La promesa que me llevó hasta ti
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Capítulo 1
La lluvia no caía con fuerza.
Era una lluvia fina, constante, típica de Escocia. De esas que parecen elegir siempre los momentos oportunos para presentarse, como si fuera una obligación no escrita acompañar los momentos tristes.
Y aquel, ciertamente, era uno de ellos.
Levanté la mirada al frente, no porque esperara encontrar algo distinto a lo que ya sabía que estaba allí, sino porque necesitaba ver el final de lo que estaba ocurriendo.
Dos hombres serios, silenciosos y profesionales sujetaban con firmeza las cuerdas del ataúd mientras lo hacían descender hasta el gran agujero abierto en el suelo.
Dirigí la mirada dos pasos a la derecha de aquella escena y asentí con la cabeza a modo de despedida.
El sacerdote había terminado su responso. Uno breve, mecánico, leído y no hecho específicamente para la persona que se había ido. Vi cómo se giraba despacio, con un paraguas en una mano y la Biblia, desgastada por los años, en la otra.
Después de su «que descanse en paz», se había impuesto el silencio. Uno incómodo, de esos que nadie querría escuchar. Era el silencio final de una larga vida.
Los dos hombres echaron la última palada de tierra y, de la misma manera que lo había hecho el sacerdote, recogieron sus cosas, se despidieron con un asentimiento de cabeza y se marcharon, dejándome sola.
Sola…
Me quedé allí unos minutos más. No por obligación, sino por respeto, por tristeza y porque nadie se merece que no vayan a darle un último adiós, que era precisamente lo que había pasado.
Emma había muerto dos días atrás.
En su casa. En su cama. De la manera que ella había querido. Rodeada de sus recuerdos. De los recuerdos de toda una vida.
Ochenta y tres años de recuerdos y una enfermera —yo— habían sido su única compañía constante durante el último año de su vida.
Tantos años vividos y, el día de su final, nadie lloraba su marcha, nadie había traído flores y nadie había ido a despedirla. Si eso no era triste, no sabía qué otra cosa podía serlo.
La lluvia seguía cayendo, ya con un poco más de fuerza. El repiqueteo de las gotas contra mi paraguas era lo único que se oía. En aquel sitio, tétrico para algunos, solitario, silencioso y último destino antes de partir a saber dónde, pensé que nadie se merecía un final así.
Mientras miraba el montículo de tierra, ya convertido en barro, a mi cabeza acudieron los recuerdos del último año.
Once meses y medio, no un año, para ser más precisa.
Ese era el tiempo que había pasado cuidando y acompañando a Emma, escuchando sus anécdotas, sus recuerdos y también sus consejos.
Consejos muy valiosos que solo puede darte alguien que ha vivido y visto lo suficiente como para saber mucho de la vida.
Todo había empezado con un diagnóstico, como comenzaban todas las relaciones que había tenido con los pacientes a los que cuidaba desde que terminé la carrera de enfermería, ya muchos años atrás.
No empecé a trabajar en un hospital, como hace la mayoría.
Por casualidad, por destino o a saber por qué, me salió la oportunidad de trabajar en una empresa de asistencia, ayuda y acompañamiento a domicilio que contaba con enfermeras, auxiliares, fisioterapeutas y profesionales de algunas especialidades más.
Desde el principio, todos mis trabajos habían consistido en visitas a pacientes, bien a diario, bien en días alternos, o en largas noches al lado del cabecero de la cama de alguien que necesitaba más consuelo o compañía que asistencia.
Pero eso cambió con la llegada de Emma.
Ella necesitaba a alguien las veinticuatro horas del día. Su enfermedad requería vigilancia constante, una medicación muy controlada y, por qué no decirlo, compañía.
Dudé, en eso no puedo mentir. Irme a vivir a su casa, dejar la mía y dedicar todo mi tiempo a una persona iba a ser duro. No solo porque suponía dejar mi piso de alquiler, mis rutinas y mi vida tal y como la conocía, sino porque era algo que nunca había hecho y no sabía si podría acostumbrarme.
Al final lo hice, y la razón fue Emma.
Mi jefe, Hamish, me dijo:
—Ve, conócela y después decides qué hacer.
Ni tres minutos me hicieron falta para decir que sí, que cambiaría mi forma de vida para mudarme con Emma, acompañarla y cuidarla durante el tiempo que la vida decidiera dejarla en este mundo.
Su mirada llena de ternura, aquellos ojos tristes cargados de experiencia y la sonrisa que me dedicó nada más entrar en su casa fueron lo que me ayudó a decidirme.
Y esa había sido mi vida durante los últimos casi doce meses. Paseos muy cortos, porque su fatiga no permitía que fueran de otra manera, por el porche o el jardín de su casa. Charlas interminables en las que reíamos o llorábamos juntas mientras hablábamos del presente, pero también del pasado.
Ver cómo su enfermedad la iba consumiendo fue lo más duro, pero así era el proceso de la vida y contra él no se podía luchar.
De Emma no quería conservar en la cabeza los malos momentos. Aquellos en los que la vi sufrir y llorar mientras hablaba y recordaba a su marido y a su hijo, fallecidos juntos en un accidente. O cuando gemía de dolor porque el cáncer le estaba comiendo hasta las entrañas.
No, con eso no quería ni debía quedarme.
Como le prometí, me quedaría con sus consejos, las risas y los buenos momentos que, aunque no fueron muchos, sí fueron buenos y de calidad. Con todo lo que había vivido junto a aquella mujer a la que había llegado a querer como si fuera mi propia abuela.
Yo nunca había tenido una, pero, al parecer, siendo ya una mujer adulta, la vida me había premiado con alguien que, aunque no llevaba mi sangre —o yo la suya, mejor dicho—, había cumplido ese papel mejor que si hubiera sido mi abuela de verdad.
Quizá por eso me había afectado tanto su muerte. Porque para mí nunca había sido únicamente una paciente.
Cuando empecé en mi trabajo, algunas compañeras siempre me decían lo mismo:
—No te impliques. No lo hagas personal. Tú solo ve, haz tu trabajo y no mires más allá. Si lo haces, luego se sufre. Es mejor mirar hacia otro lado.
Pues yo no valía para hacer eso.
Sufriría, sí. Sentiría también lo que les pasara a las personas que cuidaba. Pero no estaba en mi naturaleza no implicarme, y mucho menos mirar hacia otro lado.
No valía para no darle la mano a esa persona que te la pedía cuando el dolor le estaba atravesando el cuerpo.
O a esa otra que no hablaba, pero que con su mirada no te pedía una pastilla o una inyección para aliviar su malestar constante, sino un abrazo que pudiera reconfortarla más que cualquier medicamento.
No. Yo era incapaz de no implicarme, y con Emma eso era precisamente lo que me había pasado desde el minuto uno.
Me había implicado y metido en su vida, igual que ella en la mía, sin verlo venir, sin pedirlo, sin esperarlo, pero agradeciendo a la vida que hubiera sido así.
Yo la había hecho feliz, y no solo con mis cuidados, sino con mi compañía. Y ella me había hecho feliz a mí con su cariño, ese que ambas sentimos la una por la otra a los pocos días de conocernos.
Subí una mano hasta mi cara y me limpié las lágrimas que recorrían mis mejillas, obligándome a regresar al presente.
El silencio se rompió entonces por unos pasos apresurados que escuché a mi espalda. Sonreí al oírlos porque, sin necesidad de girarme, ya sabía de quién eran. Los reconocería en cualquier parte sin siquiera ver a la persona que los daba.
Escuché un último paso justo a mi lado antes de que se detuviera y, entonces sí, me giré.
Nos miramos y nos dijimos todo de esa manera, sin necesidad de palabras. El abrazo llegó solo.
—Lo siento, me ha sido imposible llegar antes.
—No pasa nada. Lo importante no es cuándo se llega, sino llegar.
Erin me apretó con más fuerza contra ella y me besó en la mejilla. Sabía lo mucho que Emma significaba para mí y cuánto estaba sintiendo su pérdida.
—¿Ya se ha ido la gente?
Cerré los ojos y suspiré antes de contestar.
—Solo he venido yo, Erin.
Frunció el ceño y me miró con incredulidad, como si no pudiera creer lo que acababa de decirle.
—No hablas en serio. ¿Cómo es posible?
—La gente que la conocía del barrio es igual de mayor que ella o incluso más. Supongo que eso les ha supuesto un problema para venir hasta aquí.
Era una excusa de mierda y las dos lo sabíamos, pero era la única que había encontrado para calmar un poco el malestar que sentía por dentro al pensar que nadie más que yo hubiera ido a darle su último adiós a una mujer excepcional.
No solo la conocían las vecinas de su barrio, sino también comerciantes con los que había compartido charlas durante años en sus tiendas. Pues, al parecer, aquella relación, aunque no fuera muy estrecha, sí había sido lo bastante larga como para que Emma mereciera por su parte un último adiós.
Dolía, y mucho, pensar en la dejadez, el pasotismo o, simplemente, la falta de sentimientos que demostraba a veces la gente.
Pero no podía pretender que todos fueran como yo, así que, al llegar al cementerio y encontrarme allí sola, decidí no enfadarme con el mundo y quedarme con lo único que realmente importaba.
Yo sí había ido. Yo sí me había despedido. Y yo sí llevaría a Emma en mis recuerdos y en mi corazón para siempre.
Erin me agarró por la cintura y, durante unos minutos, bajo mi paraguas, las dos nos quedamos contemplando en silencio el lugar en el que Emma por fin descansaría.