La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

—Opción segunda —dijo Elliot Pinckerville desde el fondo del despacho, donde llevaba diez minutos apoyado en la mesa de The Clarion encuadernado, hojeando un tomo con aire de turista—, intervengo yo, y es una lástima, porque hasta aquí lo estaba disfrutando muchísimo .

Cruzó el despacho, depositó sobre el escritorio una carpeta de badana con un lazo burocrático descolorido y le dio dos golpecitos con el índice.

—Elliot Pinckerville. Nos vimos una vez en Newport, un baile de la señora Astor, yo era el gemelo divertido, es natural que no me recuerde: aquella semana me hacía pasar por mi hermano.

—Sonrisa deslumbrante—. Antes de dedicarme a la vida contemplativa serví unos años en cierto departamento de Su Majestad que no figura en los presupuestos, y conservo dos cosas: amigos con archivos muy delicados y muy mala memoria para olvidar.

Esta carpeta es una copia de cortesía —se la acercó—.

Contiene el expediente que la Crown Office abrió en su día sobre la red de su señor padre y nunca cerró: nombres de la trama de The Clarion que no salieron en el juicio, cuentas en Edimburgo que sobrevivieron a la condena, y tres caballeros de la City que pagaron entonces por el silencio y que llevan desde el ochenta y uno recibiendo cartas de un remitente nuevo con la misma letra que esa correspondencia suya tan bonita.

Continuidad delictiva, lo llaman los fiscales, que son gente sin poesía.

—Se inclinó, confidencial—. Usted no ha modernizado el negocio de su padre, señor Black.

Lo ha heredado con las hipotecas incluidas.

—Y a propósito de fiscales —dijo Sebastian, que no se había sentado en ningún momento, con las manos a la espalda y su registro más aburrido, el de la Cámara de los Lores, que era el que reservaba para discutir—, ceno el jueves con sir Augustus Renwick, de Westminster, que instruyó la causa de su padre y conserva por ella un cariño de artesano.

Los duques cenamos con gente tediosa, señor Black; es la parte del título que no sale en su periódico.

Si el jueves no tengo nada mejor de que hablar, hablaremos de usted.

Y créame: un fiscal no necesita sus libros robados.

Le basta saber dónde pedir los originales con una orden.

A Holcombe, por ejemplo, que está embalando arcones y al que he visto sudar, y los hombres que sudan declaran.

—Y queda América —dijo Trix.

Lo dijo desde su silla, sin alzar la voz, alisándose un guante, y algo en el tono hizo que Jasper se volviera hacia ella con más atención que hacia el duque y el espía juntos.

—Usted trabaja al por mayor, señor Black; lo entiendo, soy hija de un mayorista.

Así que hablemos de tiradas. The London Banner , ochenta mil ejemplares.

El Boston Herald , ciento treinta mil, y el New York World los duplica.

Mi padre hace negocios con los propietarios de ambos, y da la casualidad de que el corresponsal del Herald en Londres, el señor Ambrose Peale, me debe dos favores y una exclusiva desde lo del cobre del setenta y nueve.

—Levantó la vista del guante—. Esta mañana he tomado el té con el señor Peale.

Un hombre encantador, muy interesado en una historia que le he contado a medias: «El hijo del chantajista de Londres arruina a familias americanas e irlandesas con papel mojado; la banca de Nueva York, salpicada».

Tiene el titular compuesto y el barco con la valija sale el viernes.

Solo espera mi telegrama para completar los nombres…

o para dejar morir la historia, que en el periodismo, me explicó, se dice así, dejar morir.

Es usted editor: ¿le explico yo lo que le hace a un diario que vive del es cándalo ajeno protagonizar el propio, en dos continentes, la misma semana?

—Sonrisa de Newport, la número tres—. Yo se lo digo, si quiere. Soy buena contando historias.

El despacho se quedó en silencio. Abajo, las rotativas seguían fabricando la voz de Jasper Black a razón de ochenta mil gargantas por noche, y arriba, en el impresionante despacho, su dueño miraba la página cuarenta y una, y la carpeta de badana, y a los cuatro visitantes, y Trix casi pudo oírlo hacer la cuenta que ella ya tenía hecha: sin activos en América, sin liquidez, con el archivo de Lombard Street a una orden judicial de distancia y su nombre compuesto en dos idiomas. Los hombres sin retirada firman.

—Mi padre —dijo Jasper al fin, con una voz distinta, más joven, casi curiosa— cayó por confiarse en un salón de baile.

Yo he pasado estos años construyendo algo que no pudiera derribarse de la misma manera.

—Miró a Sebastian—. Y lo van a destruir ustedes en un despacho, con mis propios libros contables.

—Soltó una risa corta, sin alegría, y a Trix le pareció por un instante ver al muchacho de Newport que le tenía miedo a la lluvia—.

¿Saben lo que es heredar una guerra, señores?

Uno no la elige. Se la encuentra encima, como el apellido.

—Yo heredé la de mi padre —dijo Samuel—. Y la he despedido este invierno, con su agente incluido, que era mi mejor amigo, Owen Brogan. Se puede, señor Black. Es cuestión de querer hacer lo justo y no dejarse llevar por el rencor .

Jasper lo miró largamente. Después abrió el cajón central del escritorio —Elliot se tensó imperceptiblemente, la mano cerca de la solapa; Trix lo vio y agradeció al cielo que alguien en aquella habitación tuviera ese oficio—, y lo que salió del cajón fue una pluma.

—Redacte —le dijo a Trix, no a los hombres—. Usted.

Trix redactó: restitución íntegra de las acciones de las cuatro familias, intereses al cuatro por ciento, renuncia expresa a toda acción presente y futura sobre las fincas hipotecadas, plazo de ejecución de treinta días con depósito en garantía en la banca Baring, y las firmas: J.

Black, y debajo, como testigos, un duque, un conde, una heredera y un caballero que firmó con una rúbrica tan adornada que casi rompe el papel.

Jasper secó la tinta con el balancín, con esmero de oficio, y les tendió el documento sin soltarlo del todo durante un segundo.

—Enhorabuena, señores. Han ganado con las armas de mi casa: el papel.

—Y ya no había nada joven en la voz—. Adminístrenlo bien, porque esto no se lo voy a perdonar.

Ni a ustedes ni al que abrió mi caja de Dublín, al que pienso encontrar.

Díganselo. Las guerras heredadas, señor Flaherty, tiene usted razón: se pueden evitar.

—Sonrió por última vez—. Pero las propias, las que empieza uno, esas se cuidan como a los hijos.

—Tomamos nota —dijo Elliot, recogiendo el documento y guardándoselo en el bolsillo interior con una palmadita—.

Y ahora, señor Black, mi última palabra: su jerez.

No lo ha sacado usted en toda la reunión y era lo único que esperaba de esta casa.

En Boston me habían hablado maravillas de su bodega.

—Chasqueó la lengua, apenado, ya en la puerta—.

Es usted un mal anfitrión, y eso, créame, saldrá antes o después en la prensa.

Fleet Street los recibió con la noche encendida, los vendedores de la última edición voceando titulares ajenos y el aire frío y sucio del río, que a los cuatro les supo a gloria.

Caminaron media manzana en silencio, cada uno soltando la tensión a su manera: Sebastian estirando los dedos de las manos, Elliot silbando algo de Iolanthe , y Samuel con el paso cada vez más largo, hasta que se detuvo de golpe bajo una farola, se volvió hacia Trix y ella vio que le brillaban los ojos como no le habían brillado ni la noche del Savoy.

—Lo hemos hecho. —Le salió el acento irlandés, el de Connemara—. Trix. Lo hemos hecho.

Y Trix, que llevaba dos horas siendo la mujer más precisa de Londres, se derritió de felicidad, aunque dejando las cosas claras.

—Tú lo has hecho —dijo, con una sonrisa que pretendía ser generosa—. Yo solo te he echado una mano.

Samuel no replicó. Miró un instante calle abajo, hacia donde Sebastian y Elliot discutían sobre paradas de coches de punto, y luego hizo algo que ninguna de las normas que ella conocía tenía previsto: la tomó de la mano, tiró de ella hacia el soportal en sombra de una papelería cerrada, fuera del alcance de la farola y de los testigos, y la besó.

No fue como el beso de aquella noche en sus aposentos.

Aquel había sido una pregunta; este era diferente, y Trix, con la espalda contra el escaparate a oscuras y el corazón desbocado, tardó en ponerle nombre porque lo estaba sintiendo como nada antes en su vida: era un beso con algo que demostrar, urgente y casi enfadado, un beso que discutía.

Cuando se separaron, los dos respiraban como si hubieran subido corriendo las escaleras del periódico, y Samuel apoyó su frente en la de ella un instante, solo un segundo, antes de apartarse.

—Trix Sinclair —dijo con la voz ronca, ya girándose hacia la calle—. Estoy loco por ti.

Y echó a andar hacia los coches de punto, dejándola en el soportal con los labios ardiendo, la cabeza perdida y la certeza de que aquella noche había ganado una guerra y empezado otra, y de que la segunda tenía un futuro incierto.