Capítulo 33 #2
—¿Le parece exagerado?
—¿El cuadro?
—La luz. Dicen que exageraba. Que esa luz no existe.
Amelia miró la tempestad de oro. Pensó en lo fácil que sería decir algo bonito y en lo poco que le apetecía.
—Existe —dijo—. Lo que pasa es que apenas dura un instante y solo acontece de vez en cuando, quizá un par de veces al año. La gente llama exagerado a lo que no ha tenido paciencia de ver.
Ewan McGomery volvió la cabeza y la miró por segunda vez en su vida. La cicatriz de la sien blanqueaba un poco con la luz cenital de la sala.
—En las Tierras Altas hay una luz parecida —dijo—.
Después de la lluvia, cuando el sol intenta mostrarse por debajo de las nubes y todo el valle se enciende, como si la tierra devolviera lo que le han regalado.
Dura lo que usted dice. Un instante. —Hizo una pausa—.
Mi… —empezó, y lo que fuera que venía detrás se detuvo en alguna aduana interior—.
Es difícil de contar. Turner es lo más parecido que he visto a aquello.
—¿Le gusta el arte? —dijo Amelia—. Estoy aquí para asistir a la próxima exposición.
Ewan la miró de nuevo, con una atención grave, sin sonrisa, aunque su expresión no incomodaba como debería; y luego, exactamente como en el baile, pareció haber llegado al límite de la sociabilidad que se permitía a sí mismo. Se inclinó .
—No le robo más tiempo, señorita Rourke, aún le queda mucho por disfrutar. —Un asomo de algo, quizá humor, quizá su fantasma—. Fue agradable su presencia en el baile la otra noche. Le ruego me disculpe.
Y se fue, con paso casi militar, dejándola con una sensación difícil de entender. ¿Cómo podía haber sido agradable encontrarse si ni siquiera hizo el esfuerzo de dedicarle una conversación?
Prudence, que la había acompañado y estaba a su aire, apareció a su lado con las manos cruzadas y cara de no haber roto un plato en su vida.
—Cinco minutos, señorita —informó—. Los he contado. Es su récord para una dama como usted hablar tanto tiempo en solitario con un caballero. Al menos desde que nos conocemos.
Ella la miró con ternura.
—Prudence.
—¿Señorita?
—Vete a mirar a los italianos.
Prudence asintió tras una sonrisa y se fue a admirar los pinceles italianos de la exposición, satisfecha como un general tras una escaramuza ganada.
Amelia Rourke se quedó sola delante del Turner, mucho tiempo, con los ojos en aquella tempestad de oro; y si alguien le hubiera preguntado después por el cuadro, por su composición, por su luz famosa, no habría sabido decir absolutamente nada, porque estuvo todo aquel rato mirándolo sin verlo.
El cuarto día, Samuel Flaherty se presentó en la puerta del gabinete donde Trix escribía cartas, con las manos a la espalda y el aire resuelto y levemente trágico de un hombre que lleva dos horas ensayando una frase.
—Hay teatro en el Savoy —dijo.
Trix levantó la vista del papel.
—Eso tengo entendido. Suele haberlo en los teatros.
Él carraspeó y cambió el peso de un pie al otro.
— Iolanthe . De los señores Gilbert y Sullivan.
Dicen que es… —consultó mentalmente lo que había ensayado— ingeniosa.
Y que el teatro se ilumina con electricidad, sin una vela ni un candil en toda la sala.
He pensado que a una americana con debilidad por el progreso podría…
—carraspeó de nuevo. La frase ensayada se le acabó antes que el valor, y la remató a pecho descubierto—: ¿Quieres venir conmigo esta noche, Trix? Al teatro. Tú y yo.
Ella dejó la pluma. Aquella sensación incómoda, deliciosa, de otras veces se le alojó en el estómago.
Su mente racional gritó: «No. Es tu inquilino y desaparecerá de tu vida cuando su hacienda esté resuelta». Su corazón estaba inmerso en un sí enorme.
—Sí —dijo—. Quiero.
Aquella noche el Savoy resplandecía como no había brillado ninguna otra cosa en la historia de la humanidad: mil doscientas lámparas incandescentes, una luz blanca, limpia, sin temblor y sin humo, que arrancaba a las sedas y a los diamantes brillos que el gas jamás había sabido darles.
Trix lo admiraba todo con una avidez portentosa, la cabeza echada hacia atrás, contando lámparas.
—Es el futuro —dictaminó .
—Y es inquietante —dijo Samuel—. Una luz que no tiembla no parece del todo segura.
—Lo dice el hombre que lee a Walter Scott con anotaciones a lápiz.
—Lo dice el hombre —matizó él, acomodándole la capa en el palco con una naturalidad que a los dos les pasó desapercibida, y eso era precisamente lo importante— que sabe que todo lo que alumbra demasiado acaba enseñando lo que uno quería tener en penumbra.
La opereta resultó ser la historia de un lord canciller y de un cuerpo entero de pares del reino sublevados por amor a quien no debían, y hubo un momento, hacia la mitad, en que el patio entero reía y Trix se descubrió mirando de reojo a Samuel, que se reía con una risa que ella no le conocía, joven, sin vigilancia, la risa que quizá tenía antes de todo aquello; y él la sorprendió buscando sus ojos, y en lugar de recomponerse, los dos sonrieron, culpables y en paz, como se sonríe en la oscuridad de los palcos, y volvieron a la función sin decirse nada porque no hacía ninguna falta.
No hablaron apenas en el carruaje de vuelta.
Iban en ese silencio nuevo, recién estrenado, que no pesaba: la ciudad eléctrica y gaseosa desfilando por la ventanilla, la mano de ella sobre el asiento, la de él a tres pulgadas exactas, y todo el aire del carruaje pendiente de esas tres pulgadas que ninguno de los dos cruzó, quizá porque cruzarlas habría sido menos íntimo que custodiarlas.
—Gracias —dijo Trix cuando el carruaje enfilaba Mount Street—. Por una noche he sido una persona normal en una ciudad normal .
—Habrá que repetir la anomalía —dijo Samuel.
Y entonces el carruaje se detuvo, y el lacayo no llegó a tiempo a la portezuela, porque la puerta de la casa ya estaba abierta.
Therese esperaba en el umbral, recortada contra la luz del vestíbulo, sin chal, con los brazos caídos y la cara descompuesta de un modo que Trix no le había visto ni en mitad del Atlántico, y no dijo «buenas noches», ni «señorita», ni ninguna de las fórmulas con que aquella muchacha sostenía el mundo. Dijo, con un hilo de voz:
—Cillian ha vuelto. Está en la cocina. Trae un sobre.