Capítulo 47
Llamaron a la puerta de servicio de Villa Encanto con un par de golpes que Therese habría reconocido hasta dormida, y aun así se quedó un segundo inmóvil, con las manos en la masa, diciéndose que no podía ser, porque las cosas que una espera demasiado nunca llegan puntuales.
De todos modos, llegó a la puerta antes que nadie.
Cillian Magee estaba en el escalón, con la sonrisa torcida, recién afeitado y un ramo de flores silvestres sujeto contra el pecho; de esas flores que uno recoge mientras recorre el camino.
—Vengo directamente desde Irlanda —dijo a modo de saludo—. Traigo noticias, una propuesta y estas flores que me han parecido preciosas, o quizá es que estaba pensando en ti.
Ella se mordió el labio inferior. No podía ocultar la felicidad que le causaba tenerlo delante .
—¿Las has robado, Cillian Magee? —preguntó de buen humor.
—De una cuneta pública. —Le tendió el ramo—. Técnicamente son para la cocina, para que la señora Beckett las ponga en agua. Aunque sospecho que las he cogido para ti.
Therese tomó el ramo, olió la amapola aunque las amapolas no huelen a nada, y se apartó para dejarlo entrar en la cocina, donde la señora Beckett, que llevaba oyéndolo todo desde los fogones, batía unos huevos que no necesitaban más movimiento, pero no quería perderse una sola coma.
—Señora Beckett —saludó Cillian.
—Señor Magee. —Ni levantó la vista—. Hay té recién hecho y yo estoy sorda de este oído desde el jueves. Del otro también, si hace falta.
Cillian se sentó a la mesa, en el sitio de siempre, y durante media hora fue contando su aventura irlandesa y el buen sueldo que con ello había sacado.
Therese asentía, encantada, y a la vez con una sensación amarga en el pecho, pues si él afincaba su negocio al otro lado del mar era muy posible que no volvieran a verse. En algún momento Cillian hizo una pausa que logró que ella le clavara los ojos con curiosidad.
—Y ha pasado algo curioso —dijo Cillian por fin—. Me llegó un telegrama del señor Flaherty. —Sacó del bolsillo interior el papel doblado en cuatro, gastado ya de llevarlo encima—. Me ofrece el puesto de administrador de Connemara. Con buen sueldo y una casa a mi disposición.
Dejó el telegrama en la mesa, entre los dos .
Se hizo el silencio. Allí estaba lo que ella había temido.
—¿Y qué has contestado? —preguntó Therese, con una voz tan cuidadosamente plana que logró que la señora Beckett, en su sordera, batiera más fuerte.
—Nada. Aún no lo he hecho.
—¿Cómo que no has contestado? —se escandalizó—. Cillian, no se hace esperar a un señor. Seguro que es una oferta magnífica y podrás empezar de nuevo, reparar el daño que se le hizo a tu familia. ¿A qué demonios esperas para…?
Él la miraba de una forma que no admitía réplica.
—Te espero a ti.
Therese parecía incapaz de contestar.
—Te espero a ti, Therese —repitió Cillian. Se levantó de la mesa, y ya no había dudas en su voz, había un hombre con las manos vacías en mitad de una cocina—. No pienso contestar a ese telegrama hasta saber lo que he venido a descubrir. He cruzado el mar de Irlanda para preguntártelo en persona.
Therese se limpió las manos en el delantal, despacio, un dedo después de otro, y se cruzó de brazos.
—A ver si lo he entendido, Cillian Magee. —La barbilla alta, los ojos brillantes y furiosos, Five Points en pie de guerra—. ¿Estás pidiéndome que renuncie a mi señora?
—No. —No parpadeó—. Te estoy pidiendo que te cases conmigo, y luego ya vemos.
La cocina se quedó tan en silencio que se oyó el horno respirar .
—Lo demás se puede negociar —siguió Cillian, avanzando un paso—.
Dónde, cuándo, cómo; si tu señora te necesita un año más, esperamos un año; si te necesita dos, hablo con el señor Flaherty para que me guarde el puesto.
Pero lo importante, lo fundamental, es esto.
—Se puso de rodillas sin importarle si el suelo estaba lleno de harina—. ¿Te casarás conmigo?
Therese lo miró con los labios abiertos. Miró a aquel hombre al que una vez, de niña, creyó amar, y de quien estuvo segura cuando se reencontraron, pese a pensar que seguía siendo un ladrón.
—Cillian Magee —dijo al fin, con la voz rompiéndosele en la última sílaba—, eres un sinvergüenza.
—Lo era. Ya no.
—Demuéstralo.
Y Cillian Magee lo demostró.
La besó en mitad de la cocina, con las manos de ella todavía oliendo a masa y las de él sujetándole la cara como se sujeta lo más preciado que un hombre posee en el mundo.
Fue un beso largo, serio, sin teatro, un beso que llevaba esperando desde una gorra robada en Five Points hacía dos décadas.
Y la señora Beckett eligió ese preciso instante para abrir el horno y sacar la hogaza, de espaldas, canturreando, envuelta en una nube de olor a pan que se mezcló con todo aquello para siempre, y cuando el beso terminó y los dos se quedaron con la frente apoyada, riéndose en silencio, la cocinera depositó la hogaza en la mesa, junto al telegrama y las flores de la cuneta, y dictaminó, sin volverse todavía :
—El pan ha subido perfectamente. Todo lo de esta cocina está como debe ser. —Y se fue hacia la despensa, con una dignidad de almirante—. Avísenme cuando haya fecha para la boda. No me la pienso perder.
Aquella noche, Therese subió al cuarto de su señora con el pretexto de llevarle una tisana.
Trix leía en la butaca junto a la lámpara y le bastó una mirada para ver en la cara de su doncella que algo había cambiado en su corazón.
—Cuéntamelo —dijo Trix, cerrando el libro—, antes de que estalles como un globo de helio y haya que limpiar todo esto.
Therese se lo contó. Se lo contó todo, atropellándose. Le dijo lo de las flores y el telegrama, y lo del buen sueldo de Cillian, y la casa que le darían para vivir en Irlanda. No se saltó lo del beso, aunque lo contó con un pudor que hizo que su señora sonriera con ternura.
Trix se levantó de la butaca y la abrazó.
La abrazó fuerte, durante mucho tiempo, con una alegría que la inundaba de verdad, y después hizo que se sentara junto a ella en la otomana, le tomó las manos y le hizo la pregunta que era necesaria y apremiante en aquella circunstancia.
—¿Quieres dejar el servicio?
Therese no lo dudó.
—¡De ninguna manera, señorita! —Casi se levanta del susto—.
Yo de su lado no me marcho, señorita. Cillian puede esperar.
Un año, dos. Y yo… —Pero la realidad, la verdad, se abrió paso en su mente mientras la mujer que la había sacado de una vida terrible hacía unos años la miraba con afecto.
Se mi ró las manos—. Quizá esta sea mi única oportunidad de encontrar el amor, señorita.
Las mujeres como yo no tenemos suerte. —Levantó la mirada—.
¿Usted qué haría, señorita? Dígamelo de verdad.
Y Trix Sinclair, que llevaba un mes aprendiendo lo que costaba cada palabra no dicha a tiempo, no tardó ni un segundo en responderle.
—Vete con él, Therese. No lo dudes. Cuanto antes.
—Le apretó las manos, fuerte, para que la respuesta no tuviera dudas—.
Escúchame bien, porque de esto sé más de lo que crees: el amor de verdad pasa una vez por delante de la puerta, llama con un par de golpes, y no vuelve, amiga mía.
—Suspiró—. Vete con él, cásate con él, y que sea pronto.
Solo te pido, te exijo una cosa, que me dejéis pagar la boda.
Esa es mi única condición y no es negociable.
Therese lloró, naturalmente, y se abrazaron otra vez, y hablaron de fechas y de vestidos y de si la señora Beckett cabría en un banco de la iglesia de Halstead, hasta que el queroseno del candil se consumió y Therese se retiró flotando a tres pulgadas del suelo.
Trix se quedó sola y feliz por ella.
Permaneció mucho tiempo allí sentada, con el libro cerrado en el regazo, oyendo la casa feliz asentarse.
Al fin se durmió sin saber que aquella misma tarde, mientras una cocina de Essex olía a pan y a primer beso, un caballero partía de Dublín para tomar un vapor a Liverpool con retraso, mar gruesa y que bajó por la pasarela antes de que terminaran de asegurarla, sin equipaje que reclamar, abriéndose paso hacia la estación con una impaciencia que hizo volverse a los mozos del muelle.
Un pasajero alto, fornido, sin sombrero, con las botas todavía salpicadas de barro, que compró en la taquilla un billete para el primer tren de la mañana a Londres porque no había ninguno de madrugada, y que se pasó la noche entera despierto en un banco del andén de Lime Street, ensayando una vez y otra las palabras que esta vez no iba a dejar que se quedaran en su corazón.