Capítulo 48
La cancela ancestral de Villa Encanto estaba abierta de par en par, y Samuel Flaherty, que llevaba horas ensayando lo que tenía que decir, se encontró sin palabra ninguna ante la expectativa de encontrarse de frente con la mujer que amaba.
Había hecho el último tramo a pie, con el bolso en la mano, después de despedir en Halstead al carruaje que lo había subido desde la estación, y durante toda la caminata se había ido preparando.
Mientras se acercaba a la villa, una idea terrible le había asaltado la cabeza: quizá la casa, el hogar sagrado donde había conocido a Trix Sinclair, tuviera las cortinas corridas, las chimeneas apagadas, y no hubiera rastro alguno de movimiento.
Se había preparado para aquello. Si Trix había decidido regresar a Nueva York, compraría el primer pasaje que saliera de Liverpool, surcaría el océano sin dejar de pensar en ella y se plantaría en su casa de Manhattan, delante de sus padres, para decirle lo mismo que le había llevado hasta allí.
Pero, en cambio, al doblar el último recodo, el atardecer le mostró todas las cortinas abiertas, el humo saliendo de las chimeneas, la luz amarilla naciendo en las ventanas de poniente, el aroma de pan recién hecho que llegaba hasta la avenida, y en el tendedero de la zona de servicio, ondeando al último rayo de sol, como banderas, sábanas blancas puestas a orear.
Samuel se quedó un momento parado en mitad de la gravilla, con el corazón en un puño, comprendiendo la enormidad de lo que aquello significaba: que ella se había quedado, que Beatrix Sinclair seguía allí.
Subió los escalones del pórtico. Alzó la mano hacia la campanilla. No llamó.
No fue por olvido ni por soberbia. Fue una decisión que tomó su mano antes que él, con una lógica que solo entendió después. En aquella casa, todo lo importante había ocurrido sin esperarlo y quizá así tenía que ser.
Empujó la puerta, que cedió sin ruido, y entró en la casa como un ladrón.
El vestíbulo olía a cera y a pan. Cruzó el mármol ajedrezado.
Atravesó la biblioteca, que mantenía el fuego encendido, la butaca con un chal echado sobre el brazo y un libro boca abajo en la mesita que le hizo sonreír.
Nadie. El salón de las garzas, el piano abierto, partituras en el atril.
Nadie. El comedor, el gabinete, la escalera.
La casa entera respiraba, pero estaba deshabitada, como un escenario un minuto antes de la función, y Samuel iba de habitación en habitación con el bolso todavía en la mano y el corazón cada vez más encogido, hasta que una puerta vidriera del fondo del salón, entornada hacia el jardín, le trajo el aire de la tarde.
Y entonces la vio.
Trix estaba allí fuera, de espaldas, al borde del laberinto de boj.
Llevaba un vestido sencillo, blanco, el pelo recogido de cualquier manera con dos mechones sueltos que el aire de la tarde movía a su antojo, y los brazos cruzados, muy quieta, mirando el laberinto con la cabeza levemente ladeada.
El laberinto seguía sin cerrar en la parte más alta. Los pasillos dibujados, las esquinas apuntando ángulos, nada aún terminado, un plano de felicidad a la espera de años de crecimiento.
Samuel dejó el bolso junto a la vidriera. Sacó del bolsillo del pecho el pliego doblado que había mandado redactar al despacho de notarios dublineses. Y salió al jardín.
Ella lo oyó en la gravilla y se volvió.
Lo que pasó en la cara de Trix Sinclair en los siguientes dos segundos Samuel no lo olvidaría en toda su vida.
Primero la sorpresa desnuda, la boca entreabierta y el color yéndose y volviendo de golpe.
Después, un instante de algo desarmado y enorme que le llenó los ojos y que era pura alegría.
Y, por último, a una velocidad heroica, la compostura ocupándolo todo, con aquella sonrisa de muchacha bien educada en la buena sociedad que no está dispuesta a dejar traslucir sus emociones .
—Lord Flaherty. —La voz le salió a Trix casi firme—. No lo esperábamos. ¿Olvidó llevarse algo?
—Es posible. —Samuel se detuvo a dos pasos de ella. Reparó en que debía presentar un aspecto terrible, sin afeitar, con la ropa de dos días de viaje, los ojos hundidos y brillantes—. Ha sido un viaje precipitado, como verás por mi aspecto lamentable.
Ella lo miró de arriba abajo e hizo un esfuerzo sobrehumano porque sus ojos no mostraran la ternura que sentía.
—Quizá necesite que Therese le prepare un buen baño, antes que nada.
—Más tarde. —Arrugó los labios—. Ahora es urgente que terminemos el papeleo que se nos ha quedado a medias.
La mirada de Trix se eclipsó.
—No creo que sea necesario…
—Lo es. —No la dejó terminar.
Sacó el pliego del bolsillo y se lo tendió sin ambages.
Ella tardó unos instantes en reaccionar, pero al final lo cogió, porque no hacerlo era confesar que le temblaban las manos.
Lo desdobló con cuidado y mucha aprensión.
Era una única hoja, protocolizada, con el membrete de MacBride e Hijos, notarios, Dublín, la caligrafía hermosa del pasante, y Trix empezó a leer en diagonal, buscando la trampa, y a las tres líneas los ojos se le pararon y volvieron arriba y empezaron otra vez, despacio, palabra por palabra, porque aquello no tenía sentido alguno.
CONTRATO DE ARRENDAMIENTO .
Finca: Villa Encanto, Halstead, Essex.
Parte arrendadora: señorita Beatrix Sinclair, propietaria.
Parte arrendataria: Samuel Flaherty, de Connemara, Irlanda.
Duración: noventa y nueve años, prorrogables.
Renta anual: un beso, pagadero por el arrendatario a la arrendadora la víspera de Navidad, en la propiedad, ante el fuego encendido.
Cláusula primera: el arrendatario se obliga al mantenimiento del tejado, de la biblioteca y del laberinto de boj, que se podará exclusivamente en noviembre.
Cláusula segunda: los desayunos se servirán a las ocho, hora a la que ambas partes se obligan a discutir de buena fe.
Cláusula tercera: el presente contrato no admite resolución por ninguna de las partes, ni siquiera por mutuo acuerdo, siendo la voluntad de los firmantes expresamente irrevocable.
Cláusula cuarta: los arrendamientos de esta casa quedan protegidos a perpetuidad.
Trix alzó la mirada. No entendía nada.
—Esto no puede ser un contrato válido —dijo, y la voz le salió a filamentos—. La renta no es seria, la irrevocabilidad es nula de pleno derecho, y el arrendatario no puede… ningún tribunal inglés…
—Lo he validado yo mismo. —Samuel se encogió de hombros, grave, solemne, con los ojos brillándole de una manera escandalosa—. Soy irlandés. No discuto con la ley inglesa: la ignoro .
A Trix se le quebró la voz.
—Samuel.
—MacBride opina que es el documento más nulo y más perfecto que ha protocolizado en cuarenta años. Lloró un poco, para que lo sepas. Dice que últimamente en su despacho se llora demasiado y que es culpa de las americanas.
—Samuel. —Trix apretó el papel contra el pecho sin darse cuenta de que lo hacía—. ¿Qué significa esto?
Y entonces Samuel Flaherty no se arrodilló. Lo que hizo fue dar el último paso, quedarse a un palmo de ella y hablar con la voz baja, rota y llena de esquinas, la voz de un hombre enamorado.
—Significa que te pido que me dejes vivir a tu lado el resto de mi vida.
El jardín entero se quedó mudo. El mirlo, en algún sitio del boj, calló para escuchar, que es lo que hacen los mirlos en los momentos importantes, aunque los tratados digan otra cosa.
—¿Como inquilino? —preguntó Trix en un susurro.
—Como tu marido, por supuesto. —Y ahí, por fin, después de tanto tiempo, la palabra tomó forma—. Como el marido de la señorita Beatrix Sinclair, de Nueva York. Si tú me aceptas.
Ella rompió a llorar, pero logró llevarse las manos a la cara antes de que aquel mar se le desbordase.
—Y antes de que contestes —Samuel no había terminado—, tengo que decirte tres cosas y las voy a decir de corrido porque las llevo ensayadas desde hace demasiado tiempo y tengo mala memoria.
— La miró a los ojos—. Una: sé lo de las tierras.
Sé lo de los nueve mil acres, me lo contó MacBride sin saber que lo hacía.
Me sentí el hombre más estúpido de la tierra por no haber sabido entender que me amabas.
El más estúpido por pensar que dejarte ir era lo mejor para ti.
Ella fue a hablar, pero Samuel no la dejó.
—Dos: el cheque. No hay perdón para ese maldito cheque. Sabía que te debía algo, todo, y la única manera de pagártelo… sí, de nuevo el tipo más estúpido del mundo.
Ella de nuevo intentó intervenir, pero Samuel le puso un dedo sobre los labios.
—Y tres… —Y aquí casi se quedó sin aliento—.
No soy capaz de imaginar una vida sin ti.
No hablo de una vida feliz, ni siquiera desgraciada.
Solo sé que nada tiene sentido si no estás a mi lado.
Aquí, en Irlanda, al otro lado del océano.
Eres lo que quiero, eres mi hogar. Eres mi amor. Lo eres todo para mí, Trix Sinclair.
Trix se quedó mirándolo, algo raro en alguien que solía tener palabras para todo.
Se quedó mirándolo con aquel extraño contrato apretado contra el pecho y la cara empapada de lágrimas.
Mirando a aquel hombre sin afeitar que había cruzado un mar sin equipaje para traerle una hoja de papel nula de pleno derecho con la renta más alta que le habían ofrecido nunca por nada; y toda su vida tomó sentido de inmediato.
Logró recomponerse. Era una dama, ¿no? Las damas estaban preparadas para estar perfectas incluso cuando acababan de pedirles matrimonio de aquella manera tan particular .
Le tendió el contrato.
—Acepto —dijo con cierta distancia—. Pero con dos condiciones, y son innegociables, y quiero acuerdo verbal delante de testigos. —Señaló el boj con la barbilla—. El mirlo nos sirve.
Él sonrió. Quería abrazarla. Necesitaba besarla. No sabía si tendría paciencia.
—Te escucho. —Le temblaba la sonrisa.
Ella carraspeó. Era buena negociando, pero él lo era más.
—Uno: nunca más, jamás, en ninguna carta, en ningún documento, vuelvas a llamarme señorita Sinclair. Para ti soy Trix, o amor, o cariño, incluso querida, pero jamás señorita Sinclair. —Frunció la nariz.
Él contuvo la risa.
—Concedido. —Pausa—. ¿Puedo llamarte princesa?
A Trix se le escapó otra lágrima, pero fue capaz de asentir.
—¿Y la segunda condición? —inquirió Samuel.
Ella dio el paso que faltaba para estar a escasas pulgadas de sus labios.
—Quiero el primer pago de la renta —dijo— y lo quiero ahora.
Él sonrió, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí.
En el borde del laberinto que no cerraría por arriba hasta dentro de unos años —tenían tiempo—, con la última luz naranja y aquel mirlo de testigo, Samuel Flaherty tomó la cara de Trix Sinclair entre las manos y pagó el beso del primer año .
Fue un beso largo, y luego fueron dos, porque el arrendatario alegó que el primero correspondía al ejercicio anterior, y la arrendadora, tras estudiar la alegación, la encontró conforme a derecho; y para cuando el mirlo se aburrió de hacer de testigo y se fue, ya no había un conde irlandés y una heredera americana en el jardín, ni un inquilino y una propietaria, ni un deudor y una acreedora.
Había solo un hombre y una mujer enamorados, abrazados en el centro exacto de un plano de la felicidad, riéndose y llorando a la vez, discutiendo si la boda debía ser antes o después de la de Therese, y quién se lo decía a Violet y a Sebastian.
Samuel se quedó aquella noche en Villa Encanto.
Se quedó en el cuarto del señor, aunque todos en la casa oyeron sus pasos a medianoche, otra puerta que se abría, y la calidez que salía de ese otro dormitorio durante toda la madrugada.
Y a la mañana siguiente, con la casa despertándose, Therese se quedó un momento junto a la ventana de la cocina, mirando hacia el jardín aún a oscuras donde apenas se adivinaba la masa negra del laberinto, con una sonrisa que no se le iba de la cara desde el atardecer.
—Mañana —dijo— hay que cambiar las sábanas del cuarto del señor. Y airear el colchón, y subir las mantas buenas, que ese hombre ha venido a quedarse noventa y nueve años, señora Beckett.
La aludida no levantó la vista de la masa que estaba dejando lista para el pan del día siguiente .
—Eso ya estaba previsto, querida —dijo—. ¿Por qué te crees que había sábanas oreándose en el tendedero?