La princesa de acero (The Dollar Princesses 3) Capítulo 32
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Capítulo 32

Trix dejó la bandeja en la alfombra, se recogió la falda y se sentó en el suelo junto a Samuel Flaherty, con la espalda contra el costado de la cama, a un palmo exacto de él, sin tocarlo.

No dijo nada. Samuel tampoco. Las franjas de luz de las farolas les cruzaban las piernas a los dos, y durante un rato el único sonido fue el de la casa asentándose en la noche: una cañería lejana, un carruaje, el reloj del vestíbulo dando unos cuartos que nadie contó.

—Deberías estar cenando —dijo Samuel al fin. Tenía la voz ronca de haber estado callado durante horas.

—Y tú también. Hay caldo en la bandeja. Y queso.

—¿De Somerset?

—De Somerset .

Samuel movió la cabeza y miró la botella que sostenía entre las rodillas como si acabara de descubrirla allí.

—Llevo tres horas discutiendo con esto —confesó—. Y voy perdiendo.

—¿Por cuánto?

—Por una infancia entera. —Hizo girar el tapón, despacio, y lo sacó. El olor a turba y a alcohol se abrió en la oscuridad—. Si vas a quedarte, princesa, no me lo tengas en cuenta. Aunque si vas a tenérmelo en cuenta… quédate de todos modos.

Bebió un trago corto y apoyó la cabeza hacia atrás, contra el colchón, con los ojos en el techo.

Pasaron los segundos, los minutos. Trix era una presencia confortable a su lado, pero estaba claro que no estaba allí para juzgarlo, solo para acompañarlo. Sintió la ternura atravesándole el pecho.

Aquella muchacha podía tenerlo todo. Era guapa, rica, encantadora, y con esa testarudez que tanto le gustaba en las mujeres. ¿Qué hacía encerrada a oscuras en una habitación acompañando a un hombre amargado cuando podría estar deslumbrando a la ciudad? Samuel comenzó a hablar.

Fue como una marea lenta, con silencios tan grandes como aquella habitación, y Trix comprendió muy pronto que su papel no era contestar, sino permanecer a su lado: ser testigo de un inventario de vida que aquel hombre rudo y tierno necesitaba hacer en voz alta antes de que el whisky se lo llevara.

Habló de Connemara. De una casa grande y fría donde el padre contaba las velas encendidas y los afectos con la misma tacañería, y de un niño que aprendió pronto que en aquella casa no se lloraba, no se pedía y no se molestaba.

Y habló de Owen. Owen Brogan, el hijo del tratante de caballos de Clifden, quince años mayor, grande ya entonces como un armario de roble, que un día encontró a un crío de seis a punto de ahogarse, llorando sin escándalo, y en vez de llevarlo derecho a casa lo subió a la grupa, le enseñó dónde anidaban los chorlitos y lo devolvió dos horas tarde y feliz, con la primera mentira piadosa de su vida preparada entre los dos.

—Me enseñó a pescar en el lago Inagh —dijo Samuel—.

A montar como Dios manda, no como enseñaba el preceptor.

A silbar. A jurar en irlandés, que mi padre lo tenía prohibido en la casa.

—Trago corto—. Mi padre me enseñó a leer un contrato de arrendamiento.

Owen me enseñó todo lo demás. Todo lo que sirve para vivir de verdad.

—¿Y tu madre?

—Era una mujer callada. Nunca dio ruido, como decía mi padre, pero tampoco afecto. No al menos el que yo necesitaba. —Lo dijo sin dramatismo—. Mi padre nunca me perdonó que yo quisiera ser libre. Ni yo tampoco, supongo.

A los doce años, el padre lo embarcó para Inglaterra.

Eton. «Hazte inglés, muchacho, que los irlandeses solo servimos para perder las tierras».

Habló de aquel frío distinto, del acento que le arrancaron a golpes de burla en un trimestre, de un niño de Connemara que dejó de silbar.

Y de cómo lo salvaron tres locos: el heredero a un ducado que se llamaba Sebastian Ashford y unos gemelos idénticos e insufribles apellidados Pinckerville, que lo adoptaron por la vía rápida de meterlo en líos —una garrafa de ponche afanada de la rectoría, entre otros crímenes— y repartirse los castigos a partes iguales.

—Cuatro íntimos —murmuró Trix, recordando a sus queridas amigas—. Sebastian lo contó aquella tarde en la villa. No recuerdo que hubiera dicho que el cuarto eras tú.

—El cuarto siempre fue el que menos hablaba.

—Otro trago—. Pero ¿sabes lo que hacía Owen?

Cartas. Cada mes, sin faltar uno, seis años.

Mi padre me escribió cuatro veces en total, y dos eran instrucciones para el sastre.

Owen me escribía lo que había parido cada yegua de Clifden con nombre y apellido.

Yo leía aquellas cartas en un dormitorio helado de Inglaterra y era mi manera de seguir siendo de un sitio, de un lugar.

—Silencio—. Esta tarde, detrás de esa cortina, mientras lo oía venderle mis tierras a Sebastian por una comisión, yo pensaba en las yeguas de Clifden.

Qué estupidez, ¿verdad? Todo hundiéndose y yo pensando en yeguas.

—No es una estupidez.

—Llevo meses ahogándome, Trix. —Era la primera vez que la llamaba por su nombre, y a ella le llegó como llegan las cosas descalzas, sin anuncio—.

Desde lo de las acciones. Uno cree que ahogarse es rápido, y no: es lento, es aburrido, es ir notando que cada semana queda menos de uno mismo.

Y lo peor no es el dinero. Lo peor es no saber dónde está el fondo.

—Alzó apenas la botella, un brindis sin fuerza hacia la ventana—.

Pues ya está. Hoy lo he tocado. El fondo tiene barba y me quiere como a un hijo .

Trix cerró los ojos un instante. Y entonces, sin haberlo decidido, sin habérselo permitido, se oyó hablar a sí misma.

—Yo también vine huyendo.

Samuel volvió la cabeza. No dijo nada, y aquel silencio fue la invitación más cortés que le habían hecho nunca.

—Se llamaba Phil. Se llama; los desastres no se mueren, para eso están los océanos.

—Respiró—. Phil Van Alen. El hermano de Clara, una de mis mejores amigas.

Lo amé desde los diez años con toda la aplicación con que hago las cosas, y él me dejó amarlo, que es lo que hacen los hombres como Phil: se dejan.

No te voy a adornar la historia, señor Flaherty: no fue un flirteo de salón.

Fui suya. —Lo dijo mirando al frente, con la barbilla alta—.

Me prometió que rompería su compromiso con otra, y una noche, en una cena con las cuatro familias y cincuenta velas, anunciaron la fecha de su boda, y yo brindé, y sonreí, y estuve encantadora, porque es lo que se esperaba de mí.

Nadie lo supo nunca salvo Clara, Violet y Amelia.

Mi madre sigue creyendo que rechacé a Phil por frivolidad.

—¿Y qué hiciste?

—No tenía salida, pero entonces apareció una herencia de una tía abuela a la que apenas conocí, una villa en Inglaterra y la idea antigua de escribir una novela.

Liquidé aquella vida de comodidad y salones y me embarqué hasta aquí.

Me dije que venía a ser libre, a estar sola y a escribir.

—Pausa—. Empiezo a sospechar que también venía a dejar de ser la mujer que brindó aquella noche.

A dejar de ser yo misma, señor Flaherty .

Samuel estuvo callado mucho rato. La botella descansaba ahora en la alfombra, olvidada a medias.

—Ese hombre —dictaminó al fin, con la solemnidad meticulosa de los muy cansados y los muy bebidos— es el mayor imbécil de los dos hemisferios.

—Es guapísimo, en su descargo.

—Los imbéciles suelen serlo. Es su uniforme.

Y Trix rio, una risa breve y verdadera, en la habitación a oscuras, empezada la madrugada, sentada en el suelo junto a un hombre roto; y pensó, con un vértigo desconocido, que aquella era la conversación más honesta que había mantenido en su vida con nadie que no la conociera desde niña.

Fue entonces cuando Samuel le cogió la mano.

No fue un acto para tomar fuerza detrás de la cortina, no una mano puesta sobre otra en mitad de un naufragio: le cogió la mano deliberadamente, la envolvió en la suya, la miró un momento como quien comprueba que una cosa valiosa es real, y habló con una claridad que el whisky volvía terrible, porque era la claridad de un hombre al que ya no le quedaba nada con que defenderse.

—Eres lo único bueno que he encontrado en todo este desastre.

—Los ojos grises la buscaron en la penumbra y la encontraron—.

Lo único real. El dinero era mentira, las acciones son mentira, Owen es una mentira.

Tú me llamaste cabezota, me has guardado la cena, me has retenido hoy tras esa cortina para que no lo echara todo a perder.

—Le apretó la mano, suave, torpe—. Quédate, Trix.

Cuando esto acabe. Quédate en tu preciosa villa, conmigo.

Para siempre. Yo arreglaré el tejado y tú, mientras, escribirás esa novela.

Te prometo que discutiremos todas las mañanas, a las ocho si quieres.

Para siempre, princesa. Te lo estoy pidiendo como el hombre torpe que soy, lo sé, pero también debes saber que te lo estoy pidiendo con todo lo que aún me queda.

Trix Sinclair, que tenía réplica para todo Manhattan y medio Londres, no contestó.

No pudo. Porque por dentro su razón intentaba imponerse ante aquel futuro que le palpitaba en el pecho y le humedecía los ojos: «Es imposible; apenas lo conozco de unos meses y de un beso.

Vine a estar sola; vine a escribir; el acuerdo es que él recupere lo que le han arrebatado y se vaya; no puedo entregarme de nuevo, así, sin más; me juré no volver a poner el corazón encima de ninguna mesa».

Y por debajo de todo aquel tumulto de objeciones perfectamente fundamentadas, una sola pregunta, con letra antigua y tinta desvaída, la pregunta que llevaba semanas viviendo en el diario del cajón de su mesilla: ¿qué habría hecho la tía Georgina, si aquel hombre al que amaba se lo hubiera pedido a tiempo?

La tía Georgina, al final, había obedecido las normas. Y se había muerto sola a cientos de millas de los suyos, escribiéndole cartas a un irlandés que nunca las leyó.

—Duerme, Samuel —dijo Trix en voz baja.

—¿Te quedas?

—Sí, estaré a tu lado.

Pareció bastarle, o quizá ya no le quedaban fuerzas para más.

La cabeza se le fue venciendo hacia el hombro de Trix, de manera gradual, sin pedir permiso, hasta apoyarse del todo; su mano no soltó la suya.

A los pocos minutos respiraba con la cadencia honda de los que por fin tocan fondo y descubren que allí abajo, al menos, se puede hacer pie.

Trix se quedó toda la noche.

Quieta, con la espalda contra la cama, la mano prisionera y el brazo dormido, viendo las franjas de luz de las farolas girar despacio con las horas y apagarse con el alba.

No pensó en nada, o lo pensó todo tantas veces que dejó de pensar.

Cuando la primera luz del amanecer tocó la ventana, retiró la mano con todo cuidado, le acomodó a Samuel una manta por encima —dormido pesaba como un país entero—, recogió la bandeja intacta y salió del cuarto, despeinada, entumecida y con los ojos ardiendo.

Samuel bajó a mediodía.

Se presentó en el comedor pálido, bañado, con el pelo húmedo y el aire compungido de un hombre que espera encontrar los muebles rotos y no recuerda por qué.

Pidió disculpas generales «por la deserción de anoche», elogió sin convicción el consomé, y cuando Trix, con el pulso en la garganta y la voz más neutra que encontró en su repertorio, dejó caer el anzuelo —«¿Descansaste al menos?

Anoche hablamos un momento y te noté agotado»—, Samuel la miró con un desconcierto tan limpio, tan sin fondo, que la respuesta llegó antes que sus palabras.

—¿Anoche? —Frunció el ceño—. Perdóname. Recuerdo el saloncito chino y recuerdo subir la escalera. A partir de ahí, me temo que el whisky me ha hecho olvidarlo todo. —Sonrisa avergonzada—. Espero no haber dicho ningún disparate.

«Quédate conmigo para siempre. Te lo estoy pidiendo con todo lo que aún conservo» .

—No dijiste ninguno —lo tranquilizó Trix, y se sirvió otra cucharada de compota—. Estuviste poco elocuente.

Y en ese instante decidió, con la velocidad con que se deciden las cosas irrevocables, que no se lo recordaría jamás.

Que aquellas palabras no se las había dicho a ella: se las había susurrado a la noche, y la noche se las había quedado.

Reclamárselas a la luz del día habría sido cobrar una deuda contraída por un hombre que ya no existía; y Trix Sinclair, que había construido su vida sobre lo que una dama debía o no hacer, descubrió que había cosas que era mejor dejar en un cajón, junto a un diario, a salvo de todos, incluso de ella misma.

Nadie en el comedor notó nada.

Bueno. Casi nadie.

Porque Therese, que a las siete en punto de aquella mañana subía el agua caliente por la escalera de servicio y había visto a su señora salir del dormitorio del señor Flaherty despeinada, entumecida y con una bandeja intacta entre las manos, se calló.

Pero mientras recogía el servicio del café observó a aquellos dos pasarse la sal con distante cortesía, y pensó, con la sabiduría antigua que se aprende en las escaleras de servicio, que ella sabía exactamente lo que había pasado aquella noche.

Y, lo que era infinitamente peor, sabía lo que no.