Capítulo 50
Dos meses después. Villa Encanto.
— Glacaim —contestó la novia al ser preguntada.
El reverendo Whitfield, párroco de Halstead desde hacía treinta y un años, hombre curtido en bodas de granjeros, bautizos dobles y un funeral con fuga incluida, se quedó con el libro abierto y la boca a medio camino del «puede besar a…
», porque en treinta y un años nadie le había contestado al «sí, quiero» en una lengua que sonaba a piedra mojada.
En la primera fila de la capilla construida con premura en el jardín de la finca, con buena madera de roble irlandés, Violet, duquesa de Ashford, dejó de llorar un instante por pura sorpresa, y Clara se llevó la mano al vientre como si el niño que allí crecía también hubiera oído aquello.
Elliot Pinckerville, por su parte, murmuró «eso no venía en el programa» con sincera admiración, pues solía ser él quien daba las notas discordantes y no le gustaba que su puesto estuviera usurpado.
Pero eso fue al final de la mañana.
El día había empezado mucho antes y con todos los buenos augurios en el cielo.
Había comenzado con Villa Encanto amaneciendo como no había amanecido nunca antes: restaurada, reluciente, con todas las chimeneas encendidas y todas las ventanas abiertas de par en par.
Jarrones con flores sobre todas las mesas por indicación expresa de Therese, las garzas del papel pintado presidiendo un salón lleno de impacientes invitados, con el señor Colchester dando órdenes a discreción y la señora Beckett al mando de una cocina reforzada con tres mujeres del pueblo a las que trataba como un mariscal trata a los reclutas queridos; y con Halstead entero endomingado camino de Villa Encanto, porque se casaba la señorita Sinclair y todos querían verlo.
Pero aquella mañana había empezado con otra boda.
A las nueve en punto, en el registro del pueblo, con Tim y la hija del panadero por testigos, Therese y Cillian Magee se habían casado por lo civil, sin pompa, sin más ceremonia que una firma y un beso que hizo carraspear al registrador; y cuando el banquete de la tarde los vio entrar en Villa Encanto cogidos de la mano, con Therese estrenando un vestido azul que Trix se había empeñado en pagar y Cillian con la sonrisa torcida planchada de felicidad, el salón entero se puso en pie para aplaudirles, y la señora Beckett salió de la cocina secándose las manos para verlo, y declaró que en aquella casa hasta las bodas venían por pares, como los huevos de dos yemas .
Pero antes del banquete fue la ceremonia. Y antes de la ceremonia, arriba, en el cuarto de la novia, hubo un momento que nadie vio.
Trix estaba vestida —seda color marfil, sin cola, el velo de su madre llegado de Nueva York en un baúl con instrucciones sobre cómo debía colocárselo— y esperaba la señal de bajar al jardín, cuando hizo llamar a Samuel a su habitación.
Therese fue a abrir escandalizada.
—¡Trae mala suerte, señorita!
Pero su señora le quitó importancia.
—Therese, esta casa ya no puede albergar más, así que dejémoslo pasar.
Lo hizo, pero advirtiendo al nuevo señor de Villa Encanto que solo tenía cinco minutos, o volvería y ella misma lo pondría de patitas en la calle.
Samuel entró con el traje de novio y la cara de un hombre al que le quedan dos horas de compostura. Se detuvo en seco al verla.
—¡Dios de mis padres! —exclamó.
—Me alegro de que te guste. —Trix sonreía, pero tenía en las manos algo envuelto en un paño, algo misterioso—. Te he llamado para darte tu regalo de boda. No lo abras aún. Déjalo para después del banquete.
Samuel retiró una esquina de la tela. Piel gastada, oscura, un cierre pequeño. Un cuaderno.
—Es un diario —dijo Trix—. De mi tía abuela Georgina. La mujer que me dejó esta casa. Quiero que lo leas cuando tengas tiempo. Creo que terminarás de entender por qué tú y yo nos hemos encontrado .
Samuel miró el cuaderno, y la miró a ella, y no, no entendió nada, pero era irlandés y sabía desde niño que las cosas sagradas no suelen ser evidentes. Guardó el cuaderno en el bolsillo interior del traje de novio, contra el pecho, donde otros llevan medallas.
—Lo leeré junto al fuego —prometió—. ¿Y ahora puedo decir lo del Dios de mis padres?
—Ahora puedes.
Se besaron, por supuesto, y algún invitado sugirió cuál fue la razón de que se retrasaran casi media hora y de que tanto el vestido de la novia como el traje del novio no estuvieran perfectamente planchados.
La ceremonia comenzó con la luz de junio entrando en diagonal por las ventanas de madera de la capilla y fue exactamente lo que los novios habían deseado: íntima, solo con los suyos, con los amigos del alma.
Sebastian hizo de padrino sin evitar emocionarse.
Violet lloró desde el primer acorde de la orquesta.
Clara, en la primera fila, magnífica y enorme, sostenía la mano de su marido, que miraba a Samuel en el altar con la cara de quien recuerda todo lo que habían pasado juntos desde la niñez.
Elliot, en el mismo banco, lloraba también, cosa que negaría el resto de su vida cada vez que aquel asunto salía a colación.
Y las cuatro doncellas ocupaban un banco entero, el tercero, por el lado de la novia: Addie con Donald a su lado; Sophie recién desembarcada con Matthew, cogidos de la mano como los recién casados que casi eran; Prudence, inaccesible para los hombres y deshecha en lágrimas por la emoción, y Therese, casada desde las nueve, con su vestido azul, sentada muy derecha, llorando con una compostura feroz mientras Cillian, a su lado, le tenía la mano porque se sentía incapaz de soltársela.
Cuando el reverendo Brian llegó a la pregunta, Samuel dijo su «sí, quiero» en voz alta y clara, precisa.
Y entonces le tocó a Trix, y Trix dijo:
— Glacaim .
Acepto , que era lo que se decía en Irlanda en una ceremonia en gaélico.
Le había pedido a uno de los mozos de cuadra, irlandés de nacimiento, que se lo enseñara, y lo había ensayado durante toda la noche para que no se le olvidara.
Valió la pena al ver las lágrimas correr por el rostro de Samuel. Vaya si la valió.
El banquete fue allí mismo, en los jardines de Villa Encanto, una comida larga, ruidosa y perfecta.
Hubo asado y tarta de tres pisos; hubo un brindis de Sebastian que empezó en Eton y terminó con la voz tomada; Elliot se empeñó en lanzar otro que fue un fracaso cuando se encargó de enumerar sus fracasos amorosos; hubo un telegrama de Nueva York, leído en voz alta, de Cornelius Sinclair:
«ENHORABUENA. TU MADRE LLORANDO DE ALEGRÍA. GRAVÍSIMA. LLEGAMOS EN AGOSTO. TU PADRE».
Que obligó a explicarles el chiste a los que no sabían del curioso humor de los Sinclair; y hubo, en un rincón, un momento del que las señoras de Halstead comentarían durante meses sin haberlo entendido: las cuatro doncellas —Addie, Sophie, Prudence y Therese— abrazadas en un nudo cerrado, llorando las cuatro sin ningún decoro, meciéndose, porque habían salido juntas de Five Points y resultaba que seguían juntas y felices.
—Las ocho —dijo Clara en voz baja a una Amelia más callada de lo habitual, señalando a las cuatro doncellas—. ¿Te das cuenta? Ocho mujeres que empezamos siendo niñas, pertenecientes a dos mundos que se ignoraban.
Elliot, para entonces, había descubierto a la mujer del párroco, una señora de cincuenta y tantos con papada de encaje y un abanico de marfil, y le estaba dedicando el repertorio completo —la reverencia adornada, el «no me diga usted que es la madre de alguna de las novias»— ante la mirada ecuánime del reverendo Brian, que en treinta y un años de parroquia había aprendido que a los tipos como aquel se los vigila con una copa en la mano y ninguna prisa.
La señora del párroco reía como una campana. Tom, desde su mesa, le hizo llegar a su gemelo, por señas, la promesa formal de un fratricidio, y Elliot contestó, también por señas, que valía la pena.
Bailaron. Bailaron todos: los duques, los recién casados, los cuatro, la señora Beckett con el coronel retirado que había venido de parte de los Faversham a traer, como regalo de boda del viejo coronel, una de sus veletas.
Y en algún momento de la noche, cuando el baile estaba en lo más alto y el jardín era todo luz, vueltas y música, Amelia Rourke dejó su copa en una mesa, comprobó que nadie la miraba, y se alejó al rincón más remoto, el más solitario, porque necesitaba respirar.
La noche de junio estaba tibia y la luna se mostraba enorme.
La música llegaba amortiguada por las risas, y el laberinto de boj era una geometría oscura recortada contra un cielo con más estrellas de las que Boston nunca mostraría.
Amelia caminó hasta el borde de los setos, se abrazó los codos y se quedó allí quieta, mirando el jardín iluminado como un barco feliz.
A lo lejos, Violet riendo en los brazos de su duque. Clara meciéndose apenas, con las manos de Tom y las suyas juntas sobre el vientre. Trix bailando con su irlandés, los dos torpes, los dos radiantes, discutiendo algo a media vuelta, seguramente el rumbo de la danza.
Tres de cuatro, pensó Amelia.
Y la aritmética, que llevaba meses esperándola con la paciencia de las cosas que no tienen vuelta atrás, le dio la respuesta.
El as de copas era para Violet, que había encontrado en Sebastian todo lo que una mujer podía desear.
El tres de bastos pertenecía a Clara, que tenía un marido que cruzó un incendio por ella y estaba bendecida por aquel hijo que venía en camino.
El as de oro era la carta de Trix, ahora lo tenía claro, con aquel irlandés que la adoraba y que lo daría todo por ella.
Quedaba una carta.
Quedaba el terrible diez de espadas, que ninguna recordaba a quién le había salido .
Y quedaba una sola de las cuatro.
Yo , pensó Amelia, sin más dramatismo, porque el destino es difícil de cambiar. Ya solo puedo ser yo.
Y entonces le pasó una cosa extraña: sintió cierto alivio.
Un alivio casi dulce.
Porque si aquella vieja amenaza de feria tenía que caer en alguna de ellas, las personas a las que más quería estaban a salvo: Violet estaba a salvo, Clara estaba a salvo, Trix, la más difícil, la que más cerca había estado de sufrir, estaba desde esa mañana definitivamente a salvo.
La desgracia, si venía, vendría a buscarla irremediablemente a ella.
Que sea yo , se dijo en el jardín, en voz muy baja, con una serenidad que no supo si era valentía o era una manera de rendirse. Si tiene que ser una de las cuatro, que sea yo .
Pasaron los minutos y la voz de Trix, feliz, imperiosa, de recién casada, cruzó el jardín:
—¡Amelia Rourke! ¡El vals de las amigas no se baila con tres!
Amelia se volvió hacia la casa iluminada. Sonrió; se puso la sonrisa, mejor dicho, con su destreza de toda una vida.
Y antes de acercarse para bailar con sus tres amigas que al fin estaban a salvo, miró una última vez hacia el oeste, por encima del laberinto a oscuras, sin saber qué buscaba: hacia el mar, hacia el año que venía; hacia todo lo que, sin ella saberlo todavía, ya había levantado el vuelo e iba a su encuentro .
Gracias por leer esta novela, la tercera entrega de Las princesas del dólar .