La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 34
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Capítulo 34

Los tres libros de contabilidad quedaron sobre la mesa de la cocina, a la luz de una sola vela, y durante un buen rato nadie los tocó.

Tenían los lomos verdes, gastados por el uso, con las guardas jaspeadas y una etiqueta pulcramente escrita en cada cubierta: William se oyó, amortiguada, la puerta de las habitaciones ducales.

Y la cocina se quedó en su isla de luz de vela, con la mesa por medio, el hule vacío y dos personas de Five Points mirándose por encima de todo aquello.

—Me lo prometiste en esta cocina —dijo Therese. Le temblaban las manos y le daba igual que se le notara; llevaba cuatro días amasando ese temblor—. Una historia larga. Pues ya está la vela encendida, Cillian Magee.

Él se pasó la mano por la cara. Y por primera vez desde que aquel hombre había entrado de nuevo en sus vidas con su sonrisa torcida y sus salidas de teatro, Therese lo vio buscar las palabras sin encontrarlas.

—Casi todo lo que sabes de mí es verdad, Therese. —Señaló un taburete con la cabeza—. ¿Te sientas? Será un poco largo de explicar.

Ella no se sentó, pero Cillian empezó de todos modos.

—Nací en Connemara, no en Nueva York. En las tierras de los Flaherty.

—Lo dijo mirando la vela, no a ella—. Mis padres eran arrendatarios de esa familia noble; mi padre murió de fiebres antes de que yo cumpliera cuatro años, y ella apenas podía pagar, porque sacaba la renta de media hectárea de patatas y de hacer de comadrona a medio valle.

El año de las malas cosechas debía dos plazos.

Dos. —Alzó dos dedos, con una precisión vieja, de herida contada muchas veces—.

Yo tenía seis años. Me acuerdo del agente con su levita parda y me acuerdo del viejo Flaherty, el padre del señor, a caballo, en lo alto del camino, sin bajarse, mirando cómo arrojaban nuestras cosas a la cuneta, sin contemplación.

No dijo nada. No hizo falta. Para eso pagaba al de la levita.

»Mi madre no lloró delante de él. Lloró en el barco, siete días seguidos, contra mi cogote, creyendo que yo dormía.

Y yo, que estaba despierto, le hice una promesa a la manera de los niños: solemne, estúpida y para siempre.

Que un día los Flaherty perderían sus tierras como nosotros la nuestra, y que iba a ser cosa mía.

La vela chisporroteó.

—Desembarcamos con lo puesto y acabamos donde acababan todos: en Five Points.

—Y ahí, por primera vez, la miró—. El resto lo sabes tú mejor que nadie, porque estabas allí y eras mi amiga.

La primera vez que te vi tenías siete años y le partiste el labio a un chico que me estaba quitando una gorra que, para ser justos, yo le había quitado antes a él.

—Randall Doyle —dijo Therese, sin querer.

—Randall Doyle. —La sonrisa torcida asomó y se fue—.

Yo era eso, Therese. Lo que recuerdas. Un ladronzuelo.

Bolsillos, relojes, recados para gente que no hacía preguntas.

Mi madre fregaba escaleras y yo le juraba que el dinero era de cargar carbón, y ella fingía creerme para no morirse de pena por segunda vez.

Pero hasta un ratero tiene un norte, y el mío era aquella promesa.

Otros ahorraban para un traje o para una chica; yo ahorraba para un apellido.

Aprendí a leer del revés en los despachos donde limpiaba, aprendí cómo se abría una cerradura y aprendí de números, porque había entendido una cosa que aún no sabía expresar: que a la gente como los Flaherty no se le quita la tierra con una navaja. Se le quita con papeles y astucia.

»Mi madre murió del pecho el invierno de mis diecinueve, el último que nos vimos antes de que tú entraras a trabajar para la señorita Sinclair.

Lo último que le prometí no te lo cuento esta noche porque se me quebraría la voz.

Con lo que había en la lata del té me pagué el pasaje.

A Dublín. Y allí, un ratero de Five Points que sabía de números y cerraduras y odiaba a una familia concreta fue encontrado para el trabajo para el que llevaba toda la vida preparándose sin saberlo: recados delicados para caballeros que compraban tierra irlandesa a precios de saldo y familias arruinadas.

Preguntar, vigilar, desvelar lo que otros no sabían.

Y hace tres años, uno de esos caballeros, uno importante y colorado que pagaba bien y reía con ganas, me encontró, me puso delante una lista de fincas que William no supo desde cuándo—. Todo este tiempo pensando que eras un embustero, y resulta que solo intentabas sobrevivir.

—Es mi oficio más antiguo.

—Cállate. —Se levantó, rodeó la mesa, y Cillian Magee, que había abierto la caja fuerte de Owen Brogan sin que le temblara el pulso, se puso de pie con una torpeza de recluta—. Cállate de una vez.

Y Therese lo abrazó. Le echó los brazos al cuello y lo apretó con la fuerza sin control de la gente de Five Points, llorando ya sin disimulo contra su hombro salado, y él la envolvió despacio, con cuidado, como se envuelve algo que uno ha deseado tanto que ya no se fía de sus propias manos.

Estuvieron así un buen rato, más allá de los cinco minutos prometidos.

Él no la besó. Lo pensó —ella notó el momento exacto, porque el mundo se detuvo un instante alrededor de sus bocas—, pero no lo hizo. Se apartó apenas, le sostuvo la cara mojada con la mano del arañazo y dijo, con la sonrisa torcida más seria que le había visto nunca:

—Cuando esto acabe, me gustaría tener una conversación aún más seria contigo. —Cogió la vela—. Y ahora sécate las lágrimas, que me esperan arriba para arruinar a un caballero.

Se despidieron con un apretón de manos afectuoso y Therese lo vio desaparecer escaleras arriba con algo nuevo anudándose en su pecho.

Arriba, la biblioteca ardió toda la noche.

Sebastian en bata de brocado, Samuel sin corbata, Cillian respondiendo a todo con la vela ya innecesaria entre tanta lámpara, y Trix en la cabecera de la mesa, todavía con el vestido del Savoy, sentada junto a Violet, cotejando entre ambas asiento por asiento el libro mayor contra el de socios, contra la correspondencia, contra su propia memoria de cifras dichas detrás de una cortina.

Nadie las interrumpía. De cuando en cuando pedían «el del ochenta y uno» o «la carta de marzo» con la voz de cualquiera de sus padres en plena liquidación, y tres hombres hechos y derechos se las alcanzaban sin rechistar.

A las seis y cuarto de la mañana, Trix Sinclair dejó la pluma, cerró el libro de socios y se quedó un momento mirando las tapas verdes con la expresión de quien acaba de cuadrar el balance más importante de su vida. Cruzó un momento la mirada con su amiga y ambas sonrieron.

Después se levantó, recogió los tres libros contra el pecho y, ante la mirada de los otros tres, salió de la biblioteca sin dar explicaciones, cruzó el pasillo hasta la puerta del fondo —Samuel había subido una hora antes, vencido, por orden expresa de ella: «Vete a dormir, que mañana te necesito despierto»— y llamó con los nudillos.

Dos golpes, suaves, casi una disculpa. Exactamente los mismos de cierta madrugada, ahora con otra expectativa.

Samuel abrió a medio vestir, con un candil en la mano y el sueño todavía en los ojos.

—Trix, ¿qué…?

Ella le plantó los tres libros verdes contra el pecho.

—Tenemos a Jasper Black.