La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 36
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Capítulo 36

—El Servia zarpa de Liverpool el viernes al alba —dijo Sebastian, con la guía naviera abierta sobre la mesa como un misal—.

Si sales esta tarde en el tren de Euston y duermes en el Adelphi, embarcarás con tiempo de sobra.

Siete días de travesía; puedo telegrafiar hoy mismo a la Cunard y a mi agente en Nueva York para que te espere un coche en el muelle.

Está hecho, Trix. Solo tienes que decirlo.

Eran las doce de la noche, pero nadie tenía prisa por irse a dormir.

El telegrama que Trix acababa de recibir estaba en el centro de la mesa, abierto, con sus tiras pegadas y sus pocas palabras que habían desmontado en un minuto todo lo que la casa llevaba una semana construyendo.

Alrededor, la plana mayor al completo: Sebastian con su guía naviera, Violet con las manos quietas —Violet nunca tenía las manos quietas—, Elliot insólitamente callado junto a la ventana, Amelia, que acababa de llegar, sentada al lado de Trix, y Samuel de pie junto a la chimenea, en su sitio de las malas noticias, sin haber dicho aún una sola palabra.

—Voy contigo —dijo Violet—. No discutas. Samuel y Sebastian pueden encargarse de todo sin nosotras. Si hay que organizar médicos, visitas o atender a tu padre, que es lo más difícil de las tres cosas, dos nos manejamos mejor que una sola. Addie me hace el equipaje en una hora.

—Iré con vosotras, eso no admite discusión —dijo Amelia, muy preocupada.

—El plan puede esperar —añadió Sebastian—. Black no sabe que tenemos los libros. Aplazamos la visita al periódico dos meses, tres si hace falta, y cuando vuelvas…

—En tres meses no quedará nada que visitar.

—Trix lo dijo sin dureza, con la voz sabia de quien lleva toda la noche haciendo el mismo cálculo—.

Holcombe estaba embalando arcones hace una semana.

Jasper reconoció mi voz hace días. Ese hombre está liquidando hasta la casa de su abuela; si le damos un trimestre, la William era su gesto para encontrar un poco de paz—. Hay una gestión que hacer antes de comprar los pasajes. Dadme hasta las tres de la tarde.

Y salió del comedor dejando a cinco personas mirándose entre sí, sin saber cómo conducirse.

En su cuarto, con la puerta cerrada, Trix se sentó al escritorio, sacó un impreso de telegrama y se quedó un momento mirando la pared.

Habría sido tan fácil. Correr al barco con el corazón en la boca, como se suponía que debía hacer una hija amorosa, como mandaban el deber y el cariño y los siete renglones de su padre.

La Trix de dos años atrás ya estaría haciendo baúles.

Pero aquella Trix también había creído a Phil Van Alen, y desde entonces esta otra Trix, la que estaba sentada delante de su escritorio, había adoptado una manera nueva de encarar la vida, quizá aprendida de Samuel Flaherty: las cosas eran verdad cuando se comprobaban.

Había algo en aquel telegrama… Algo en las palabras exactas de su padre que no cuadraban y que llevaba dándole vueltas desde que lo recibiera.

Y era que su padre, Cornelius Sinclair, que negociaba con acerías y ferrocarriles sin que le subiera el pulso, era un hombre incapaz de escribir «ven cuando puedas» si podía escribir «catástrofe».

Trix tenía muchas de sus comunicaciones archivadas en su cabeza: el telegrama de 1879 —«TU MADRE POSTRADA.

MÉDICOS PESIMISTAS».— que la hizo volver al galope desde Newport para encontrar a su madre postrada, en efecto, en una tumbona del jardín, con limonada, quejándose de un tobillo torcido en una polca.

El de 1881 —«SITUACIÓN INSOSTENIBLE. TE NECESITAMOS».—, donde resultó que el cocinero se había despedido la semana del baile de los Astor.

Lo cierto era que su padre no mentía nunca: dramatizaba, que era la forma de mentir de los hombres que no saben decir «te echo de menos».

Pero también era verdad que las madres, como había dicho Elliot, no admiten aplazamiento. Y que una vez, una sola de cada diez, el lobo viene de verdad.

Así que Trix hizo lo que sabía hacer: pedir explicaciones.

Escribió despacio, contando las palabras para que el telegrama no le costara una fortuna.

RECIBIDO TELEGRAMA. STOP . DETALLA ENFERMEDAD MADRE: SÍNTOMAS, MÉDICO, DIAGNÓSTICO, PRONÓSTICO. STOP . RESPUESTA PAGADA URGENTE. STOP . SI ES GRAVE EMBARCO VIERNES. STOP . TU HIJA QUE OS QUIERE. TRIX. STOP .

Llamó a Therese, que esperaba al otro lado de la puerta con el corazón en un puño, y le tendió el impreso.

—Que lo lleven en cuanto amanezca a la oficina de Charing Cross. Respuesta pagada y prioridad absoluta. —Y, como Therese ya daba media vuelta—: Therese, acompaña al lacayo y no te muevas de allí hasta que haya una respuesta. Nada de hacer baúles todavía. Date prisa .

—Me quedaré delante del mostrador como un clavo —exclamó Therese, se sujetó la falda y salió de la habitación a toda prisa.

Las horas pasaron lentas. Trix bajó, porque esconderse habría sido absurdo, y la casa entera ejecutó a su alrededor una pantomima conmovedora de normalidad: Sebastian fingió leer el Times durante dos horas sin pasar de la página cuatro; Violet y Amelia fingieron un inventario del costurero, pese a que ambas detestaban coser; Elliot le enseñó a Prudence un juego de manos con tres nueces que degeneró en apuestas; y Samuel, incapaz de no mirarla como un perrillo apaleado, se fue a los establos a las once y volvió a las doce, y se fue de nuevo a las doce y cuarto y volvió a la una, con el aire de un hombre que no puede permitirse ser feliz si la mujer que ama tiene el sufrimiento impreso en los ojos.

A las tres y diez de la tarde sonó la campanilla del servicio, y Therese cruzó el vestíbulo a una velocidad indigna de una doncella, con la bandejita de plata en la mano.

Trix rasgó el sobre de pie, junto a la ventana. Lo leyó una vez. Parpadeó. Lo leyó otra vez.

POST OFFICE TELEGRAPHS TELEGRAM N.º 11.690 Recibido en: London-Western Procedencia: oficina de telégrafos Union, Portland Place Fecha: 14 FEB 1883 Hora: 8.26 TEXTO: TU MADRE TIENE MIGRAÑA. STOP . VEN ANTES DE QUE SE LE PASE. STOP . ESTÁ INSOPORTABLE. STOP . TU PADRE. STOP .

Y entonces, en mitad del salón de los Ashford, delante de un duque, una duquesa, un exagente de Su Majestad, sus mejores amigas y un conde irlandés de rostro demudado, Beatrix Sinclair echó la cabeza atrás y se rio.

No fue una risa elegante. Fue una carcajada escandalosa, de las que no piden permiso: la primera en semanas, quizá en meses, con lágrimas y con hipo, doblada sobre el telegrama, intentando leerlo en voz alta y sin conseguirlo a la tercera —«ven…

ven antes de que se le pase».—, y la risa fue prendiendo por la habitación como fuego en rastrojo: Violet, que conocía a la señora Sinclair; Elliot, que no la conocía pero reconocía en ella a una colega; Sebastian, contra su voluntad y su rango; Amelia, con la risa silenciosa que era tan suya; y hasta Therese, en la puerta, con la bandejita contra el pecho.

—Migraña —logró decir Trix por fin, secándose los ojos con el dorso de la muñeca—. Mi madre tiene migraña, y mi padre ha puesto en marcha el telégrafo transatlántico. Cuatro chelines la palabra. —Miró el papel con una ternura furiosa—. Este hombre me quiere a cuatro chelines la palabra.

—¿Entonces? —preguntó Sebastian.

Trix dobló el telegrama, lo guardó en la manga como se guarda un pañuelo y se irguió con la cara lavada por la risa .

—Entonces telegrafía a tu agente de Nueva York, pero no para comprarnos un billete, sino para que mande las mejores flores a mi madre y una caja de ese oporto que le gusta a papá.

—Y la voz le cambió, imperceptible—. Me quedo.

Tenemos una visita pendiente a The London Banner , caballeros, y cuanto antes, mejor.

Aquella noche, mucho después de que la casa se apaciguara, Trix salió a la galería que daba al jardín a que le diera el frío en el rostro, y no se sorprendió —ya no se sorprendía— cuando a los pocos minutos la puerta vidriera se abrió y Samuel vino a acodarse en la balaustrada, a su lado, a la distancia exacta de siempre, esa que ya era una costumbre entre ambos.

—Deberías estar durmiendo después de un día tan ajetreado —dijo él.

—Y tú también.

Callaron. En el jardín de invierno, un mirlo insomne ensayaba dos notas y las dejaba.

—Te debo una explicación —dijo Trix—. Por lo de esta tarde.

Ha debido de parecerte insensible: una hija que pide un diagnóstico por medio de un telegrama en vez de salir corriendo a tomar un barco.

—Jugó con el borde del chal—. Mi padre tiene su propio lenguaje.

Cada vez que me quiere de vuelta, enferma a alguien, arruina algo o incendia Manhattan en siete palabras.

Lleva haciéndolo desde que me fui de casa.

No sabe escribir «vuelve, que la casa está muy callada».

Así que escribe «tu madre está enferma».

—Se encogió de hombros, con una sonrisa pequeña—.

Hoy he estado a punto de ceder. Cedo siempre, ¿sabes?

, aunque intuya que no pasa nada. Supongo que a cada cual nos han enseñado a amar como ellos han sabido hacerlo.

Samuel estuvo callado un buen rato. Miraba el jardín a oscuras, y cuando habló lo hizo suavemente, sin ninguna de sus imprecisiones, con una voz que ella solo le había oído una vez, en el suelo de su dormitorio, y que él no recordaba haber usado.

—Tu padre te quiere mucho, Trix. —Hizo una pausa—. Más de lo que crees.

Había en aquellas palabras algo tan desnudo, tan sin ironía, que Trix volvió la cabeza para mirarlo.

Él seguía con los ojos en el jardín. Y ella pensó, con una punzada en el corazón, en un internado helado de Inglaterra, en un buzón vacío mes tras mes, en cuatro cartas en seis años y dos de ellas para el sastre; y comprendió que acababa de recibir el veredicto del único perito del mundo verdaderamente cualificado en la materia: un hombre que habría dado la mitad de Connemara por un telegrama absurdo, urgente y a cuatro chelines la palabra, de un padre que no supiera vivir sin él.

Trix no dijo nada. No había nada que decir que no estuviera de más.

Solo movió la mano sobre la balaustrada, tres pulgadas exactas, hasta que su meñique tocó el de él; y así se quedaron, sin mirarse, dos huérfanos de cosas distintas velando el mismo jardín, mientras el mirlo insistía en sus dos notas, y las dejaba, y volvía a empezar.