Capítulo 49
Samuel dormía como duermen los hombres que lo han dado todo por amor, profundamente, sin elegancia, con un brazo colgando fuera de la cama donde había amado hasta caer desfallecido, y Trix, que llevaba una hora despierta mirándolo desde la butaca, con una sonrisa de felicidad indescriptible en el rostro, se levantó sin ruido para abrir el cajón de su mesita y sacar el diario de su querida tía abuela Georgina.
Quedaba una entrada por leer. Solo una.
Llevaba semanas sabiéndolo, racionando la última compañía de Georgina como se raciona una última comida. Los diarios se terminan cuando las vidas empiezan. Se lo debía.
El día antes de su muerte.
La letra ya casi no podía entenderse. Trazos deshilachados, líneas que caían hacia el final de la página, palabras enteras sostenidas por la costumbre de sesenta años de caligrafía; y sin embargo ni una tachadura, porque Georgina Sinclair había salido de este mundo como había vivido en él: sin corregirse.
Le he mandado esta mañana al abogado las indicaciones finales.
Todo va para los mirlos, salvo Villa Encanto.
Lo escribo así porque me divierte imaginar la cara del letrado: «¿todo a los mirlos, señora?
». Todo a los mirlos. El legado a la Sociedad Ornitológica queda explicado en el codicilo y no pienso explicarlo aquí. Alguien tiene que pagar a los músicos.
Villa Encanto, a la pequeña Beatrix. La encontrará y entenderá. O no entenderá nada. Da igual: cumplirá su destino, no el mío, que es todo lo que se le puede pedir a una herencia.
Al abogado le he pedido una sola cosa más: que dentro del secreter quede este cuaderno, y en el cajón cerrado, entre el manojo de llaves de mi heredera, la llave pequeña.
Si ella es la mujer que yo creo, sabrá encontrarla.
Si no lo es, dejará Villa Encanto como yo la dejé, y será solo otra casa cerrada, que tampoco es una tragedia: el mundo está lleno de ellas y nadie las llora.
Pero algo me dice que la encontrará. Algo me dice que ella no va a ser como yo.
Y ya que este cuaderno muere mañana conmigo o vive muchos años en otras manos, que quede dicho lo único que nunca dije, para que al menos el papel lo haya oído.
El arrendamiento sigue en pie. El que firmé hace tantísimos años, a los pocos meses de comprar la casa, cuando supe que él había vuelto de las Indias enfermo y arruinado y demasiado orgulloso para aceptar nada de nadie, y menos de mí. Vitalicio, renta simbólica, a su nombre y al de los suyos.
Mis abogados opinaron que estaba loca: alquilar por nada, de por vida, una casa que no pensaba pisar, a un irlandés al que no veía desde los diecinueve años.
Los abogados siempre opinan que una está loca cuando una, por fin, está cuerda.
Fue el único abrazo que las normas me dejaron darle: papel timbrado.
Él lo aceptó creyendo que se lo ofrecía un desconocido piadoso, porque también eso lo compré: mi propio borrado. Vivió en la casa donde nos conocimos durante veinte años sin saber que ya era mía. Murió en ella sin saber que cada teja que lo cobijaba era una carta que yo no envié.
Y los suyos siguieron. Un sobrino. Flaherty tras Flaherty, Connemara entera pasando por mis habitaciones sin saber de mí. Que sigan. Esa es la otra instrucción del codicilo, la que ningún abogado entenderá: el arrendamiento se respeta. Quien herede mi casa, hereda a mis irlandeses.
Ya está. Ya lo he dicho. Aidan, amor mío, me he pasado la vida entera escribiéndote líneas absurdas y borrándolas. Hoy no me quedan fuerzas para una palabra más, que es la única forma de valentía que me ha concedido Dios: la de los que ya no pueden corregirse.
Adiós, mi amor. Que los mirlos te traigan mi recuerdo cuando lleguen a Connemara este otoño.
Ahí terminaba. Debajo, nada: tres cuartos de página en blanco, el blanco más elocuente que Trix había visto en su vida.
Se quedó inmóvil mucho rato, con el dedo índice sobre el nombre.
Aidan .
Y las últimas piezas cayeron una a una, con el ruido limpio de siempre: el contrato de arrendamiento antiguo, aquel contrato imposible que ella había maldecido su primera semana en Inglaterra, el contrato blindado, vitalicio, de renta ridícula, heredado de generación en generación, que ningún abogado de Londres había sabido explicarle —«una excentricidad del anterior propietario, señorita; estas cosas pasan en las familias antiguas»—; el contrato por el cual un conde arruinado de Connemara vivía en una villa de Essex cuando ella llegó calada hasta los huesos a pelearse con un país, con un clima y con un inquilino.
A su nombre y al de los suyos. Aidan Flaherty. Un tío abuelo lejano de Samuel; el orgullo era, por lo visto, la única tierra que aquella familia nunca había hipotecado.
Georgina no le había dejado una casa: le había dejado una casa con un Flaherty dentro, protegido por papel timbrado desde hacía un cuarto de siglo, y ella había tardado muchos meses, una vida, en entender que la herencia no era esa preciosa villa encantadora.
Sabrá encontrar la llave , había escrito.
—La encontré, tía —dijo Trix en voz baja, con el hombre que amaba durmiendo y feliz a un par de metros—. Las dos llaves.
Cerró el cuaderno. Lo dejó sobre el secreter con su nota en el interior — no me dejaré morir como tú; te lo prometo; pero gracias —, promesa junto a promesa, y pensó, con una certeza tranquila, que aquel cuaderno ya no era suyo: le pertenecía a aquella casa y a quien debiera leerlo en el futuro, despacio, junto al fuego, empezando por un baile de 1821.
«Un día te lo contaré todo, Samuel. El día de la boda te lo pondré en las manos».
Pero eso sería en junio, así lo habían decidido aquella noche, abrazados, cuando acababan de amarse no sabía por cuántas veces.
La suya iba a ser una vida larguísima y no pensaba corregir ni una línea.