La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

Cillian Magee llevaba cuatro días sin dar señales de vida, y todos en la casa fingían que no les preocupaba.

Sebastian había dicho en una ocasión que cuatro días era lo que se tardaba en ir a Dublín y volver, si todo iba bien, y desde entonces consultaba el reloj del vestíbulo con una frecuencia impropia de un hombre paciente como él.

Therese, que, aunque habría negado ante un tribunal, con la mano sobre la Biblia, que a ella le importara lo más mínimo el paradero de aquel irlandés de sonrisa torcida, no dejaba de pensar en él.

El primer día lo había negado intentando mantener la cabeza ocupada con el enorme horno de la cocina.

La cocinera de los Ashford se encontró la despensa invadida por tres hogazas de pan de soda, dos tartas de manzana y una montaña de bollos suficiente para alimentar a un regimiento irlandés, que era exactamente para quien no eran.

El segundo día lo negó limpiando la plata, toda la plata, incluida la que no se usaba desde el bautizo del difunto padre del duque, y saltando como un resorte cada vez que sonaba la campanilla de la puerta de servicio: el carbonero, el chico del pescadero, un afilador. Ningún investigador de Dublín.

El tercer día, Amelia Rourke bajó a la cocina a media tarde, sin pretexto, se sentó a la mesa grande, cogió un cuchillo corto y un cuenco de manzanas y se puso a pelarlas en silencio.

Therese amasaba. Amasaba una masa que ya estaba amasada, castigándola contra la mesa con los nudillos blancos.

Amelia dejó caer una espiral de piel perfecta sobre otro cuenco y siguió con la siguiente manzana.

Había aprendido hacía muchos años, en otra cocina y con otras penas, que a la gente como Therese —la gente fuerte, la que sostiene casas enteras con las dos manos— no se la consuela hablándole de frente, porque lo vive como un asalto.

Se la acompaña en silencio, mientras se pelan manzanas, por ejemplo.

—Cuatro días no es nada —dijo al fin, con la vista en la fruta, como si ya supiera lo que había en la mente de Therese—. El correo de Irlanda es un desastre, el mar de Irlanda es aún peor, y los hombres que prometen volver en cuatro días siempre creen que los barcos navegan a su antojo.

La masa dejó de sufrir. Therese se quedó quieta, con las manos enharinadas hasta las muñecas, mirando la ventana que daba al patio .

—Pasado mañana es el quinto día —dijo con una voz que quería ser firme— y pienso dejar de hacer pan.

Y siguieron, una amasando y otra pelando manzanas, en uno de esos silencios que son la forma más elevada de una conversación.

Mientras tanto, en el piso de arriba, la guerra continuaba por otro camino.

El expediente que Sebastian había bautizado, con su flema de archivero, «William en ese momento olía a polvo levantado, a cajas que habían sido removidas.

Y esas cajas estaban a la vista: tres arcones de madera junto a la pared del fondo, con legajos atados asomando bajo las tapas a medio cerrar, y la boiserie de la puertecita interior entreabierta sobre una estantería a medio vaciar.

—Señora Prescott. —Holcombe se levantó con la sonrisa puesta, pero la sonrisa le llegó tarde a los ojos—. Qué inesperado honor.

—Esperado, señor Holcombe. Le anuncié que volvería si no recibía su mensaje, y una dama de Boston cumple lo que promete.

—Trix se sentó sin ser invitada, dejando que el velo tamizara el gesto—.

Vengo a simplificarle las cosas. Me he informado, sus credenciales son admirables, así que he decidido invertir con usted veinte mil libras.

La sociedad del carbón me aburrió a los dos días de estudiarla; en cambio, aquel otro activo que mencionó de pasada, lo de la tierra irlandesa…

eso me quitó el sueño, y a mi edad, señor Holcombe, lo que me quita el sueño se lo agradezco.

Quiero participaciones en la William esta era el aperitivo, y Amelia recorrió dos salas con el cuaderno en el bolso y esa expectación tranquila con que otras mujeres recorrían las sombrererías.

Lo vio en la tercera sala.

Ewan McGomery estaba plantado ante un Turner —una tempestad de niebla y oro donde el mar, el cielo y la luz habían decidido dejar de ser cosas distintas—, con las manos a la espalda y la inmovilidad de quien sabe lo que tiene delante, y no miraba el cuadro como se mira en las exposiciones, por tandas de veinte segundos, sino como se vigila un horizonte: con paciencia.

Amelia valoró si no era mejor pasar de largo. En definitiva, el caballero había decidido que no merecía la pena hablar con ella en el baile, ¿no?, y unas salas más allá estaban los pintores flamencos. Ya viraba discretamente hacia allí cuando Ewan se volvió.

Hubo un instante de esos en que ambos se mantuvieron la mirada sin saber si pasar de largo o volver al cuadro. Pero los dos supieron que se habían reconocido, los dos supieron que era absurdo aparentar que no se habían visto antes. Él se inclinó.

—Señorita Rourke.

—Señor McGomery.

Se quedaron uno junto al otro mirando el Turner. Amelia evaluaba cuánto debería pasar para que en Inglaterra fuera educado decir que debía marcharse. Ewan sin mover un músculo del rostro .

Fue él quien habló, sin apartar los ojos del cuadro, con una voz baja que parecía pedir disculpas por el espacio que ocupaba.