La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 42
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Capítulo 42

—Tres chelines y seis peniques —anunció la señora Beckett desde la puerta de la cocina, con la voz de quien proclama una defunción—.

Por una pierna de cordero que la semana pasada costaba dos con nueve.

Tres con seis, señorita. El carnicero de Halstead dice que es por la primavera.

Yo digo que es por la desvergüenza, que también florece en marzo.

—Páguela —dijo Trix.

—Pagarla la pago. Pero que conste mi protesta.

—Constará. —Trix mojó la pluma con toda la solemnidad disponible—. La anotaré en el libro de la casa con dos subrayados.

La señora Beckett se retiró satisfecha, con esa dignidad de almirante que solo dan cuarenta años de guisos, y Trix anotó, en efecto, el cordero en el libro de la casa, con sus dos subrayados. Después se quedó mirando la anotación más tiempo del que merecía una pierna de cordero.

Llevaba tres semanas así: administrando minucias con una dedicación heroica, como si Villa Encanto fuera un imperio y cada factura una batalla, porque las minucias eran lo que había, y lo que había era eso, una casa grande, una primavera puntual, un servicio en orden, un laberinto creciendo y un silencio del tamaño de Irlanda instalado en mitad de todo.

Las tres semanas habían tenido, eso sí, su vida propia, porque la vida no espera a los protagonistas.

Cillian se había marchado a los cuatro días de la partida de Samuel: una carta desde Galway con instrucciones y dinero para el pasaje, «asuntos de la restitución que requieren un hombre que sepa leer papeles con doble sentido», y el investigador de Five Points había cruzado el mar de Irlanda en dirección contraria a la de costumbre, esta vez con un encargo honrado y un buen sueldo.

Therese lo había despedido en la verja sin una lágrima y, desde entonces, las dos mujeres llevaban la casa a cuatro manos, con una compenetración de veteranas y una conversación que evitaba con elegancia dos nombres propios que no salían de la cabeza ni de una ni de la otra.

Tim, el mozo de cuadras, se había enamorado de la hija del panadero de Halstead.

Aquello sí era un acontecimiento, y Villa Encanto entera lo seguía como Londres seguía el Parlamento.

Los síntomas eran inequívocos y la señora Beckett los administraba en partes diarios: el muchacho se ofrecía voluntario para todos los recados que pasaran por delante de la panadería, incluidos los que no pasaban; se había comprado un pañuelo de cuello «de un amarillo escandaloso»; y silbaba almohazando, cosa que los caballos toleraban con paciencia y la cocinera no.

La hija del panadero, por su parte, había empezado a poner dos bollos de más en el pedido de la casa, «por error», tres veces por semana.

—Ese error —dictaminó Therese— acaba en boda.

—O en empacho —dijo la señora Beckett.

Trix lo observaba desde la ventana de la biblioteca algunas mañanas: Tim volviendo de Halstead con el pedido y el pañuelo amarillo, más lento de lo necesario, comiéndose uno de los bollos del error con la felicidad completa e idiota de los diecinueve años; y sentía, junto a la ternura, una punzada precisa que se negaba a auditar.

Amelia había embarcado para Boston el día siguiente a la marcha de Samuel —«los Rourke reclaman a su hija y yo he agotado mi cupo anual de observar ingleses.

Regresaré en mayo», había dicho en la verja el día que fue a despedirse, abrazándola más fuerte de lo que abrazaba nunca—, y desde entonces escribía cada semana cartas largas que eran lo mejor de los martes: anunciaba que Clara estaba embarazadísima, como un galeón orgulloso, con Tom detrás cargando tres tratados de obstetricia.

Elliot —de vuelta en Boston, insufrible de gloria— estaba enseñando a jugar al póquer a la señora Van Alen.

Amelia había dibujado un mirlo pequeño en la esquina de la tercera página de la carta, sin comentario, posado sobre la palabra «Inglaterra» .

Y, al final de la última misiva, después de la firma, una posdata con letra más pequeña:

P. D. Anoche soñé con aquella fiesta de nuestra niñez, la de la tienda de pañuelos de colores. ¿Te acuerdas? Estábamos las cuatro y nos reíamos muchísimo. No sé por qué te lo cuento. Escríbeme, aunque no pase nada. Sobre todo, si no pasa nada.

Trix leyó la posdata dos veces, sintió pasar por la habitación una corriente de aire que no movió las cortinas y contestó aquella misma tarde cuatro pliegos donde no pasaba nada, contado lo mejor que supo.

Violet escribió desde Wesmoor a mediados de la segunda semana, con su letra generosa que se comía los renglones: que la primavera en el campo era un escándalo de verde, que Sebastian andaba feliz plantando no sé qué setos históricos, que Addie estaba espléndida, y que Trix tenía que ir a pasar unos días con ellos, la semana próxima, la otra sin falta, «porque las casas nuevas están muy bien, pero las amigas viejas estamos mejor, y porque tengo que hablar contigo de un asunto».

Trix contestó con cariño. Iría encantada «en cuanto la casa estuviera terminada».

La casa estaba terminada desde hacía diez días. Las dos lo sabían. Violet, que era duquesa pero antes era Violet, contestó a vuelta de correo con una sola línea: Las casas no se terminan nunca, querida. Por eso las inventamos. Te espero cuando estés lista para que te riña .

Y de Samuel, en tres semanas, una carta .

Una.

Llegó el día once, y Trix supo que era de él desde que le acercaron la bandeja, por la letra inclinada de los golpes de regla, y se la llevó a la biblioteca, cerró la puerta y la abrió con el cuchillo de papel más despacio que ninguna otra en su vida.

Era una carilla y media.

Decía que había llegado bien, con mar gruesa a la altura de Holyhead.

Que la casa grande estaba peor de lo que temía por el ala norte, pero mejor por el sur, «que es lo contrario de lo que suele pasar con las casas y con casi todo».

Que había renovado los arriendos de la vertiente del lago con la fórmula del árbitro de la parroquia, «que los hombres aceptaron escupiéndose la mano, que aquí es firma ante notario».

Que llovía de ocho maneras distintas y ninguna nueva.

Y que una yegua, Deirdre, la mejor de la cuadra que Owen le vendió hacía años, había parido un potro negro, sano, «con malas ideas ya desde el primer día, lo cual promete».

Firmaba: Samuel Flaherty.

Nombre y apellido. Debajo, nada. Ni posdata, ni «princesa», ni una palabra que no pudiera leerse en voz alta en una mesa de doce comensales.

Trix leyó la carta cuatro veces la primera tarde y perdió la cuenta la primera semana, sometiéndola a un análisis que habría avergonzado a los criptógrafos de la Marina: pesó el «casi todo» de las casas, interrogó al potro de las malas ideas, buscó dobleces al papel; y la carta resistió todos los asaltos con su carilla y media de impersonalidad, porque estaba escrita precisamente para eso, por un hombre que había redactado tres borradores —esto Trix no podía saberlo— y había quemado los dos que decían algo de lo que pudiera arrepentirse, como «No puedo pensar en otra cosa que en ti» o «Estoy en mi casa, pero no encuentro mi hogar lejos de mi princesa».

Contestó con dos carillas del mismo inglés hierático: el cordero a tres con seis, la fórmula del árbitro funcionando también en Essex, el boj que se podaría en noviembre como estaba mandado…

Firmó Beatrix Sinclair con la letra recta, y al releerse antes de cerrar el sobre se encontró exactamente igual de cerrada, igual de inamovible, igual de falsa, y la envió así, porque en aquel duelo innecesario ninguno de los dos iba a ser el primero en ceder.

«Está bien así», se decía por las noches. «Es lo esperable. Los hombres no saben escribir cartas. Prometió escribir cada semana y los hombres hacen esas cosas que no piensan cumplir; eso ya lo sabías, Beatrix Sinclair, eso ya te había pasado con el maldito de Phil. No esperes otra cosa».

Aun así, esperaba cada correo con el oído puesto en la campanilla, esperaba en la ventana de la biblioteca a las horas en que pasaba el cartero de Halstead, esperaba con las violetas de la estación —secas ya, cabezonas, negándose a morir del todo— todavía en el vaso del aguamanil, que Therese no retiraba y ella no mandaba retirar, en el único acuerdo tácito y perfecto de aquella casa.

Hasta intentó escribir la novela.

Fue la tercera semana, una tarde de lluvia inglesa.

Se sentó ante el secreter con papel bueno y la determinación de una mujer que ha cruzado un océano para eso exactamente.

Escribió: «Capítulo primero». Lo subrayó.

Miró el jardín. Escribió: «Ella llegó a Inglaterra en un mes de…

». Tachó «Ella». Puso «Constance». Tachó «Constance».

A la media hora, la página contenía un título, tres tachaduras y, en el margen, sin que ella recordara haberla puesto allí, una columna de números: los días desde el once de marzo. Doce. Trece. Catorce.

Dobló la página en cuatro y la guardó en el cajón del diario, junto a Georgina, donde se guardaban en aquella casa las cosas empezadas y no dichas.

El día veintiuno llegó con sol y con el cartero de Halstead silbando —todo Halstead silbaba desde lo de Tim; era una epidemia—, y Trix estaba en el vestíbulo por casualidad, una casualidad que ocurría a diario a la misma hora, cuando Therese entró con el correo en la bandeja y una expresión rara, y en lugar de dejar la bandeja en la mesa se la tendió directamente, en mano, cosa que no hacía nunca.

Encima de todo venía un sobre pequeño, certificado, con matasellos de Dublín.

No era la letra de Samuel. No era la letra ancha y viva de Cillian, ni la del viejo MacBride, que Trix conocía ya de la operación Faversham.

Era una caligrafía perfecta: inclinada, uniforme, hermosa, de oficinista; una letra de pasante caro, de despacho serio, una letra profesional que no decía nada de su dueño precisamente porque la habían fabricado para eso, y el sobre pesaba menos que una carta, y llevaba, junto al sello del certificado, un lacre color sangre seca sin escudo ninguno.

—¿Señorita? —dijo Therese, muy quieta.

Trix le dio la vuelta al sobre. Ningún remite .

Y lo abrió allí mismo, de pie en el vestíbulo, rasgando el borde con el dedo como no se debía, porque hay sobres que una sabe, antes de abrirlos, que van a cambiar el color de la tarde.