visto nunca en nadie.
A su corta edad perdió todo lo que tenía: su casa, su vida tal y como la conocía y, lo peor de todo, a la única familia que tenía. Por eso acabó ocupando la cama que estaba al lado de la mía en aquella enorme habitación en la que había decenas de ellas.
El recuerdo de su primer día en el orfanato, como siempre que me venía a la cabeza, hizo que algo me golpeara en el pecho.
Recordé cómo había llegado por la tarde, cómo no había hablado con nadie y cómo no comió ni un triste trozo de pan durante la cena. Pero lo que más recordaba era que, cuando apagaron las luces, la oí llorar muy bajito desde mi cama.
No lo pensé ni dudé. Solo hice lo que me salió hacer. Me levanté despacio, di dos pasos hacia su cama, retiré la manta y me tumbé a su lado.
Cuando la abracé por detrás con fuerza para darle consuelo, cariño o, simplemente, para que supiera que no estaba sola, agarró mi mano y así estuvimos durante horas, hasta que el cansancio terminó venciendo al llanto y se quedó dormida.
Y no pasó solo aquella noche. Fueron muchas más.
Noches en las que ella lloraba la ausencia y la pérdida de sus padres y en las que yo simplemente la abrazaba sin decir una sola palabra. Solo estaba allí.
Durante los primeros meses después de su llegada, la dinámica fue prácticamente la misma.
No decía una sola palabra. No quería o no podía relacionarse con nadie. Comía por obligación, debido a la insistencia de las monjas, de otras niñas o de mí misma.
Ese silencio se rompió, para mi sorpresa, una de aquellas noches en las que estábamos metidas en su cama, abrazadas, cuando me susurró muy bajito:
—Gracias, Isla.
Aquello fue el comienzo de que Erin saliera poco a poco de su mutismo y de su apatía.
No ocurrió de repente, ni mucho menos. Fue algo gradual que duró meses. Al principio decía pocas palabras, pero cada día fueron siendo más. Empezó a comer porque le apetecía y no por obligación y, poco a poco, todo fue mejorando.
Comenzó a relacionarse con las demás y no solo conmigo, aunque le costó.
Pero, si algo tardó meses, o incluso diría que años, en recuperar, fue la sonrisa. La de verdad. De esas que no solo salen de la boca, sino de dentro y terminan reflejándose en la mirada.
La observé de reojo mientras aparcaba el coche frente a una cafetería que ambas conocíamos y pensé en la suerte que habíamos tenido de encontrarnos.
Tantos años después de conocernos y de crear aquel vínculo irrompible la primera noche que dormimos abrazadas, seguíamos siendo no solo amigas, sino, como nos considerábamos desde niñas, hermanas de corazón.
Al salir del orfanato, muchas de las chicas perdían el contacto con las demás, bien porque querían o porque las circunstancias las separaban. Ese no había sido nuestro caso.
Cuando cumplimos los dieciocho, las monjas nos ayudaron a encontrar un sitio barato donde vivir y también un trabajo compatible con los estudios que ambas queríamos cursar.
Así que seguimos viviendo juntas, trabajando y estudiando mientras continuábamos estando la una para la otra.
Erin estudió fisioterapia y yo enfermería y, por otra casualidad de la vida, las dos habíamos terminado trabajando en la misma empresa, cada una dedicándose a aquello que le gustaba y por lo que tanto había luchado.
Porque fácil no lo tuvimos. Trabajar y estudiar fue duro, pero juntas, y apoyándonos, lo conseguimos. La vida nos había hecho fuertes e independientes y también nos había enseñado a no rendirnos cuando las cosas se ponían feas, sino a continuar.
Lo importante era seguir. Llorando, chillando, cansadas o incluso enfadadas muchas veces con la vida por lo difícil que nos lo ponía. Haciendo una pausa si las circunstancias lo requerían, frenando si era necesario, pero parar, no. Eso nunca.
Ese era el lema de las dos.
Se frena, se respira, se hace una pausa, pero, pase lo que pase, se sigue.
Entramos una al lado de la otra en la cafetería y nos acercamos a la barra.
—Hola, chicas. ¿Qué os pongo?
—Dos cafés con leche y un par de sándwiches.
—Perfecto. Sentaos donde queráis; ahora mismo os lo llevo.
—Gracias —dijimos a la vez.
Erin fue la que eligió la mesa y yo la seguí. Me daba igual dónde, solo quería sentarme.
—¿Llamaste a Hamish?
—Sí, he hablado con él esta mañana. Me cogeré unos días antes de volver al trabajo.
—Es lo mejor. Necesitas descansar.
—Sí que lo necesito. Esta última semana ha sido horrible.
Erin me sonrió con tristeza. Sabía por todo lo que había pasado con Emma, y no solo porque yo se lo hubiera contado, sino porque ella también le tenía mucho aprecio y había pasado por su casa durante aquellos últimos días para verla y, principalmente, para verme a mí.
—Pues, en cuanto salgamos de aquí, nos vamos derechitas a casa y tú te metes en la cama.
—Te estás poniendo en modo madre mandona.
—Exacto, así que no me discutas.
—Erin, había pensado irme a un hotel. No quiero invadir tu casa.
—Mira, no me levanto y te doy dos collejas porque sé que esas chorradas que salen por tu boca son producto del cansancio, que si no te ibas a enterar.
—Que es cierto.
—Lo que es cierto es que vas a venir a casa con Finlay y conmigo y no hay nada más que decir. Eres mi hermana y mi casa también es la tuya.
—Erin…
Era imposible discutir con ella. A cabezota no le ganaba nadie. Era de ideas fijas y, cuando decidía algo, nada ni nadie conseguía hacerla cambiar de opinión.
—Además, si te vas a un hotel, sabes que no solo iré yo a sacar tu culo de allí, sino que Finlay te cargaría al hombro y te llevaría a casa si fuera necesario.
Sí que lo sabía, sí. Mi relación con Erin era la de dos hermanas y era imposible que fuera más perfecta. Con Finlay, su marido, no llegaba a tanto, pero los dos nos adorábamos como si también fuéramos hermanos.
Ellos se habían conocido muchos años atrás, cuando todos estudiábamos. Finlay había acabado siendo pediatra en el hospital de Perth y, desde el principio, entendió que Erin llevaba una mochila con ella, como a mí me gustaba decir.
Así que habíamos terminado formando un grupo de tres amigos.
Finlay no podía ser más perfecto para Erin, y ella tampoco para él. Se complementaban y se entendían de una manera especial y se querían de esa forma que no muchos tienen la suerte de encontrar.
Al menos, yo no la había encontrado y, después de las malas experiencias que había tenido, tampoco creía posible que eso fuera a ocurrir.
Además, me había cerrado al amor porque no quería volver a pasarlo mal.
Así estaba mejor, más tranquila y, sí, también sola, pero a todo acaba acostumbrándose una.