Capítulo 40
—«Los arrendamientos de las tierras adquiridas serán protegidos a perpetuidad» —leyó el señor Pemberton, abogado de Colchester, sosteniendo el pliego a la distancia de los présbitas—.
«Ningún propietario futuro, incluida la propietaria actual, podrá desalojar a los arrendatarios mientras estos satisfagan una renta razonable, cuya cuantía, en caso de disputa, fijará un árbitro independiente designado por la parroquia».
—Bajó el papel y miró a su clienta por encima de los lentes—.
Señorita Sinclair, llevo treinta años redactando escrituras y jamás he visto a un comprador atarse las manos a sí mismo en el cuerpo del título.
¿Es consciente de que esta cláusula devalúa la propiedad que está adquiriendo?
—Completamente, señor Pemberton —dijo Trix—. ¿Falta alguna cláusula que dé seguridad a esos arrendatarios ?
—Ninguna. El documento ha sido transcrito letra por letra del borrador que usted nos ha entregado.
—Entonces no tengo nada que objetar.
Al día siguiente Samuel se marcharía y, muy posiblemente, jamás volverían a verse.
En aquel momento, la biblioteca de Villa Encanto olía a cera nueva y al fuego de la chimenea, y sobre la mesa grande, entre los dos, se desplegaba una operación que llevaba tres semanas cruzando el Atlántico, telegrama a telegrama, sin que nadie supiera de las maquinaciones de Trix Sinclair: cifrados con el código comercial de su padre, un poder notarial otorgado en Nueva York, cartas de crédito de la banca Baring y, en el centro, la escritura de compraventa de las tierras de los Faversham: nueve mil acres de Connemara lindando al norte y al oeste con las de Samuel Flaherty, propiedad de la misma familia desde 1750 y a punto de dejar de serlo de la peor manera posible.
Trix había encontrado la finca en el libro de contabilidad de Owen Brogan.
Página cuarenta y seis, una noche de vela en la biblioteca de Mayfair: operación Faversham, con su comisión al margen y su plan adjunto en el libro de correspondencia, que era lo que le había helado la sangre.
Los planes de aquella cuadrilla de malvados para las tierras de los Faversham eran bien distintos de los de los Flaherty.
Las primeras tenían un aliciente adicional, una veta de cobre, decían los informes de los ingenieros que Jasper Black había pagado en secreto; cobre suficiente para justificar zanjas, lavaderos, un ramal de ferrocarril y la expulsión «por fases» de las treinta y una familias que llevaban arrendando aquellas tierras desde antes de que existieran los Estados Unidos de América.
¿Cómo impactaría aquello en las propiedades de Samuel, en su tranquilidad, en su porvenir?
Era cierto que ellos habían salvado las acciones de los Faversham, pero no su ruina, que venía de mucho más atrás —dos generaciones de adicción al whisky y de primogénitos idiotas—, y, con el viejo coronel Faversham, con ochenta y un años y la finca hipotecada hasta las veletas, iba a tener que vender aquella primavera de todos modos.
Con Black fuera del tablero, a saber quién la adquiriría y cuánto tiempo tardaría en saber del cobre que encerraba bajo sus pies.
De modo que Trix Sinclair había hecho lo que debía: salvaguardar el futuro de los Flaherty, del hombre que amaba y de la descendencia que posiblemente tendría con una mujer que no sería ella. Suspiró.
El telegrama a su padre había salido de la oficina de Charing Cross la mañana siguiente a la firma de Jasper, cifrado en el código de la casa Sinclair: localiza testaferro discreto, abogado, plaza Nueva York, operación compra Irlanda, absoluta reserva, fondos propios, cuenta Baring, detalles siguen por carta .
La respuesta de Cornelius Sinclair había llegado en cuarenta y ocho horas y era, toda ella, muy de su padre: hecho. testaferro de máxima confianza. honorarios: una explicación cuando vuelvas. tu madre sigue grave de la migraña. te queremos .
Y, desde entonces, la maquinaria había empezado a funcionar: el abogado neoyorquino comprando en nombre propio para una principal innominada, el señor Pemberton llevando la parte inglesa desde Colchester y el viejo MacBride, el notario de Dublín de toda la vida de los Faversham, cerrando en Irlanda un trato que el coronel había aceptado con lágrimas de alegría en los ojos y una sola condición sentimental: que le dejaran llevarse las veletas.
—Repasemos el precio —dijo Pemberton, con el dolor físico de los abogados honrados—.
El valor de tasación, incluyendo la renta agraria capitalizada y descontando el estado de las mejoras, arroja sesenta y una mil libras.
La parte vendedora, en su situación, habría aceptado cincuenta y cinco.
Usted ha ofrecido setenta y dos. —Pausa—.
Señorita Sinclair, mi obligación profesional es decirle que está pagando once mil libras por encima del valor de mercado.
—La excelente tasación que ustedes han hecho, señor, valora solo la tierra —dijo Trix—.
No valora doscientos años de historia de esa familia.
—Alineó el borde de la escritura con el filo de la mesa—.
El coronel Faversham está arruinado, señor Pemberton.
No pienso permitir que no tenga una última victoria en esta batalla.
—¿Y la veta? —Pemberton se permitió la única pregunta importante—. El cobre está en el subsuelo, con cláusula o sin ella. Cualquier asesor le diría que está usted comprando una mina y prohibiéndose a sí misma y a sus sucesores explotarla.
—Estoy comprando treinta y una cocinas encendidas, señor Pemberton.
La mina viene incluida contra mi voluntad.
—Y como el abogado la miraba con esa mezcla de reprobación y reverencia que ella empezaba a coleccionar en los hombres de leyes, añadió, más suave—: Hágame caso: sé leer un balance mejor que casi nadie que conozca. Este es perfecto.
Pemberton ordenó los pliegos, mojó la pluma y la giró hacia ella sobre el tapete.
—Firma de la compradora. Aquí, aquí y aquí. El poder de Nueva York cubrirá la escritura definitiva ante MacBride, pero este compromiso la vincula desde hoy. —Carraspeó—. ¿Nombre del titular registral?
—El testaferro. El nombre que aparece en el poder.
—¿Y el de la principal? Consta en el protocolo reservado, que no se exhibe, pero debe constar.
—Beatrix Sinclair. —Una pausa mínima—. Y añada esta instrucción al protocolo: reserva absoluta e indefinida.
Ni la parte vendedora, ni los arrendatarios, ni los propietarios colindantes —lo dijo en plural, con un cuidado de artificiero— deberán conocer mi identidad.
Nunca. Si algún día alguien pregunta, la respuesta autorizada es: un inversor americano que desea tranquilidad.
—¿Y si pregunta un juez?
—Los jueces no preguntan por quien paga de más y no desaloja a nadie, señor Pemberton. Los jueces tienen cosas mejores que hacer.
Firmó en cada punto.
«Samuel no lo sabrá nunca».
Lo había decidido así. No se lo diría porque decírselo lo estropeaba todo: convertía el regalo en deuda, y ella sabía mejor que nadie en Inglaterra lo que las deudas le hacían a aquel hombre, cómo lo doblaban por dentro, cómo cada libra recibida se le volvía una libra de dolor.
Se lo calló por eso. Y se lo calló porque si él lo supiera, sabría también lo que significaba, y lo que significaba no se podía saber antes de tiempo, o quizá nunca, porque once mil libras de sobreprecio y una cláusula perpetua eran exactamente la clase de carta de amor que una mujer como ella era capaz de escribir.
«No lo he hecho por él», se mintió, ordenando los telegramas en su carpeta con esmero.
«Lo he hecho por treinta y una familias que no conozco.
Lo he hecho porque leí un plan de desahucios y no pude dormir.
Lo he hecho porque alguien tenía que hacerlo y daba la casualidad de que yo podía».
Los motivos de la propietaria, concluyó, cerrando la carpeta, no constaban en el título.
En el jardín, un mirlo se puso a cantar.
Y la tía Georgina, desde el cajón de la mesilla del piso de arriba, no dijo nada, porque los diarios no hablan; pero Trix la oyó igual.
La oyó en la letra desvaída de una entrada que se sabía de memoria, la de la casa: he comprado con mi dinero un lugar donde habría podido ser feliz, ya que no me dejaron serlo; que al menos el dinero, que no tiene padres ni vergüenza, haga lo que a mí no me permitieron .
Georgina Sinclair había amado a un irlandés toda su vida sin decírselo jamás, y había muerto sola y odiada. Trix acababa de comprar nueve mil acres pegados a la tierra de un irlandés con una cláusula que era una caricia y un candado, y había ordenado que él no lo supiera nunca.
La diferencia, se dijo, era que ella lo hacía por los arrendatarios.
La semejanza no quiso preguntársela.
El resto del día se lo llevaron los preparativos de Samuel.
Villa Encanto giraba alrededor de la marcha del jueves con esa laboriosidad triste de las vísperas, la señora Beckett fabricando provisiones para un ejército —«los paquebotes alimentan mal, milord, me lo ha dicho la señorita»—, Therese planchando camisas con una energía punitiva, y Samuel en todas partes y en ninguna, cerrando arcones, dando instrucciones al administrador, cortés, puntual, perfecto, media pulgada más lejos de ella cada hora.
Cenaron los dos solos y hablaron de las granjas del norte.
Fue una conversación técnica, impecable: el semestre condonado, los plazos, el árbitro de la parroquia para las rentas —Trix se oyó recomendar la fórmula con toda naturalidad, como quien no la ha inventado esa misma mañana—, y ninguno de los dos dijo una sola palabra que no pudiera leerse en un acta.
A los postres, él le agradeció la cena. Ella le deseó buen descanso.
El reloj del vestíbulo dio las diez como quien clava clavos.
Y a la mañana siguiente, la última mañana en que estarían juntos, con el jueves ya sentado a la mesa, Trix bajó a la biblioteca temprano con el pretexto de la correspondencia, abrió la carpeta para adjuntar el compromiso firmado al correo certificado de Pemberton y, desde la ventana, que daba al patio de los establos, lo vio .
Samuel estaba preparando el caballo para su última ronda por la finca.
Sin sombrero, en mangas de camisa a pesar del fresco, revisaba la cincha con esa concentración suya de hacer bien las cosas pequeñas cuando las grandes no tienen arreglo, y el animal le buscaba el hombro con el hocico, y él le decía algo —desde allí no se oía; se veía solo el vaho breve de las palabras en el aire de marzo— y le palmeaba el cuello, y en algún momento alzó la vista hacia la casa, un barrido rápido, la ventana de la biblioteca incluida, y Trix no se apartó, pero tampoco saludó, y él no lo hizo, y los dos fingieron a treinta yardas de distancia que aquello no había tenido importancia.
Ella bajó la vista a la carpeta, aún abierta. Allí estaba el compromiso, con la cláusula de perpetuidad y su firma ya seca. En breve iría camino de Dublín.
Puso la mano encima para adjuntarla al correo.
Y la mano —la mano que no temblaba en los muelles, ni en los despachos, ni delante de Jasper Black y sus ochenta mil ejemplares diarios— le tembló un poco sobre la firma reseca.