La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 46
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Capítulo 46

Connemara. Irlanda. Dos semanas después.

Lord Flaherty:

He recibido su cheque. Lo encontrará devuelto en el adjunto, dado que no he prestado a usted servicio profesional alguno.

Le deseo lo mejor en Connemara.

Beatrix Sinclair.

Samuel Flaherty conocía aquellas tres líneas de memoria desde que las leyera por primera vez hacía nueve días, y sin embargo volvía a releerlas cada noche, con el quinqué a media luz.

Treinta palabras, ni un adorno, ni un reproche. Y dentro del pliego, doblado con una precisión que era en sí misma un mensaje, el cheque: intacto, sin cobrar, sin una esquina rozada, devuelto con tanta pulcritud que se notaba que ella apenas había consentido en tocarlo .

Samuel lo guardaba todo en el cajón central del escritorio de su padre, y todas las noches se decía que iba a quemarlo, y todas las noches lo volvía a guardar, porque era lo último que tenía de ella y porque los hombres como él coleccionaban sus propios fracasos.

Le deseo lo mejor en Connemara.

Le deseaba lo mejor. Como a un conocido que decide emigrar. Punto final, lacre sin sello, y ni siquiera la palabra «atentamente», que al menos habría sido un ligero alivio.

Fuera llovía como desde el día que llegó. Irlanda parecía haberlo recibido con llantos.

Llevaba en Connemara cinco semanas y dos días.

Cinco semanas trabajando como se hace para no pensar, el doble de lo necesario y la mitad de lo útil: había recorrido la hacienda granja por granja, renegociado dieciocho arrendamientos, apuntalado el ala norte, vendido el ganado viejo, comprado semilla, discutido con el herrero, enterrado a un perro que era de su padre y al que nunca había conseguido querer del todo, lo cual no le impidió pasarse la tarde de su agonía mirando la lluvia por la ventana como un imbécil.

La hacienda respondía. La tierra, que no tenía la culpa de nada, hacía lo que la tierra hace cuando la tratan bien: mejorar.

Los arrendatarios lo saludaban por los caminos con dos dedos en la gorra y algo nuevo en la cara que tardó en identificar porque nunca antes se había visto dirigido a un Flaherty: confianza .

Debería sentirse feliz. Tenía todo aquello por lo que un año atrás habría vendido su alma al demonio: su patrimonio restituido, su apellido limpio de nuevo, la casa de su infancia floreciendo con las mejoras que un puñado de albañiles y artesanos estaban emprendiendo.

Y la casa era el problema.

La casa se lo dictaba cada noche.

Porque la mansión solariega de los Flaherty era grande, y era fría, y sonaba a lo que había resonado desde su infancia: a velas que no se podían malgastar, a pasillos donde los niños no debían correr, a un comedor de dieciocho sillas donde cenaba un hombre solo, servido por criados a los que habían prohibido encender más chimeneas que las imprescindibles, no por ahorro cabal, sino por costumbre.

Se había sorprendido a sí mismo, cuando apenas llevaba diez días allí, contando las velas del candelabro del vestíbulo, como su padre.

Las enumeró una a una, las encontró excesivas, y estaba alargando la mano para apagar dos cuando se miró los dedos —los dedos de su padre, el gesto exacto— y se quedó helado en mitad del vestíbulo, con la mano en el aire, comprendiendo que la ruina de la que tenía que salvarse no era la que habían planificado Jasper Black y Owen Brogan.

Aquella noche ordenó prender todas las chimeneas de la casa. Todas. El servicio pensó que el señor celebraba algo.

Y el señor no celebraba nada. El señor cenaba solo en la cabecera de una mesa inmensa y releía aquellas tres líneas de un mensaje que le había partido el alma .

En silencio, le escribía en su mente, mirando el plato aún lleno, cartas enteras a la señorita Sinclair. Algunas estaban llenas de furia, otras de argumentada elocuencia, en otras le rogaba de rodillas.

«Estimada señorita Sinclair…».

El cheque. Todavía no era capaz de pensar en el cheque sin que se le prendiera de rubor el rostro en la oscuridad del salón.

Le había parecido que pagar a Trix sus desvelos era lo honrado. Lo único que un hombre decente podía hacer: devolverle multiplicado hasta el último penique todo el esfuerzo que ella había empleado en él.

Se lo había dictado a un pasante porque su propia letra no habría llegado al final de la página sin tirarse a sus pies, rogar que lo amara y pedirle que lo acompañara a Irlanda, y al fin del mundo si fuera necesario.

Y ella le había contestado con un portazo de treinta palabras que Samuel llevaba nueve días intentando traducir, porque aquello tenía algo raro e inexplicable para un hombre sencillo como él, algo que no cuadraba y no lo dejaba dormir: «no he prestado a usted servicio profesional alguno».

Era media tarde del día siguiente, de milagro había parado de llover, y por el camino que llevaba a la mansión avanzaba un cabriolé de alquiler de los de Clifden.

De él bajó, con ochenta años bien administrados y una cartera de documentos más vieja que el carruaje, el señor MacBride, notario de Dublín, con su levita negra de otra década y esa cara de pergamino amable que Samuel conocía desde que trató con él los papeles de la restitución .

—Milord. —Se quitó el sombrero con parsimonia—. Discúlpeme esta visita sin anunciar. Vengo de las tierras de sus vecinos, de los Faversham, y, siendo usted colindante, el deber y la cortesía mandaban detenerme en su puerta antes de regresar a Dublín.

Samuel se lo agradeció tendiéndole la mano, aunque no comprendía qué tenía aquello que ver con él.

—¿Los Faversham? —Lo hizo pasar al despacho, apartó él mismo una pila de arriendos de una butaca—. Supe que el coronel pretendía vender sus tierras. ¿Ha cerrado ya un trato?

—Se ha cerrado, elevado a escritura pública y asentado en el registro. —MacBride se sentó con un crujido de mueble confortable—. El nuevo propietario desea que todo siga exactamente como estaba. Me ha encargado transmitírselo en persona.

—¿Y quién es ese nuevo propietario? —Frunció la frente.

—Ah. —MacBride abrió la cartera con sus manos de pergamino y extrajo un pliego—. Esa es la parte que llevo tres semanas contestando en todas las tabernas de dos condados, milord, así que le daré la respuesta que me han autorizado dar: un inversor americano que desea tranquilidad.

Samuel se quedó quieto un instante. Levantó la cabeza.

—¿Americano?

—De Nueva York. Compró por poderes, claro, a través de un testaferro, con una reserva que en cuarenta años de protocolo no he visto igual.

—El viejo notario lo miró por encima de los lentes, y en sus ojos de pergamino había esa mezcla de reprobación y reverencia de los hombres de leyes ante lo extraordinario—.

Y le diré más, porque sus tierras son colindantes a la finca y esto le afecta, y porque a mi edad la discreción ya no vale tanto: es la operación más rara y más hermosa que he protocolizado en mi vida.

¿Sabe usted lo que había detrás de esa venta?

Cobre, milord. Una veta bajo la vertiente sur, con informes de ingenieros pagados por aquella gentuza de William el nombre de esa persona, sí.

Está en un protocolo reservado y allí se quedará: reserva absoluta e indefinida, por instrucción expresa.

Ni la parte vendedora, ni los arrendatarios, ni —una pausa mínima, de viejo que ha leído la instrucción muchas veces— los propietarios colindantes deberán conocer su identidad. Nunca.

Samuel tenía la mirada perdida porque ideas absurdas empezaban a tomar forma en su cabeza.

—Pagó, además, muy por encima del valor —siguió MacBride, guardando la cartera, hablando ya medio para sí, con esa necesidad de los viejos de dejar dicho lo extraordinario antes de morirse—.

Once mil libras más de lo que ningún tasador habría firmado.

Una locura, créame. El coronel Faversham lloró en mi despacho, milord, y no de pena; a los ochenta y un años lo dejaron irse con una victoria y con sus veletas, que fue lo único que pidió llevarse.

De lo demás ya estaba cansado. Y cuando mi pasante, que es joven y por tanto idiota, preguntó por qué nadie compraba con esa generosidad, porque de esa forma el mundo sería mejor, yo le dije lo que le voy a decir a usted.

—Se puso de pie, crujiendo, y se caló el sombrero—.

Le dije: esto no lo ha comprado un inversor, hijo.

Esto lo ha comprado alguien que tiene el corazón henchido.

El dinero solo se comporta así cuando está enamorado.

Samuel lo acompañó a la puerta sin sentir el suelo bajo sus pies. Y ya en el estribo del cabriolé, el viejo notario se detuvo, rebuscó en la cartera y le tendió un sobre.

—Casi lo olvido. Copia de cortesía de la comunicación de servidumbres, para su archivo. Va sellada por el despacho del testaferro, como manda la instrucción. —Chasqueó la lengua—. Americanos. Todo lo sellan.

El carruaje se fue camino de Clifden bajo la primera lluvia de la tarde, y Samuel se quedó en el pórtico de la casa con el sobre en la mano, mirando el lacre.

No había allí nada reseñable. Era un sobre más, un documento más, pero bajo el lacre, en la solapa, estaba escrito el membrete del despacho neoyorquino que había llevado las gestiones al otro lado del Atlántico: Rourke siempre había habido mirlos en el cabo— cantó en algún sitio entre los brezos, y Samuel Flaherty se descubrió riéndose solo en lo alto de un risco, empapado, con un sobre de Wall Street contra el pecho, riéndose como no se reía desde el patio de butacas del Savoy, porque acababa de entender que era el hombre más rico y más imbécil de todo Reino Unido y que le importaba una mierda cada chelín si no solventaba lo que había hecho.

Bajó del cabo a zancadas.

Aquella misma noche, sin cenar, con un bolso pequeño en el que apenas cabía nada y las botas todavía mojadas, dio instrucciones a su mayordomo: ninguna explicación al servicio y no contestar a ningún telegrama, y a las once y cuarto, bajo la lluvia incesante, Samuel Flaherty embarcó en Galway en el primer vapor que salía hacia el este .

No estaba seguro de si lo iba a lograr, pero tenía que corregir el peor error de su vida.