La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 44
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Capítulo 44

Al cuarto día, la señora Beckett acercó un caldo que nadie había pedido, lo dejó en la mesita de la biblioteca junto a los otros platos intactos y bajó a la cocina a decir en voz alta, delante de Dios y de Therese, que en treinta años de servicio había visto casas de luto con más apetito que aquella.

Porque eso era Villa Encanto desde el día de la llovizna: una casa inmersa en un funeral.

Trix no se había derrumbado, aunque habría sido mejor que hubiera pasado, pues habría llorado, gritado, exigido y maldecido a los cuatro vientos, por lo que aquella tensión se habría disipado, todos habrían respirado tranquilos y la dueña de la casa hubiera podido seguir su vida a duras penas.

Pero lo que había hecho Trix desde que devolviera el cheque era… detenerse .

Se levantaba a su hora, se dejaba vestir sin una palabra de más, bajaba a la biblioteca con desgana, se sentaba en la butaca junto a la chimenea y allí se quedaba, con un libro abierto sobre la falda por la misma página desde el martes, contestando «ahora voy» a todas las comidas y «estoy bien, Therese» a todas las preguntas, con una cortesía escueta, la necesaria y por eso más aterradora.

No lloraba. No hablaba de Irlanda. No abría el correo, que se apilaba en la bandeja del vestíbulo con las cartas de Amelia sin rasgar, cosa que no había ocurrido jamás.

El primer día, Therese respetó el silencio, porque los silencios que surgen de lugares tan profundos y de heridas aún sangrantes hay que dejarlos estar.

El segundo día, cocinó. Era su forma de gestionar las emergencias: pan de soda, tarta de manzana, un caldo con el hueso de jamón que guardaba para los catarros...

Todo volvió a la cocina intacto, y Therese, que había acompañado a su señora en una debacle similar cuando lo de ese estirado de Phil Van Alen, se dio cuenta de que aquello era más profundo, más real, más incontrolable.

El tercer día lo intentó sin tapujos. Entró en la biblioteca, se plantó delante de la butaca con los brazos en jarras y desplegó todo su arsenal: la razón («ese hombre volverá, señorita, los idiotas siempre vuelven, es lo único fiable que tienen»), la patria («¿esto es lo que aprendimos en Five Points?

¿A dejar de comer por un irlandés?») y finalmente, el motín («pues sepa usted que no pienso moverme de aquí hasta que se termine ese caldo») .

Trix la escuchó con dulzura, le dijo que era la mejor amiga que una mujer había tenido nunca, le pidió perdón por las molestias y no se tomó el caldo.

Therese salió de la biblioteca, cerró la puerta con suavidad, se metió en la despensa entre los sacos de harina, y allí, en la oscuridad que olía a levadura, lloró cinco minutos exactos con los puños apretados. Después se lavó la cara.

Y el cuarto día, mientras la señora Beckett proclamaba lo del luto y el apetito, Therese hizo algo que no había hecho en su vida: traicionar a su señora, aunque por su bien.

Se sentó en la mesa grande de la cocina, con el papel de cartas que le había regalado Addie, y escribió a Wesmoor.

Le costó cuatro borradores, no porque se equivocara con las palabras, sino por la culpa que sentía al hacerlo —escribir a espaldas de la señorita era cruzar una frontera que ni el Atlántico le había hecho cruzar—, y al final la carta quedó corta, torcida y perfecta:

Señora duquesa:

Perdone el atrevimiento y la letra. La señorita lleva cuatro días sentada en una butaca sin comer ni llorar, que si llorara yo sabría qué hacer, pero esto me está volviendo loca.

Recibió carta de Irlanda. No me pregunte más, que no soy quién para responder y demasiado hago escribiéndole.

Usted dijo una vez que las amigas están para los malos momentos, y este es uno de ellos.

Venga, señora. Se lo pido de todo corazón.

P. D.: No le diga que le he escrito yo .

P. D. segunda: Sí, dígaselo, me da igual, pero venga.

La llevó ella misma a Halstead, pagó el certificado de su propio bolsillo y volvió bajo el sol insultante de la primavera sintiéndose Judas y sintiéndose, por primera vez en cuatro días, útil.

La respuesta de Wesmoor no fue una carta.

Fue, al sexto día, a media mañana, un carruaje con el escudo de los Ashford deteniéndose delante del pórtico de Villa Encanto, con la gravilla crujiendo todavía, y de él bajó, sin esperar al lacayo, sin equipaje, sin sombrilla y sin avisar, Violet Harcourt, duquesa de Ashford, de Nueva York de toda la vida, con la capa de viaje arrugada de la prisa y una expresión que hizo que el señor Colchester, que salió a recibirla, se limitara a señalar hacia dentro con la barbilla.

—¿Dónde? —fue todo lo que preguntó Violet.

—La biblioteca, señora duquesa.

—¿Ha comido?

—No, señora duquesa.

—¿Ha llorado?

—Tampoco, señora.

—Válgame Dios. —Violet se quitó los guantes de viaje andando ya hacia la biblioteca—.

Mi querida amiga sigue creyendo que es de acero.

Ordene que preparen té, señor Colchester, y ese caldo del que me han hablado, y que no nos moleste nadie, aunque arda el ala este.

—Se detuvo un segundo junto a Therese, que esperaba frente a la puerta de la biblioteca retorciéndose el delantal, y le puso una mano en el brazo—. Hiciste bien. No te martirices.

Violet entró en la biblioteca sin llamar.

Trix estaba en la misma butaca, con el mismo libro en el regazo, y al verla entrar hizo el gesto de siempre, intentó recomponerse como si no pasara nada.

Enderezó la espalda, subió las comisuras de los labios, fabricó en un segundo y medio la cara de recibir —Violet, qué sorpresa, haber avisado, mandaré preparar tu dormitorio— y llegó a pronunciar la mitad:

—Violet, qué…

—No —dijo Violet.

Y no dijo nada más.

No preguntó, no exclamó, no se llevó las manos a la cara, no dijo «pero criatura, qué te ha pasado» ni «ay, Trix, tienes mala cara» ni ninguna de las frases con que la gente obliga a las personas que están sufriendo a que abran sus corazones sin más.

Violet cruzó la biblioteca, acercó la butaca de enfrente y se sentó en el borde, le quitó a Trix el libro del regazo con la naturalidad con que se desarma a un niño, lo cerró sin mirar la página por la que iba, no importaba, y lo dejó en la mesita junto al caldo frío.

Entonces le tomó la mano.

Eso fue todo.

Le tomó la mano derecha entre las suyas, se la sostuvo con firmeza, sin caricias, sin palmaditas, se recostó en la butaca como quien se instala para un asedio, y esperó.

El reloj del vestíbulo dio las once y media.

Esperó .

La señora Beckett entró con el té, lo dejó y se fue de puntillas. El té se enfrió sin que ninguna de las dos lo tocara, porque servirlo habría exigido soltar la mano, y Violet no pensaba hacerlo.

Fuera, en el jardín, el mirlo hizo sus dos notas, las dejó, volvió a empezar.

El reloj dio las doce menos cuarto. Trix miraba el fuego apagado de la chimenea y Violet miraba a Trix, y en algún momento de aquel silencio inmenso los dedos de Trix, dentro de las manos de su amiga, dejaron de estar correctamente colocados y se sujetaron.

—¿Ya? —preguntó Violet, en voz muy baja.

Y Trix Sinclair se rompió.

No fue elegante.

No fue una lágrima deslizándose por una mejilla sin escándalo; fue toda una presa cediendo a una rotura, cuatro días y muchos meses y veintidós años de compostura reventando a la vez, con el primer sollozo saliéndole tan hondo y ahogado que le dolió físicamente el pecho, y después ya no hubo manera ni intención de pararlo.

Lloró doblada sobre las manos de Violet, lloró estropeándose el peinado contra el brazo de la butaca, lloró con hipo, con la nariz inundada de mocos, sin pañuelo, sonándose por fin en la manga de su vestido, con un estruendo indigno de una dama, riéndose un segundo de su propio estruendo con esa risa mojada y desesperada que solo aparece con ese tipo de llanto, y volviendo a llorar más fuerte precisamente por haberse reído.

Violet no dijo «desahógate». No dijo «llora, llora». La sostuvo, simplemente, con las dos manos y las dos butacas y los veinte años de conocerse ambas como si fueran una sola.

Cuando el temporal amainó lo justo, pudieron aparecer las palabras, a trompicones, en desorden.

—Me ha pagado, Violet. —La voz le salía rota—.

Me ha pagado por mis servicios prestados.

Me ha auditado la… me ha auditado todo, y me ha mandado un cheque con un pasante, ni siquiera con su letra, ¿entiendes?

, eso es lo peor, está siendo exactamente la clase de idiota honrado que es, se ha apartado de mí como se arrancó su acento irlandés, y yo le he devuelto el cheque con tres líneas más frías que esta piedra, porque es lo único que sé escribir cuando no sé hacer otra cosa, tres líneas, Violet, tres, y ahora hay un mar entero que nos separa, y dos personas estúpidamente orgullosas que no quieren verlo, y no puedo leer, y no puedo escribir, y las violetas las mandé tirar, mandé tirarlas yo…

—¿Qué violetas?

—Me compró violetas en la estación. —El hipo la partió en dos—. Quizá su precio también estaba en ese cheque.

—Ay, Trix.

Al fin su amiga la miró. Tenía el rostro congestionado, la nariz hinchada y los ojos rojos.

—Estoy enamorada de él, Violet. —Y ahí se detuvo, con la cara levantada, empapada, desarmada, diciéndolo por primera vez en voz alta, escuchándose decirlo—.

Estoy enamorada de Samuel Flaherty. Y no es como con Phil.

Eso es lo que nadie entiende, eso es lo que yo no entendía.

Con Phin yo amaba lo que sentía, me he dado cuenta de que en verdad me amaba a mí misma amándolo, era un espejo, una vida ordenada, con un hombre a quien siempre había querido.

Esto no es así ni por asomo. Esto es él…

es un cabezota insoportable, que defiende a quien lo traiciona y les perdona las rentas a treinta familias y no sabe pedir nada, y yo querría discutir con él todas las mañanas durante cincuenta años, y ahora sé la diferencia, Violet, ya sé la diferencia.

—Se le acabó el aire; lo que quedaba salió en un susurro—.

Y por eso duele más. Porque esta vez es verdad, y he echado a perder cualquier oportunidad de volver a vernos por mi maldito orgullo Sinclair.

El reloj dio las doce.

Violet le apartó el pelo mojado de la cara con una mano, sin soltarle la otra, y la miró un momento, con los ojos brillantes y una media sonrisa asomando en los labios, la sonrisa de quien reconoce lo que tiene delante, porque una vez también hubo un hombre imposible, un país ajeno y un orgullo del tamaño de una catedral.

—Bueno —dijo por fin, con la voz de quien se remanga—. Por fin dices la verdad. Ahora ya podemos empezar a trabajar.