La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 45
89%

Capítulo 45

—Póngala a la venta —expuso Trix—. Discretamente, sin anuncios. Busque compradores serios y pidamos un precio justo, y una condición innegociable: el servicio actual de la villa debe conservar su empleo o, en su defecto, deberá ser indemnizado con el doble de una anualidad. ¿Entendido?

El señor Pemberton, al otro lado de la mesa de la biblioteca, tardó en mojar la pluma.

—¿Seguro que quiere deshacerse de Villa Encanto, señorita Sinclair, después de las maravillas que ha conseguido usted con esta casa medio abandonada?

Ella miró alrededor. La verdad es que le encantaba todo lo que habían hecho.

—No es lo que más me place, pero es lo que debo hacer. —Trix se puso de pie—. Prepare el mandato. Lo firmaré esta semana, en cuanto esté listo. Yo regreso a Nueva York antes del verano .

Pemberton así lo dispuso y tomó el tren de las cuatro y diez, dejándola de nuevo a solas en aquella casa que, a pesar del poco tiempo que había pasado en ella, atesoraba demasiados recuerdos.

Violet había estado seis días acompañándola.

Seis días felices, había que reconocerlo: la había obligado a comer, la había hecho dormir, la había sacado a caminar hasta llegar al pueblo, hablando de todo menos de Irlanda, y al sexto día fue reclamada por Wesmoor y por un Sebastian que telegrafiaba con creciente patetismo: «EL SETO HISTÓRICO SE MUERE. YO TAMBIÉN SIN TENERTE CERCA. VUELVE».

Violet se había marchado dejando instrucciones a Therese, al señor Colchester y a la señora Beckett.

Fue entonces, cuando se quedó de nuevo sola, desistiendo de la invitación de pasar una temporada en Wesmoor, cuando decidió vender Villa Encanto.

Nada la retenía ya en Inglaterra. La novela que había decidido escribir jamás saldría de su cabeza mientras esta estuviera ocupada por Samuel Flaherty; la lección estaba aprendida: los hombres, cuanto más lejos, mejor.

Además, la biblioteca olía a Samuel. El salón de las garzas guardaba un beso junto a la chimenea. El laberinto guardaba un recuerdo de noviembre. Hasta el vestíbulo, el mármol ajedrezado del vestíbulo, atesoraba un plato de queso subiendo una escalera de madrugada.

Vivir allí era vivir dentro de un recuerdo, y Trix Sinclair sabía mejor que nadie que los recuerdos solo sirven para amargar la existencia .

Nueva York, entonces. Su madre y sus migrañas, su padre y sus telegramas, los salones de siempre, alguna causa útil en la que emplear el dinero y las ganas. Una vida perfectamente razonable. Se la describió a sí misma tres noches seguidas, pero supo que no le quedaba otro camino.

Fue la víspera de firmar el mandato de venta definitivo cuando recordó el diario de tía Georgina, olvidado desde la partida de Samuel, y se enfrascó en su lectura.

Quedaban dos entradas y llevaba semanas sin tocarlo.

Se sentó en la butaca de la chimenea, la de siempre. Fuera oscurecía. Lo abrió por la penúltima entrada.

La fecha era reciente: Nueva York, octubre de 1881. La letra parecía cansada, con los trazos deshilachados en los finales, la letra de alguien que ya no tiene fuerzas.

Estoy enferma. Los médicos, que llevan sesenta años sin acertarme un catarro, esta vez hablan con la mirada baja. Seis meses, dicen. Acepto la fecha como acepté todas las otras, sin discutir y sin creérmela del todo, que ha sido mi manera de tratar con este mundo.

Seis meses. He hecho la cuenta esta mañana, mientras tomaba el té, y he descubierto que no he vivido en sesenta años.

He sobrevivido más bien, que es distinto.

Sobrevivir es como estar en casa con el abrigo puesto, junto a la puerta, por si acaso.

Nadie me dijo nunca que podía quitármelo.

O me lo dijeron y no lo oí, o lo oí y no me atreví, que a estas alturas ya da igual: la puerta era la misma y yo nunca la crucé.

Voy a redactar mi testamento esta semana, antes de que estas manos ya no me respondan.

Los abogados han hecho un borrador con los repartos que creen más justos: a la beneficencia tanto, a los sobrinos cuanto.

Todos ellos son ricos, tienen fortuna y nunca se han preocupado de mí, así que no pienso cederles un penique.

Una asociación se lo quedará todo. No sé qué harán con ello, pero, si ayudan a esos mirlos que tanto me gustaban, será dinero bien gastado.

Hay otra única partida que les sorprenderá.

Es para una hija de mi sobrino Cornelius a la que no conozco.

La he visto una sola vez, de lejos, hace diez años, en una recepción en casa de los Astor, creo, quizá en el 71.

Yo había ido por aburrimiento, que es como iba a todas partes, y acabé la noche escuchando detrás de una puerta lo que no debía, que es como me he enterado de todo lo importante en esta vida.

Aquella noche había una tarotista, una mujer de los barrios bajos con turbante y acento impostado, y cuatro niñas le compraron la suerte con un billete de cinco dólares, saltándose todas las prohibiciones con una desenvoltura que me reconcilió con el siglo.

Después oí a la tarotista hablar con la señora Astor.

A tres de las niñas les habían salido maravillas para su futuro.

A la cuarta le había caído el diez de espadas.

«Un destino terrible, sobre todo en el amor», dijo la mujer, y se persignó, y yo, que no creo en los naipes ni en casi nada, sentí el frío en la nuca, porque hay frases que una reconoce: esa carta ya salió una vez, hace sesenta años, solo que entonces no hizo falta tarotista. La saqué yo misma.

Seguí a la mujer por el pasillo de servicio. Le pregunté el nombre de la niña desafortunada. No me lo dio. «Los pobres siempre salimos perdiendo», me respondió, y se fue, y me dejó con lo peor que se le puede dejar a una vieja con dinero: una cuenta sin saldar.

Nunca supe cuál de las cuatro correría ese atroz destino.

Me dediqué el resto de la tarde a observar a las pequeñas, que parecían ebrias de felicidad.

Vi a la pequeña Beatrix, la hija de Cornelius.

Doce años, y de una belleza arrebatadora.

Dios la bendiga. Me recordó a alguien. Quizá a mí misma, no lo sé; a mí misma antes de que me convirtiera en una vieja amargada y sin amigos.

A esa niña le van a enseñar lo mismo que me enseñaron a mí: que controle el sentido de sus sentimientos, que ame razonablemente, que firme donde le digan.

Y esa niña, si nadie lo impide, sobrevivirá sesenta años junto a una puerta, como yo, con todo el mundo aplaudiéndole mientras se siente incapaz de quitarse el abrigo.

Le voy a dejar Villa Encanto.

Es la única que se merece esa casa. Es la única Sinclair que tiene la desgracia pisándole los talones.

No sé si ocurrirá; las casas no obran milagros.

Pero tendrá un lugar donde ser ella misma, donde quizá enamorarse y construir una vida lejos de este corsé con que nos condenan a las mujeres de mi tiempo.

Y si los naipes tienen razón, Dios no lo quiera, si una de esas cuatro criaturas ha de cargar con la desgracia que yo conozco tan bien, entonces que este testamento sirva de lo único que puede servir: si una de ellas va a sufrir la maldición, que al menos no sea mi Beatrix.

Que no sea ella. A las otras tres no las conozco ni puedo dejarles otra casa donde yo haya sido feliz.

Simplemente no existen desde que lo nuestro terminó.

Ya está escrito. Ya está hecho. Es, como todo lo mío, absurdo, indecoroso y a muy largo plazo.

Es decir: perfecto.

Trix levantó la mirada del diario.

La biblioteca estaba casi a oscuras; en algún momento había oscurecido del todo sin que ella encendiera el quinqué, y la última luz azul de la ventana le bastó para quedarse muy quieta, con el diario abierto en el regazo, mientras las piezas caían una a una, con el ruido limpio de las cosas que encajan: la tienda de pañuelos de colores.

El billete de cinco dólares. La anciana del rincón a la que ninguna de las cuatro miró.

No fue una intuición, no fue un capricho. Georgina Sinclair la había observado una noche de 1871, y había reconocido un peligro que se cernía sobre ella.

Y así había ocurrido. La desgracia había caído sobre Trix Sinclair, porque, aunque no lo recordaba ella debió ser la depositaria del diez de espadas. ¿Había dudas acaso? ¿Habría alguien más desgraciada que ella sobre la faz de la tierra?

Ahí estaba lo insoportable y lo hermoso, las dos cosas juntas, indistinguibles: había ocurrido. En esta casa, exactamente como la anciana lo dejó dispuesto: otra Sinclair había conocido el amor y lo había desperdiciado, en esta ocasión por orgullo; su tía abuela, por la imposición de sus padres.

Y ahí estaba, la heredera de Villa Encanto, sentada en la oscuridad con un mandato de venta esperando ser firmado sobre la mesa, lista para precintar la puerta y devolver la llave y regresar a Nueva York a que le aplaudieran su buena decisión.

Lloró. Pero fue un llanto distinto del día en que llegó Violet: aquel había sido como una presa que se rompe; este era más claro, de agua limpia, sin escombros.

Un llanto con los ojos abiertos que no le pedía nada al cuerpo, y por debajo del llanto, creciendo a medida que se agotaba, algo que tardó en nombrar porque no lo esperaba: gratitud.

Encendió el quinqué. Tomó una hoja suelta del secreter y escribió, con su letra recta, americana, sin un solo adorno, una carta de tres líneas a una mujer muerta:

Tía Georgina:

No me dejaré morir como tú. Te lo prometo.

Pero gracias.

La dobló en cuatro partes y la guardó dentro del diario, en la penúltima página, donde una promesa pudiera hacerle compañía a otra.

A la mañana siguiente bajó a desayunar a las ocho, se sirvió ella misma el café y le pidió a Therese que se sentara a su lado, cosa que Therese hizo con la cautela de quien ya no descarta ninguna clase de noticia.

—He cancelado la orden de venta —le anunció—. Pemberton recibirá el aviso con el correo de hoy. —Trix untó una tostada con una determinación que no se veía en aquella mesa desde el invierno—. Nos quedamos, Therese. No sé cuánto. No sé para qué. Pero nos quedamos.

Y Therese, que llevaba una semana entera con la cara de guardia de los hospitales, sonrió.

Fue una sonrisa lenta, de Five Points en día de feria, y se levantó sin pedir permiso y sin decir palabra, y desde la puerta de la cocina se la oyó gritar escaleras abajo, con una alegría que hizo temblar la vajilla:

—¡Señora Beckett! ¡Ponga otro cordero en el asador!

En el jardín, el mirlo hizo sus dos notas.

Y esta vez las terminó.