Capítulo 41
El tren de Samuel salió de Colchester a las once y veinte, con siete minutos de retraso, y Trix los contó uno a uno.
Fueron los siete minutos más largos de su vida: los dos de pie en el andén, con el equipaje ya subido y la señora Beckett entre pucheros junto al carruaje.
Hablaron del tiempo —mejoraba—, del paquebote de Holyhead —puntual, según el jefe de estación—, de las provisiones —excesivas, según Samuel—. Un mozo pasó arrastrando un carro hasta arriba de bultos. La locomotora soltó vapor como un animal impaciente.
—Trix. —Samuel se volvió hacia ella con el sombrero en las manos, dándole vueltas al ala—. Yo quería decirte…
Ella levantó apenas la barbilla, un movimiento de nada, y esperó con el corazón en los oídos .
—…que las granjas del norte —continuó él— quedan en buenas manos con el administrador. Y que, ante cualquier duda sobre los arriendos, me escribes y…
—Te escribo —dijo ella—. Y tú a mí. Cada semana. Lo prometido.
—Cada semana. —Pausa. El ala del sombrero giró por completo—. Y quería decirte también…
El jefe de estación tocó el silbato. Las portezuelas empezaron a cerrarse a lo largo del convoy, un redoble de golpes secos que se acercaba.
—…que cuides el laberinto —dijo Samuel—. Que no dejes que lo poden en agosto, que el boj en agosto sufre. Noviembre. Que lo poden en noviembre.
—Noviembre —repitió Trix.
Y eso fue todo.
Eso fue todo lo que dos personas que se habían sostenido a oscuras detrás de una cortina, que se habían besado tres veces, que habían discutido a las ocho de la mañana con la felicidad de los que han encontrado a su contrincante para toda la vida, fueron capaces de decirse en un andén: boj y noviembre.
Él subió al estribo. Se volvió una única vez.
Trix vio perfectamente cómo se le desencajaba el rostro, cómo le subía la tristeza hasta los ojos, y ella sonrió empapada en amargura, porque creía, estaba segura, de que aquello era lo correcto, por respeto a la decisión que creía que él había tomado.
Y así, con dos almas destrozadas sin atreverse a decir una última palabra, el tren se lo llevó: a él hacia Holyhead, y a ella la dejó en el andén, perfectamente erguida, perfectamente sola, con un ramillete de violetas en la mano que Samuel le había comprado a una florista en la entrada de la estación.
El carruaje de vuelta tardó una hora y Trix logró no llorar.
No lloró en los caminos hundidos, ni en la encina del rayo, ni en el puentecillo de la oveja.
Miraba el campo de marzo con los ojos secos y muy abiertos, con las violetas en el regazo, haciendo lo que hacía siempre con el dolor: razonarlo.
«Está bien así. Es lo más acertado. Él tiene su tierra y tú tu libertad, que es lo que viniste a buscar.
Nadie ha mentido. Nadie ha prometido. Nadie debe nada a nadie».
Todo cuadraba, pero no servía absolutamente para nada.
Villa Encanto la recibió con todas las chimeneas apagadas menos una.
Era asombroso lo que un solo hombre podía llevarse de una casa. Los criados seguían allí, y los muebles, y el piano afinado, y el olor a cera; pero la casa sonaba distinta, como suena una habitación cuando se retira un reloj que llevaba años dando la hora.
Trix cruzó el vestíbulo, el salón de las garzas, el pasillo. En la biblioteca, alguien —Therese, bendita fuera, o maldita— había retirado ya el sillón que él ocupaba junto a la chimenea, para que no le doliera a su señora.
Trix subió a su cuarto. Dejó las violetas en el vaso del aguamanil, porque las flores no tenían la culpa, y se sentó en el secreter.
Y abrió el cajón del diario.
Lo hacía siempre así, con una pequeña liturgia: la llave diminuta, el paño que lo envolvía, el tacto de la piel gastada.
Quedaban pocas páginas. Llevaba semanas racionándolo como se raciona el agua en un naufragio, porque mientras quedara diario no estaría tan sola, y aquella tarde, precisamente aquella tarde, la letra desvaída de Georgina Schermerhorn, Sinclair antes de que renunciara a ese apellido, era la única voz en el mundo que podía hablarle sin que ella se sintiera derrotada.
Pasó las hojas leídas —el baile de 1821, el irlandés del invernadero, la carta escondida en el libro de poesía— hasta la primera entrada que aún no había leído. La fecha le dio un vuelco en el corazón: 12 de marzo de 1871. Doce años atrás. Leyó:
He cumplido setenta años. Nadie lo sabe salvo el calendario y yo, y el calendario es discreto.
He hecho un breve viaje a Nueva York desde Boston para arreglar papeles, con la mala suerte de que he tenido que acudir a una de esas detestables veladas de la alta sociedad.
Hace muchos años que compré Villa Encanto.
Era de un primo lejano de los Sinclair de Boston, que no la habían pisado nunca y la vendían por menos de lo que vale, con la prisa de los que heredan lo que no aman.
Les ofrecí el doble para asegurarme de que aceptaban y para que no hicieran preguntas: nada vuelve tan discreto a un hombre como creerse muy listo.
Los abogados me miraron como se mira a las locas ricas.
¡Pues que miren! Es la única mirada que una solterona de mi edad recibe ya sin pedirla, y he aprendido a llevarla como se lleva un broche.
No la visitaré nunca. No iré jamás. Ir sería medir todo lo que cabía en esa casa y no cupo en mi vida, y a eso no estoy dispuesta ni con láudano.
La voy a dejar cerrada, con un jardinero que no sepa mi nombre y un laberinto que crezca sin que nadie lo mire, que es como han crecido todas mis cosas.
A menos que él la necesite. El destino es caprichoso.
Si es así, ya buscaré la forma de que la tenga sin saber que yo soy su mano benefactora.
Pero al menos sé que existe.
Que exista es suficiente. En algún lugar de Essex hay una casa donde habría podido ser feliz, con las ventanas mirando hacia donde él me dijo una vez que caía la mejor luz de Inglaterra. Existirá mientras yo viva. Y después de eso, no sé qué haré con ella.
Aunque empiezo a tener una idea. Es una idea absurda, indecorosa y a muy largo plazo.
Es decir: perfectamente mía.
La entrada terminaba ahí. Trix se quedó mirando la última línea mucho rato, con el dedo índice posado bajo las palabras como si pudiera impedir que se movieran.
«Una idea absurda, indecorosa y a muy largo plazo».
Fechada en otoño de 1871. El mismo día de aquella fiesta de su juventud, junto a Central Park, en la que una tarotista de Five Points les echó las cartas a cuatro niñas.
Trix hizo la cuenta sin querer. En 1871 ella tenía doce años. Georgina ya había adquirido la casa —esta casa, este secreter, esta habitación donde ahora se secaban unas violetas de estación—, pero ¿había sabido lo de aquella tirada de tarot?
Siempre había creído que la herencia fue un capricho de anciana excéntrica, una intuición de última hora, un dedo señalando al azar sobre el árbol genealógico: la nieta rara de Cornelius, la que lee balances, esa servirá.
Todos en la familia lo habían creído así, pero Trix había tenido una intuición al leer aquel último pasaje. Y las intuiciones eran lo suyo. Casi siempre acertaba. ¿Por qué había relacionado el pasaje del diario con una tirada del tarot de la que jamás se acordaba?
Georgina Sinclair la había elegido sin siquiera conocerla —a ella, no a otra—, y la había elegido por algo concreto, algo que sabía y que Trix solo intuía, algo que estaba escondido en las pocas páginas que quedaban por leer o quizá en ninguna parte; y por primera vez desde que aquel diario entró en su vida, Trix sintió, junto a la gratitud de siempre, un escalofrío nuevo, delgado como una corriente de aire por debajo de una puerta cerrada.
«¿Qué viste, tía Georgina?», pensó, mirando las hojas que quedaban entre su dedo y la contracubierta. «¿Qué viste, y en cuál de nosotras dos…?».
Fuera, en el laberinto sin podar, oscurecía.