Capítulo 38
—Y con esta última firma, milord —dijo el apoderado de la banca Baring, girando el documento sobre el tapete azul—, la finca de Connemara vuelve a estar libre de cargas, el depósito de la restitución queda liquidado a su favor y usted es, de nuevo y a todos los efectos, un hombre…
—consultó la cifra por cortesía, aunque se la sabía de memoria— considerablemente rico.
Samuel Flaherty miró la pluma que le tendían como si fuera un animal pequeño del que no acababa de fiarse.
La tomó, firmó con su letra inclinada y segura, y el apoderado secó la tinta, recogió los papeles y le tendió, con una reverencia calibrada al milímetro, la escritura de las tierras donde estaba enterrada su madre.
Fueron tres días de papeleo incesante y continuas visitas a Londres .
El lunes recuperó las acciones con sus intereses.
El martes, el capital líquido depositado en Baring y la cancelación de los pagarés.
El miércoles, la escritura de todas sus propiedades.
Tres días para deshacer dieciocho meses de ruina, y al final de ellos, el inquilino sin un penique que una vez había amenazado con beber agua de las alcantarillas de Westminster antes que compartir un té podía comprar la calle entera donde estaba el despacho, incluida la alcantarilla.
—¿Qué se siente? —le preguntó Elliot a la salida del último notario, sinceramente curioso, porque Elliot había sido muchas cosas, pero nunca pobre.
Samuel se guardó la escritura en el bolsillo interior, contra el pecho, y estuvo un rato buscando la palabra.
—Frío —dijo al fin.
Y como nadie supo qué hacer con aquel sentimiento, Elliot decidió que lo que hacía falta era una cena.
La cena de celebración se sirvió el jueves en la mansión de los Ashford, en Mayfair, con la vajilla verde, la mejor de la colección, y fue, según el veredicto posterior de Prudence, «la fiesta más rara en la que he tenido la oportunidad de husmear».
Abajo, en la cocina, la algarabía era contagiosa.
Los señores, a propuesta de Violet, habían dispuesto que aquella noche la mesa grande del servicio tuviera también su cena, que presidía, por derecho propio, una pareja que ya no se ocultaba: Cillian Magee, afeitado, con camisa limpia y el arañazo de Dublín cicatrizando, y Therese, a su lado .
No se tocaban. No hacía falta.
Estaban sentados juntos con esa manera nueva de ocupar el mismo aire que tienen los que acaban de dejar de disimular: él le servía antes de hacerlo en su plato y ella le corregía las historias de Five Points —«no fueron doce policías, Cillian Magee, que yo estaba delante; fueron dos y uno era el sereno»—, y cuando la cocinera sacó la tarta y todos aplaudieron, Cillian aprovechó el estruendo para decirle algo al oído que nadie oyó y que hizo que Therese, la mujer que había cruzado el Atlántico sin pestañear, se mirara las manos y sonriera como una chiquilla de los suburbios en día de feria.
—Ya está —le susurró Addie a Prudence, pues hasta los Donald habían sido invitados—. A esta la casamos antes del verano.
—Pobre hombre —contestó Prudence, llena de buen humor—. Acaba de meter a una generala entre sus sábanas.
Arriba, en el comedor, los brindis se sucedían sin descanso, aunque una mirada más aguda percibiría que los ánimos no estaban tan encendidos como en la cocina.
No era que faltara alegría, no. Quizá sobrara liturgia.
Sebastian brindó por «la justicia, que tarda, pero paga intereses», y estuvo bien.
Elliot brindó por sí mismo, por el jerez que Jasper Black nunca sirvió y por «las viudas de Boston, estén donde estén», y estuvo mejor.
Violet brindó por las cuatro familias irlandesas restituidas y le tembló la copa, porque dos de aquellos apellidos los conocía de sus viajes por Irlanda.
Y entonces Samuel se puso de pie, con su copa y su traje azul oscuro, y se volvió hacia Trix .
—Señorita Sinclair. —La copa alzada, la voz algo anquilosada, la mirada clavada en los azules ojos de la muchacha—.
Hace año y medio empecé una bajada a los infiernos.
Un viejo contrato de alquiler guardado en un baúl familiar me permitió tener un techo sobre mi cabeza, un lugar donde lamerme las heridas.
Mentiría si dijera que nuestro primer encuentro fue agradable; tampoco los sucesivos.
Pero he de reconocer ante todos que si vuelvo a ser un hombre íntegro, si mis arrendatarios pueden de nuevo descansar en paz, es por usted.
Esta semana, gracias a su inteligencia, a su tenacidad y a su generosidad, este hombre ha recuperado todo lo que le fue arrebatado.
Quiero que conste, delante de estos amigos, mi gratitud más profunda y mi compromiso de que siempre que me necesite encontrará mi mano tendida.
—Inclinación de cabeza, algo rígida—. A su salud, señorita Sinclair.
Ha sido usted el mejor socio que un hombre arruinado pudo encontrar.
Aplaudieron. Bebieron. Fue un discurso perfecto, y Trix… sintió el frío exacto de las cosas demasiado perfectas: «señorita Sinclair», varios «usted»; socio; mi gratitud más profunda; ni una sola vez Trix, ni una sola vez princesa. Nada de «estoy loco por ti».
Aquel hombre acababa de agradecerle sus desvelos con la prosa seca de un informe de auditoría, y lo había hecho a propósito.
—No podía hacer otra cosa —contestó Trix al brindis, con su sonrisa número tres, la de las regatas—. Teníamos un trato, y los Sinclair siempre los cumplimos .
Nadie en la mesa notó que los dos acababan de batirse en duelo con cubiertos de plata delante. Nadie menos una, que no dijo nada, pero tomó nota mental de ello.
Fue esa misma madrugada, ya con la casa a oscuras, cuando la puerta del cuarto de Trix se abrió sin que nadie llamara y Amelia entró en camisón y chal, se sentó en la cama de su amiga y esperó.
Trix estaba junto a la ventana, todavía vestida porque había dado licencia Therese para no acudir esa noche, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Algo no va bien —dijo Trix sin volverse.
Le costó tres intentos empezar la frase siguiente—.
Samuel está… más distante. Desde lo del periódico.
No: desde después de aquello. Es cortés, es puntual, es perfecto, y cada día está media pulgada más lejos de mí.
¿No lo notas? Hoy me ha llamado señorita Sinclair cuatro veces en la cena, y apenas me ha mirado un par de veces.
—Se volvió—. Y lo peor de todo es que no sé qué diantres he hecho para que se aleje de mí.
Amelia recogió las piernas sobre la colcha, como a los nueve años.
—¿Y por qué no hablas con él?
—¿Y qué le digo? ¿Qué estoy enamorada?
—Por ejemplo.
—Ya lo hice una vez —pensaba en Phil Van Alen—, y me juré a mí misma que no volvería a hacerlo.
—Trix.
Silencio. El mirlo del jardín de invierno probó sus dos notas otra vez y las dejó morir .
—Phil te enseñó a desconfiar de las promesas de los hombres.
Muy bien: esa era la lección que tenías que aprender.
—Dejó que su amiga lo asimilara—. Pero mira lo que has hecho con ella: has aprendido a desconfiar de cualquier hombre antes de que se acerque a ti.
—Ladeó la cabeza—. Samuel Flaherty lleva bastante tiempo sin saber qué hay entre vosotros.
Lo sé. Lo leo en sus ojos. No sabe si lo vuestro es una causa perdida, si lo que os une es solo un contrato de arrendamiento, o tu compromiso para ayudarlo siempre que él abandone Villa Encanto de inmediato.
¿Lo habéis aclarado? Porque esa incertidumbre es la que yo he leído en su brindis.
—Se inclinó hacia delante—. Así que descubre qué le sucede.
Habla con él, o mejor: hazlo hablar. Y si ese hombre te interesa, y te interesa, porque llevo en esta casa el tiempo suficiente y tengo ojos en la cara, no dejes que sea él quien tome todas las decisiones.
Los hombres orgullosos, cuando aman por encima de sus posibilidades, solo saben tomar una decisión, y suele ser la equivocada.
—¿Y cuál es?
—Marcharse —dijo Amelia—. Los hombres así se van. No pueden soportarlo.
En ese mismo instante, dos pisos más abajo, en el despacho de Sebastian, dos vasos de whisky llevaban un rato fingiendo ser una excusa.
Samuel estaba de pie junto al fuego, dándole vueltas al vaso sin beber. Sebastian, que lo conocía desde los doce años, esperaba. Con Samuel Flaherty siempre había que esperar .
—Me vuelvo a Connemara —dijo al fin el irlandés—.
En cuanto se termine todo el dichoso papeleo.
Dos semanas, tres a lo sumo. La hacienda lleva año y medio a la deriva, hay arriendos que renegociar, la casa grande se está cayendo por el ala norte…
—Se dio cuenta de que estaba enumerando desgracias y se calló—. Me vuelvo, Sebastian. Eso es todo.
Su amigo bebió un sorbo, sin prisa.
—¿Y la señorita Sinclair?
—La señorita Sinclair, al fin, recuperará la vida que ha venido a vivir, quedará libre de un inquilino ruidoso y podrá escribir su novela en paz, que es para lo que vino a Inglaterra. —Lo dijo de corrido, con hastío, como si llevara días redactándolo—. Le estaré agradecido toda mi vida.
De un trago se bebió todo el contenido de su vaso.
—No te he preguntado eso, Jed. —Sebastian hizo lo mismo—. Te he visto detrás de una columna contando los caballeros que la sacaban a bailar. Los viejos amigos también tenemos memoria.
Samuel miró el fuego. Tardó un buen rato en contestar.
—¿Sabes lo que soy yo para ella, Sebastian?
Un capricho pasajero. Me lo hizo ver en Fleet Street, la noche misma de la victoria, con esa sonrisa que pone cuando el trato ha terminado y no hay nada más que hacer.
—Se encogió de hombros, un gesto pequeño, definitivo—.
Y tiene razón. Esa mujer cruzó un océano huyendo de un hombre que le prometió el mundo, para ser libre, para estar sola y ser dueña de lo que es suyo.
Y entonces apareció un bruto arruinado, y le puso el mundo boca arriba…
—Dejó el va so a un lado. No quería beber más aquella noche—.
No puedo arrebatarle de nuevo su destino.
Si la quiero como sé que la quiero —no se atrevió a usar la palabra correcta—, lo mejor que puedo hacer por ella es dejarla en paz.
—Samuel…
—Está decidido. Mi princesa se merece a alguien mejor que yo.
Lo dijo mirando otra vez el fuego, y no se dio cuenta de que, en toda la noche y en tres días de insoportables papeleos, aquella era la primera vez que se refería a Trix llamándolo como algo que ya sentía suyo.
Sebastian no dijo nada más, y decidió que aquella conversación, palabra por palabra, iba a llegar a oídos de su mujer antes del desayuno.
Porque los duques también sabían de contrabando.