Capítulo 39
El tren dejó atrás Colchester a media tarde, y durante la última media hora de traqueteo ninguno de los dos fingió leer.
Iban en el mismo compartimento, uno frente al otro, con Therese dormitando contra la ventanilla —o fingiendo dormitar, que en Therese era un arte—, y el paisaje de Essex desfilaba al otro lado del cristal: setos, torres de iglesia, campos arados de un marrón recién peinado, todo empapado de esa primera luz de marzo que promete cosas que febrero no sabía.
Trix miraba el campo. Samuel intentaba hacer lo mismo.
Y cada uno sabía perfectamente que el otro no estaba interesado en lo que pasaba al otro lado del cristal, sino en el final del trayecto: la casa donde todo había empezado, a la que volvían con todo resuelto y nada arreglado.
El carruaje los recogió en la estación con un viejo cochero de Halstead, que saludó a Samuel con dos dedos en la gorra y un «milord» que sonó extraño a sus oídos.
Enfiló los caminos hundidos entre setos que Trix había recorrido por primera vez hacía varios meses, calada hasta los huesos, pero llena de expectativas.
Reconoció cada curva. La encina partida por el rayo.
El puentecillo de piedra donde una vez tuvo que bajarse porque una oveja lo consideraba suyo.
Y por fin la verja, y la avenida de gravilla, y Villa Encanto recortándose contra el atardecer.
Trix se inclinó hacia la ventanilla sin darse cuenta.
Porque la casa que apareció al fondo de la avenida no era la que había heredado.
Aquella era una ruina hermosa y hostil, con la mitad de las ventanas ciegas, la hiedra comiéndose el ala este y un aire general de dama arruinada que ya no espera visitas.
Esta otra tenía las ventanas enteras y encendidas de sol poniente, la fachada limpia, las chimeneas humeando —todas— y, delante, donde antes había un barrizal con vocación de trinchera, un jardín.
Un jardín de verdad: parterres recién plantados, los arbustos de Therese prendidos y crecidos, narcisos a lo largo de la avenida, y a la izquierda, el boj empezaba a tener forma: los pasillos de un laberinto ya se adivinaban, las esquinas apuntaban ángulos, y aunque a los setos les faltaba un palmo y varios años de vida, por primera vez se podía mirar aquello y descubrir en lo que se convertiría.
—Han seguido las instrucciones —murmuró Trix.
—Esta casa sí que se ha convertido en un hogar —le dijo Samuel, con una voz que parecía quebrada .
La señora Beckett y el señor Colchester los esperaban en la puerta, ella con el delantal de los días grandes, el horno encendido desde el alba —se olía desde la avenida: pan, y algo con manzana, y un asado que llevaba horas entendiéndose con el romero—.
Él, con una lista de novedades que administró sin respirar mientras entraban: que el papel pintado del salón había llegado por fin de Londres y estaba puesto, que el afinador había venido dos veces «y el piano ya no ofende a Dios», que las gallinas de Therese habían tenido una guerra civil con las nuevas enviadas desde Nueva York y habían ganado las veteranas, y que le habían dicho que el señor Flaherty había recuperado su hacienda, y que él no era quién para opinar, pero que ya era hora de que este mundo hiciera algo a derechas.
—Señora Beckett —le dijo Samuel a la cocinera, muy serio—, si su asado está a la altura de lo que ha contado el señor Colchester, la señorita Sinclair tiene que subirle el sueldo.
Trix sonrió y ambos entraron precedidos por el eficiente mayordomo.
El salón, había que reconocerlo, era todo un acierto.
El papel pintado —un verde salvia con garzas, que ella había elegido en Londres por carta y a ciegas— convertía la habitación de las sábanas fantasma en un lugar donde apetecía envejecer.
Los muebles habían vuelto de su exilio bajo las lonas.
Y en el rincón de siempre, afinado dos veces y brillante, el piano por el que se habían gritado como dos verduleros de Five Points esperaba, cerrado, con la paciencia de los muebles que saben más que sus dueños .
Cenaron el asado de la señora Beckett en la mesa pequeña, sin ceremonia, con Therese y Cillian, que había llegado antes de anochecer, incorporados al tercer plato por orden de Trix.
Las anécdotas de Londres fluyeron, convenientemente editadas para no molestar a ninguno de los dos.
Fue una cena fácil, casi feliz. Ese fue el problema: que todo, desde aquel beso en Fleet Street, parecía hablar de conclusión, de algo empezado y acabado, y la casa entera parecía haberse propuesto demostrarles lo bien que se vivía la vida que ellos dos no iban a disfrutar juntos.
A la mañana siguiente discutieron a las ocho.
Samuel le pidió opinión sobre ciertos arrendamientos en Connemara que debía renegociar con sus arrendatarios, dos granjas del norte.
Trix sostenía que había que renovarlos a la baja tras aquel mal año; Samuel, que a la baja era dar limosna y lo que había que hacer era condonar un semestre y subir el precio después, y fue una discusión espléndida, con cifras, con el dedo de ella golpeando la mesa y el bufido de él ante los argumentos precisos de la joven.
Duró hasta que los dos advirtieron, a la vez, que estaban discutiendo porque no querían hablar de lo importante, con el café humeando entre ambos, exactamente como en la vida que él había pedido al cielo una noche tumbado en el suelo de un cuarto.
Samuel solo supo que ella se había quedado callada de pronto, mirando el café.
—¿Tu silencio significa que he ganado? —preguntó, intentando parecer de buen humor.
Ella lo miró a los ojos.
—Estoy segura de que sí .
Y la respuesta tenía tantos significados que él se volvió loco intentando descifrarlos.
Por la tarde pasearon por el laberinto.
Fue idea de nadie, como las mejores; salieron a ver los narcisos y los pies los llevaron a los pasillos de boj a medio crecer, que a esa altura permitían perderse solo de cintura para abajo, de modo que iban internándose por el trazado con las cabezas visibles sobre los setos, como dos piezas de un ajedrez en el que nadie movía.
Hablaron de cosas leves: de si el centro del laberinto pedía una fuente o un banco, de las gallinas veteranas de Therese, del cochero de Halstead.
Se rieron dos veces con bastante sinceridad.
En una esquina del boj, al esquivar los dos el mismo hueco del seto en direcciones opuestas, la mano de él rozó la de ella, los dedos se enredaron un cuarto de segundo por pura mecánica, se soltaron con una torpeza de baile de principiantes, y siguieron andando como si el boj tuviera la culpa.
Y en el centro del laberinto, donde no había fuente ni banco, sino un cuadrado de hierba con toda la primavera por delante, Samuel se detuvo, se metió las manos en los bolsillos, miró los setos a medio crecer y lo dijo, con la voz de quien lleva tres días ensayándolo:
—Regreso a Connemara el jueves. —Una pausa del tamaño exacto de un latido—. Los papeles ya están listos, la hacienda no puede esperar más y… el jueves. Cogeré el paquebote de Holyhead.
El jueves. Tres días.
Trix miró el cuadrado de hierba. Había un mirlo en él, muy ocupado con la tierra removida, y le agradeció que existiera porque le permitía parecer interesada en otra cosa que no fuera lo que sentía su corazón.
Notó, con una lucidez desapasionada, todo lo que se le agolpaba detrás de los dientes: «Quédate; el ala norte de esa casa solariega puede esperar otra semana; quédate hasta que el boj termine de crecer; pregúntame lo que late entre tus labios, cabezota, pregúntamelo y verás lo que contesto».
No dijo nada de eso, por supuesto. Ya se había equivocado una vez y se había jurado a sí misma que aquello no volvería a ocurrir. Sonrió.
—Claro —dijo—. Es lo razonable. La tierra no se administra sola.
—No.
—Le diré a la señora Beckett que te prepare provisiones para el viaje. Seguro que cocina su mejor asado. Ha terminado adorándote, como todos.
Él no podía evitar buscar sus ojos, intentar encontrar una señal que le gritara: «Quédate. Quédate conmigo. Te necesito tanto como leo en tus ojos que me necesitas tú a mí».
Intentó propiciarlo.
—Trix.
—Y hay que darle instrucciones a ese nuevo administrador tuyo sobre las granjas del norte antes de que…
—Trix.
Ella se calló. El mirlo alzó la cabeza, los miró a los dos, decidió que no eran asunto suyo y siguió con su tarea.
Tener los ojos claros de la muchacha clavados en él le quitó toda esperanza.
¿Quién era Samuel Flaherty para amargarle la vida a una mujer como ella?
Fuerte, valerosa, con toda la vida y la independencia por delante. Suspiró.
—Nada —dijo al fin—. Que el laberinto quedará muy hermoso.
—Sí —convino Trix con tristeza—. Lástima que te lo pierdas.
Y fue lo más cerca que estuvieron, en toda la tarde, de decirse la verdad.
La noche los reunió junto a la chimenea del salón nuevo, sin testigos —Therese se había retirado con Cillian en cuanto había tenido ocasión—, con dos copas de oporto y el fuego deliciosamente cálido.
Hablaron poco. Ella tenía un libro en el regazo que no leía; él, el atizador en la mano, una dedicación excesiva a unas brasas que ardían perfectamente solas.
En algún momento, cuando Trix se levantó para dejar la copa en la mesa y él se levantó para lo mismo, se encontraron de pie, muy cerca, a la luz anaranjada de la chimenea, con la casa entera dormida alrededor.
La besó por tercera vez.
Empezó lento, pero esta vez su gesto obtuvo respuesta.
El libro cayó a la alfombra con un golpe blando que ninguno de los dos oyó.
La mano de Samuel encontró la curva de su espalda y la atrajo; las de ella subieron por las solapas hasta el cuello, hasta el pelo, y el mundo se redujo a la respiración de los dos y al crujido del fuego.
Hubo un momento —los dos lo supieron, porque los dos se detuvieron en el borde exacto a tomar aire— en que la noche entera se inclinó hacia un solo lado, como un barco en una maniobra, y habría bastado una palabra, media, el peso de una mano, para que ya no hubiera vuelta atrás.
La alfombra estaba allí, la casa dormía, la puerta tenía llave, y llevaban demasiado tiempo deteniéndose en aquel mismo punto.
Fue Samuel quien se apartó.
Lo hizo con una suavidad que costaba más que cualquier brusquedad: le tomó las manos, se las bajó de su cuello, se las besó —primero una, luego otra, despacio, con los ojos cerrados— y dio un paso atrás, hasta que el aire frío de una habitación caldeada volvió a caber entre los dos.
—Me voy el jueves —dijo, con la voz destrozada—. Me voy el jueves, Trix, y si doy un solo paso más, si te beso una próxima vez, no me voy a ir nunca, y tú no me has pedido que me quede.
Ella no dijo nada. «Hazlo tú. Dime que quieres quedarte conmigo», pensó, con una furia desamparada, «pregúntamelo». Pero sus labios permanecieron cerrados y, con ello, sellando su destino.
—Te escribiré —dijo Samuel—. Cada semana. Te lo prometo. Te contaré lo de las yeguas, y lo del ala norte, y… —no había más palabras—. Te escribiré.
—Dan buen tiempo esta semana —dijo Trix—. Le diré a la señora Beckett lo de las provisiones.
Y como no había nada más que pudiera decirse, Samuel recogió el libro de la alfombra, se lo tendió, le deseó buenas noches con una inclinación que era casi la del primer día y casi la del último, y salió del salón.
Trix se quedó junto al fuego hasta que las brasas se rindieron, con el libro cerrado en el regazo.
Horas más tarde, arriba, Samuel Flaherty estaba de pie ante la puerta cerrada de su dormitorio.
Llevaba allí, quieto, mucho tiempo, con la mano apoyada en la madera, los nudillos enrojecidos, imaginando que atravesaba aquel pasillo hasta los aposentos de la mujer que amaba, que golpeaba la puerta con dos golpes secos y que se arrojaba a sus brazos para pasar con ella una noche, una semana, el resto de su vida.
Con una determinación que le dolía en las entrañas, abandonó sus aposentos, atravesó el redecorado pasillo, se plantó ante la habitación de Trix y alzó los nudillos. Solo necesitaba dar un par de golpes suaves, solo eso, y al menos él sería feliz para el resto de su vida.
Pero pensó en ella. Quizá desde hacía mucho tiempo antepuso la felicidad de alguien a quien amaba a la suya propia.
Y con los mismos pasos decididos, regresó a su habitación.