La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 43
85%

Capítulo 43

El cheque estaba extendido contra la banca Baring, sucursal de Dublín, a favor de la señorita Beatrix Sinclair, y la cifra era respetable.

Eso fue lo primero que apreció, antes de que apareciera el dolor.

No era una cantidad redonda, de esas que se garabatean con prisa o con culpa; era una cantidad meditada, con chelines y peniques, y Trix, que podía leer un número como otras personas leen una cara, lo desglosó de pie en el vestíbulo, sin querer, en dos segundos de espanto: era el pago por la ayuda de aquellas semanas más los intereses.

Al cuatro por ciento. El mismo tipo que ella redactó para Jasper Black en el despacho del periódico.

Debajo del cheque venía una nota. Una sola carilla, la misma caligrafía perfecta de despacho —dictada, comprendió Trix con lucidez; ni siquiera la había escrito su mano—, y solo la firma, al pie, era suya: la letra inclinada de los golpes de regla .

Mi estimada señorita Sinclair:

No encuentro forma de agradecerle adecuadamente todo lo que ha hecho por mí. Confío en que los fondos adjuntos salden la deuda que mantengo pendiente con usted, aunque yo quedaré eternamente deudor de su amabilidad, que no admite cifra.

Su humilde servidor,

J. S. Flaherty.

Trix se quedó absolutamente inmóvil.

Fue una parálisis extraña: el vestíbulo siguió siendo el vestíbulo, el reloj dio el cuarto, fuera el cartero de Halstead se alejaba silbando la epidemia de Tim; y ella estaba de pie sobre el mármol, con el cheque en una mano y la nota en la otra, releyendo .

Señorita Sinclair. Fondos. Salden. Servidor .

Y la firma: J. S. Flaherty , con inicial intermedia y todo, la firma de los documentos, la firma de los bancos, la firma de un hombre empeñado en no ser Samuel ni un centímetro de papel.

«Quedaré eternamente deudor de su amabilidad, que no admite cifra».

Ahí estaba él, asomado entre los barrotes de su propia prosa: la única frase de la carta que el pasante no habría sabido inventar.

Y precisamente por eso era la peor. Porque demostraba que sabía que aquello no era admisible, no era lo que Trix merecía, y además lo estaba pagando con intereses, como si quisiera dejar claro que ya no quedaba nada entre los dos.

—¿Señorita?

Therese seguía allí. Llevaba allí todo el tiempo, con la bandeja del correo olvidada contra la cadera, mirándola con esa cara con que se mira a alguien que lleva demasiado rato sin parpadear. Trix descubrió que no le salía la voz a la primera; le salió a la segunda, y le salió rara, muy tranquila:

—Léela.

Le tendió la nota y el cheque.

Therese dejó la bandeja en la mesa, se limpió las manos en el delantal y la leyó. Miró el cheque. Volvió a la nota. Y cuando levantó la cabeza tenía en los ojos una furia tan limpia, tan de las de su barrio, que Trix la quiso más que nunca.

—El conde es idiota —dijo Therese.

—Sí —admitió Trix.

—Idiota de nacimiento.

—Muy posiblemente.

—¿Puedo decir más cosas sobre él?

—Quedémonos con esto —dijo Trix—. Las otras ocurrencias las estoy pensando yo.

Y las pensó. Vaya si las pensó.

Se encerró en la biblioteca el resto de la mañana y escribió una sola carta.

La carta de verdad, la de seis pliegos, la que empezaba en «cómo te atreves» y pasaba por redactar lo que pasó aquella noche en el suelo del dormitorio, por lo que ella había sentido cuando ambos estuvieron juntos tras una cortina mientras al otro lado descubrían la infidelidad de su mejor amigo, por la frase «quédate conmigo para siempre, te lo estoy pidiendo con todo lo que me queda» —palabras que él no recordaba y que ella custodiaba sin intenciones—; la carta que preguntaba si también las violetas de la estación venían desglosadas en el cheque, si el vals contaba como servicio profesional, si había repasado bien los asientos porque faltaba uno, faltaba el «estoy loco por ti» del soportal. Ese era difícil de renunciar.

¿También estaba incluido en la cantidad a recibir?

Seis pliegos. Los releyó una vez, de pie, con la respiración entrecortada.

Después los llevó a la chimenea y los quemó, uno por uno, en orden, sujetando cada hoja hasta que la llama le avisaba en los dedos, exactamente igual que cierto hombre había quemado dos borradores en un despacho de Galway antes de rendirse y llamar al pasante para que escribiera la nota más aséptica posible adjuntada a aquel cheque.

Luego volvió al secreter, tomó una cuartilla limpia y escribió la otra carta. Tres líneas, con la letra recta, americana, sin un solo adorno, sin un solo temblor:

Lord Flaherty:

He recibido su cheque. Lo encontrará devuelto en el adjunto, dado que no he prestado a usted servicio profesional alguno.

Le deseo lo mejor en Connemara.

Beatrix Sinclair.

Dobló el cheque intacto dentro de la cuartilla y lacró el sobre con el sello liso de la casa. Lo sopesó. No pesaba nada. Una cuartilla y un rectángulo de papel excelente.

—Le diré a Tim que lo lleve al correo —dijo Therese desde la puerta, de la que no se había alejado en toda la mañana—. Sale a las cinco.

Su señora negó con la cabeza .

—No. —Se levantó y fue a por el abrigo—. Lo llevaré yo misma.

—El cielo está encapotado, señorita.

—Lleva así una semana.

Therese insistió.

—Cojo el paraguas y la acompaño.

—Therese. —Trix se detuvo en la puerta de la biblioteca, y algo en su cara hizo que la doncella no insistiera—. Quiero hacerlo yo sola. Es… —buscó la palabra exacta— una gestión personal.

No hubo más insistencia.

Fue andando a Halstead.

Media hora larga por los caminos hundidos, a buen paso, con el sobre en el bolsillo del abrigo y la mano encima del sobre, entre setos que empezaban a estar ridículamente hermosos, porque la primavera no tenía el menor tacto.

Cuando llegó al pueblo, la hija del panadero barría la entrada de la tienda y la saludó con un rubor que era ya de la familia; el estanquero que hacía de administrador de correos tomó el sobre y leyó el destino.

—Galway, Irlanda —leyó sin mover una ceja, que para eso era funcionario, y le dio el resguardo del certificado.

—¿Respuesta pagada, señorita?

—No —dijo Trix—. No hará falta respuesta alguna.

Y aquello fue lo más parecido a llorar que se permitió en todo el día: un «No hará falta respuesta alguna» dicho a un estanquero, con la voz perfectamente firme, comprando por dos peniques la certeza de que aquella historia acababa de quedarse sin vuelta atrás.

Emprendió el regreso a pie, rechazando con un gesto amable el carro del panadero, y a mitad de camino, puntual como todo lo inglés, empezó la llovizna.

No fue un aguacero. Fue esa lluvia menuda, educada, persistente, que no justifica refugiarse y no permite permanecer seca, y Trix no llevaba sombrero y a pesar de ello no apretó el paso.

Al contrario. Caminó cada vez más despacio bajo el agua fina, por el centro del camino, dejando que la llovizna le deshiciera el peinado con la minuciosidad de una doncella malvada, mechón a mechón, y le empapara los hombros, y le corriera por la cara esa agua que no era llanto, que constara en acta que no era llanto, que era meteorología inglesa y nada más.

Pensó, caminando, con esa claridad rara que la lluvia parecía ir lavando junto con el peinado: «Tú y ese Samuel sois exactamente igual de imbéciles. Por eso nunca podríais ser felices juntos».

La verja de Villa Encanto apareció al fondo, y la avenida de gravilla, y la casa con sus ventanas encendidas contra la tarde cenicienta, y Trix la recorrió bajo la llovizna, chorreando ya sin remedio, con los zapatos arruinados y el abrigo pesando el doble, y al llegar al pórtico se detuvo un momento antes de entrar y se vio, de refilón, en el cristal de la puerta: el peinado deshecho, la cara mojada, el vestido calado hasta la enagua.

Exactamente igual que el primer día .

Igual que aquella tarde de hacía mucho tiempo, una eternidad, en que una americana, también calada hasta los huesos, se plantó delante de esta misma casa dispuesta a pelearse con un país, con un clima y con un inquilino imposible que salió a su encuentro dando zancadas para gritarle que se marchara.

En ese momento la casa era suya, el inquilino se había ido, y de las dos mujeres del cristal, pensó, la del primer día tenía muchísima suerte y no lo sabía.

Therese la esperaba en el vestíbulo con una toalla grande y el buen criterio de no decir absolutamente nada.

Trix se dejó poner la toalla sobre los hombros. Ya subía la escalera, dejando un rastro de goteo sobre el mármol ajedrezado, cuando se detuvo a media altura, sin volverse del todo:

—Therese.

—¿Señorita?

—Tira las violetas.