Capítulo 37
Era la hora de más actividad de la imprenta, tal como Elliot había propuesto: las siete de la tarde, el edificio entero de Fleet Street vibrando como la sala de máquinas de un vapor, el olor a tinta y a plomo caliente subiendo por el hueco de la escalera, y ochenta empleados demasiado ocupados en sacar la edición de la mañana siguiente como para preguntarse por qué cuatro visitantes sin cita cruzaban la redacción en dirección al despacho del propietario de aquel periódico.
Habían entrado con la marea del cambio de turno; el secretario de Black solo tuvo tiempo de decir «el señor no recibe» antes de que Sebastian le pusiera delante una tarjeta donde estaba escrito con elegante letra dorada: Su Gracia el duque de Ashford , que en Inglaterra abría más puertas que una ganzúa .
El despacho era una declaración de intenciones: caoba, bronces, un retrato al óleo del propio Jasper —no de su padre—, las ventanas dando al río y, sobre una mesa auxiliar, encuadernada en piel, la colección completa de The Clarion , el diario difunto, como se conserva la memoria de un antepasado del que no se debe hablar.
—Señor Black —había dicho Samuel Flaherty en cuanto se plantaron delante de él—, sospecho que sabe por qué estamos aquí.
Los tres libros con la contabilidad de la William me costó unos días ubicarla, lo confieso, es usted buena.
—Inclinación de cabeza, casi galante—. Imaginen el titular: la heredera de una de las mayores acerías del país disfrazada de viuda, conchabada con un duque arruinado en otros tiempos y ahora casado con dólares estadounidenses, para robar documentos en beneficio de un conde irlandés en quiebra que, dicho sea de paso, vive bajo el mismo techo que la señorita.
Escandaloso. —Abrió las manos, mostrando la redacción entera con el gesto—.
Yo imprimo ochenta mil ejemplares al día, señores.
Mi padre chantajeaba a domicilio, como los sastres antiguos; era otra época. Yo trabajo al por mayor.
Se levantó, fue hasta la ventana y les habló de espaldas, al río :
—De modo que esto es lo que va a pasar. Ustedes van a dejar esos libros donde están, van a salir por donde han venido, y yo, en atención a la duquesa, a la que siempre tuve un sincero afecto, voy a olvidar esta visita.
Es mi última oferta y es generosísima. —Se volvió—.
Porque están ustedes en mi casa, con mercancía robada, y yo soy intocable.
La palabra quedó en el aire, encima de las rotativas.
Intocable. Trix pensó, con un vértigo que la hizo sujetarse al respaldo de una silla, que Violet tenía razón: aquella familia estaba cimentada sobre la maldad.
—Se lo dijo su padre, ¿verdad? —comentó en voz alta, con genuina curiosidad—. Esa palabra. Se la oyó a él.
Jasper no contestó, lo que era una respuesta.
—Señor Black. —Samuel no se había movido de la silla.
Abrió el libro de socios por la página cuarenta y una, sin prisa, y le dio la vuelta sobre el escritorio, el mismo gesto exacto con que Cillian se lo había tendido a Therese—.
Antes de seguir amenazando a esta dama y a estos caballeros, le sugiero que mire lo que firma su apoderado en su nombre.
Aquí lo tiene: la orden de compra sobre Connemara, con la comisión de Brogan detallada al margen.
Página cuarenta y seis: idéntica operación sobre la finca de los Faversham.
Cincuenta y tres: los honorarios de Holcombe por «gestión de quiebras dirigidas», y celebro el adjetivo, porque lo eligió alguien de su casa.
En el libro mayor está el dinero: cada libra que salió de la liquidación de sus activos americanos —la naviera, los almacenes de Brooklyn, la casa de Gramercy Park; le doy el pésame por la casa de su abuela— entrando por tres cuentas intermedias que confluyen en William & Pike.
Y en el libro de correspondencia están las cartas.
Sus cartas. Es usted un hombre moderno, señor Black, pero comete un error antiguo: escribe.
—Documentos robados —repitió Jasper—. Papel mojado. Ningún tribunal…
—Quién ha hablado de tribunales —dijo Samuel, con una suavidad nueva que era lo más violento que había sonado en todo el despacho—.
Ha sido usted quien ha mencionado los tribunales, no yo.
Yo he venido a ofrecerle un negocio, de hombre arruinado a hombre arruinado.
—Y por primera vez sonrió, apenas—. Porque eso es lo que es usted, aunque huela a caoba: un hombre que lo ha vendido todo para meterlo en una sola apuesta.
Un deudor único con un solo activo. Se lo voy a plantear en los términos de su propio periódico, que veo que es lo que respeta: opción primera, usted firma hoy la restitución íntegra de las acciones de las cuatro familias estafadas por William & Pike, con sus intereses, renuncia a toda acción sobre las tierras hipotecadas, y este asunto muere en esta habitación. Opción segunda…